Los 5.000 Dedos del Dr. T. (The 5.000 Fingers of Dr. T.)

La dictadura de los dedos felices

Por Emiliano Fernández

Si el cine masivo para adultos es repetitivo y bastante lelo, casi siempre girando en torno a los mismos exactos latiguillos sin demasiado espacio para la originalidad o irreverencia, su homólogo infantil lo es mucho más porque el objetivo de fondo del mainstream planetario es adoctrinar a consumidores que desde pequeños acepten sin chistar la basura de la que está llena el mercado, especie de conductismo marketinero que siempre estuvo presente en el ecosistema cultural moderno aunque nunca al nivel del Siglo XXI, época en la que los algoritmos pulen la ingeniería consumista al extremo y crean productos prácticamente sin verdadera intervención creativa humana y basados en el reciclaje eterno de lo mismo. El Hollywood Clásico era muy redundante pero aquel despotismo de los magnates de los grandes estudios, al fin y al cabo seres humanos, a veces permitía el surgimiento de alguna que otra anomalía que negaba la idiotez estándar o nula riqueza simbólica de los productos pueriles símil el imperialismo cultural de Walt Disney, pensemos por ejemplo en una de las rarezas más furiosas e insospechadas que hayan salido de la factoría norteamericana, Los 5.000 Dedos del Dr. T. (The 5.000 Fingers of Dr. T., 1953), maravilla freak inclasificable dirigida por Roy Rowland y escrita por Allan Scott, un especialista en opus de Fred Astaire y Ginger Rogers, y por el inefable Theodor Seuss Geisel alias Dr. Seuss, este último uno de los escritores y caricaturistas estadounidenses más famosos que aquí firma su único guión para un largometraje en un período de su carrera, posterior a los comienzos en la prensa y los dibujos publicitarios, en el que el grueso de su experiencia audiovisual se concentraba en una serie de cortos animados destinados a la instrucción castrense durante la Segunda Guerra Mundial, Soldado Snafu (Private Snafu, 1943-1946), ya que los mediometrajes más célebres aún estaban por venir, nos referimos a trabajos animados para la cadena televisiva CBS que adaptaron enormes bestsellers de su autoría en línea con ¡Cómo el Grinch Robó la Navidad! (How the Grinch Stole Christmas!, 1966) y ¡Horton Escucha a Quién! (Horton Hears a Who!, 1970), dos joyas de Chuck Jones y Ben Washam, y El Gato en el Sombrero (The Cat in the Hat, 1971) y El Lorax (The Lorax, 1972), ambas faenas de Hawley Pratt.

 

Mucho antes de que el nuevo milenio intentase una y otra vez recuperar el brío y el encanto insurrecto de la literatura para niños de Dr. Seuss, pensemos en bodrios en live action como El Gato en el Sombrero (The Cat in the Hat, 2003), de Bo Welch, y Cómo el Grinch Robó la Navidad (How the Grinch Stole Christmas, 2000), de Ron Howard, o en sus equivalentes animados en sintonía con El Grinch (The Grinch, 2018), de Yarrow Cheney y Scott Mosier, El Lorax: En Busca de la Trúfula Perdida (The Lorax, 2012), obra de Chris Renaud y Kyle Balda, y Horton y el Mundo de los Quién (Horton Hears a Who!, 2008), del dúo de Jimmy Hayward y Steve Martino, Los 5.000 Dedos del Dr. T. esquiva la solución evidente para la creatividad surrealista promedio de Geisel, los dibujos animados, y opta por la construcción de sets inmensos que se parecen a una versión infantil de sus homólogos del expresionismo alemán y en términos generales responden a los criterios paradigmáticos de las caricaturas de Dr. Seuss, léase un minimalismo satírico sobre fondos voluminosos que suelen evitar las líneas rectas y gustan del ascetismo del lápiz. La historia, como siempre, es muy sencilla y gira alrededor de un nene pequeño, Bartholomew “Bart” Collins (Tommy Rettig), que tiene de amigo al plomero habitual de la casa, la figura paterna August Zabladowski (Peter Lind Hayes), y padece la obsesión con las lecciones de piano de su linda madre viuda, Heloise Collins (Mary Healy), y del profesor ególatra que la anterior contrató para impartir las clases hogareñas en cuestión, ese Dr. Terwilliker al que apunta el título (Hans Conried). El muchacho tiende a dormirse sobre el piano del hogar y luego de un prólogo pesadillesco, en el que unos hombres con redes lo persiguen entre esferas gigantescas y unas tapas ovaladas, comienza el relato en sí que no es más que un sueño del purrete porque Terwilliker le exige prácticas eternas ya que desea transformarlo en un concertista y de hecho presentarlo dentro de apenas un mes en un evento musical con público que reunirá a todos sus alumnos, amén de la poca solidaridad y/ o empatía de su madre -una fémina hipnotizada por el profesor, a ojos y parecer del chico- en lo que atañe a no permitirle salir a jugar hasta que aprenda las odiosas partituras de turno cual mecanismo mágico para una promoción social automática.

 

Como si se tratase de una relectura pueril y muy cáustica de El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene, mechada con detalles grotescos y un popurrí de canciones sublimes que en sus letras respetan la estructura de los poemas con rima de Dr. Seuss, el film juega con la perspectiva anarquista de Bartholomew con respecto a las imposiciones y caprichos del mundo adulto cercano, por ello se imagina en un tétrico Instituto Terwilliker donde los alumnos son pupilos/ prisioneros/ esclavos musicales que no deben cometer error alguno en un próximo concierto de inauguración, así 500 jóvenes o más bien 5.000 dedos se convierten en reos con la inconsciente complicidad de Heloise, no sólo hipnotizada por el villano sino la segunda a cargo de este establecimiento demencial a lo campo de concentración y encima la futura esposa de Terwilliker, quien a su vez contrató a Zabladowski para instalar los lavatorios en las celdas de los mocosos con vistas a lograr la habilitación correspondiente por parte de un gracioso “inspector de lavatorios”, el garante de la higiene del lugar. Mientras escapa de los guardias fornidos de look azul y amarillo de Terwilliker, un fanático exacerbado del piano que niega todos los otros instrumentos, evita también a un par de gemelos ultra bizarros, esos Judson (Robert Heasley) y Whitney (Jack Heasley) que se mueven con patines y tienen su barba entrelazada, y por sobre todas las cosas trata de convencer a Zabladowski de la peligrosidad del mandamás del instituto, un dictador hipócrita que pondera los “dedos felices” de sus estudiantes y eventualmente firma una orden de ejecución para desintegrar al plomero por desconfiado y preguntón, Bart se mete en diversas aventuras como tratar de robar 30 dólares de la caja fuerte del bellaco para dárselos a August, el cual debería sacar los lavatorios para sabotear la ridícula habilitación, o como el hecho de terminar en la huida en el calabozo de los “no pianistas”, precisamente donde el profesor guarda a los otros músicos que no aceptan la supremacía incuestionable del teclado en blanco y negro. Junto con Zabladowski el purrete en una mazmorra adapta un “arreglador de aire”, en esencia un frasco que atrapa olores desagradables, para que haga lo propio con los sonidos, arruinando de golpe el mentado concierto masivo de Terwilliker.

 

Rowland, por entonces un realizador veterano que se había paseado por todos los géneros y que entregaría otros opus amenos aunque inferiores como el western humorístico Prófugo del Amor (Many Rivers to Cross, 1955), los melodramas familiares El Rosal de la Vida (Our Vines Have Tender Grapes, 1945) y Pecados del Pasado (These Wilder Years, 1956) y un par de policiales negros, La Ciudad del Crimen (Scene of the Crime, 1949) y El Único Testigo (Witness to Murder, 1954), en esta oportunidad colabora con un Stanley Kramer en modalidad productor, después reconvertido en un director por cuenta propia especializado en cine testimonial, y “deja hacer” al subversivo Dr. Seuss como pocas veces se ha visto dentro del emporio hollywoodense, un entorno muy castrador que ve con desconfianza a los artistas de otros rubros menos conservadores del gremio cultural que este séptimo arte de alcance planetario, de allí que las excentricidades y diversos delirios irónicos de Los 5.000 Dedos del Dr. T. haya chocado con la estética e ideología puritana de su momento y hoy por hoy exuden una sorprendente vitalidad al extremo de transformar al convite en uno de los más libres, desconcertantes y adictivos de Hollywood. Retomando la fastuosidad y los colores furiosos de Michael Powell y Emeric Pressburger y anticipando las obsesiones de gente como Roald Dahl, Terry Gilliam y Tim Burton, entre muchos otros, el film piensa la explotación infantil y un filicidio latente mientras unifica de manera vanguardista recursos como interpelaciones a cámara, actuaciones histriónicas, situaciones absurdas, decorados entre futuristas y cubistas, algún ralentí aislado, diálogos mordaces, coreografías en verdad estupendas y esa colección de canciones que ponen en vergüenza a cualquier otro musical de la época, todas con letras de Geisel y música del germano Frederick Hollander. Lejos de la mediocridad uniformizadora del mainstream de ayer y hoy, la obra exalta la imaginación irrefrenable y disruptiva de la infancia, rehúye de las peroratas morales y maniqueas típicas de yanquilandia y se entrega a una osadía artística fascinante que incluye insinuaciones homosexuales, pederastas y sadomasoquistas y la idea de legitimar a un clan ensamblado y para colmo de diferentes clases sociales, entre la burguesa Heloise y el proletario August…

 

Los 5.000 Dedos del Dr. T. (The 5.000 Fingers of Dr. T., Estados Unidos, 1953)

Dirección: Roy Rowland. Guión: Dr. Seuss y Allan Scott. Elenco: Tommy Rettig, Peter Lind Hayes, Hans Conried, Mary Healy, Jack Heasley, Robert Heasley, Noel Cravat, Alan Aric, Henry Kulky, Harry Wilson. Producción: Stanley Kramer. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 10