La supervivencia en el andamiaje audiovisual contemporáneo casi siempre es retratada como un fetiche o más bien un leitmotiv apenas solapado de esta fase salvajemente egoísta y banal del capitalismo, apareciendo en el cine y las series mediante una hipérbole cuasi autoparódica, en el terror y la ciencia ficción especialmente, y a través de una celebración mitificadora vinculada a la “fortaleza” del sujeto y pavadas semejantes cuando en verdad todo depende tanto del contexto como de la fuerza de voluntad, en este caso en las gestas solemnes de aventuras como la que nos ocupa, El Corazón de la Bestia (Heart of the Beast, 2026), película mediocre protagonizada por un sexagenario Brad Pitt y dirigida por David Ayer, quien viene de entregar dos bodrios con Jason Statham, Beekeeper: Sentencia de Muerte (The Beekeeper, 2024) y Rescate Implacable (A Working Man, 2025). Pitt compone a James Belmont, un miembro retirado de las Fuerzas Especiales del Ejército que sufre de pesadillas por la matanza y gusta de pasar tiempo en Alaska con su mascota y mejor amigo, Odín, un perro de combate con cicatrices en el rostro, implantes dentales en su boca y una prótesis a raíz de una pata perdida en su totalidad gracias a las incursiones imperialistas de yanquilandia. Luego de un efímero encuentro con un ex minero que recorre un río en canoa y pretende entablar una conversación con el ex sargento, Watkins (J.K. Simmons), la dupla tiene un accidente cuando Belmont sufre un infarto pilotando su avioneta, así se estrellan en un lago y deben recorrer unos 93 kilómetros de distancia hasta una ruta, la zona de rescate.
Echando mano de latiguillos de los relatos de supervivencia en regiones heladas en cuanto a factores de peligro, como un oso, un puente de troncos sobre un río, una manada de lobos, tormentas, un pantano y diversas caídas en un terreno complicado, la película se enrola en el mainstream de vieja escuela y en parte trata de imponer un cine basado no en el artificio pomposo de hoy en día sino en las estrellas de carne y hueso de antaño, en esta oportunidad un Brad veterano que efectivamente encabeza este producto simpático aunque demasiado olvidable y genérico, situación en la que tiene que ver el poco vuelo del guión de Cameron Alexander, un debutante que rescata elementos de El Llamado de lo Salvaje (The Call of the Wild, 1903), novela de Jack London que por cierto ya fue adaptada veces varias como en 1935 por William A. Wellman, en 1972 por Ken Annakin, en 1997 por Peter Svatek y en 2020 por Chris Sanders, en este último caso con Harrison Ford en la piel de John Thornton, aquel amo cariñoso del cuadrúpedo protagonista, Buck. Pitt no está mal ofreciendo lo que él entiende por una mixtura de John Rambo (Sylvester Stallone), MacGyver (Richard Dean Anderson) y Thornton de El Llamado de lo Salvaje, ahora creando un vehículo comercial en primera persona con un perro como antes se hizo acompañar por los zombies en Guerra Mundial Z (World War Z, 2013), obra de Marc Forster, un tanque en Corazones de Hierro (Fury, 2014), otra de Ayer, un ferrocarril vertiginoso en Tren Bala (Bullet Train, 2022), de David Leitch, y esos coches de carreras en F1: La Película (F1, 2025), de Joseph Kosinski.
Odín sinceramente está muy apagado, con poca o nula intervención en los acontecimientos, y el relato opta por dejar de lado el estereotipo cómico de este tipo de productos en cuanto al can, léase sus gracias y una humanización exagerada, sin embargo no puede decirse lo mismo del bípedo porque el personaje de Pitt sí cae en clichés de la supervivencia como su sustrato semi indestructible, sus vastos conocimientos médicos y la misma disponibilidad mágica de implementos para curarse y seguir viaje, pensemos por ejemplo en el momento más ridículo, aquel de la caída en el río, la herida en el brazo y el armado automático de un cabestrillo que no tiene nada que envidiarle a los de cualquier hospital o sanatorio de una metrópoli. El lindo gesto de mantener a un perro real como coprotagonista se arruina por momentos mediante el oso y los lobos realizados con CGIs y para colmo demonizados de manera muy burda, con miradas de villanos salvajones para oponerlos a la “domesticación positiva” de Odín, lo que desdibuja la idea de base y el objetivo del libro de London en materia de revalorizar lo indómito natural en detrimento del fariseísmo de los humanos y la soberbia civilizatoria en general, siempre mostrándose superior y en la praxis cotidiana derivando en miseria, crueldad y muerte. El militarismo resulta totalmente innecesario para la semblanza que se pretende construir, de amistad con la mascota, todo llevado al terreno del estrés postraumático con flashbacks para el ex sargento y diálogos que explicitan -como si hiciese falta, por las cicatrices y la prótesis- ese calvario adicional que padeció el perro.
Sin duda alguna estamos frente al clásico planteo hipócrita por parte de un Hollywood que lamenta el sufrimiento causado por el Estado yanqui y sus cruzadas jingoístas en tierras remotas aunque sin cuestionar su trasfondo parasitario global y en sí ofreciendo a un Pitt transformado en una máquina de guerra añeja/ fallida que pareciera sentir orgullo por los asesinatos que lo llevaron a tener problemas de conciencia, los cuales a su vez barre debajo de la alfombra tratando al can como un hermano de armas como si se tratase de una versión para el cine de acción del burgués solitario de departamento con su gatito. De todos modos, sobrevuela la idea del perro brindando amor y fidelidad cuando toda la lacra humana, el ex sargento incluido por supuesto, sólo le hizo conocer la guerra, no obstante el asunto forma parte de un breve pasaje en el esquema retórico del último acto y no existe mayor desarrollo a lo largo y ancho del metraje. El Corazón de la Bestia también retoma del texto de London ese balance entre la alegoría para adultos y las aventuras para el público adolescente, sobre todo en lo referido a la carga de violencia, por ello en la odisea de Ayer nos topamos con un típico final de las faenas familiares con animales de los años 80 y 90 aunque invirtiendo el peso de la tragedia, antes sobre el animal y ahora sobre el ser humano, detalle que subraya la opinión mayoritaria del Siglo XXI de que la vida del cuadrúpedo es más valiosa que la del bípedo promedio del presente, lo que se condice con el masoquismo de la humanidad en materia de autodestruirse en diferentes niveles, ya sea con un film o el cambio climático…
El Corazón de la Bestia (Heart of the Beast, Estados Unidos/ Nueva Zelanda/ Canadá, 2026)
Dirección: David Ayer. Guión: Cameron Alexander. Elenco: Brad Pitt, J.K. Simmons, Anna Lambe, Justin Melnick, Shaun DeZern. Producción: David Ayer, Brad Pitt, Olivia Hamilton y Marty Bowen. Duración: 101 minutos.