Los Santos Inocentes

La esclavitud moderna

Por Emiliano Fernández

De la miseria extendida vive el capitalismo para mantener bajos los salarios y generar un “sálvese quien pueda” entre las clases populares tanto de las grandes metrópolis como en el campo, con la diferencia en este último caso de que las relaciones laborales pueden llegar a estar enmarcadas en un esquema más cercano al esclavismo vulgar clásico con “amos” que reglamentan cada uno de los detalles de la vida de unos súbditos/ plebeyos que habitan en condiciones infrahumanas y se ven sometidos a trabajos interminables sin ningún tipo de descanso reparador. Uno de los especialistas en analizar esta dinámica de explotación agraria fue el novelista español Miguel Delibes, quien gustaba de contraponer la alienación despersonalizadora -y empobrecedora a nivel espiritual- de las ciudades y la pureza de una vida bucólica en la que los seres humanos se mantienen cerca de sus orígenes naturales y no caen presos de la trampa de la técnica, que promete mejorar la vida mediante el progreso pero a corto y mediano plazo lo único que hace es metamorfosearse a sí misma en una nueva herramienta del yugo capitalista, adaptada a un nuevo entorno de impronta carcelaria y tendiente al control omnisciente. El autor, sin embargo, muy lejos estaba de construir una visión romántica del campo y una de sus obras magnas, Los Santos Inocentes (1981), es prueba irrefutable de ello porque la novela literalmente desarma la estructura de dominio señorial símil Edad Media que aún prevalecía en Extremadura durante la década del 60 del Siglo XX, planteo que subraya el retraso cognitivo de los habitantes del interior, las paupérrimas condiciones de vida que atraviesan, la cosificación de la que son objeto por la casta gerencial de las haciendas y en general la marginación y vileza que deben sobrellevar a diario en tanto una suerte de “bola de nieve” de maltratos, violencia simbólica y diversas humillaciones sin cesar que se naturalizan de generación en generación como si se tratase de un destino prefijado frente al que no se puede ejercer ningún tipo de verdadera rebelión.

 

La adaptación cinematográfica encarada por Mario Camus en 1984, sin lugar a dudas la mejor película del director y guionista y una de las mejores de la historia del séptimo arte español, recupera con mano maestra los elementos fundamentales del libro y los sintetiza con el objetivo manifiesto de construir un retrato en torno a una familia de campesinos menesterosos que a su vez funcionan como ejemplo paradigmático de la subordinación de tipo latifundista de ayer y hoy: tenemos a una pareja de peones rurales que viven dentro de la estancia en cuestión, Paco, el Bajo (Alfredo Landa) y Régula (Terele Pávez), quienes a su vez tienen de hijos a los adolescentes Quirce (Juan Sachez) y Nieves (Belén Ballesteros) y a una joven deforme y discapacitada mental llamada Charito y apodada la Niña Chica (Susana Sánchez), parentela que se completa con el hermano semi anciano de Régula, otro deficiente mental que responde al nombre de Azarías (Francisco Rabal). Dentro de las vejaciones y el núcleo esclavista de los “cortijos” de la España Profunda, léase una serie de construcciones espaciadas de producción agrícola y para la vivienda con la mansión de los terratenientes, la casa de los capataces y las casuchas precarias de los trabajadores, todos los miembros de la familia de peones trabajan al servicio del jerarca máximo, el Señorito Iván (Juan Diego), y su mano derecha y principal esbirro, Don Pedro (Agustín González), casado a su vez con la hermosa y bien putona Doña Pura (Ágata Lys), eje de un triángulo amoroso porque la mujer por un lado desprecia a su marido y por el otro se acuesta con Iván prácticamente adelante de la nariz de Pedro, sin que ninguno de los dos amantes hagan demasiado para ocultar la situación. La patética indignidad cotidiana del capataz, cortesía de su esposa y su jefecito, se traslada asimismo a sus subalternos dentro de una estructura de poder en la que Iván, todo un fanático de la caza de aves salvajes, considera a Paco algo así como un perro especializado en rastrear y recuperar a sus presas muertas a escopetazos.

 

La historia en sí está narrada mediante un racconto de cuatro capítulos -correspondientes a Quirce, Nieves, Paco, el Bajo y Azarías- que asimismo utilizan de catalizador a un presente caracterizado por un Quirce que vuelve del servicio militar, una Nieves que trabaja en una fábrica de enlatados/ conservas y unos Paco y Régula que están solos por la reciente muerte de Charito, lo que genera el relato retrospectivo escalonado. El clan pasa de una casa de tipo medieval, alejada del complejo de viviendas más modernas, a una un poco más grande pero igual de rústica, no obstante la situación concreta no mejora porque a los adolescentes se les prohíbe asistir al colegio y por ello tratan de aprender a leer y escribir por cuenta propia y/ o ayudados por sus padres, a quienes también les cuesta muchísimo salir del analfabetismo al que los condenan los patrones. Para colmo de males la Niña Chica, que no puede movilizarse ni comer sola y vive confinada a una cuna, grita repetidamente como un animal moribundo y el mismo Azarías se muda con la familia porque su “amo”, el Señorito de la Jara (José Guardiola), lo despidió por ser viejo y por su costumbre de orinarse las manos “para que no se agrieten”, a lo que se suma su fetiche de defecar donde le viene la regalada gana. El relato nos presenta la comunión del nieto de la poderosa matriarca de la hacienda, la Señora Marquesa (Mary Carrillo), madre de Iván y de una tal Miriam (Maribel Martín) con la que llega a la finca desde Madrid para el circo religioso de turno, uno que incluye a un Obispo (Pepín Salvador) tan desdeñable para con los pobres como el resto de la parentela (la propia Miriam es una burguesita que la va de progre pero que sale espantada luego de ver a Charito). Cuando el ya veterano Paco se caiga de un árbol buscando una de las aves acribilladas por Iván, éste demostrará hasta dónde puede llegar su desinterés por la vida de sus empleados porque a pesar de una fractura de pierna lo seguirá presionando para que lo asista en sus incursiones y competencias de caza, llegando a dejarlo cojo de por vida.

 

Entre la imposición de convertir a Nieves en una sirvienta/ empleada doméstica de Doña Pura y “demostraciones” en público de parte de Iván orientadas a evidenciar que sus peones saben escribir sus nombres, la película utiliza al naturalismo más descarnado y sincero no tanto para denunciar cuánto se beneficiaba del franquismo católico y retrógrado aquel latifundio cuasi feudal sino para señalar cuál es el mecanismo de subordinación atemporal de este tipo de emprendimientos en regiones que no han sido mecanizadas o necesitan sí o sí de una mano de obra intensiva para la producción y el mantenimiento, hablamos de las estrategias combinadas de mantener a la peonada bien inculta con tareas que abarquen todo el día, animalizarla privándola de educación o atención médica, humillarla con agravios, negarle la capacidad de alzar su voz y en especial incorporarla dentro de la misma franja territorial en la que el mandamás y sus agentes o cómplices gustan de autodefinirse como jerarcas absolutos, cuyos dictamines y caprichos constituyen esa ley suprema que todos los que viven bajo su pulgar deben acatar ya que su linaje -además- monopoliza la información que llega del exterior. Como en la novela de Delibes, aquí los ambientes cerrados y pulcros son el símbolo de la hipocresía burguesa vía un silencio sepulcral que oculta las traiciones y los vínculos de dominio (el sometimiento de Pedro hacia Iván, el romance de éste con Pura, la esclavitud de entrecasa que esta última ejerce sobre Nieves, la supeditación de todos al antojo de la Marquesa, etc.), mientras que los espacios abiertos son sinónimo del ideario afable y vitalizante de unos campesinos -homologados a esclavos modernos- que todavía se mantienen cerca de lo natural y por consiguiente de su propia humanidad, sin la necesidad ultra patológica de los habitantes de las ciudades de imponerse sobre el semejante todo el maldito tiempo (la relación entre pares se manifiesta en la comilona y el baile de los peones de la estancia, actividades que se contraponen al almuerzo hiper deprimente de los “amos”).

 

Camus, un director heterogéneo que se paseó por el cine mainstream musical con Raphael, por muchas propuestas deficitarias y hasta por muy interesantes adaptaciones de clásicos de Camilo José Cela y Federico García Lorca, consigue un desempeño parejo por parte del elenco aunque los que en verdad logran destacarse son el maravilloso Alfredo Landa y un irreconocible Francisco Rabal, dos intérpretes legendarios que dotan de profundidad y entereza a sus personajes al extremo de que sus respectivas tragedias adquieren el carácter de debacles existenciales, el primero dándose cuenta tarde que el respeto y obediencia hacia los patrones tiene por recompensa el eventual olvido y el segundo reaccionando con furia a raíz de los atropellos acumulados y bajo la forma de una venganza contra el Señorito Iván por haberle matado a su “milana bonita”, un ave que estaba adiestrando luego de la muerte de su búho en la hacienda de De la Jara, todo en función de esa deliciosa escena en la que ahorca al caudillo de improviso. Los Santos Inocentes (1984), cuyo título hace referencia a la fábula bíblica de la Matanza de los Inocentes, centrada en la orden de Herodes I, el Grande de asesinar a todos los niños nacidos en Belén menores de dos años en esencia para eliminar la posibilidad de que Jesucristo se apareciese ante él a futuro como usurpador del trono del Rey de los Judíos, tiene mucho de western crepuscular porque nos habla de un período de transición en el que los verdaderos dueños de los campos, en este caso la Marquesa, ya ni siquiera viven en ellos sino en capitales inmensas como Madrid y en el que los hijos de los agricultores prefieren evitar la opresión que padecieron sus progenitores y mudarse también a las metrópolis para trabajar en cualquier otra cosa, ya sea la fábrica de Nieves o la milicia y la mecánica automotriz de Quirce, sin embargo el sustrato explotador e ignorante que examina el film sigue vigente debido a que se amolda perfectamente al fluir bucólico y citadino de muchos países latinoamericanos o tercermundistas de hoy en día…

 

Los Santos Inocentes (España, 1984)

Dirección: Mario Camus. Guión: Mario Camus, Antonio Larreta y Manolo Matji. Elenco: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Terele Pávez, Belén Ballesteros, Mary Carrillo, Juan Sachez, Agustín González, Susana Sánchez, Ágata Lys, Juan Diego. Producción: Julián Mateos. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 10