Casi siempre en el caso de Netflix conviene pasar por alto sus productos porque forman parte de esa chatarra cultural oportunista marca registrada de tantos servicios de streaming, salvo que nos topemos con casos de “vacas sagradas” a escala latinoamericana/ regional como las adaptaciones en formato de serie de la novela Cien Años de Soledad (1967), del colombiano Gabriel García Márquez, y la historieta El Eternauta (1957-1959), obra del guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López, ambos argentinos. Como decíamos anteriormente, no es necesario dedicarle muchas palabras a Netflix ya que por regla general lo único bueno que ofrece en su catálogo son productos ajenos que distribuye aunque no produce, como por ejemplo la miniserie británica Adolescencia (Adolescence, 2025), creada por Jack Thorne y el asimismo protagonista Stephen Graham, por ello a continuación nos limitaremos a enumerar doce factores o puntos que consideramos cruciales para juzgar a la serie que nos compete, El Eternauta (2025), a cargo del creador, guionista y director argentino Bruno Stagnaro, tanto en términos aislados como comparándola con el cómic de base, en este sentido conviene recordar que el producto está inspirado sólo en la primera de las dos novelas gráficas de la extensa saga escritas por Oesterheld, siendo la otra El Eternauta II (1976-1978). La primera se enrola en el peronismo clásico proscripto durante la Revolución Libertadora (1955-1958), de índole optimista, y la segunda está vinculada a la izquierda peronista sui generis de Montoneros, muy nihilista y violenta, ya en los años 70 antes de que secuestrasen y desapareciesen a Oesterheld, sus cuatro hijas -dos embarazadas- y tres de sus yernos en el contexto del Terrorismo de Estado del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), una dictadura cívico-militar de carácter neonazi, psicopático y estrictamente especulativo/ neoliberal, de reemplazo del trabajo como fuente de riqueza por la timba financiera y el saqueo del erario del Estado. Así como la historieta siguió el derrotero político comprometido del autor, reflejando su metamorfosis durante el ínterin entre ambos cómics, desde ya que la serie del gigante hollywoodense con tentáculos mundiales, por su parte, no deja nada de la izquierda militante de antaño y la reemplaza por un tono narrativo neutro e inofensivo modelo mainstream para el público ignorante de todo y políticamente irresponsable del Siglo XXI, licuando su esencia y cayendo de paso en la mediocridad de siempre del emporio de la N roja. Hoy por hoy resulta fundamental recordar que El Eternauta del papel esquiva ese fetiche de la industria cultural contemporánea para con el héroe individual símil Hollywood, pensemos que el protagonista es más bien un paladín colectivo, la sociedad, que resiste una invasión en consonancia con el paradigma coral del Serguéi Eisenstein de La Huelga (Stachka, 1925), El Acorazado Potemkin (Bronenosets Potyomkin, 1925) y Octubre (Oktyabr, 1928). Juan Salvo es únicamente el más conocido de los muchos personajes y por ello en pantalla el rol fue a parar al taquillero Ricardo Darín y sus ojitos claros, actor por suerte muy talentoso y capaz de salvar casi cualquier producto intercambiable del montón, precisamente como el que nos ocupa.
1- En primer lugar en la serie falta el mejor prólogo de la narrativa fantástica argentina, con Salvo materializándose en la casa del propio Oesterheld en un ejercicio metadiscursivo, y por cierto la idea de trasladar la acción al presente lobotomizado del nuevo milenio desvirtúa/ traiciona la esencia luchadora social del cómic, con un 1957 que podría haber oficiado de modelo para nuestro tiempo desde sus rasgos específicos, sin aggiornamiento cínico alguno, y que podría haber sido reconstruido a través de la animación en vez de este live action caprichoso que sigue los lineamientos de un mainstream yanqui globalizado largamente en crisis, incapaz de generar las exorbitantes ganancias de la cultura de masas de antaño y su latiguillo de “un producto para todos los públicos”.
2- El desarrollo dramático resulta muy lento/ alargado cual preámbulo eterno y cercano al postapocalipsis modelo The Walking Dead (2010-2022), la serie de Frank Darabont para la cadena AMC, Resident Evil (2002-2017), esa franquicia de películas controladas por Paul W.S. Anderson, y La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers), tanto el film original de 1956 de Don Siegel como su primera remake de 1978, en aquella ocasión a cargo de Philip Kaufman.
3- La hilarante colocación de productos o presencia constante de publicidades no ayuda a la legitimación artística, para nada, al igual que el casting diverso forzado a lo Hollywood y su corrección política hoy demodé, hablamos de una estrategia de marketing que a pura hipocresía adopta de “mascotas” a determinados segmentos poblacionales para canibalizarlos a escala identitaria, en lo relativo a la apropiación cultural.
4- Cuando aparece una canción de relevancia del rock o el tango o el folklore argentino anula discursivamente a la escena en cuestión por la inferioridad de estas últimas, de hecho intercambiables con las de cualquier otro tanque del sobresaturado género apocalíptico porque al mainstream -como se ha señalado tantas veces- le resulta más fácil concebir el fin del mundo que la introducción de algún cambio en el capitalismo hambreador y represivo del ecosistema cotidiano global. Canciones supremas de Manal, El Reloj, Pescado Rabioso, Sui Generis, Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll, Soda Stereo, Carlos Gardel y Mercedes Sosa, de este modo, ponen en vergüenza sin proponérselo al sustrato anodino o insípido o paisajístico baladí de las escenas.
5- Nos topamos con personajes muy pobremente construidos o también sustituibles con los protagonistas de cualquier otra fábula mainstream de invasión, aislamiento, catástrofe, asedio o apocalipsis del nuevo milenio, en este sentido casi todos los detalles culturales o geográficos o de infraestructura de la Argentina -desde el truco y los trenes de la línea Belgrano Norte hasta las locaciones como la Estación Aristóbulo del Valle o el Puente Saavedra de la Avenida General Paz, en Buenos Aires- resultan decorativos ante un armazón formal y discursivo que no es el propio de la historieta sino del thriller bobo, paranoico y sobrenatural de acción de nuestros días.
6- Tampoco se aprovecha esa tercerización proto posmoderna o proto virtual de la invasión que encontrábamos en la historieta, linda y profética metáfora de la explotación laboral, el capitalismo, la nueva derecha vendepatria y el imperialismo, todo a través de las distintas razas de alienígenas utilizadas/ controladas/ esclavizadas por los Ellos, los antagonistas en última instancia de la trama, unos seres inmateriales que anticiparon nuestra digitalidad oligofrénica del Siglo XXI y que controlan a sus esbirros como burgueses mediante el miedo y su avanzada tecnología, muy en sintonía con los fetiches de la oligarquía, los líderes payasescos y el feudalismo en general de Internet del nuevo milenio.
7- Otro factor que provoca un poco de vergüenza ajena pasa por la división muy taxativa entre hombres egoístas/ pesimistas y mujeres altruistas/ optimistas, además Juan Salvo en las páginas es astuto y humanista y en pantalla un burgués mediocre y frustrado del montón que para colmo ahora resulta que mutó en veterano de la Guerra de Malvinas (abril-junio de 1982), agregándole una capa de patetismo que sinceramente no hacía falta y nos acerca a una criatura digna del melodrama telenovelesco más trasnochado (el asunto sería homologable a un hipotético antihéroe de las gestas de acción o supervivencia del Hollywood actual que fuese veterano de la Guerra de Vietnam, el gran trauma patrio estadounidense del mismo modo que Malvinas lo es en Argentina, como si una invasión extraterrestre no fuese suficiente cataclismo…).
8- Las alucinaciones colectivas del cómic en esencia mutan en un Salvo experimentando flashbacks y flashforwards como aquel John Connor de la saga que comenzase con Terminator (The Terminator, 1984) y Terminator 2: El Juicio Final (Terminator 2: Judgment Day, 1991), ambas de James Cameron, pretendiendo compensar el “detallito” de que aquí el Eternauta no es Eternauta, un “navegante del tiempo, viajero de la eternidad”, porque no se desplaza por los continum o dimensiones paralelas infinitas ya que sacaron el prólogo clásico con Oesterheld, como efectivamente comentábamos antes.
9- En la serie ni siquiera se molestaron por recuperar la terminología histórica de la historieta en lo que respecta a los enemigos de los protagonistas, denominaciones entrañables con las que crecieron generaciones y generaciones de lectores y que abarcan a los Cascarudos, los Hombres-Robot y los Manos, además los Gurbos y los Ellos brillan por su ausencia por alargar tanto la primera parte de la historia para especular con una segunda temporada, por cierto ya confirmada por Netflix porque el producto para la empresa resulta muy rentable o de “bajo riesgo” ya que el presupuesto total para los seis capítulos fue minúsculo, apenas unos quince millones de dólares, lo que gasta yanquilandia en un episodio de cualquier blockbuster televisivo, y además todo lo tercerizaron a través de una productora local, K&S Films, la cual consiguió subsidios estatales de tres países más por fuera de Argentina.
10- Los mattes/ fondos digitales son decentes aunque por momentos algo cutres porque están construidos sobre el motor de los videojuegos para abaratar costos, algo que queda de manifiesto en especial en el paupérrimo CGI de los Cascarudos, llamados simplemente “bichos” en la serie como si estuviésemos hablando de Tropas del Espacio (Starship Troopers, 1959), la novela hiper militarista de Robert A. Heinlein que fuera trasladada a la gran pantalla en 1997 por el genial Paul Verhoeven, planteo que por otro lado en parte está compensado por el excelente trabajo en lo que atañe a la recreación de la nevada mortal del cómic en una ciudad gigantesca como Buenos Aires en la que en muy pocas ocasiones se ha dado semejante fenómeno climatológico.
11- Si pensamos al producto en términos concretos, tranquilamente se puede aseverar que los primeros tres capítulos son muy flojos y aburridos, de un desarrollo de personajes que en la historieta está resuelto de manera magistral y sin los clichés de la pantalla, y los tres siguientes son mejores aunque llegando cuando el interés del espectador está muy diluido, especialmente el del público curtido que vio muchos trabajos semejantes y conoce de memoria a la historieta original en sus dos encarnaciones, la de los años 50 y la de la década del 70.
12- Finalmente, y para buscarle un costado positivo al asunto, por lo menos la serie sirve para volver a traer a la luz el calvario de la familia Oesterheld, símil repaso histórico a colación, y para demostrar que el dinero público deriva en un buen nivel técnico incluso en el cono sur, con fondos estatales de Argentina, Canadá, Uruguay y la India que niegan en un único movimiento por un lado el discurso neoliberal privatizador/ individualista de la mafia en el poder en la nación de origen, el excrementicio mileismo, y por el otro lado el negacionismo en materia de los crímenes -secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones, robos de bebés, etc.- del Proceso de Reorganización Nacional, otra pata del ideario del fascista infradotado de nuestro presidente, sus secuaces y los imbéciles que lo votaron, esos mismos que hoy lloran por el éxito internacional de un producto que adhiere vagamente a la figura del héroe colectivo de Oesterheld e interpela a un público global muy acostumbrado a estas obras intercambiables, conformistas e insustanciales que forman parte de la estirpe de la N roja.
FIN.