Atracción Fatal (Fatal Attraction)

La erotómana te saborea

Por Emiliano Fernández

Al británico Adrian Lyne se lo suele reducir a la condición de autor experto en propuestas eróticas y/ o aquella primera camada de películas de la década del 80 muy influenciadas por el lenguaje de la publicidad televisiva y los videoclips, dos rubros en los que el señor en algún momento trabajó al igual que otros miembros de su misma generación de cineastas, en línea con Ridley Scott y Alan Parker. Ahora bien, lo que se suele pasar por alto es que el realizador, más allá del nivel sumamente errático de los guiones con los que ha tenido que trabajar, es un muy buen narrador y un gran director de actores, siempre echando mano de una frialdad expresiva que aprovecha el carácter trágico de la historia de turno y que suele dejar paso a arranques de pasión que complementan lo anterior sin mayores sobresaltos retóricos por la pulcritud, meticulosidad estándar y apego al realismo de Lyne a la hora de armar sus films. La eficacia del señor puede verse tanto en obras comerciales pasatistas y algo tontuelas muy de su época, en sintonía con Flashdance (1983), Nueve Semanas y Media (Nine 1/2 Weeks, 1986) y Propuesta Indecente (Indecent Proposal, 1993), como en trabajos más interesantes que han sobrevivido con hidalguía el paso del tiempo, como por ejemplo Foxes (1980), Alucinaciones del Pasado (Jacob’s Ladder, 1990), Lolita (1997) e Infidelidad (Unfaithful, 2002), siendo esta última una remake respetuosa y bastante correcta de uno de los grandes clásicos de Claude Chabrol, La Mujer Infiel (La Femme Infidèle, 1969). El cariño por el cine del francés -aunque reemplazando las críticas de antaño a la burguesía por el típico tono neutro hollywoodense- se nota en la que podemos definir como su obra maestra, Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987), una propuesta gélida de traición conyugal símil Infidelidad pero sin duda mejor craneada/ ejecutada en términos dramáticos.

 

El planteo de base está condensado en el mismo título: Dan Gallagher (Michael Douglas) es un abogado en apariencia feliz y padre de una supuesta familia perfecta que incluye a su bella esposa Beth (Anne Archer) y su pequeña hija Ellen (Ellen Latzen), dos féminas que se marchan del departamento neoyorquino del clan para visitar la residencia campestre de los suegros del protagonista, el cual aprovecha el fin de semana libre para lanzarse a los brazos de una mujer que ya lo había fichado en una fiesta lujosa, Alex Forrest (Glenn Close), la nueva editora de una compañía para la que trabaja el bufete de Dan. El muy buen guión de James Dearden, basado a su vez en su mediometraje Diversion (1980), nos da mínimas pero explícitas pistas acerca de las razones por las que el hombre se vuelca al engaño, en esencia un tedio familiar que en pantalla está apenas simbolizado en tener que pasear al perro bonachón de la parentela o soportar a la cría en la cama matrimonial cuando evidentemente quería sexo con su esposa luego de la fiesta en cuestión. La obsesión escalonada de Alex incorporará paradigmáticas estrategias femeninas de manipulación y otros recursos más universales dentro de un combo que se encamina hacia la psicopatía e incluye un intento de suicidio, muchas llamadas telefónicas, un embarazo, autovictimización/ invitación a que la golpee, amenazas con contarle todo a la cornuda, una acusación de homosexualidad, acoso presencial reiterado, destrucción de su auto, el famoso episodio del conejo mascota de Ellen asesinado y hervido en una olla y hasta el secuestro de la nena, lo que deriva en el accidente automovilístico de una Beth desesperada. La policía, como de costumbre, le dice que no puede hacer nada en base a conjeturas y sin pruebas firmes, hasta que ya es muy tarde y la señorita está adentro del hogar del clan para despachar a la esposa con un cuchillo afilado.

 

El gigantesco éxito del film en su momento, atacado y elogiado en simultáneo por idiotas feministas y energúmenos machistas, desencadenó dos interpretaciones principales, la femenina de “esto es lo que le debería pasar a todo hombre que cae en una infidelidad, traicioneros de mierda” y la masculina de “esto es un retrato de lo posesivas y asfixiantes que pueden ser las mujeres, putas de mierda”: en realidad la película se mueve en un punto intermedio en el que prima la intercambiabilidad de roles y no tanto las definiciones tajantes en cuanto a la conducta paradigmática de cada sexo o la misma dinámica de las relaciones de pareja con un generoso derrotero encima, nueve años -para ser exactos- en el caso de Dan y Beth. Lyne apuesta por un enfoque muy detallista de un hostigamiento in crescendo cuya furia imparable le debe mucho a la semi olvidada -a pura injusticia- ópera prima como director de Clint Eastwood, Obsesión Mortal (Play Misty for Me, 1971), en la que él mismo interpretaba a un disc jockey, Dave Garver, que era acosado con insistencia por una fan enajenada llamada Evelyn Draper (Jessica Walter), no obstante se podría afirmar que la perspectiva de Atracción Fatal es todavía más enfermiza porque el drama de destrucción familiar lo tapa casi todo y va dejando paso recién en el final del metraje al suspenso propiamente dicho, ese que parecería “insinuar” el estrambótico título del film, digno de un exploitation de la vieja guardia sesentosa/ setentosa y no de esta odisea de una enorme seriedad acerca del peligro subyacente a los affaires pasajeros que no se dejan decantar solos ya que se pretende un corte terminal e instantáneo siempre proclive a herir al otro, esquema del “no compromiso” que trae a colación la imprevisible dialéctica del amor unilateral y esa frustración que se convierte en caldo de cultivo para tristes maquinaciones.

 

Si bien en su momento fue Close la que concentró todos los elogios artísticos de turno, una actriz maravillosa que por cierto creó a una erotómana real que saborea con placer morboso a su objeto del deseo y no a una simple chiflada en busca de vengarse o detrás de su presa, el desempeño de Douglas y Archer es excelente también, el primero pasando de la pasión a la angustia del huracán más pesadillesco y la segunda consiguiendo que su Beth no sea una mujercita patética y llorona y hasta haciendo creíble el perdón tácito del último acto del relato hacia su marido, al punto de -precisamente- matar ella misma de un disparo a la tercera en discordia (el desenlace original era un poco mucho rebuscado para lo que había sido el desarrollo dramático prosaico del film, con Alex suicidándose e inculpando a Dan vía un cuchillo con sus huellas hasta que su esposa lo exonera al encontrar un cassette que la acosadora le entregó al hombre, en el que adelantaba sus próximos movimientos). La mítica y siempre polémica toma del desenlace, esa posterior a la partida de la policía y centrada en una foto de la parentela sonriente Gallagher sobre la cual vuela un diminuto insecto, deja abierto el asunto a la interpretación de cada espectador: puede verse como un cierre conservador de “familia nuclear intocable”, como un remate verosímil considerando la lucha entre las hembras por el macho o como un moño retórico ultra hollywoodense que nos regresa a un grado cero narrativo ya evidentemente imposible de alcanzar luego del martirio expuesto, amén de ese mismo bichito que ensucia el plano y el retrato familiar en consonancia con lo que parece haber sido un ardid de humor negro de un Lyne que entrega el “final feliz” que piden los testeos de audiencia y la Paramount Pictures pero indicando también la impostura de fondo y los restos de una ilusión burguesa que se cayó a pedazos…

 

Atracción Fatal (Fatal Attraction, Estados Unidos, 1987)

Dirección: Adrian Lyne. Guión: James Dearden. Elenco: Michael Douglas, Glenn Close, Anne Archer, Ellen Latzen, Stuart Pankin, Ellen Foley, Fred Gwynne, Meg Mundy, Tom Brennan, Lois Smith. Producción: Sherry Lansing y Stanley R. Jaffe. Duración: 119 minutos.

Puntaje: 9