Pasan los años pero Los Duelistas (The Duellists, 1977) sigue resultando igual de terrorífica porque su retrato del encono en espiral ascendente, prácticamente transformado en un deporte que se autojustifica en su amalgama de miedo y adrenalina, continúa gozando de una inusitada vigencia por este sustrato primordial que nos habla de la violencia caprichosa paradigmática del ser humano y su tendencia a engrandecer las disputas de modo paulatino hasta convertirlas en una bola de nieve que multiplica su volumen al punto de condenar al olvido a su casi siempre diminuto catalizador inicial, esa pequeña idiotez o desacuerdo o burla o antojo sádico que empezó todo. La ópera prima de Ridley Scott, sin duda uno de los mejores debuts de la historia del séptimo arte, logra balancear su naturaleza paradójica ya que hablamos de una producción de relativo bajo presupuesto, enmarcada en la extensa carrera como director publicitario del señor junto a su hermano menor Tony Scott, con quien por cierto fundaría una empresa en la que trabajarían además Alan Parker y Hugh Hudson, aunque con ambiciones muy elevadas porque resulta indudable que la idea de fondo del film fue duplicar las temáticas y el preciosismo fastuoso y arrebatador de Barry Lyndon (1975), la obra maestra de Stanley Kubrick sobre el tremendo Redmond Barry (Ryan O’Neal), señor que en la Inglaterra del Siglo XVIII va escalando posiciones dentro de la nobleza mientras se mueve entre el ejército, los duelos, el amor y la impronta caníbal atemporal de las elites en el poder. Precisamente, son los retos banales por cuestiones de honor u orgullo malherido los grandes protagonistas del opus que nos ocupa, uno basado en el cuento corto El Duelo: Una Historia Militar (The Duel: A Military Story), de Joseph Conrad, incluido en la antología literaria Un Juego de Seis (A Set of Six, 1908) e inspirado en las batallas hiper formales que protagonizaron dos militares franceses que vivieron entre el Siglo XVIII y el Siglo XIX y llegaron a ser generales, Pierre-Antoine Dupont de l’Étang y François Fournier Sarlovèze, colegas oficiales que lucharon en las Guerras Napoleónicas y se batieron entre sí unas 30 veces a lo largo de dos extensas décadas con sables, espadas y pistolas, tanto a pie como montando caballos varios de la milicia a pura decadencia suicida.
Así como Conrad en el papel se mantuvo cerca del caso real, el guión de Gerald Vaughan-Hughes, quien sólo escribió para cine la presente y dos películas más, las hoy largamente olvidadas Sebastián (1968) y Una Hija para el Diablo (To the Devil a Daughter, 1976), respeta el texto del escritor, dejándonos con un derrotero que empieza en la Estrasburgo de 1800 cuando el Teniente Gabriel Feraud (Harvey Keitel) le clava su sable en el abdomen al sobrino del alcalde de la metrópoli en un duelo originado por las críticas de este último a Napoleón I Bonaparte. Furioso luego de tener que disculpase con el alcalde durante dos horas, el General de Brigada Treillard (Robert Stephens) le ordena al Teniente Armand d’Hubert (Keith Carradine) que localice al bonapartista acérrimo Feraud y le comunique que debe regresar al cuartel general porque está bajo arresto, lo que efectivamente hace en la morada de Madame de Lionne (Jenny Runacre), una ricachona local de gran renombre, provocando de sopetón que Feraud redireccione su enojo hacia el mensajero bajo la doble excusa de que consiente tácitamente que se ataque al idealizado Napoleón y de que le faltó el respeto en público haciéndolo retirarse de la lujosa residencia de Lionne. Así las cosas, la primera rencilla es con espadas y algo caótica porque d’Hubert consigue herirle una mano al adversario pero la amante de éste le salta encima para impedir que lo mate. La pronta guerra paraliza investigaciones más profundas y sanciones para los dos hombres, los cuales deben volver al servicio activo francés pero por supuesto la cosa no termina allí porque en la revancha -seis meses después- Gabriel hiere gravemente en el pecho al rival con su sable, en el tercer duelo con espadas muy pesadas se llega a un empate después de una cansadora carnicería en conjunto y en el cuarto combate -en Lübeck, 1806, ya con ambos ascendidos al grado de capitán- Armand consigue rebanarle la frente a Feraud arriba de un caballo, generando una hemorragia que le impide ver y lleva nuevamente a detener el asunto. Los protagonistas están cerca de batirse con pistolas en la Rusia de 1812 aunque luego se ven obligados a luchar a la par contra los cosacos, indicando que en medio del absurdo de la virulencia vacua aún prima la clásica solidaridad castrense frente a un enemigo en común.
La realización se centra mayormente en el punto de vista del nexo más débil de esta cadena de animadversión, Armand, y analiza su deterioro emocional con el transcurso de los años no sólo poniendo de relieve su temor a morir y su intención de evadir en lo posible las constantes invitaciones a nuevos enfrentamientos por parte del algo psicótico Gabriel, sino también mediante sus vínculos con las mujeres, en esencia pasando desde la putona y sensata Laura (Diana Quick), una fémina que lo quiere mucho y trata de convencerlo de que abandone la serie de refriegas, a la cándida y muy pudiente Adèle (Cristina Raines), con la que se casa luego de ser nombrado general y en medio de un semi retiro por una herida bélica en una pierna que lo lleva a repensar sus lealtades, rechazar el pedido de que se sume a los bonapartistas y eventualmente adscribir a la milicia de Luis XVIII, ya con Napoleón siendo derrotado en Waterloo y Feraud pronto a ser ejecutado junto con otros tantos adeptos al jerarca depuesto. Scott maneja a la perfección tanto la faceta animalizada y deportiva/ social/ militar del odio, empardada a un rencor que va acumulando heridas y acrecentando su obsesión con el contrincante, como la dimensión ideológica de máxima, basta con pensar en las acusaciones de traición de Gabriel -algo así como un proletario extasiado del ejército que asimismo llega en el final del trajín al grado de general- hacia un d’Hubert que eventualmente le termina dando la razón por lo menos en este apartado, ya que su reconversión oportunista hacia el bando monárquico y en claro detrimento para con las huestes de Napoleón ratifica sus sospechas en torno al hecho de que siempre fue un perro faldero de quienquiera esté en el poder, jugada que nos habla de una burguesía con esa filosofía plutocrática del “acomodo político” eterno -Armand o Dupont de l’Étang- en oposición a una ortodoxia castrense de lealtades llevadas al extremo -Gabriel o Fournier Sarlovèze- que no se siente cómoda en la nueva situación luego de haber servido durante tanto tiempo al mandamás previo. El equilibrio tambaleante entre la paz y la guerra también constituye otro pivote del relato, enfatizando que la diplomacia más hipócrita suele suceder al autoritarismo, los sueños de gloria y la sinceridad de las masacres en un ciclo angustioso.
Quizás el factor más interesante de Los Duelistas, más allá de la decisión del desenlace de d’Hubert de utilizar la férrea e inquebrantable doctrina/ código de honor de Feraud contra su adversario al transformarlo en un “muerto en vida” cuando en el último duelo lo insta a punta de pistola a que de allí en más deje de molestarlo y no insista más con las riñas, esté condensado en aquella estupenda escena en la que imprevistamente Armand intercede ante el Ministro de Policía Joseph Fouché (Albert Finney) para que libere a Gabriel, incluso consiguiendo cartas al respecto de un par de mariscales avalando una petición que le salva la vida al rival y lo lleva a un exilio en el interior galo bajo constante supervisión policial, expulsión de la vida pública semejante a la del mismo Napoleón en la isla de Santa Elena (el cineasta británico además cita en la última toma a un famoso cuadro de François-Joseph Sandmann, con el emperador Bonaparte mirando en la más absoluta soledad a un vasto y maravilloso paisaje). A pesar de su evidente posición de sometimiento por verse obligado a pelear una y otra vez para obedecer los patrones de conducta de su tiempo en términos comunales y castrenses, en el gesto de salvar el pellejo de su adversario d’Hubert se aleja de la patética piedad cristiana de poner la otra mejilla -lo que podría ser el caso si hablásemos de un film hollywoodense o melodramático bobo mainstream- y se acerca en cambio al reconocimiento tragicómico de la complementación identitaria por encono, ya que para ese punto Feraud, todo un esclavo de su sed de sangre y su desprecio hacia el diferente, había conseguido trasladar su virulenta obcecación a un Armand que se debatía entre seguirle el juego por puro automatismo de la testosterona o viabilizar un nuevo encuentro belicoso bajo la esperanza de que sea el último, a matar o morir. El horror que propone Scott, en esta oportunidad apoyándose en los excelentes Carradine y Keitel, más una magnífica labor del compositor Howard Blake y del director de fotografía Frank Tidy, es de tipo bien visceral, patológico y hasta profundamente atávico porque habla de la incapacidad de llegar a un acuerdo entre pares, por un lado, y de la mutua y necia retroalimentación de los partícipes de las escaramuzas, por el otro lado, tendencias inherentes al ser humano desde siempre…
Los Duelistas (The Duellists, Reino Unido, 1977)
Dirección: Ridley Scott. Guión: Gerald Vaughan-Hughes. Elenco: Keith Carradine, Harvey Keitel, Albert Finney, Cristina Raines, Robert Stephens, Diana Quick, Jenny Runacre, Stacy Keach, Edward Fox, Tom Conti. Producción: David Puttnam. Duración: 100 minutos.