Ya dejando de lado aquella melancolía de su debut, Vidas Pasadas (Past Lives, 2023), la realizadora Celine Song, inmigrante surcoreana que se crió en Canadá y luego se mudó a Estados Unidos, hoy se consolida como la reina de las faenas románticas para adultos pensantes del Siglo XXI y se aparece con una segunda obra de lo más peculiar, Amores Materialistas (Materialists, 2025), film que no va mucho más allá en términos dramáticos, una vez más manteniéndose cerca de los resortes de la pasión en la gran pantalla, aunque sí consigue superar a la odisea de dos años atrás en el terreno de la ambición ideológica, en esta oportunidad apostando al comentario social de izquierda alrededor del mercado del corazón en el capitalismo salvaje contemporáneo, en primera instancia, y la ansiedad y en ocasiones la desesperación en lo referido al vínculo con el otro, en segundo lugar. Una vez más la trama es microscópica, hace base en Nueva York y juega a tres puntas entre Lucy Mason (Dakota Johnson), una actriz fracasada que se convirtió en casamentera/ celestina para una compañía top, Adore, John Finch (Chris Evans), ex pareja de la anterior durante cinco años y un actor del Off-Broadway que vive en un departamento compartido y trabaja como empleado de catering, y Harry Castillo (Pedro Pascal), un magnate financiero que se interesa de inmediato en Lucy cuando la ve en la boda de su último matrimonio exitoso, nada menos que el noveno, contexto donde la treintañera también capta la mirada de su ex para situarnos en los dos extremos de la pirámide plutocrática. Mientras Castillo comienza a cortejar a la fémina y Finch duda ante un hipotético regreso porque ella cortó la relación por las dificultades económicas del varón y la misma avaricia de Lucy, esta última debe lidiar con una clienta de larga data, Sophie (Zoë Winters), que es violada en una cita por otro adepto a los servicios de Adore, Mark P. (John Magaro), hecho que la jefa de Mason, Violet (Marin Ireland), en suma califica como los gajes del oficio o un “riesgo aceptado”.
Tanto en la vida prosaica como en la pantalla a la contraparte se la juzga según criterios tan diversos como por ejemplo los ingresos, la política, la familia, la edad, la clase social, la cultura, el cuerpo “hermoso”, la educación, el peso, la raza, los hobbies, la inteligencia, la altura, la salud, el temperamento, el estilo de vida, las adicciones o vicios, la predisposición romántica, el trabajo, el rostro y por supuesto la orientación sexual, un esquema al que se agrega en el gremio de las mujeres dos atributos muy específicos que un sinfín de comedias picarescas se han encargado de explicitar, la redondez y la dureza/ consistencia/ solidez de los culos y las tetas. La película en un comienzo pretende ser irónica aunque de a poco va cayendo, mayormente a conciencia, en algunos de los clichés de la odisea romántica clásica de influjo tragicómico, todo en función de una primera mitad que coquetea con una versión reposada de la screwball comedy modelo Preston Sturges o Ernst Lubitsch y una segunda parte más dramática tradicional pero sin nunca descuidar ese humanismo entre posmoderno y nostálgico que caracteriza a Song, a su vez por un lado alejada del cinismo atolondrado de tantos y tantas colegas, aunque también de la pata ya naif de Nora Ephron, y por el otro lado deudora de Woody Allen, John Cassavetes, Wim Wenders, Robert Altman, François Truffaut, Richard Linklater, Jacques Rivette, Wong Kar-wai y aquel primer Neil LaBute de En Compañía de Hombres (In the Company of Men, 1997), Tus Amigos y Vecinos (Your Friends and Neighbors, 1998) y La Forma de las Cosas (The Shape of Things, 2003), la primera y la tercera inspiradas en Calle Mayor (1956), joya semi olvidada de Juan Antonio Bardem. Aquí se pasa de toda la frustración de las citas en secuencia a un cuestionamiento de fondo acerca de la influencia del dinero en la dinámica del corazón y los genitales, lo que se mueve en paralelo a la reducción de la atracción a fórmulas matemáticas, casilleros a rellenar o una fachada superficial que esconde la verdad del sujeto o su condición íntima.
Garantizando una excelente banda sonora de Daniel Pemberton que además incluye un adorable tema de Japanese Breakfast compuesto para la secuencia final de créditos del film, My Baby (Got Nothing At All), más clásicos varios como So Young, de The Ronettes, You Can’t Put Your Arms Around a Memory, de Johnny Thunders, y Oh! Sweet Nuthin’, de The Velvet Underground, Song entrega diálogos interesantes que hacen de la moderación en la autoconciencia su bandera, planteo que niega en parte la redundancia metadiscursiva del mainstream del nuevo milenio mientras aprovecha el “no acompañamiento” musical de muchas escenas importantes, estrategia retórica que enfatiza el poder de la palabra y de la actuación desnuda sin necesidad del subrayado narrativo grueso típico de Hollywood. En consonancia con ello se puede afirmar que Johnson está perfecta al igual que Pascal, ambos atravesando todo el espectro desde la apariencia de perfección hasta la vulnerabilidad del segundo tramo del relato, no obstante Evans a veces desentona por una mediocridad basada en sus limitados recursos expresivos que en el mejor de los casos pueden derivar en un desempeño apenas correcto. Amores Materialistas retoma tópicos de Vidas Pasadas como el tiempo, la identidad, la memoria, la indecisión, el autosabotaje, las excusas, la cobardía y la idiosincrasia de cada mortal, amén de latiguillos conceptuales como los arcanos del devenir privado a la vuelta de la esquina, siempre esperando ser descubiertos, y el triángulo amoroso que se corresponde con el melodrama más ancestral, pivote que la trama exprime de modo un tanto errático aunque sin llegar a malograr el asunto. Tampoco se esquiva el fantasma de la violencia porque está presente en todas partes en nuestro Siglo XXI, tanto la discursiva como la física altisonante, por ello resulta muy bienvenida la idea de introducir una fuerte dosis de realidad en medio del idealismo del cariño y viceversa, eso de apostar por la esperanza cuando el fatalismo parece cubrirlo todo al punto de asfixiarnos de golpe.
El derrotero de la protagonista y sus dos pretendientes pone en primer plano la necesidad histérica del ser humano de hacerse en simultáneo con perfección e imperfección en la pareja, la primera para mantenernos dentro de la zona de confort y la segunda para huir de lo seguro de manera semi improvisada, en este sentido se hace fundamental combinar los recursos de la tolerancia y el respeto en lo que atañe al prójimo, sea la contraparte amorosa, un amigo, un familiar, un vecino, un colega del trabajo o un extraño social cualquiera. Otra faceta atractiva de la propuesta pasa por lo netamente laboral ya que en pantalla se explora la inseguridad sobre la propia destreza en el rubro en cuestión y la misma estabilidad en el trabajo ante los imprevistos del marco cotidiano, incluso pensándose la metamorfosis de la soberbia al pragmatismo -cambio clásico del paso de la inexperiencia a la madurez futura profesional- cuando Lucy salta de la filosofía condescendiente, “el consumidor siempre tiene la razón”, a comenzar a frenar a los clientes en sus caprichos de nenes bobos o más bien adultos claramente individualistas. La directora, guionista y productora aquí deja de lado todo el trasfondo autobiográfico de su ópera prima y opta por burlarse de la obsesión rosa con el casamiento o tener hijos con un Príncipe Azul que nunca llega y conduce a la angustia, categorías muy añejas que sin embargo mantienen su vigencia en nuestros días de hipocresía y egocentrismo debido a lo que la película define como tres factores cruciales, hablamos del mandato social, el miedo a la soledad y la susodicha esperanza de éxito donde nuestros padres tantas veces han fracasado. El film, de todos modos, vuelca buena parte de su arsenal discursivo hacia la denuncia de la cosificación/ mercantilización de la vida, los sentimientos y las personas en las aplicaciones digitales de citas, los servicios semejantes y el capitalismo en su conjunto, siempre más o menos amparado en la farsa de la psicología/ chamanismo, lo new age, el esoterismo cuasi religioso y unos estudios estadísticos -ahora reconvertidos en algoritmos- de puras generalidades que desconocen la riqueza y los rasgos del caso particular, el hombre y la mujer de a pie. La cultura de la simulación, no sólo el maquillaje, los peinados y la vestimenta sino principalmente las cirugías de nariz, pechos y espantoso alargamiento de piernas, en Amores Materialistas oculta las características que Mason ve en sí misma en una de las secuencias finales con Finch, sobre todo una frialdad, una codicia y un sustrato sermoneador que hoy por hoy ya ni se molestan en ocultar su agresividad o tienden a anular a cualquiera que no se adapte al modelo de pensamiento de turno, uno por supuesto lobotomizado por el gran capital para que se acepten como propios los intereses de la alta burguesía y se reproduzcan modelos de comportamiento de impronta caníbal o alejados de esa solidaridad que debería primar si aún queremos que la sociedad “funcione” para no matarnos los unos a los otros, panorama que en el ecosistema romántico se traduce en verdugueo, competencia e imposiciones necias o demenciales al ser amado…
Amores Materialistas (Materialists, Estados Unidos/ Finlandia, 2025)
Dirección y Guión: Celine Song. Elenco: Dakota Johnson, Pedro Pascal, Chris Evans, Zoë Winters, Marin Ireland, John Magaro, Dasha Nekrasova, Louisa Jacobson, Sawyer Spielberg, Eddie Cahill. Producción: Celine Song, Pamela Koffler, Christine Vachon y David Hinojosa. Duración: 117 minutos.