El Corazón es un Cazador Solitario (The Heart Is a Lonely Hunter)

La bondad y el tiro del final

Por Emiliano Fernández

El gótico sureño, género literario por antonomasia sobre la crisis y las paradojas detrás de la construcción nacional norteamericana, fue un subproducto de la derrota de los Estados Confederados de América en la Guerra de Secesión (1861-1865) contra la denominada Unión, lo que generó la Era de la Reconstrucción (1865-1877) para incorporar a la región sureña sublevada en los Estados Unidos en términos formales pero sin prestar demasiada atención al hecho de que la segregación colectiva no sólo continuó en la zona sino que se acentuó debido a la frustración bélica en general y la misma imposición de políticas desde el norte desarrollado en materia de la reconciliación del país, el desmantelamiento parcial de las aristocracias agrícolas y por supuesto aquella emancipación forzosa de los esclavos negros. Fue durante el Siglo XX que el gótico sureño estalló en la cultura y el arte como una forma de parodia social a partir de elementos del naturalismo, el humor absurdo y el grotesco romántico de tintes cuasi etéreos o mágicos que se unificaron para explorar el oscurantismo religioso, la pobreza, el racismo de siempre, toda la amargura acechante, el antiintelectualismo, la violencia, la moral hiper conservadora y una fascinación macabra y sadomasoquista con los secretos -libidinosos o no- que atesoraba el vecino. Con motivos recurrentes como el pueblito depresivo, las plantaciones en decadencia, la ambivalencia ética, los sujetos excéntricos o pervertidos, la locura, las violaciones, el accionar del Ku Klux Klan, la ruina financiera de la burguesía rural, los fantasmas psicológicos del pasado, las burbujas domésticas a punto de implosionar y el temor/ horror a unos intrusos leídos en términos culturales paranoicos, muchos autores de la talla de Tennessee Williams, Truman Capote, Ambrose Bierce, William Faulkner, Harper Lee, Flannery O’Connor, Edgar Allan Poe, Cormac McCarthy y Thomas Wolfe atacaron en algún punto al sueño mentiroso de progreso de una modernidad post Guerra Civil que no sólo derivaba en fraude patético sino que no se acoplaba para nada con el idealismo ultra delirante -y basado en la represión y la marginación del diferente- del sur previo al conflicto armado, ámbito que interpretaba a la convivencia en términos de incomprensión mutua, autoindulgencia y dominio exacerbado.

 

Una de las representantes más conspicuas del gótico sureño fue Carson McCullers (1917-1967), escritora que padeció muchos problemas mentales, sexuales y de salud a lo largo de su vida antes y después de hacerse conocida a la temprana edad de 23 años con su primera y más famosa novela, El Corazón es un Cazador Solitario (The Heart Is a Lonely Hunter, 1940), trabajo mítico que sería sucedido por otras tres novelas, Reflejos en un Ojo Dorado (Reflexions in a Golden Eye, 1941), El Miembro de la Boda (The Member of the Wedding, 1946) y Reloj sin Manecillas (Clock Without Hands, 1961), una colección de relatos cortos, La Balada del Café Triste (The Ballad of Sad Cafe, 1951), y otra antología aunque póstuma y de obras inéditas, El Corazón Hipotecado (The Mortgaged Heart, 1972), compilada y editada por su hermana Marguerite. De las cuatro adaptaciones cinematográficas que tuvo aquel acervo literario de McCullers, El Miembro de la Boda (The Member of the Wedding, 1952), de Fred Zinnemann, Reflejos en un Ojo Dorado (Reflexions in a Golden Eye, 1967), de John Huston, El Corazón es un Cazador Solitario (The Heart Is a Lonely Hunter, 1968), de Robert Ellis Miller, y La Balada del Café Triste (The Ballad of Sad Cafe, 1991), opus de Simon Callow, sólo los films de Huston y de Miller sobrevivieron en la memoria cinéfila y ello tiene muchísimo que ver con el éxito artístico y la profundidad conceptual de ambos, siendo el segundo una verdadera maravilla que reclama una mayor popularidad y por un lado resume diversos acontecimientos y personajes del libro original, de clara impronta coral aunque siempre girando alrededor del sordomudo John Singer, y por el otro canaliza inteligentemente hacia el humanismo y la extrañeza narrativa todo aquel gótico sureño de la autora, éste casi siempre centrado en el retrato de criaturas solitarias, excluidas, bizarras, misteriosas y algo lunáticas semejantes al clásico modelo retórico del inadaptado que se divide entre la introspección, léase la tendencia a encerrarse en sí mismo por solipsismo y desconfianza hacia el resto de los mortales, y su contracara, la necesidad de comunicarse con los otros en una búsqueda infructuosa de amor, entendimiento, empatía o amistad que permita aprender de la experiencia del prójimo en vez de negarla por puro prejuicio necio.

 

En pantalla el optimista y afable Singer (Alan Arkin) trabaja en una joyería grabando plata en aquellos años 60 y tiene de único amigo a otro sordomudo, Spiros Antonapoulos (Chuck McCann), un sujeto fornido, retrasado mental y de origen griego con el que mantiene largas charlas en lenguaje de señas y al que debe sacar de tanto en tanto de prisión porque se mete en problemas con la ley por su gula y sobre todo su obsesión con las tortas, los chocolates, las galletitas, las golosinas y todo lo dulce y muy azucarado en general. Luego de robar una repostería en medio de la noche para degustar un pastel de boda y llevarse los muñequitos reglamentarios del novio y la novia, Spiros es encerrado en un hospital psiquiátrico público por su primo y tutor, Spirmonedes (Peter Mamakos), y John se ofrece a hacerse cargo de la custodia legal del hombre -en esencia para garantizar su libertad- mediante un trámite que lleva su tiempo y del cual se encarga su abogado, Beaudine (John O’Leary), el cual a su vez le recomienda que se mude pronto a un pueblo cercano al nosocomio para poder visitar con comodidad a Antonapoulos. El enclave sureño resulta ser Jefferson, donde Beaudine le consigue trabajo en una joyería a un Singer que alquila una habitación en la casona venida a menos de un matrimonio con dificultades financieras, los Kelly (Biff McGuire y Laurinda Barrett), él postrado en una silla de ruedas por una lesión en la cadera y ella una mujer algo gélida que vive preocupada por el dinero necesario para mantener a sus tres hijos, el bebé Ralph (Robbie Barnes), el purrete muy revoltoso Bubber (Jackie Marlowe) y la adolescente fanática de la música clásica y amante del piano Margaret alias Mick (Sondra Locke), quien se pone de novia con un tal Harry (Wayne Smith). El carácter altruista de John lo lleva a cuidar de Spiros, trabar amistad con su vecina púber y tratar de ayudar a otros personajes de la metrópoli, como un vagabundo semi alcohólico, Jake Blount (Stacy Keach), echado de un restaurant propiedad de Biff Brannon (Hubert Harper), y un médico negro moribundo, Benedict Mady Copeland (Percy Rodríguez), que posee una relación tormentosa con su única hija Portia (Cicely Tyson) ya que en vez de estudiar medicina se casó con un obrero sin educación, Willie (Johnny Popwell), y trabaja como criada limpiando hogares ajenos.

 

Si bien el libro se centraba en la dependencia amistosa -o quizás homosexual- entre Spiros y John y los vínculos de este último con Mick, Biff, Jake y el matasanos, mientras que el film descarta mayormente a Brannon para concentrarse en las visitas de Singer a su amigo institucionalizado y su idea sincera de “hacer el bien” a pesar de la indiferencia y maldad del mundo, como por ejemplo comprar un tocadiscos y un álbum con música de Wolfgang Amadeus Mozart para la adolescente, curar las heridas autoinfligidas por el vagabundo al golpear una pared después de ser expulsado de aquel local gastronómico e incluso ayudar al doctor, un racista que detesta a los blancos, traduciendo sus intercambios con un paciente sordomudo, la película en líneas generales respeta el espíritu del libro de McCullers porque el eje temático vuelve a ser en primera instancia la comunicación fallida, de allí la metáfora del impedimento de Singer en tanto barrera cultural que traza una distancia entre todos los seres humanos y no sólo entre los discapacitados y el resto de la población, y en segundo lugar las agresiones y el sustrato castrador de la sociedad, pensemos en una Margaret que debe abandonar la escuela para trabajar porque la cadera de su padre jamás sanará, en un Jake que termina arrestado y abandonando Jefferson por pelear con unos blancos en medio de hostilidades raciales y en un Benedict terco que se niega a cometer perjurio para salvar a Willie del presidio y así provoca que el lumpen pierda una pierna por un castigo carcelario posterior a una fuga. Miller, un realizador hoy olvidado e insólitamente especializado en comedias, aprovecha al máximo la fotografía sutilmente alegórica y ensoñada de James Wong Howe, el extraordinario guión del también productor Thomas C. Ryan, aquel de La Noche Deseada (Hurry Sundown, 1967), de Otto Preminger, y el glorioso desempeño de Arkin, Rodríguez, Tyson y unos debutantes Locke y Keach, un equipo creativo en verdad inigualable puesto al servicio de una de las mejores y más duras semblanzas acerca de la decepción, las injusticas de la vida, los anhelos deshechos, la necesidad de madurar y el egoísmo cruzado, ciego y naturalizado, ese que arroja a John a la más profunda soledad en el desenlace, después de enterarse de la muerte de Antonapoulos, y lo conduce al suicidio…

 

El Corazón es un Cazador Solitario (The Heart Is a Lonely Hunter, Estados Unidos, 1968)

Dirección: Robert Ellis Miller. Guión: Thomas C. Ryan. Elenco: Alan Arkin, Sondra Locke, Percy Rodríguez, Stacy Keach, Cicely Tyson, Chuck McCann, Biff McGuire, Laurinda Barrett, Johnny Popwell, Peter Mamakos. Producción: Thomas C. Ryan y Marc Merson. Duración: 124 minutos.

Puntaje: 10