Rosewood

La cultura de los linchamientos

Por Emiliano Fernández

La infame Masacre de Rosewood, ocurrida en un pueblito del Estado de la Florida en un período que fue desde el 1 al 7 de enero de 1923, constituyó uno de los tantos episodios de linchamientos masivos de negros en los Estados Unidos y sin duda uno de los más trágicos porque dio por resultado la desaparición definitiva de la comunidad en cuestión. Todo empezó cuando una mujer blanca descerebrada que le estaba metiendo los cuernos a su marido, Fannie Taylor, quiso hacer pasar una golpiza de su amante, John Bradley, como un ataque de un hombre negro que supuestamente se metió en su casa, lo que -racismo general mediante- derivó en raudos rumores de violación que se transformaron en la “verdad” de los pobladores blancos del pueblo vecino de Sumner, en donde los lunáticos de tez pálida eran mayoría en contraposición a un Rosewood dominado por dos familias de prominentes afroamericanos, los Goins, que se dedicaban a fabricar trementina/ aguarrás, y los Carrier, que trabajaban en la industria maderera de la región. Pronto se forma una turba que toma la justicia en sus manos, se obsesiona con encontrar a un negro que escapó de prisión llamado Jesse Hunter y no puede ser detenida por el sobrepasado sheriff del condado, Robert Elias Walker, lo que deriva en “expediciones” de cacería humana con sabuesos que terminan en la tortura, muerte y mutilación de dos hombres que habían ayudado a huir a Bradley en solidaridad por su condición de masón, Aaron Carrier y el herrero Sam Carter. Cuando los blancos llegan a la casa de Sylvester Carrier, sujeto que no les dejaba pasar ninguna falta de respeto, la cosa se desmadra porque asesinan a su madre, Sarah Carrier, quien trabajaba como empleada doméstica de Taylor y les dijo que fue un caucásico el agresor de Fannie, provocando que Sylvester mate luego a dos atacantes y muera como consecuencia. Entre banderas confederadas y máscaras del Ku Klux Klan, la violencia de los blancos barre todo Rosewood al punto de matar a todos sus habitantes e incendiar el pueblo casi por completo.

 

El encargado de llevar adelante la adaptación cinematográfica del semi olvidado incidente, John Singleton, fue un realizador negro de la misma generación de Spike Lee que a lo largo de su carrera se debatió entre propuestas de fuerte temática social/ racial/ cultural de índole suburbana como el neoclásico Los Dueños de la Calle (Boyz n the Hood, 1991), Sin Miedo en el Corazón (Poetic Justice, 1993), Duro Aprendizaje (Higher Learning, 1995), El Rey de la Calle (Baby Boy, 2001) y Cuatro Hermanos (Four Brothers, 2005), por un lado, y diversos productos comerciales por encargo -y bastante fallidos- en línea con Shaft (2000), + Rápido + Furioso (2 Fast 2 Furious, 2003) e Identidad Secreta (Abduction, 2011), por el otro lado. Rosewood (1997), escrita por Gregory Poirier, es una de las mejores películas de Singleton y un estupendo y respetuoso repaso por los hechos reales desde la arquitectura promedio hollywoodense, combinando la utilización de personajes verídicos como el citado Sylvester Carrier (Don Cheadle) o John Wright (Jon Voight), dueño de un almacén de la localidad, prácticamente el único caucásico que vivía en el pueblo de los afroamericanos y un hombre que ayudó a muchos de los perseguidos/ cazados albergándolos en su hogar, y la creación de un antihéroe característico del rubro de los westerns crepusculares, Mann (Ving Rhames), un veterano de piel oscura de la Primera Guerra Mundial que llega al pueblo de repente y viene a ocupar el lugar retórico del inefable “salvador blanco” de tantos relatos semejantes, hoy un señor adepto al laconismo que se enamora de Beulah “Scrappie” Carrier (Elise Neal), la hermana menor de Sylvester, y que ayuda a proteger a la parentela de la muchacha -repleta de niños- cuando ésta se ve obligada a refugiarse en los pantanos ante el acoso homicida del tropel de energúmenos blancos enajenados, delirantes, borrachos y armados hasta los dientes (Mann incluso incorpora -en tanto personaje paradójico- esa duda de base de todos los solitarios, entre abandonar a su suerte a los locales o luchar a su lado).

 

Sinceramente muy pocas películas han analizado con este grado de detalle -pensemos en los 140 minutos de metraje- el devenir de la cultura del linchamiento sin recurrir a la parafernalia institucional o el formato del “outsider civilizado” de Matar a un Ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962), en esta oportunidad más bien invirtiendo la situación porque el sheriff en pantalla, Walker (Michael Rooker), y el juez que lleva adelante el caso, Johnson (Lowell Fenner), son cómplices explícitos de lo que ocurre: el primero de manera pasiva, en esencia encabezando cada una de las excursiones asesinas pero sin poder apaciguar el ánimo colérico de los miembros de las cuadrillas ni ejercer control verdadero alguno, y el segundo sólo preocupándose de lo que suelen preocuparse las autoridades fascistoides o racistas de siempre, hablamos de mantener controlado el “problema de los negros” dentro de una concepción en la que la única forma de “solucionar” el asunto es matarlos a todos sin que el exterminio se salga de curso o afecte/ salpique publicitariamente a los esbirros institucionales a escala municipal, estatal o nacional. El guión de Poirier, sin ser una obra maestra porque incluye momentos un tanto escuálidos y/ o melosos, realmente administra muy bien el tema del tabú sexual interracial en el sur de Estados Unidos de aquella etapa y la vileza repugnante de algunas mujeres que tienden a trasladar su cosificación a estratos todavía inferiores de la pirámide social, como por ejemplo los negros, los cuales -como en esta faena- se convierten en el chivo expiatorio para las faltas propias en una cadena desproporcionada de humillación en la que los/ as burguesitos/ as sufren en su orgullo y los pobres esclavos tácitos -verdaderas víctimas de turno- padecen en carne viva la violencia homicida y las frustraciones de los anteriores, lo que abarca orejas, dedos y penes cortados y mujeres negras violadas en serio (la histeria autovictimizante de las blancas privilegiadas de clase media y alta continúa siendo un tema vigente en nuestros días en muchos ámbitos).

 

El film además retrata el episodio de la evacuación de las mujeres y los niños del 6 de enero, cuando los hermanos John (Ric Reitz) y William Bryce (Brett Rice), conductores de un tren multiuso, pasaron por el pueblo y permitieron subir a las familias escondidas en los pantanos y las llevaron a Gainesville, negándose a recoger hombres por temor a represalias de las muchedumbres racistas sureñas. Más allá del ficticio Mann y la jugada narrativa del final de dejar con vida a Sylvester para que desaparezca con el susodicho y se transforme en otro fantasma del pueblo ya destruido, Rosewood incluye otras libertades artísticas como ese Walker impotente ante los sucesos (el verdadero ayudó bastante en la huida masiva de los residentes negros) y la presencia del maquiavélico Duke Purdy (Bruce McGill), otro personaje inventado aunque en este caso para sintetizar cómo se transmite el odio bobo de generación en generación (así como Mann simboliza la capacidad de lucha de la población negra, Purdy hace las veces del exponente “white trash” que trata de educar a su pequeño hijo, llamado Emmett e interpretado por Tristan Hook, en la animadversión fanática contra los negros basada en la supremacía comunal de cuna, recibiendo por parte del muchacho sólo desprecio porque él mismo tiene un amigo afroamericano de su edad). Con un gran desempeño de Voight, Cheadle, Rooker, un Rhames que venía de Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994) y Misión Imposible (Mission Impossible, 1996), un Robert Patrick que hace del amante golpeador de la idiota de Fannie Taylor (Catherine Kellner), y ese Loren Dean que compone al marido de la fémina, James, la realización de Singleton contrapone lo inconcebible que era para los blancos que un negro tocase a una caucásica y cómo la situación inversa era tranquilamente posible, aquí enmarcada en ese Wright que le mete los cuernos a su esposa Mary (Kathryn Meisle) con su asistente negra en el almacén, Jewel (Akosua Busia), ejemplo de la hipocresía general detrás de toda la espantosa carnicería…

 

Rosewood (Estados Unidos, 1997)

Dirección: John Singleton. Guión: Gregory Poirier. Elenco: Jon Voight, Ving Rhames, Don Cheadle, Michael Rooker, Bruce McGill, Elise Neal, Robert Patrick, Catherine Kellner, Loren Dean, Kathryn Meisle. Producción: Jon Peters. Duración: 140 minutos.

Puntaje: 8