El Final (The End)

La concentración subterránea de la riqueza

Por Emiliano Fernández

Joshua Oppenheimer, cineasta estadounidense/ británico asentado en Dinamarca, se hizo conocido con sus dos primeros largometrajes, El Acto de Matar (The Act of Killing, 2012) y La Mirada del Silencio (The Look of Silence, 2014), sin duda los mejores documentales de lo que va del Siglo XXI y dos realizaciones que analizaron el mismo exacto tópico, aquella atroz Masacre en Indonesia entre los años 1965 y 1966 de aproximadamente un millón de personas -algunas estimaciones hablan de tres millones- por parte de paramilitares y de criminales comunes y corrientes que actuaron en nombre del ejército vernáculo en manos del General Haji Mohammad Soeharto alias Suharto, mafioso genocida y representante de la extrema derecha castrense que en el contexto de la Guerra Fría pretendía tomar el poder y desregular la economía según los preceptos de las potencias occidentales con Estados Unidos y el Reino Unido a la cabeza. Indonesia había sido colonia de los Países Bajos hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando la invasión nipona de 1942 envalentonó al movimiento nacionalista liderado por el antiimperialista Kusno Sosrodihardjo alias Sukarno, mandamás que apoyó el “esfuerzo bélico” nipón y luego de la derrota del Imperio Japonés encabezó un conflicto bélico/ diplomático que entre 1945 y 1949 logró el reconocimiento holandés de la independencia del país, en esencia un gigantesco archipiélago. Sukarno, rápidamente transformado en el primer presidente de la república, creó un sistema autoritario en el que convivían la derecha de las Fuerzas Armadas, el conservadurismo musulmán y la izquierda del Partido Comunista de Indonesia o PKI, el tercero más grande del planeta después de sus homólogos de China y Rusia, los pivotes fundamentales de Sukarno en materia económica.

 

Oppenheimer dedicó prácticamente toda la primera década del nuevo milenio a rodar una retahíla de entrevistas con los responsables directos de las matanzas de los años 60, no sólo todos impunes sino enriquecidos por haber saqueado los hogares y las pertenencias de las víctimas y sus familias, y de a poco logró entender la dinámica histórica y aquella sarta de mentiras gubernamentales que patentó desde entonces la lobotomización del pueblo vía el aparato educativo, todo con el beneplácito de las potencias capitalistas y sus compañías transnacionales parasitarias: en 1965 se dio en Indonesia un auto Golpe de Estado liderado por el llamado Movimiento del 30 de Septiembre que capturó y asesinó a seis jerarcas de las Fuerzas Armadas locales, una especie de operación de “falsa bandera” a instancias de Suharto para primero eliminar a la competencia dentro del ejército y luego acceder al poder desbancando a Sukarno y cortando de raíz a la oposición política de izquierda, desde los comunistas y los sindicalistas hasta los estudiantes, las feministas anticolonialistas y todas las minorías raciales y religiosas más miles de civiles apolíticos que cayeron en manos de la cleptocracia, así a posteriori de suprimir con facilidad a sus esbirros falsamente amotinados le echó la culpa de la sublevación al PKI y con el financiamiento y el apoyo logístico de la CIA se dedicó a tercerizar la carnicería mediante sicarios del hampa y los nacientes grupos paramilitares que pasarían a incorporarse a la estructura estatal durante las tres décadas de dictadura de Suharto, una de las más corruptas y brutales del Siglo XX que desde ya siguió demonizando a los comunistas en su propaganda como un intento lelo de autojustificación de la masacre, con muchos de los líderes y los verdugos todavía en el poder en Indonesia.

 

La obsesión del director para con la masacre en gran medida se extiende a determinados aspectos de su tercera propuesta, El Final (The End, 2024), obra que retoma por un lado la teatralidad o artificialidad de El Acto de Matar aunque sin su carga humanitaria de dejo funesto, un trabajo fascinante que instaba a los asesinos a recrear sus crímenes mediante el lenguaje ficcional y por ello nos topábamos con mucho surrealismo, y por el otro lado tanto el dolor de los familiares de las víctimas como las excusas ridículas de los energúmenos fascistoides que organizaron o ejecutaron las matanzas de La Mirada del Silencio, film que complementó al opus previo dándole voz a los parientes de los martirizados y centrándose en los encuentros cara a cara entre el hermano de una de las víctimas y los carceleros, los torturadores y los verdugos del régimen, el cual como toda dictadura paranoica mataba a cualquiera que pareciese de izquierda -y a su familia, amigos, vecinos y compañeros de trabajo- utilizando listas de víctimas provistas por la CIA. El Final transcurre en un búnker lujoso construido en una mina de sal ya que la superficie del planeta se volvió inhabitable por incendios eternos que se deben al calentamiento global y una serie de pozos de petróleo en llamas, lindo refugio en el que viven un clan ricachón, Padre (Michael Shannon), Madre (Tilda Swinton, también productora) e Hijo (un perfecto George MacKay), y tres sirvientes tácitos que en algún momento fueron allegados, colaboradores o empleados de la parentela, Mayordomo (Tim McInnerny), Doctor (Lennie James) y Amiga (Bronagh Gallagher), ésta última una semi ama de llaves que efectivamente conoce al personaje de Swinton desde sus años de juventud y como los otros lacayos optó por adaptarse al servilismo claustrofóbico.

 

A pesar de las casi dos horas y media de duración total y la amalgama algo demencial de géneros, como el drama intimista, la comedia negra, la ciencia ficción postapocalíptica, las “tableaux vivants” modelo Serguéi Paradzhánov o Peter Greenaway e incluso el musical posmoderno a lo Bob Fosse, con las canciones comentando la acción en vez de haciéndola avanzar, este debut ficcional de Oppenheimer es un experimento fallido y relativamente sencillo que resulta bienvenido por su valentía, su efervescencia y su desparpajo dentro del paupérrimo ecosistema cinematográfico de hoy en día, aquí jugando con los cambios que genera el arribo de una muchacha negra que sobrevivió al páramo del exterior abandonando a su familia, Chica (Moses Ingram), todo a través de sketchs varios en los que descubrimos que Madre es una histérica insoportable que robó cuadros clásicos del impresionismo y se la pasa redecorando las paredes del refugio, Padre fue un magnate del rubro energético que hoy está escribiendo su autobiografía por más que ya no exista público lector alguno, Hijo es un tontito de veinte años que nació en el búnker y hace del optimismo su bandera, Amiga dejó atrás a su hijo adolescente drogadicto para salvarse, Mayordomo es un maricón al que nadie le presta la más mínima atención y Doctor, otro morocho, hace gala de su crueldad en cuanto a la prescripción de los medicamentos. En un principio Madre y Doctor en especial desean expulsar a Chica pero la joven brinda batalla y terminan aceptándola, situación que con el tiempo deriva en un matrimonio implícito entre ella e Hijo y en una profundización de los demonios internos, con Amiga suicidándose por culpa de antaño, Madre lamentando el haber abandonado su clan y Padre asumiendo su responsabilidad en la debacle climática.

 

Como decíamos con anterioridad, de El Acto de Matar y La Mirada del Silencio sobreviven en El Final no sólo la autoindulgencia de seres que pretenden perdonarse a sí mismos por sus atrocidades, ante la ausencia de sus víctimas, y el marco mitómano del contexto en el que habitan, este preciosista/ siempre afectado de la película en su conjunto y aquel de los rituales compulsivos destructivos de los personajes para hacer frente a sus decisiones, sino también cierta idea vinculada a la “banalidad del mal” según Hannah Arendt, en simultáneo la autojustifiación coyuntural, la falta de verdadero arrepentimiento y la mecanización de la degradación y eliminación del prójimo o diferente, visto como competencia dentro de una cosmovisión necia y reduccionista de la vida cercana a un darwinismo social que desconoce la moral. Oppenheimer en El Final una y otra vez identifica al silencio como un artilugio utilizado para evadir la realidad y la propia responsabilidad y explora la convivencia seudo pacífica del búnker como una farsa basada en mentiras, delirios y una estratificación que duplica aquella injusta del mismo capitalismo que originó el apocalipsis, amén de situar en primer plano a la historia y a la cultura en tanto construcciones de los vencedores o más precisamente de los sobrevivientes, esos que alzaron el trofeo del canibalismo simbólico. Más allá del andamiaje ideológico de los dos documentales, más alusiones a Indonesia en general mediante alguna fotografía y las memorias de Padre que en realidad son escritas por Hijo, la película recupera al Bong Joon-ho de Snowpiercer (2013), el Yorgos Lanthimos de Canino (Kynodontas, 2009), el Lars von Trier de Bailarina en la Oscuridad (Dancer in the Dark, 2000) y el Luis Buñuel de El Discreto Encanto de la Burguesía (Le Charme Discret de la Bourgeoisie, 1972) desde la idea de fondo de sabotear toda expectativa que el público cinéfilo culto atesore a priori, literalmente cualquier prejuicio del montón. Ahora bien, la perfección artística brilla por su ausencia porque al metraje le sobra por lo menos media hora, resultando el desarrollo bastante redundante, y porque honestamente el soundtrack de Marius de Vries y Joshua Schmidt y las canciones en sí del director y Schmidt -artífices de la letra y la música, respectivamente- resultan hiper anodinas y repetitivas, casi siempre moviéndose en la mediocridad absoluta del Hollywood Clásico y su conservadurismo todo terreno para imbéciles, no obstante el film de Oppenheimer se sostiene en el estupendo desempeño del elenco, en la graciosa antipatía que despiertan las criaturas en pantalla y en su tendencia a coquetear con una acepción no sexual de la fórmula narrativa del “agente externo quebrando una armonía apócrifa”, esa que va desde Boudu Salvado de las Aguas (Boudu Sauvé des Eaux, 1932), de Jean Renoir, hasta Teorema (1968), joya de Pier Paolo Pasolini, dejándonos en última instancia con una rareza que denuncia la concentración de la riqueza, en esta oportunidad bajo tierra, y piensa a las tristes “buenas intenciones” de la alta burguesía como una mascarada para la crueldad, su ignorancia y un egoísmo ad infinitum…

 

El Final (The End, Dinamarca/ Alemania/ Irlanda/ Italia/ Reino Unido/ Suecia, 2024)

Dirección: Joshua Oppenheimer. Guión: Joshua Oppenheimer y Rasmus Heisterberg. Elenco: George MacKay, Tilda Swinton, Michael Shannon, Tim McInnerny, Moses Ingram, Bronagh Gallagher, Lennie James, Danielle Ryan, Naomi O’Garro. Producción: Joshua Oppenheimer, Tilda Swinton y Signe Byrge Sørensen. Duración: 149 minutos.

Puntaje: 6