La Leyenda de Ochi (The Legend of Ochi, 2025), ópera prima como director y guionista del estadounidense Isaiah Saxon, es la típica película que queda muy expuesta a ser acusada de privilegiar la superficie por sobre el contenido porque de hecho el film cuenta por un lado con el mejor trabajo en títeres, animatronics, mattes y practical effects del nuevo milenio, realmente resultando extraordinario lo desplegado en pantalla, y por el otro lado con una historia demasiado sencilla o previsible sostenida en diálogos apenas correctos y un nulo desarrollo de personajes, los cuales a su vez bordean el cliché o carecen de background verdadero alguno. No obstante el debut de Saxon, hasta ahora célebre por haber codirigido junto a Sean Hellfritsch -bajo el seudónimo colectivo de Encyclopedia Pictura- aquellos videoclips vanguardistas y mayormente animados de las canciones Knife (2006), de Grizzly Bear, Wanderlust (2007), de Björk, y Boys Latin (2015), de Panda Bear, no sólo ofrece belleza para compensar el faltante, por cierto además de las marionetas están la música etérea o hipnótica de David Longstreth y esa fotografía de Evan Prosofsky que registra la espectacularidad de las locaciones en la parte rumana de los Cárpatos, los Montes Apuseni, sino que también nos regala una moraleja más que interesante vinculada en igual medida al respeto a la naturaleza bajo sus condiciones y sus necesidades, el cuidado de las relaciones familiares y especialmente de pareja y finalmente la obligación de inculcar cariño -y no odio o resentimiento- a los niños, una simpática caterva de anarquistas que sigue nuestros pasos a rajatabla y que con el devenir de los años regurgitará cada lección de la mocedad.
Retomando la premisa central de obras entrañables como E.T. el Extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982), de Steven Spielberg, y Cómo Entrenar a tu Dragón (How to Train Your Dragon, 2010), de Dean DeBlois y Chris Sanders, léase el contacto con un otro demonizado y su progresiva humanización a través de un respeto, una comprensión y una paciencia que van más allá de la tolerancia rudimentaria, la propuesta ofrece una versión entre fantástica y ucrónica de nuestro tiempo y se centra en la Isla de Carpathia, ubicada en el Mar Negro, donde vive una comunidad en un contexto cuasi medieval caracterizado por la ganadería ovina, el oscurantismo y los ataques esporádicos contra los animales por parte de una especie local llamada “ochi”, mezcla de primate y marsupial que luego de cada oveja devorada sufre una caza/ expulsión encabezada por Maxim (Willem Dafoe), veterano delirante que gusta de vestirse como legionario romano y tiene a su disposición un pelotón de seis niños de familias vecinas a los que imparte una graciosa disciplina marcial, amén de dos vástagos propios, uno adoptado desde que terminase huérfano a sus catorce años, el púber Petro (Finn Wolfhard), y otro biológico de carácter melancólico e inconformista, la niña/ preadolescente Yuri (Helena Zengel), a la que reemplazó a nivel afectivo con todos los varones porque efectivamente siempre quiso un nene. Es esta última la que no se lleva bien con el progenitor porque pretende conocer a su madre abandónica, Dasha (Emily Watson), y por ello cuando encuentra en una trampa para osos a una cría malherida de ochi decide visitar a mami, frustración mediante, y después devolver el animalito a sus padres.
El tono narrativo en general es más farsesco, cargado con pinceladas de humor cáustico, que crudo o impiadoso porque el público objetivo aparentemente son los espectadores adultos de corazón sensible y los mocosos sin déficit de atención, una evidente minoría en un Siglo XXI saturado de estímulos polirubro, en función de ello La Leyenda de Ochi toma la forma de una semblanza de la naturaleza y su contraparte, esa ceguera asesina del ser humano que en el relato está representada tanto por el grupito de niños con armas, quienes reproducen la violencia e idiotez egoísta de los adultos y la sociedad en la que viven, como por la serie de prejuicios oportunistas de Maxim, el cual responsabiliza a los ochi por la destrucción de su matrimonio debido al amor de la mujer hacia los susodichos -o simula de modo casual, a pura autoindulgencia y desvarío, el asesinato de su esposa a manos de estas curiosas criaturas- cuando en realidad la ruptura se produjo porque ambos cónyuges eran totalmente incompatibles. En este sentido el film trabaja muy bien las dicotomías porque así como tenemos dos versiones de la rebeldía ante la figura paterna, la activa de Yuri y la pasiva de Petro, asimismo nos topamos con dos posibles respuestas frente a la incógnita alrededor de los ochi, hablamos por supuesto de la demonización hipócrita de Maxim y los intentos de Dasha, una pastora de ovejas que lleva una existencia solitaria en medio del paisaje bucólico, por entender a la especie y sobre todo sus costumbres y su mecanismo de comunicación mediante sensaciones semi cantadas, metáfora de la simpleza del lenguaje animal en contraposición al sustrato enrevesado humano de las palabras y los conceptos.
Así como los puntos a favor se concentran en el humanismo anti fragmentación familiar, el acabado formal, la exuberancia de Rumania -Hollywood cada vez filma menos y menos en yanquilandia en pos de ahorrar dólares- y un uso muy limitado de esos inmundos CGIs de hoy en día, los elementos en contra, como decíamos antes, pueden resumirse primero en el inexistente trasfondo de los personajes, a veces moviéndose más como argumentaciones retóricas que como seres completos, segundo en la ausencia de un viaje con verdaderos peligros para Yuri y la adorable cría de ochi símil Gizmo, así las cosas apenas si visitan a la también lunática Dasha y de inmediato llegan a las montañas donde viven las criaturas, y tercero en la falta de un villano de peso porque Maxim es demasiado patético para ocupar ese lugar, además en el desenlace aprende la lección y se redime de su ortodoxia o marco fascistoide desagradable. Otro inconveniente de La Leyenda de Ochi pasa por el hecho de que jamás se decide entre el indie apesadumbrado o la fantasía ochentosa extasiada, por ello retoma en un único movimiento los diseños de personajes de El Cristal Encantado (The Dark Crystal, 1982), de Jim Henson y Frank Oz, Gremlins (1984), de Joe Dante, y La Historia sin Fin (Die Unendliche Geschichte, 1984), de Wolfgang Petersen, las reflexiones sobre la niñez de Donde Viven los Monstruos (Where the Wild Things Are, 2009), de Spike Jonze, y Un Reino bajo la Luna (Moonrise Kingdom, 2012), de Wes Anderson, y cierta iconografía y filosofía ambientalista muy deudora de Mi Vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988), de Hayao Miyazaki, y Avatar (2009), la joya antiimperialista de James Cameron…
La Leyenda de Ochi (The Legend of Ochi, Estados Unidos/ Reino Unido/ Finlandia, 2025)
Dirección y Guión: Isaiah Saxon. Elenco: Helena Zengel, Willem Dafoe, Emily Watson, Finn Wolfhard, Razvan Stoica, David Andrei Baltatu, Carol Bors, Andrei Antoniu Anghel, Paul Manalatos, Tomas Otto Ghela. Producción: Isaiah Saxon, Jonathan Wang, Richard Peete y Traci Carlson. Duración: 95 minutos.