El Joven Frankenstein (Young Frankenstein)

La bestia está suelta

Por Emiliano Fernández

El ámbito cultural anglosajón durante la primera etapa de la historia del séptimo arte nos regaló grandes leyendas de la comedia como Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, El Gordo y el Flaco/ Oliver Hardy y Stan Laurel y los Hermanos Marx, un rubro que fue copado progresivamente -ya a mediados del Siglo XX- por una nueva camada de humoristas que supieron incluir en su esfera laboral a la cada día más poderosa televisión y que estuvieron representados sobre todo por dos duplas, hablamos de Bud Abbott y Lou Costello y de Dean Martin y Jerry Lewis. Llegados los 60 y los 70, asimismo, se alzó una nueva generación de creadores especializados en comedia que tuvo a sus propias “figuras insignia” como por ejemplo Woody Allen, Carl Reiner, Neil Simon, Mike Nichols, Blake Edwards y los hermanos David y Jerry Zucker más su socio habitual Jim Abrahams, entre muchos otros que adoptaron un enfoque bastante más cáustico e hiriente que los anteriores. En medio de todo este vendaval de la risa que marcó el nacimiento de la comedia moderna y de la fiebre de las parodias entrecruzadas encontramos al maravilloso Mel Brooks, un señor que dirigió poco pero sin duda dominó el entramado hollywoodense durante sus años de actividad cinematográfica detrás y delante de cámara: su derrotero profesional arrancó en la TV con el célebre sketch El Hombre de 2000 Años (The 2000 Year Old Man), en dúo con Reiner, y El Superagente 86 (Get Smart, 1965-1970), su mítica parodia de las películas de espionaje y de aquella histeria de la Guerra Fría con Don Adams, Barbara Feldon y Edward Platt, trabajos que dieron paso a un clásico absoluto de la comedia negra en el que se mofaba de Broadway y el nazismo, Los Productores (The Producers, 1967), y a una aventura bastante bizarra en la que le pegaba a la burocracia comunista con un registro narrativo más cercano al realismo, Las Doce Sillas (The Twelve Chairs, 1970). A posteriori llegarían una catarata de farsas de distinto tenor y envergadura, empezando por la genial sátira de los westerns Locura en el Oeste (Blazing Saddles, 1974), la adorable parodia del slapstick y de Hollywood en general La Última Locura de Mel Brooks (Silent Movie, 1976), el homenaje sarcástico al cine y los latiguillos infaltables de Alfred Hitchcock Las Angustias del Dr. Mel Brooks (High Anxiety, 1977) y la simpática antología de sketchs históricos y delirantes La Loca Historia del Mundo (History of the World: Part I, 1981).

 

Ahora bien, resulta innegable que en este período inicial de su carrera -no sólo el mejor en términos cualitativos y el más imaginativo por lejos sino además el más taquillero y el que lo convirtió en una fuerza creativa extraordinaria dentro del Nuevo Hollywood de la década del 70- se destaca la que funciona como su obra maestra y su película más recordada, El Joven Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), una odisea sardónica que ha conservado vigencia, arrojo y una enorme vitalidad con el transcurso de los años debido a dos factores principales, uno propio y otro más bien de impronta contextual, a saber: como decíamos antes, el opus es el más redondo y el mejor “armado” de toda la trayectoria del director y guionista porque aquí consigue unificar un excelente desarrollo dramático y una andanada de chistes memorables sirviéndose de una temática atemporal, la concerniente al legendario monstruo craneado por Mary Shelley en su novela Frankenstein o el Moderno Prometeo (Frankenstein or the Modern Prometheus, 1818), una creación que se ha filtrado en el inconsciente colectivo internacional a través de una retahíla interminable de adaptaciones cinematográficas entre las que sobresalen las dos realizadas por James Whale, Frankenstein (1931) y La Novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935), pivotes centrales de los monstruos clásicos de la Universal Pictures y blancos excluyentes a satirizar en pantalla desde un cariñoso respeto; y en lo referido a la coyuntura que ha viabilizado el ilustre lugar que ocupa el film dentro de la memoria emotiva de tantos y tantos cinéfilos alrededor del planeta, vale aclarar que en materia del humor el Hollywood de los 80 hasta el presente por un lado ha retomado la vertiente más bobalicona de las comedias sensibleras, románticas y/ o costumbristas de antaño y por el otro lado ha bastardizado la fórmula setentosa de las parodias hasta el extremo de agotarla por completo y llevar a las comedias mainstream en su conjunto hacia la decadencia casi terminal de nuestros días, panorama apocalíptico del que tampoco pudo escapar del todo el propio Brooks durante su etapa final como director, pensemos en S.O.S. Hay un Loco en el Espacio (Spaceballs, 1987), ¡Qué Perra Vida! (Life Stinks, 1991), Las Locas, Locas Aventuras de Robin Hood (Robin Hood: Men in Tights, 1993) y Drácula: Muerto pero Feliz (Dracula: Dead and Loving It, 1995), obras dignas para aquellos años aunque flojas si las consideramos en relación al pasado del amigo Mel.

 

La película homenajea a los opus de Whale y a los queridos engendros de la Universal de los 20, 30, 40 y 50 -Drácula, El Fantasma de la Ópera, La Momia, El Hombre Lobo, Doctor Jekyll y el Señor Hyde, El Jorobado de Notre Dame, El Hombre Invisible, La Criatura de la Laguna Negra, etc.- mediante una fastuosa fotografía en blanco y negro cortesía de Gerald Hirschfeld, una secuencia de créditos iniciales y transiciones visuales varias entre escenas características del cine mudo, una banda sonora bien clasicista y pomposa a cargo de John Morris y hasta los aparatejos originales creados por Kenneth Strickfaden para el laboratorio de la propuesta primigenia de 1931. El guión de Brooks y Gene Wilder, el artífice inicial del proyecto, se toma en solfa -y se inspira en- distintos aspectos de Frankenstein, La Novia de Frankenstein y sus diversas secuelas posteriores: aquí el protagonista es el Doctor Frederick Frankenstein (Wilder), un profesor universitario que está próximo a casarse con una burguesa ricachona y frígida, Elizabeth (Madeline Kahn), y que no quiere saber nada con el legado familiar y sobre todo con la ominosa creación de su abuelo, al que considera un científico loco y por ello opta por despegarse de su parentela haciendo que pronuncien su apellido como “Fronkensteen” pero cuando llega la hora de heredar el castillo del nono en Transilvania, acepta con gusto y marcha hacia el lugar, donde conoce a sus asistentes de turno, el jorobado picarón Igor (Marty Feldman) y la rubia putona Inga (Teri Garr), y a la tétrica y misteriosa ama de llaves reglamentaria, Frau Blücher (Cloris Leachman), quien espanta a los caballos con sólo pronunciarse su nombre. Es esta última la que manipula al joven doctor para que descubra el laboratorio y los apuntes de su abuelo, nada menos que el amante de Blücher, con el objetivo de que retome los experimentos centrados en devolverle la vida a los cadáveres mediante impulsos eléctricos, así Frederick -ayudado por Igor- roba de un cementerio el cuerpo de un criminal que ha sido ahorcado y le encarga al señor de la joroba que le consiga el cerebro del “científico y santo” Hans Delbrück, pero el susodicho se asusta de su propio reflejo y lo tira al piso, entregándole en cambio a su jefecito unos sesos anormales que generan una criatura de instintos viscerales (Peter Boyle), todo en medio de la investigación de un policía veterano en esto de lidiar con los Frankenstein, el Inspector Kemp (Kenneth Mars), oficial tuerto, manco y con acento alemán muy cerrado.

 

El elenco es un verdadero seleccionado de ensueño de luminarias talentosas y tapadas de la época entre las que se destacan los muy graciosos Feldman, componiendo a un asistente jorobado cobardón y oportunista que es diez veces más inteligente que Frederick, Mars, en la piel de un payaso petulante y lleno de tics nerviosos que viene a representar la soberbia de las instituciones estatales, Boyle, interpretando a una criatura salvajona, muy viril, temerosa del fuego y al mismo tiempo sensible a la música y mucho más civilizada que casi todos a su alrededor, y por supuesto el eterno Wilder, un actor magnífico que compone a un Frankenstein ególatra, ciclotímico y bastante hipócrita y que ya era ampliamente conocido porque venía de participar en joyas como Bonnie y Clyde (Bonnie and Clyde, 1967), de Arthur Penn, Empiecen la Revolución sin mí (Start the Revolution Without Me, 1970), de Bud Yorkin, Willy Wonka y su Fábrica de Chocolate (Willy Wonka & the Chocolate Factory, 1971), de Mel Stuart, Todo lo que Usted Quería Saber sobre el Sexo pero Temía Preguntar (Everything You Always Wanted to Know About Sex But Were Afraid to Ask, 1972), de Woody Allen, El Principito (The Little Prince, 1974), de Stanley Donen, y en sus dos colaboraciones previas con Brooks, léase Los Productores y Locura en el Oeste. Por supuesto que las tres mujeres también están perfectas, Kahn, Garr y Leachman, no obstante el que termina llevándose todas las palmas entre los secundarios es un estupendo Gene Hackman en un inusual rol cómico, el de aquel ermitaño ciego que supo interpretar O.P. Heggie en La Novia de Frankenstein y que cobijaba al monstruo en su perpetua huida de los esbirros/ representantes de una sociedad nada tolerante hacia los diferentes, parábola sobre la solidaridad y el mutualismo afectivo entre marginados que en la visión corrosiva de Wilder y Brooks deriva en desastre involuntario y bien práctico/ realista/ vulgar porque la incapacidad de ver del personaje de Hackman lo lleva a volcarle la sopa caliente a su homólogo de Boyle en la entrepierna, a romperle el vaso cargado de vino durante un intento de brindis y hasta a prenderle fuego un pulgar cuando pretendía encender un habano que le había regalado a su invitado, el cual por cierto se cansa de la compañía semi homicida del no vidente, destroza la puerta del humilde hogar y sale despavorido con la conciencia de que algunos desde su candidez e ignorancia pueden llegar a ser muy peligrosos y dañinos.

 

La faena está llena de momentos sublimes como el prólogo cuando el abogado Gerhardt Falkstein (Richard Haydn) se hace de una caja con el testamento del abuelo del adalid, el Barón Beaufort von Frankenstein, la escena de la clase en la universidad, la despida entre Elizabeth y Frederick antes de tomar ese insólito tren que va desde Estados Unidos hasta Transilvania, en Rumania, los primeros encuentros con Igor, Inga y Frau Blücher, el sutil descubrimiento del pasadizo secreto y del generoso laboratorio en las catacumbas del castillo Frankenstein, todo el episodio del robo del cadáver del cementerio y su traslado por las calles metropolitanas, la mítica secuencia de Igor echando a perder los “sesos buenos” y tomando los defectuosos en el Depósito de Cerebros de la región, la escena en la que el doctor desafía a los Dioses creando vida a partir de la muerte sirviéndose de electricidad y discursos mesiánicos muy floridos, la presentación del Inspector Kemp en esa asamblea popular que discute la presencia de un flamante Frankenstein en el castillo y el peligro que ello implica después de la friolera de cinco incidentes semejantes previos con criaturas incontrolables, la hilarante escena en la que el monstruo estrangula con sus manos a Frederick mientras Igor e Inga tratan de adivinar lo que les quiere decir mediante gestos y pistas de tipo lúdico, el episodio con los dardos con motivo de la visita de Kemp al alcázar, el instante en que Blücher libera al entrañable engendro, los episodios de la nenita (Anne Beesley) y el tremendo ciego de Hackman, la recaptura y ese intento del protagonista de apaciguar con amor a su creación que deriva en más pusilanimidad y en una catarata de lisonjas berretas hacia la fiera para que no lo asesine, la recordada secuencia en el teatro con él y la criatura bailando -ante un público de científicos- al ritmo de Puttin’ On the Ritz (1927), de Irving Berlin, provocando un nuevo estallido colérico y que sea encadenado por las autoridades, la posterior llegada de Elizabeth al castillo, y el desenlace en su conjunto con una nueva huida y la intentona de Frederick de trasladar parte de su personalidad al muchacho del averno, derivando en un final en el que Kemp y los aldeanos “perdonan” al ahora culto y refinado monstruo, por un lado, y Frankenstein e Inga se casan, por el otro lado, descubriendo el doctor a último minuto que así como el ser híbrido recibió sus dotes intelectuales el médico pasa a disfrutar de la potencia viril del monstruo. Gran parte de los mejores chistes que incluye el film son de índole sexual o picaresca, algo que recién estaba comenzando a explotarse en términos sociales/ culturales/ industriales/ simbólicos, y por ello espantaron a unos cuantos puritanos despreciables de su momento que se quedaron con la boca abierta ante la osadía de Brooks de mostrar al doctor y su asistente luego de hacer el amor en la mesa suspendida de reanimación o a Elizabeth pasando de hacerse la posible víctima de violación por parte del personaje de Boyle a encomendarse en cuerpo y alma a la avanzada al ver su “enorme schwanzstucker”, para colmo cantando en éxtasis Ah, Dulce Misterio de la Vida (Ah, Sweet Mystery of Life, 1910), de Victor Herbert y Rida Johnson Young, en homenaje/ parodia a aquella Jeanette MacDonald de Marietta, la Traviesa (Naughty Marietta, 1935), dirigida por Robert Z. Leonard y W.S. Van Dyke. Tan atemporal como la novela de Shelley y los films de Whale, El Joven Frankenstein continúa siendo un ejemplo perfecto de cómo llevar adelante una epopeya paródica, extremadamente mordaz y por momentos cuasi surrealista sin caer en el típico problema de los sketchs “comiéndose” a la historia principal o transformándola en una triste excusa sin interés ni verdadero marco englobador, en esta oportunidad más bien todo lo contrario porque cada pequeño detalle de humor está direccionado a apuntalar algún rasgo de los personajes o las situaciones de la trama con vistas a que ambas dimensiones -relato y risas- se retroalimenten de manera constante y refuercen la idea que se mueve por detrás de la fábula del ser humano tratando de imitar/ plagiar a la naturaleza en esto de engendrar vida o de manipularla impunemente, hablamos de la confusión acerca del estatuto de “bestia” y cuál sería la más amenazante, si la pobre criatura incomprendida o el psicópata de pretensiones científicas que la concibió…

 

El Joven Frankenstein (Young Frankenstein, Estados Unidos, 1974)

Dirección: Mel Brooks. Guión: Mel Brooks y Gene Wilder. Elenco: Gene Wilder, Peter Boyle, Marty Feldman, Madeline Kahn, Cloris Leachman, Teri Garr, Kenneth Mars, Richard Haydn, Anne Beesley, Gene Hackman. Producción: Michael Gruskoff. Duración: 106 minutos.

Puntaje: 10