Cheryl Araujo fue una chica de la comunidad de ascendencia portuguesa de New Bedford, Massachusetts, que en 1983 fue violada en grupo arriba de una mesa de billar a los 21 años en la Taberna de Big Dan cuando pretendía comprar cigarrillos, episodio que por un lado llevó a la condena de sus cuatro atacantes directos y la exoneración de otros dos hombres que vitorearon a los anteriores, en general cumpliendo una sentencia de prisión de seis años y medio, y por el otro lado desencadenó en su momento un debate nacional en Estados Unidos por la falta de respeto estatal y mediática hacia la víctima debido a que desde el comienzo del juicio se reveló su nombre, provocando a su vez la discriminación contra el colectivo portugués de New Bedford, el odio de éste hacia Araujo, la necesidad de la mujer de mudarse a otro lugar, su descenso paulatino hacia el alcoholismo y finalmente su muerte en Miami, Florida, en 1986 a la edad de apenas 25 años en un accidente automovilístico cuando chocó contra un poste con sus dos hijas pequeñas dentro del vehículo en cuestión, ambas por suerte sobreviviendo al incidente. La versión hollywoodense mainstream del caso, Acusados (The Accused, 1988), estupenda película dirigida por Jonathan Kaplan y escrita por Tom Topor, respeta en general los acontecimientos verídicos aunque cambia la mesa de billar por un pinball/ flipper y modifica también la perspectiva para diferenciarse del exploitation histórico de rape and revenge, comarca retórica bastante similar, y seguir la estela de trabajos previos que fueron volcándose progresivamente hacia la legitimidad y el realismo burgués que reclama el público conservador, pensemos por ejemplo en las menos desaforadas -“menos” si las comparamos con los clásicos underground de antaño del rubro- Violación (Lipstick, 1976), de Lamont Johnson, y Acorralada (Extremities, 1986), opus de Robert M. Young, ahora evitando centrarse en el proceso legal en sí contra los victimarios y optando por analizar la participación activa indirecta de diversos testigos del crimen que no hicieron nada para evitarlo o incluso lo instigaron abiertamente, como decíamos antes.
Queda muy en primer plano que este enfoque de denuncia de Acusados, en lo referido a la complicidad popular de siempre en materia de quedarse petrificados cuando un hecho llama a la intervención y/ o rauda toma de posición concreta, se asemeja bastante a lo que sería una acepción maximizada o extrema de lo ocurrido a la pobre Kitty Genovese en 1964, mujer que a los 28 años fue apuñalada, violada y robada a lo largo de media hora cerca de su hogar en Nueva York ante la mirada insensible de unos vecinos que fueron testigos de lo sucedido desde sus respectivos departamentos e hicieron poco y nada para detener la cruel arremetida del necrófilo Winston Moseley, acontecimiento que mutó en el caso modelo del denominado Efecto Espectador o Síndrome Genovese, léase la impasibilidad/ indiferencia/ apatía promedio de los habitantes de las grandes urbes modernas, y que en ocasión de la traslación a la gran pantalla del martirio de Araujo traspasa la frontera de la abulia morbosa para penetrar en el terreno de la connivencia celebradora del delito y los atropellos de turno. Sarah Tobias (Jodie Foster) es una chica de clase baja y camarera en un restaurant que se pelea con su novio, Larry (Tom O’Brien), y sale al encuentro de una amiga que trabaja en el bar The Mill, Sally Fraser (Ann Hearn), donde se emborracha, baila y es atacada por tres sujetos sobre un pinball en un cuarto trasero del local repleto de gente, faena de la que logra huir al morderle la mano a uno de ellos y salir corriendo con la ropa rasgada hacia la calle. La representante de la fiscalía, Kathryn Murphy (Kelly McGillis), pauta un trato con los abogados defensores sin consultarle a la víctima para lograr que se declaren culpables no de violación sino de “imprudencia temeraria”, una traición que enfurece a Tobias, le pesa en la conciencia a Murphy y eventualmente la lleva a iniciar un proceso posterior contra aquellos clientes del lugar, otros tres energúmenos, que incentivaron el asalto sexual con alaridos y diversas arengas, en este caso bajo la acusación de incitación al delito y con el testimonio fundamental de Kenneth Joyce (Bernie Coulson), estudiante universitario que lo vio todo.
Al cambiar el foco de atención ideológico y narrativo desde los perpetradores explícitos hacia la zona más gris pero también más mundana y dolorosa a nivel moral del surtido de secuaces por acción u omisión, jugada retórica que lleva a extrapolar conclusiones de clara impronta nihilista porque todos los presentes serían efectivamente cómplices patéticos de una manera u otra, Acusados se diferencia del voluminoso lote de films sobre avanzadas sexuales predatorias y así pone el dedo en las llagas del sadismo, la curiosidad malsana, la cobardía, la mediocridad ética y el egoísmo anti solidaridad de una sociedad internacional repugnante en la que casi todos se creen que tienen la razón y se la pasan sermoneando para imponer su parecer y torcer la voluntad ajena sobre la temática que sea, actitud que por supuesto constituye la instancia previa a algún tipo de violencia simbólica o hasta material, como la retratada en pantalla. Dicho de otro modo, al dejar a la violación de la voluntad individual en segundo plano y/ o al mostrarla a través de la perspectiva del testigo que no hace nada para defender a la víctima, el opus que nos ocupa se concentra en los diferentes niveles de la complicidad activa y pasiva involucrada, algo que está muy bien trabajado por el guión de Topor, responsable de las espiritualmente similares Me Quieren Volver Loca (Nuts, 1987), de Martin Ritt, y Juicio (Judgment, 1990), del propio Topor en calidad de realizador, ya que contradice el “sentido común” en eso de que los más allegados a Tobias serían sus campeones y los desconocidos los sujetos gélidos del montón, lo que por cierto no es así porque en el metraje se da entender por diálogos que las declaraciones de su novio y su amiga, Larry y Sally, fueron más negativas que positivas para la fiscalía mientras que el secuaz pasivo, Joyce, quien estaba ahí con su amigo ricachón Bob Joiner (Steve Antin), nada menos que uno de los violadores, sí recibe tiempo de pantalla y sí resulta crucial al punto de que sus palabras en el estrado son de hecho las que desencadenan el flashback de la embestida, una de las secuencias más duras del gremio de las películas sobre violaciones.
Si bien en los créditos oficiales McGillis aparece antes que Foster porque la primera era en aquel tiempo una estrella más reconocida que la segunda, habiendo participado en obras memorables como Testigo en Peligro (Witness, 1985), de Peter Weir, Top Gun (1986), de Tony Scott, y La Casa de la Calle Carroll (The House on Carroll Street, 1987), de Peter Yates, y habiendo renunciado al rol de Tobias porque la misma McGillis había sido violada en 1982 por dos hombres que ingresaron en su departamento, en verdad la que se roba la película es una Foster magnífica y en plan masoquista luego del infame episodio con John Hinckley Jr., lunático muy importante y acosador crónico de la actriz que intentó asesinar al presidente Ronald Reagan en 1981 para “impresionarla” siguiendo lo hecho por Travis Bickle (Robert De Niro) en Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, donde Jodie interpretó a una prostituta adolescente, Iris Steensma, por ello en términos macros se considera a la Sarah de Acusados como su “mayoría de edad” a ojos de la fauna hollywoodense y el papel que le permitió saltar a roles adultos -Oscar a Mejor Actriz de por medio- como aquellos de Camino de Retorno (Catchfire, 1990), rareza de Dennis Hopper, uno de sus pocos desnudos reales, y El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs, 1991), joya de Jonathan Demme, el film que la terminó de consagrar después de un largo derrotero infantil que se remonta a fines de los 60 y cubre faenas de Alan Parker, Nicolas Gessner, Tony Bill, Gary Nelson, Norman Tokar, Adrian Lyne, Robert Kaylor, Tony Richardson, Mary Lambert y el mencionado Scorsese. Kaplan, un discípulo de Roger Corman recordado por Truck Turner (1974), En el Abismo (Over the Edge, 1979), Proyecto X (Project X, 1987), Obsesión Fatal (Unlawful Entry, 1992) e Inocencia Robada (Brokedown Palace, 1999), entre otras, aquí redondea un retrato minucioso, honesto e inteligente del horrendo aparato institucional, los abogados de mierda, la estrategia de culpabilizar a la víctima, su enorme vulnerabilidad, la saña mediática y la violencia que anida tanto en la white trash como en la alta burguesía…
Acusados (The Accused, Estados Unidos/ Canadá, 1988)
Dirección: Jonathan Kaplan. Guión: Tom Topor. Elenco: Jodie Foster, Kelly McGillis, Bernie Coulson, Leo Rossi, Ann Hearn, Carmen Argenziano, Steve Antin, Tom O’Brien, Peter Van Norden, Terry David Mulligan. Producción: Stanley R. Jaffe y Sherry Lansing. Duración: 111 minutos.