Imitación de la Vida (Imitation of Life)

La emancipación trágica

Por Emiliano Fernández

La perfección no es un estado que se alcance habitualmente y por supuesto los criterios al momento de juzgar son siempre subjetivos y un poco mucho caprichosos, no obstante hay cierto consenso entre la cinefilia veterana que Imitación de la Vida (Imitation of Life, 1959), dirigida por el extraordinario Douglas Sirk, es lo más cerca que estuvo el enclave hollywoodense de llegar a ofrecer un exponente perfecto en lo que atañe al campo de los melodramas rosas, un género eternamente bastardeado por esa crítica cinematográfica de mediados del Siglo XX que quedó sepultada bajo sus propios prejuicios y no pudo apreciar la riqueza visual, discursiva y anímica que ofrecía el esquema de las penurias del corazón cuando estaba bien ejecutado. El germano Sirk, nacido Hans Detlef Sierck, en el momento de la realización era un exiliado en Estados Unidos luego de la consolidación en el poder de la dictadura nazi en Alemania y específicamente después de que su primera esposa, Lydia Brinken, una simpatizante devota de Adolf Hitler, lo denunciase ante las autoridades por haberse vuelto a casar con una mujer judía, Hilde Jary, en esencia para quedarse con la custodia del único hijo del hombre, Klaus Detlef Sierck, quien luego sería un famoso actor infantil del Tercer Reich y moriría en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien el director comenzó en el ámbito teatral y se sumó a la UFA (Universum Film AG), la principal productora y distribuidora de Alemania, en el segundo lustro de la década del 30, el grueso de su obra la llevó a cabo en Estados Unidos y abarcó la comedia, el film noir, las aventuras y las faenas bélicas aunque indudablemente su fuerte fueron los melodramas, en especial aquellos que realizó durante los 50 en línea con Su Gran Deseo (All I Desire, 1953), Sublime Obsesión (Magnificent Obsession, 1954), Siempre Hay un Mañana (There’s Always Tomorrow, 1955), Lo que el Cielo nos da (All That Heaven Allows, 1955), Escrito en el Viento (Written on the Wind, 1956), Tiempo de Vivir y Tiempo de Morir (A Time to Love and a Time to Die, 1958) y la misma Imitación de la Vida, a la par su última película y su obra magna, una propuesta realmente exitosa en taquilla que sin embargo lo motivó a retirarse tempranamente del oficio, cansado de la idiotez de Hollywood, y mudarse a Suiza.

 

Sirk, eterno faro ideológico y formal del cine gay dentro de un espectro artístico variopinto que va desde Rainer Werner Fassbinder y John Waters hasta Pedro Almodóvar y Todd Haynes, todos admiradores acérrimos de Imitación de la Vida y de aquel cine rebosante de sentimientos y virulencia del alemán, en esencia jamás hizo una película que explore la temática homosexual de manera abierta y su condición de ídolo del enclave queer se debe a cierta fascinación con los personajes femeninos y a la “autopsia” conceptual que llevó adelante sobre la sociedad burguesa norteamericana de posguerra, no sólo dando vida a los melodramas de amas de casa suburbanas y señalando las hipocresías de toda índole que se escondían detrás de la fachada resplandeciente de la familia nuclear de clase media, sino también jugando -desde una enorme astucia- con los desajustes psicológicos entre cómo se percibían las protagonistas de las películas a sí mismas en pantalla y la imagen que a priori proyectaban hacia los espectadores, lo que traía a colación un nivel de complejidad insólito dentro de una industria cultural estadounidense casi siempre proclive al simplismo y las correlaciones simbólicas más banales o pedestres, ya que en la producción del realizador una y otra vez nos topamos con hombres y mujeres que parecen ser la cúspide y/ o el epítome de la excelencia social -la esperable en su tiempo y, en buena medida, en el nuestro también- pero que arrastran problemas de diverso tipo que les impiden alcanzar la ansiada alegría existencial o algo que se le parezca. La película que nos ocupa está basada en la novela homónima de 1933 de Fannie Hurst, la cual ya había sido adaptada en 1934 por el director John M. Stahl en una versión inferior y más apegada al libro, detalle que no le importaba un comino a Sirk porque pretendía reemplazar el contexto macro de la historia, el restaurant de las dos protagonistas por el ecosistema artístico convulsionado de Nueva York, en simultáneo para esquivar la dependencia original de la novela del personaje negro con respecto al blanco, en tiempos del naciente Movimiento por los Derechos Civiles, y para “adornar” a la estrella de turno, nada menos que Lana Turner, con todas las joyas y vestidos fastuosos que la Universal Pictures tuviese en el generoso guardarropa del estudio.

 

Lora Meredith (Lana Turner) es una madre soltera y actriz que aprendió a amar el oficio gracias a su esposo, un director, cuando ambos vivían en un pueblito bucólico que tenía una compañía teatral profesional, pero luego de la muerte del hombre se vio obligada a trabajar de otras cosas y después de cinco años logró ahorrar apenas lo suficiente para en 1947 trasladarse a Nueva York con la meta de triunfar en Broadway. En un paseo circunstancial por una playa atestada de gente de Coney Island junto a su hija de seis años, Susie (Terry Burnham), conoce a una afroamericana llamada Annie Johnson (Juanita Moore), una mujer en una situación económica tan desesperada como la de ella que también está criando sola a su hija de ocho años, Sarah Jane (Karin Dicker), una nena que se parece a su padre porque es “prácticamente blanca”, hombre que por cierto las abandonó antes de que la chica naciera. De inmediato nace una amistad entre Lora y Annie, así como entre Susie y Sarah Jane, que también se transforma en relación laboral porque la primera contrata a la segunda -a pesar de que el dinero no sobra- para que se haga cargo de la casa mientras ella recorre las calles de la ciudad buscando un trabajo como actriz. Empezando como modelo en una foto comercial de un polvo anti pulgas para perros, eventualmente la carrera de Meredith despega de la mano de un agente teatral, Allen Loomis (Robert Alda), y de un dramaturgo especializado en comedias, David Edwards (Dan O’Herlihy), aunque la plenitud profesional tiene como contracara que la mujer deja de ver durante largos períodos a su hija, que termina siendo criada por la negra, y encima debe renunciar a una relación romántica con Steve Archer (John Gavin), un muchacho afable que asimismo conoció en la playa y que no ve con buenos ojos que ella se someta a Loomis debido a que el susodicho en primera instancia pretendió intercambiar sexo por éxito en Broadway. Mientras el propio Archer renuncia a sus sueños de convertirse en un fotógrafo artístico y exponer en el Museo de Arte Moderno, conformándose con ser un ejecutivo publicitario de una cervecería, Lora comienza a salir con Edwards y el vínculo dura hasta que la mujer decide dejar de trabajar en su catarata de comedias teatrales y elige un drama firmado por otro autor. Once años más tarde, a Meredith se le presenta la oportunidad de saltar al cine con un director italiano y justo en ese momento reaparece Archer, hoy optando no por renunciar al amor verdadero como en el pasado sino por balancearlo con su trayectoria en tanto actriz ya muy famosa. En simultáneo una Susie de 16 años (Sandra Dee) se enamora secretamente de Steve y la misma Johnson, quien siempre acompañó a Lora en su condición de cocinera, ama de llaves y niñera, tiene sus serios problemas con una Sarah Jane incontrolable de 18 años (Susan Kohner), la cual deja ver un carácter sádico y obstinado alrededor de su fetiche con pasar como blanca para gozar de los privilegios del caso en la sociedad yanqui segregacionista previa a las revueltas sociales de fines de los 50 y comienzos de los 60, lo que implica que recibe una paliza de su noviecito Frankie (Troy Donahue) por mentirle y que basurea a su madre para que se oculte y no revele a nadie que es su progenitora, ya que la veterana es de piel muy oscura. A lo largo del metraje la meticulosa puesta en escena, muy pegada a la dirección de arte de Alexander Golitzen y Richard H. Riedel y la deliciosa decoración de los sets cortesía de Russell A. Gausman y Julia Heron, construye una sinfonía humanista en la que el devenir de cada personaje se fusiona sin sobresaltos o fisuras con el del resto del elenco, toda una proeza considerando cuán forzadas y estereotipadas suelen ser tantas epopeyas hogareñas semejantes en las que las muchas idas y vueltas del relato no logran legitimar las misiones/ objetivos/ atribuciones dramáticas de las adalides y sus compañeros.

 

La propuesta es de una colosal valentía para su época por tratar temas candentes como el racismo, el conservadurismo, la avaricia, la independencia de las minorías, la mediocridad profesional, el egoísmo y el canibalismo estándar en la industria del espectáculo y la sociedad norteamericana y global en general, todos tópicos de una enorme vigencia porque seguimos viviendo en enclaves públicos igual -o más- intolerantes que los de antaño, como lo demuestra la multitud de problemas y barrabasadas de nuestros días en cada rincón del planeta, “figuritas repetidas” que más que nunca encontrar solución parecen agravarse de manera exponencial a medida que transcurren las décadas. En Imitación de la Vida Sirk literalmente da vuelta todo el armazón del cine y el mainstream del período con una soltura y naturalidad envidiables: en vez de centrarse en las relaciones de pareja, pone gran parte del peso retórico en los vaivenes filiales, en vez de privilegiar a los personajes masculinos, hace que las mujeres dominen por completo la faena, en vez de la levedad y las caricaturas paradigmáticas de los melodramas rosas, desparrama un esquema narrativo enrevesado con seres humanos de carne y hueso capaces de contradecirse, en vez del clásico fariseísmo de Hollywood, aquí tenemos una sinceridad que desarma las miserias y paradojas de mediados del Siglo XX, y finalmente en vez de priorizar la típica estructura cinematográfica del “hombre mayor con mujer menor”, apuesta por invertir el asunto haciendo que la Lana Turner de 38 años tenga de interés romántico a un John Gavin una década más joven. El prodigioso guión de Eleanore Griffin y Allan Scott toma motivos infaltables del melodrama como el triángulo amoroso, el ascenso social y el “sálvese quien pueda” de las metrópolis para en buena medida subordinarlos a la idea de una doble emancipación trágica, la de Susie de tipo sexual y de connotaciones freudianas (en su cariño adolescente hacia Archer se mezclan la ingenuidad, el Complejo de Electra y la envidia hacia su madre, de la cual definitivamente -hasta cierto punto- también desea vengarse por su ausencia y la falta de afecto y cuidados durante su infancia) y la de Sarah Jane de índole más existencial/ comunal (ubicada en la frontera entre el guetto de los afroamericanos y la torre de naipes de la burguesía blanca profesional, la chica puja por negar sus orígenes negros y acceder sin pasado ni memoria dentro del baluarte de los privilegiados, al que tampoco pertenece ya que no sabe cómo ingresar de lleno más allá de la improvisación facilista de “disfrazarse” de caucásica y los manotazos de ahogado de cantar y bailar en cabarets). Desde el principio con esos diamantes cayendo desde lo alto en los créditos iniciales mientras Earl Grant entona la genial canción homónima del film, compuesta por Sammy Fain y Paul Francis Webster, hasta el desenlace con la llegada de la paz entre Lora, Susie y Steve con motivo de la muerte de la desconsolada Annie, incluida la inolvidable reaparición de Sarah Jane en un funeral enmarcado por esa preciosa Trouble of the World en la voz de Mahalia Jackson, Sirk aprovecha al máximo el vestuario de Bill Thomas, la fotografía de Russell Metty y en especial la actuación de Juanita Moore y Susan Kohner, esta última una descendiente de mexicanos y checos que se roba la película gracias a su magnética presencia, casi siempre homologada al peligro y la explosión emocional. El último opus del germano recibió en su tiempo un espaldarazo enorme por parte de un escándalo que giró en torno al asesinato en 1958 del violento amante de Turner, Johnny Stompanato, por parte de la hija de la mujer, la adolescente Cheryl Crane, suceso que le agregó mística morbosa a una película que de por sí es una obra maestra del retrato social lacrimógeno que sabe golpear al espectador con mazazos de realismo de una aspereza, honestidad e inconformismo todavía sorprendentes…

 

Imitación de la Vida (Imitation of Life, Estados Unidos, 1959)

Dirección: Douglas Sirk. Guión: Eleanore Griffin y Allan Scott. Elenco: Lana Turner, Juanita Moore, Susan Kohner, John Gavin, Sandra Dee, Robert Alda, Dan O’Herlihy, Karin Dicker, Terry Burnham, Troy Donahue. Producción: Ross Hunter. Duración: 125 minutos.

Puntaje: 10