La Dama del Perrito (Dama s Sobachkoy)

La complejidad del amor pleno

Por Emiliano Fernández

Las tres características principales del teatro de Antón Chéjov, esas que podemos encontrar en su tetralogía de clásicos que han recorrido todo el planeta, La Gaviota (Cháyka, 1896), Tío Vania (Dyádya Ványa, 1897), Las Tres Hermanas (Tri Sestry, 1901) y El Jardín de los Cerezos (Vishnyovyi Sad, 1904), son las técnicas combinadas de dejar fuera de escena sucesos importantes, ofrecer diálogos que muchas veces evitan hablar de sentimientos y situaciones cruciales del devenir planteado y especialmente privilegiar el desarrollo sutil de personajes por sobre la exposición prolija y regulada de una trama bien estándar, rasgos en su momento de vanguardia y/ o rupturistas para con la norma habitual que asimismo fueron a parar a sus cuentos cortos, comarca profesional en la que Antón brilló de igual manera, aunque de modo más tenue por la naturaleza misma del texto autocontenido en oposición al frenesí de las tablas. Este naturalismo de la mundanidad del escritor ruso, siempre volcado al rechazo del heroísmo literario clasicista, a la tendencia a desplegar interrogantes más que respuestas y sobre todo a la ponderación de las paradojas de la vida en tanto arcanos de sus diversos protagonistas, alcanza una verdadera cúspide en el que quizás sea su cuento más famoso y celebrado, La Dama del Perrito (Dama s Sobachkoy, 1899), relato que sintetiza a la perfección sus preocupaciones temáticas y formales de siempre porque en él nos regala una historia de nostalgia y de romance clandestino en épocas en las que el divorcio estaba terminantemente prohibido y la “posición comunal” del individuo se determinaba por un marco de influencias que tenían por núcleos a la estructura familiar más férrea y el nicho de dicho clan dentro de la pirámide plutocrática del zarismo, régimen que fue explorado por Chéjov desde un enfoque calidoscópico que remarcaba sus injusticias y tensiones internas.

 

De entre las múltiples adaptaciones del cuento en cuestión, esas que abarcan el ballet, el teatro tradicional, el musical y hasta reversiones equidistantes en prosa, se destacan por supuesto las audiovisuales, rubro que incluye exégesis ya olvidadas, como por ejemplo la cinematográfica de 1972 del yugoslavo Mladomir “Purisa” Djordjevic y dos televisivas también de la década del 70, esa de 1971 del argentino Alejandro Doria y la de 1975 del belga Jean-Pierre De Decker, no obstante las verdaderamente memorables -ambas para el séptimo arte- son Ojos Negros (Oci Ciornie, 1987), de Nikita Mijalkov, y la película que nos ocupa, La Dama del Perrito (Dama s Sobachkoy, 1960), joya diminuta o más bien casi microscópica del hoy desconocido Iosif Kheifits. A diferencia del sustrato fatalista del film de Mijalkov, el cual en el desenlace le insinuaba la felicidad a los dos amantes y luego se la arrebataba cruelmente, en el opus de Kheifits esto no ocurre porque se mantiene muy cerca del cuento original de Chéjov, donde no se penaliza a los infieles por un simple acto de amor sincero y -nuevamente- se deja abierta la puerta a la interpretación del lector debido al apego del ruso para con los finales ambiguos, en las páginas un gran signo de interrogación tácito que implica seguir con el affaire en la clandestinidad de aquella represiva sociedad zarista. La realización recaptura con maestría la lenta eclosión del amor en la psiquis de ambos protagonistas, los dos presos de matrimonios infelices o más bien insatisfechos con el rumbo deprimente que ha tomado la vida en pareja o en familia, en tanto necesidad de un afecto liberador aunque no en términos modernos anacrónicos sino entendiéndolo dentro del marco cultural de aquella etapa histórica, léase aceptando la angustia de la separación por largos períodos de tiempo y la necesidad del secreto para evitar toda condena social.

 

Dimitri Gurov (Aleksey Batalov) supo ser filólogo y cantante aunque se acopló al redil institucional como un gris empleado bancario de Moscú y está casado con Madame Gurov (Nina Alisova), con la que tuvo tres hijos, dos machos y una hembra, una unión arreglada entre las dos familias en cuestión cuando el susodicho aún era un muchacho, y en lo que respecta a la contraparte amatoria, la hermosa Anna Sergeyevna (Iya Savvina), ésta es una veinteañera de San Petersburgo que lleva dos años viviendo en Sarátov por un matrimonio con un tal Von Didenitz (Panteleymon Krymov), empleado del laberíntico aparato estatal de administraciones territoriales. A fines del Siglo XIX Gurov y Sergeyevna se encuentran vacacionando en soledad en Yalta, un balneario de Crimea, y allí se conocen y se enamoran sin proponérselo, ella siempre acompañada por su mascota, un pomerania completamente blanco y muy simpático bautizado Ralf, sin embargo la mujer regresa a Sarátov cuando recibe una carta de su marido diciendo que tiene algún tipo de enfermedad en sus ojos, lo que resulta ser hipocondría del varón. Dimitri se despide de Anna en la estación de tren de Yalta y vuelve sin más a Moscú, donde espera olvidarse de la mujer. Sumido en la rutina claustrofóbica del trabajo diario y la supuesta juerga nocturna en el club, lugar en el que se topa con un amigo algo mucho patético y autocondescendiente que sospecha que su esposa le es infiel y que se casó con él por su gran riqueza, el putañero Alexéi Semiónovich (Pavel Pervushin), Gurov se marcha de repente a Sarátov y monta guardia en la puerta de la casa matrimonial pero sólo se reencuentra con Sergeyevna en una función teatral, prometiéndole ella viajar a Moscú con alguna excusa para que puedan volver a quererse. El remate es el mismo del cuento con ellos en la capital planificando sin certeza toda su existencia a futuro.

 

Kheifits, un especialista en dramas intimistas apenas conocido en su momento en Occidente por tres obras previas, Una Gran Familia (Bolshaya Semya, 1954), El Asunto Rumiantsev (Delo Rumyantseva, 1956) y Mi Amado (Dorogoy moy Chelovek, 1958), y tres posteriores, ¡Salve, María! (Salyut, Mariya!, 1971), El Duelo (Plokhoy Khoroshiy Chelovek, 1973) y La Única (Edinstvennaya, 1976), aquí se basa en un andamiaje retórico muy propio de aquel cine mudo, a su vez sustentado en la estupenda música de Nadezhda Simonyan y ese dejo preciosista de la fotografía de Andrei Moskvin y Dimitri Meskhiyev, para construir una historia no de un amor imposible sino de pasión real, dificultosa pero factible hasta cierto punto, de allí la decisión de conservar el desenlace de Chéjov y obviar la típica tragedia marca registrada del romanticismo anglosajón y europeo en general, una que fue a parar a Ojos Negros. Otro pivote fundamental del film es el glorioso desempeño de Batalov, actor fetiche de Kheifits que transmite toda la melancolía de Dimitri, un cuarentón que está harto de su esposa símil maniquí y sus aburridos críos y que confiesa que ya tuvo otros amoríos pero nunca del nivel de esta Anna de la celestial Savvina, una actriz con una vocecita aguda y unos ojos de mártir perpetua a lo Maria Falconetti de La Pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928), opus de Carl Theodor Dreyer, personaje que reproduce el clásico planteo femenino de detestar a su marido por ser un lacayo, un ser insignificante o anodino que demuestra el poco criterio de la mujer a la hora de elegir pareja (incluso se da a entender, en la escena del teatro en Sarátov, que le mete los cuernos a Anna). En el fondo el hecho de retratar la complejidad del amor pleno, con sus alegrías y penas, termina siendo más lírico y sensato que los finales amargos o quizás hasta bastante conservadores de Breve Encuentro (Brief Encounter, 1945), de David Lean, y Noches Blancas (Le Notti Bianche, 1957), de Luchino Visconti, para este mismo exacto derrotero del cariño a escondidas…

 

La Dama del Perrito (Dama s Sobachkoy, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, 1960)

Dirección y Guión: Iosif Kheifits. Elenco: Iya Savvina, Aleksey Batalov, Panteleymon Krymov, Nina Alisova, Pavel Pervushin, Galina Barysheva, Zinaida Dorogova, Vladimir Erenberg, Yakov Gudkin, Kirill Gun. Producción: Mikhail Gendenshteyn. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 9