Matewan

La chispa de la revolución

Por Martín Chiavarino

La dramatización de la historia de La Batalla de Matewan, un suceso acaecido en 1920 al calor de las huelgas de mineros que recorrían todo el territorio norteamericano, pasó en su momento sin pena ni gloria por los cines y fue elogiada por la crítica, pero el público de fines de los años ochenta no estaba demasiado interesado en un relato épico sobre la organización sindical estadounidense en una época en la que los sindicatos estaban en franco retroceso, la industria en declive y las ideas de un cambio social parecían lejanas bajo la segunda presidencia de Ronald Reagan.

 

Matewan (1987), la quinta película del realizador norteamericano John Sayles, un director y escritor más aclamado por sus guiones que por su labor como realizador, cuya primera novela, Pride of the Bimbos (1975), tuvo un moderado éxito en su país, es el retrato de una célebre huelga en una de las minas de carbón más importantes de Virginia Occidental, en el Condado de Mingo, contra una empresa monopólica que explotaba vilmente a sus trabajadores, en un entorno hostil y peligroso que podía costarles la vida.

 

El estallido de una huelga en las minas de carbón de la ciudad de Matewan inicia una serie de enfrentamientos entre los trabajadores y los matones que la empresa contrata para amedrentarlos, situación originada por la ausencia de un Estado que haga cumplir la ley, con las consecuencias de la falta de garantías constitucionales y de un capitalismo sin control basado en el monopolio de los medios de producción, la tierra y las propiedades construidas sobre ella más los almacenes y toda la producción, distribución y comercialización de cualquier producto en base a un sistema de vales emitidos por parte de un mismo conglomerado.

 

En su vejez, un pastor bautista, Danny Radnor (Will Oldham), narra su experiencia como minero y predicador en voz en off durante los acontecimientos de La Batalla de Matewan, a partir de la declaración de huelga, la organización del sindicato y la llegada de Joe Kenehan (Chris Cooper), un leñador y trabajador ferroviario, miembro de la organización estadounidense Industrial Workers of the World (IWW), que acude al llamado de sus colegas para ayudar y coordinar las acciones sindicales gracias a su experiencia en otras huelgas. En el mismo tren llegan unos proletarios afroamericanos hacinados, liderados por “Few Clothes” Johnson (James Earl Jones) y atraídos por los anuncios de la empresa, para romper la huelga y sumarse a los trabajadores inmigrantes italianos, todos con poca o nula experiencia en minas. Con el arribo de los desagradables matones contratados por la empresa, Bill Hickey (Kevin Tighe) y su ayudante, Tom Griggs (Gordon Clapp), el alguacil de la ciudad, Sid Hatfield (David Strathairn), y el alcalde Testerman (Josh Mostel) intervienen para parar los atropellos ilegales de la compañía en el perímetro de la ciudad. Mientras los hombres de la empresa intentan romper la huelga por todos los medios, los trabajadores mantienen su voluntad en un arduo camino para que se reconozcan sus derechos básicos, sumando a los afroamericanos e italianos en su lucha.

 

El azuzamiento por parte de la empresa del racismo para romper los lazos de solidaridad, los distintos problemas que enfrentan las huelgas, la visión inhumana que los empresarios tienen de los trabajadores equiparándolos a herramientas descartables, el rol de los predicadores en la cultura protestante norteamericana, el perverso sistema de vales que solo pueden ser canjeados en comercios de la misma empresa, el control total de la compañía de toda la propiedad privada en base a un sistema de préstamos impagables, hermosas anécdotas sindicales, el origen de los desclasados rurales que vagan por los bosques despojados de sus tierras, la muerte que les espera a los trabajadores en las minas y la esperanza de la sindicalización como única solución a la explotación salvaje son los temas que trabaja la mejor película de John Sayles, un director con un título en psicología, un gran interés por los dramas históricos y una contundente conciencia social.

 

Los conocimientos en psicología de Sayles son claves para la gran construcción de los personajes, que en cada escena ofrecen una clase magistral de profundidad en un retrato coral que va conduciendo al espectador por los entramados de la unión de los trabajadores. A pesar de poseer las características de una obra épica sobre la organización social, con algún componente romántico, la película tiene muchos elementos costumbristas relacionados con la vida cotidiana y las diferencias entre la idiosincrasia de los trabajadores oriundos de la zona, los afroamericanos que vienen de las plantaciones de Alabama y los inmigrantes italianos que huyen del hambre, la falta de trabajo en su país y las luchas fratricidas.

 

Además de la gran labor fotográfica de Haskell Wexler, aquí nominado al premio de la academia de Hollywood en un rubro que ya había ganado por ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1966), de Mike Nichols, y Esta Tierra es mi Tierra (Bound for Glory, 1976), de Hal Ashby, el trabajo de genealogía de la música de los Apalaches por parte del compositor Mason Daring, un género deudor del folklore escocés, es realmente brillante. La encantadora voz pastoral de Hazel Dickens, ya sea a capella o acompañada por los instrumentos de la época, resulta conmovedora. También se destaca la recuperación del reservorio de canciones italianas y la combinación de todos los géneros y culturas en el crisol de Virginia.

 

Las actuaciones de un elenco excelso son realmente estupendas, destacándose el rol de las mujeres, Mary McDonnell como Elma Radnor, la madre del predicador adolescente y esposa de un trabajador fallecido en la mina que debe recibir a los asquerosos matones, y Nancy Mette en un papel romántico dentro de un mundo de miseria capitalista. Bob Gunton, en un rol crucial a dos bandas, también realiza una excelente interpretación, al igual que Chris Cooper como Kenehan y ese James Earl Jones que como siempre acapara con su imponente presencia y voz cada escena en la que aparece.

 

Matewan es una de esas películas que la industria cultural quiere olvidar para ocultar los orígenes de un capitalismo salvaje que ha utilizado el concepto económico de la propiedad privada para reafirmar y legalizar el despojo, destruyendo todos los derechos de los trabajadores sin siquiera mirar de soslayo las condiciones de saqueo en que las tierras y los inmuebles fueron adquiridos, basamento de una propiedad constituida en base a un acto de violencia.

 

Matewan (Estados Unidos, 1987)

Dirección y Guión: John Sayles. Elenco: Chris Cooper, James Earl Jones, Mary McDonnell, Will Oldham, David Strathairn, Ken Jenkins, Gordon Clapp, Kevin Tighe, Bob Gunton, Jace Alexander. Producción: Maggie Renzi y Peggy Rajski. Duración: 133 minutos.

Puntaje: 10