La Hermanastra Fea (Den Stygge Stesøsteren, 2025), debut de la directora y guionista noruega Emilie Blichfeldt, es la típica película interesante que al público común y corriente le lleva años encontrar y que el cinéfilo dedicado descubre en el mismo instante en el que aparece gracias al único verdadero “videoclub” del nuevo milenio que vale la pena, el reino anarquista de las dos tibias y una calavera. La epopeya, una coproducción entre Noruega, Dinamarca, Rumania, Polonia y Suecia, no oculta en ningún momento su condición de reinterpretación de La Cenicienta, antiquísimo cuento de hadas de la tradición oral cuyas versiones escritas más famosas son las de Giambattista Basile de 1634, Charles Perrault de 1697 y los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm de 1812, esta última la referencia principal según palabras de la propia realizadora junto con aquella célebre lectura cinematográfica checoslovaca de Václav Vorlíček, Tres Deseos para Cenicienta (Tri Orísky pro Popelku, 1973), obra que en la República Checa, Eslovaquia, Alemania y los países nórdicos, entre otros, suele revisitarse durante Navidad como acontece en yanquilandia con ¡Qué Bello es Vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946), de Frank Capra. El film toma la forma de un antídoto bien punk e inconformista contra la basura maniquea de Disney, Marvel y Netflix porque desparrama gore y sexualidad adulta, adora sorprender al espectador y problematiza el culto a la belleza y la trata como un privilegio que se hereda o se puede comprar en una sociedad burguesa de superficies lustrosas que esconden una serie de capas de oquedad y depresión.
El relato, además de fetichizar a la apariencia también metiéndose con la salud, la edad, la envidia, el deseo, la rivalidad, el ascenso social, los problemas identitarios y el ansia de estabilidad y fortuna en general entre las mujeres, gira alrededor del personaje al que hace referencia el título, aquí llamado Elvira (Lea Myren), hermana mayor de Alma (Flo Fagerli) e hija de la viuda Rebekka (Ane Dahl Torp), quien contrae matrimonio con Otto (Ralph Carlsson) bajo la esperanza de unificar ambas fortunas pero el vejete fallece de repente y Rebekka se espanta al descubrir que el hombre no tenía ni un céntimo. Deseosa de casar a una de sus hijas con el Príncipe Julian (Isac Calmroth) y debiendo descartar a Alma porque todavía no menstrúa, elige a una Elvira tímida y muy insegura que no calza con el estándar de belleza por sus rulos, por sus dientes negros y por ser un poco regordeta. La preparación para el reglamentario baile donde el payaso de la monarquía seleccionará esposa incluye asistir a un colegio en manos de dos lesbianas que deciden cuál de las señoritas encabezará la danza de apertura del evento, hablemos de la directora Sophie von Kronenberg (Cecilia Forss) y la instructora de ballet Madame Vanja (Katarzyna Herman), un marimacho que maltrata a la protagonista porque prefiere a su linda hermanastra símil Cenicienta, Agnes (Thea Sofie Loch Næss), de hecho la hija de un Otto que se pudre en las catacumbas de la mansión familiar y por ello la joven detesta a la dictatorial Rebekka, a su vez una putona/ ninfómana que se acuesta con una retahíla de machos tontuelos que se cruzan en su camino.
Sinceramente no ocurre demasiado por fuera de lo que se podría esperar de una acepción corrosiva del relato de los hermanos Grimm, como los celos progresivos de Elvira ante una Agnes tan anodina y banal como ella misma que de virgen no tiene nada porque se acuesta con un mozo de cuadra, Isak (Malte Gårdinger), situación que es descubierta por la criatura de la perfecta Myren e informada a Rebekka, quien la convierte en sirvienta por “puta” y expulsa al muchacho por “fornicador”. Gran parte del interés de la directora está puesto en el embellecimiento tenebroso de la época -se supone comienzos del Siglo XIX- en materia de una mami que le paga a Elvira una cirugía de nariz igual de dolorosa que la limpieza dental o eso de coserle pestañas postizas a los párpados, además del detalle secreto de que Von Kronenberg le regala un gigantesco huevo fecundado de tenia -en realidad no superan los 45 micrómetros- para perder peso de inmediato que la adolescente ingiere muy feliz y la condena a la desnutrición y la pérdida del cabello. Mientras que Elvira concurre al baile del príncipe con el vestido y la peluca que le pagó su progenitora, Agnes lo hace de incógnito gracias a la intervención del fantasma de su madre fallecida (Agnieszka Zulewska), entidad que le garantiza un carruaje mágico a partir de una calabaza e incluso hace que las larvas de moscas, esas que se han estado alimentando del cadáver de Otto, le arreglen un vestido que su “hermanastra fea” le rompió por pura maldad, para no competir con ella durante un baile en el que Agnes capta la atención de Julian y desde ya sale corriendo perdiendo un zapatito.
El universo de Blichfeldt resulta atractivo porque juega de manera caótica con chispazos de kitsch extremo, sátira social, alegoría gótica, farsa de época, cuento de hadas grotesco para adultos, comedia negra y por supuesto un body horror cronenbergiano que constituye el atractivo central junto con la mordacidad adorablemente sacrílega del convite, moviéndose sin culpa entre el Walerian Borowczyk de Cuentos Inmorales (Contes Immoraux, 1973) y La Bestia (La Bête, 1975) y el Clive Barker ultra sádico de Hellraiser (1987) y Razas de la Noche (Nightbreed, 1990), entre el Stanley Kubrick de Barry Lyndon (1975) y el Ridley Scott de Leyenda (Legend, 1985), entre el Roger Vadim de Rosa de Sangre (Et Mourir de Plaisir, 1960) y Barbarella (1968) y el Jacques Demy de Piel de Asno (Peau d’âne, 1970), El Flautista de Hamelín (The Pied Piper, 1972) y Lady Oscar (1979), y entre prácticamente toda la trayectoria del canadiense David Cronenberg y esa Coralie Fargeat de La Sustancia (The Substance, 2024), obra espejo o quizás horizonte creativo del que la presente película puede considerarse una nota al pie, amén de un espíritu general en sintonía con los clásicos de los años 80 y 90 de Troma Entertainment, la productora de Lloyd Kaufman y Michael Herz. La noruega se hace un festín con un soundtrack de synth-pop berretón pero ameno de clara impronta ochentosa, cortesía de John Erik Kaada y Vilde Tuv, y con zooms furiosos símil odisea exploitation de los 60 y 70 o tal vez más reposados/ dramáticos a lo Kubrick, en este caso responsabilidad del director de fotografía, el experimentado Marcel Zyskind.
Apostando a un hilarante desfile de tetas, culos, vaginas, penes erectos, semen, vendajes, férulas y truculencias corporales como narices rotas, la inmunda tenia o lombriz solitaria en plena ebullición, aquellas pestañas postizas cosidas a los párpados o los dedos cortados de los pies para encajarlos en el simpático calzado que Elvira le roba a Agnes en el último acto de esta competencia romántica/ económica, La Hermanastra Fea llama la atención por cierta torpeza Clase B que a veces es cínica intencional para enfatizar la ambigüedad en lo que respecta a la ética o la moral, como en el “no desarrollo” de personajes de buena parte de la trama, y en otras ocasiones involuntaria por la falta de recorrido de Blichfeldt, sobre todo en un desenlace escueto que podría haber aprovechado las generosas frustraciones acumuladas por la protagonista a lo largo de su derrotero, ejemplo de esa obsesión rosa que puede llegar a ser mucho más demencial e intrincada que su homóloga de los varones. En este sentido el film debe leerse como un retrato del canibalismo femenino u hostigamiento intra gremio vaginal haciendo foco en el masoquismo bajo la promesa de una recompensa ilusoria o propia del autoengaño, suerte de variación del pensamiento fantástico popular del héroe que viene a salvarnos del desastre con su sola presencia, algo de lo que -por ejemplo- se alimenta la nueva derecha neonazi del Siglo XXI, aunque asimismo la propuesta puede considerarse un análisis de la falsedad esperpéntica rosa, casi siempre orientada a una cruza de narcisismo y conformismo social, en contraposición a un chauvinismo masculino muy desinteresado de cualquier otra dimensión de la mujer que no sea la sexual y/ o estética, de hecho objetivándola como deporte mientras las hembras avalan la movida en pos de casarse con un príncipe, un conde, un barón o un comerciante rico, como asevera Von Kronenberg. Sin embargo la principal faceta que parece privilegiar la realizadora noruega, por lo menos a nivel de las lecturas, es la de la parodia de la definición taxativa y políticamente correcta de la belleza interior como la mejor, como si la susodicha y la exterior no pudiesen hallarse en una misma persona, además también se ridiculiza el cliché interpretativo posmoderno de la marginada, retraída o monstruosa de buen corazón, aquí una idiota absoluta que idealiza al monarca en función de un libro cursi de poesía que supuestamente escribió, y se exacerba hasta la hipérbole -nuevamente con intenciones satíricas- cierta concepción que resulta casi omnipresente dentro del gremio femenino y transforma a la belleza en sinónimo de dolor, sacrificio o tiempo invertido, ya sea a nivel de la vestimenta, los “adornos” del montón o la misma metamorfosis física para respetar criterios comunales de delgadez y refinamiento, planteo que en el caso de Elvira deriva en un calvario que es en simultáneo impulsado por el exterior, la sociedad que la contiene, y aceptado con agrado en términos de un requisito para escalar posiciones, clásica línea de pensamiento dentro de la pirámide plutocrática del capitalismo y su tendencia a la perpetua cosificación del prójimo e incluso de uno mismo…
La Hermanastra Fea (Den Stygge Stesøsteren, Noruega/ Dinamarca/ Rumania/ Polonia/ Suecia, 2025)
Dirección y Guión: Emilie Blichfeldt. Elenco: Lea Myren, Thea Sofie Loch Næss, Flo Fagerli, Ane Dahl Torp, Isac Calmroth, Malte Gårdinger, Ralph Carlsson, Katarzyna Herman, Cecilia Forss, Agnieszka Zulewska. Producción: Maria Ekerhovd. Duración: 110 minutos.