Alma Negra (White Heat)

La cima del mundo

Por Emiliano Fernández

Las películas de gangsters constituyen una de las grandes obsesiones del séptimo arte desde sus comienzos debido a que por un lado responden a la miseria y las estructuras mafiosas que va dejando el capitalismo en todos los ámbitos a lo largo del globo, un sinfín de laberintos de influencias que se sostienen en una amplia variedad de atropellos implícitos y explícitos, y por otro lado calzan perfecto dentro de una arquitectura dramática tan ampulosa como paradigmática cuyo principal eje son los héroes/ antihéroes románticos que experimentan un ciclo de ascenso y caída de las maneras más estrambóticas y vistosas posibles, casi siempre bajo el esquema del adalid solitario -o el líder de una banda acorde- que persigue enriquecerse y mantenerse fiel a su código moral individual a pesar de los embates de una sociedad castradora, tontuela e hipócrita donde la ley está al servicio de los sectores más concentrados de la política, la economía, la comunicación, la cultura y -por supuesto- las fuerzas de represión, ese brazo armado que los caza desde una compulsión acrítica y sanguinaria que jamás perdona. Ahora bien, ninguna otra película en la historia del cine fue tan determinante en el desarrollo posterior de este subgénero de los policiales hardcore como Alma Negra (White Heat, 1949), obra maestra inconmensurable de Raoul Walsh, su mejor opus por lejos y una de las realizaciones más adictivas que haya entregado la gran pantalla, un huracán narrativo que atrapa al espectador desde la primera escena vía un dinamismo en verdad prodigioso y no lo suelta hasta el mítico desenlace, la frutilla de una torta que supo desplegar una furia muy poco habitual en el enclave hollywoodense.

 

Más allá de los méritos específicos de los guionistas Ivan Goff y Ben Roberts, quienes trabajaron a partir de una historia sugerida por Virginia Kellogg y basada en un collage de diversos casos reales vinculados a los robos, las persecuciones y el crimen organizado de aquel contexto de la Gran Depresión y la Ley Seca en los Estados Unidos (hablamos sobre todo de la pandilla de Ma Barker y sus hijos), sin duda el responsable del éxito del film en todos los niveles posibles es el extraordinario James Cagney, un señor que encarnando a Arthur “Cody” Jarrett establece uno de los más importantes mojones a futuro de las películas de gangsters: él mismo había interpretado muchas veces en el pasado a hombres vehementes o decididamente violentos, no obstante su Cody deja ya completamente atrás el sustrato caricaturesco de los villanos de antaño, ese que los hacía en algún punto ridículos en el constante contrapunto con la figura que representaba la casi siempre patética bondad o las instituciones establecidas, para dejar espacio a un psicópata amoral, realista y mugroso con todas las letras, un ser humano cuya insólita -y ultra vanguardista para su época- fragilidad se transforma en un plus enorme que enfatiza su carácter arrollador; a lo que para colmo se suman dos aportes brillantes de Cagney al personaje, léase el doble hecho de establecer una relación muy cercana con su progenitora, “Ma” Jarrett (Margaret Wycherly), ya con el padre y su hermano muertos y con un historial familiar de problemas mentales, y de padecer reiteradas migrañas que sólo la férrea Ma puede mitigar, dolores de cabeza que fingía de niño para recibir atención y que de adulto se hicieron reales a pura hipocondría.

 

En Alma Negra Jarrett es el despiadado caudillo de una banda de ladrones que asaltan un tren, se llevan 300.000 dólares y matan a cuatro operarios en el trajín. Por la intervención de un informante que identifica a la madre del prófugo, el agente del tesoro Philip Evans (John Archer) logra localizar a Cody en un hotel de Los Ángeles pero termina recibiendo un tiro por parte del susodicho, quien encima planifica una estratagema para sacarse de encima el asalto al tren, un crimen federal que lo puede llevar a ser condenado a muerte, confesando ante las autoridades un robo menor en la otra punta del país con el objetivo de que todo funcione como una coartada y le otorguen una sentencia de unos dos años en promedio. Mientras que Evans le planta un agente encubierto en su misma celda, Hank Fallon alias el prisionero Vic Pardo (Edmond O’Brien), para que descubra la identidad de la persona que lava el dinero sustraído, al mismo tiempo la mano derecha de Jarrett, “Big Ed” Somers (Steve Cochran), el cual está teniendo un affaire con la esposa del jefe, la vampírica Verna Jarrett (Virginia Mayo), decide tomar el control de la banda bajo la “ausencia carcelaria” de Cody y asesinarlo dentro del presidio a través del accionar de un sicario, Roy Parker (Paul Guilfoyle), a lo que incluso se agrega la no tan misteriosa muerte de la madre del protagonista. Luego de que Parker fallase en el intento de homicidio, con Hank/ Vic salvando a Jarrett y ganándose su confianza, Cody improvisa una fuga de prisión, ajusticia a Big Ed y acepta de nuevo a Verna sin saber que ella fue la que mató a Ma por la espalda cuando ésta planeaba hacer lo propio con Somers con vistas a proteger a su hijo recluso.

 

Ya con Fallon/ Pardo incorporado a la banda y descubriendo que el encargado de lavar el dinero es un tal Daniel “El Comerciante” Winston (Fred Clark), el cual les asigna como siguiente trabajo atracar una planta química y llevarse el dinero destinado al pago de sueldos, a Cody se le ocurre utilizar el ardid del Caballo de Troya de la mitología griega para entrar al lugar sin ser vistos vía un camión cisterna que esconderá a los ladrones en su generoso interior. Las cosas no salen como fueron planeadas porque el agente encubierto logra construir un oscilador con la radio defectuosa de Verna, plantarlo en el vehículo y dejarle un mensaje a Evans en un baño de una estación de servicio, detalle que posibilita que los representantes del tesoro puedan triangular su posición y descubrir el objetivo del asalto. Por más que el chofer asignado por Winston, “Bo” Creel (Ian MacDonald), reconoce a Hank como un policía que lo arrestó tiempo atrás, el agente puede escapar y así se desata una balacera en la que los diletantes de la ley disparan gas lacrimógeno, frustran el robo en su conjunto y masacran a la pandilla sistemáticamente. Evans rechaza la oferta de Verna de convencer a Jarrett para que se rinda y éste sube a lo alto de un gigantesco tanque de gas inflamable con forma de globo/ esfera, rodeado asimismo de otros más, y hasta le dispara a uno de los suyos que pretendía entregarse a los uniformados. Ya completamente enajenado y decidido a morir bajo sus propios términos, un Cody que ríe, recibe varios disparos del rifle de Fallon y se arrastra como puede dispara a los tanques y hace volar todo por los aires mientras vocifera su legendario leitmotiv, “¡lo logré, mamá, estoy en la cima del mundo!”.

 

La película retoma y en simultáneo complejiza muchos de los estereotipos del film noir de su tiempo, ofreciendo no sólo una versión enrevesada de los mismos sino la mejor posible en todos y cada uno de los casos: en vez de la simple batalla entrecruzada entre maleantes y esbirros institucionales aquí tenemos toda la mega subtrama del presidio, capítulo que abarca gran parte del nudo del metraje e incluye escenas magníficas como aquella en la que el protagonista se entera del fallecimiento de su progenitora durante el almuerzo colectivo y la del escape en sí con un revólver infiltrado en la enfermería cortesía de un compañero, Tommy Ryley (Robert Osterloh); algo que se extiende a la clásica dinámica del “topo” ya que en esta oportunidad existe un contrapunto muy marcado tendiente a la igualación entre Jarrett por un lado y Evans y Fallon/ Pardo por el otro, pensemos en la misma sangre fría de los agentes durante el fusilamiento del primero en el desenlace, el desapego actitudinal con el que Cody decide cargarse a Zuckie Hommell (Ford Rainey), uno de sus cómplices en el asalto al tren que resultó con quemaduras muy severas, el que Giovanni “Cotton” Valletti (Wally Cassell) prefiere no matar, y el asesinato del propio Parker, con Jarrett disparándole al baúl del coche donde el traidor se encontraba; y hasta la misma femme fatale de turno, Verna, esa que suele representar la condena tácita que le depara el destino al antihéroe, aquí no pasa de ser un personaje bastante secundario con un poder ínfimo sobre un Cody -con un Complejo de Edipo no resuelto- que la considera una tarada hermosa y muy irrelevante, ni siquiera preocupándose cuando su madre le confirma la pérfida relación entre ella y Big Ed.

 

Como hacían las mejores y más inteligentes propuestas de mediados del Siglo XX, Alma Negra en términos concretos respeta el mandato sagrado del Código Hays, aquel entramado de reglas de censura de Hollywood, especialmente evitando que los criminales se salgan con la suya sin ser sometidos a los “correctivos” del aparato legal y policial, sin embargo todo el peso del relato -y nuestra simpatía, por supuesto- recae en ese querido psicópata que hace lo que quiere y se siente amo de su ecosistema, un personaje libre al cien por ciento de las cadenas sociales debido a que desata su parte maldita a total discreción, sin limitación alguna a pesar de los numerosos escollos que va hallando en su derrotero por los márgenes comunales: la soberbia, esa que en muchas otras películas semejantes aparece castigada de manera brutal en el último acto de la trama en cuestión, en el opus de Walsh en cambio se transforma en la fuerza misma del relato y en el catalizador de la idiosincrasia avasallante/ indomable/ hegemónica de Jarrett, quien -como decíamos antes- se da el lujo de morir a lo grande y escapando del proceso despersonalizador y burocrático del Estado moderno capitalista. Cada uno de los motivos del film, desde los pivotes amorales hasta la sutil exageración interpretativa de Cagney para su gangster de antología, se transformarían con el correr de los años en nuevos puntos de referencia a partir de los cuales estructurar lo que se espera del subgénero en lo que al imaginario de los espectadores y la industria cultural se refiere, devolviéndonos una y otra vez a la necesidad suicida de control absoluto por parte del protagonista de esta irresistible epopeya de aventuras suburbiales y bien morbosas…

 

Alma Negra (White Heat, Estados Unidos, 1949)

Dirección: Raoul Walsh. Guión: Ivan Goff y Ben Roberts. Elenco: James Cagney, Margaret Wycherly, Edmond O’Brien, John Archer, Steve Cochran, Virginia Mayo, Paul Guilfoyle, Fred Clark, Ian MacDonald, Robert Osterloh. Producción: Louis F. Edelman. Duración: 114 minutos.

Puntaje: 10