Originals, de Prince

La estimulación póstuma

Por Marcos Arenas
“Love, thy will be done
I can no longer hide, I can no longer run
No longer can I resist your guiding light
That gives me the power to keep up the fight.
 
Oh Lord, Love, thy will be done
Since I have found you, my life has just begun
And I see all of your creations as one perfect complex
No one less beautiful or more special than the next
We are all blessed and so wise to accept
Thy will, Love, be done.”
 
“Amor, hágase tu voluntad
Ya no puedo esconderme, ya no puedo correr
No puedo ya resistir tu luz guía
Ella me da el poder para seguir luchando.
 
Oh Señor, Amor, hágase tu voluntad
Desde que te encontré, mi vida acaba de comenzar
Y veo todas tus creaciones como un todo complejo y perfecto
Nadie es menos hermoso o más especial que el siguiente
Todos somos bendecidos y muy sabios por aceptar
Tu voluntad, Amor, hágase.”
 
Love… Thy Will Be Done, Prince, 1991.
 

Prince es uno de esos músicos revolucionarios cuyo impacto en la cultura popular internacional se ha fragmentado en un millón de pequeñas piezas que atestiguan el genio de un artista completo, una verdadera bestia de la creación sin parar que ha afirmado y reafirmado que casi todos los días de su vida adolescente y adulta ha trabajado para su vocación musical, generando muchísimas más canciones que las que la industria cultural capitalista estaba dispuesta a editar para el público melómano según el patético calendario de la comercialización mundana de alcance masivo. Este carácter prolífico sólo resulta comparable a su impulso vanguardista y a la ausencia de restricciones autoimpuestas a la hora de componer y grabar material nuevo, nunca sentándose en los laureles como hacen tantos y tantos colegas de ayer, hoy y siempre y continuamente dispuesto a sacarse de encima el peso del aparato mainstream yanqui y toda su mediocridad y sonseras, para lo cual utilizó la estrategia de crear grupos o solitas a su medida a los que echaba mano cuando su trayectoria oficial estaba al borde de la saturación o cuando se topaba con la negativa de la compañía discográfica que lo vio debutar y con la que luego luchó de manera encarnizada, la Warner Bros. El asunto desencadenó un enorme volumen de temas cedidos a otros músicos y/ o intérpretes que se transformaron en sus testaferros de ocasión y en esencia en excusas para que el señor nacido en Minneapolis pueda continuar lanzando discos aunque sea de forma subrepticia y con otros rostros, sin duda una prueba más de que a Prince sólo le importaba la música y no el circo del egoísmo publicitario/ marketinero que pasó a dominar el negocio en un 100% desde fines del siglo pasado.

 

Como suele ocurrir en estos casos, muchos de aquellos supuestos fans de la década del 80 y principios de los 90, el período de mayor éxito comercial de Prince, con el tiempo lo abandonaron -al igual que la prensa y el grueso del público palurdo promedio- cuando su derrotero discográfico se volvió más exigente por lo denso, intrincado, subdividido y abarcador, detalles que ahora parecen no importar porque desde su triste e inesperado fallecimiento en 2016 a la edad de 57 años la mayoría de la fauna melómana lo ha “redescubierto” de un modo bien oportunista y de lo más tardío. Lo mejor de este panorama -realmente lo único bueno- es que por fin está editándose de a poco el material que el señor supo registrar en distintas fases de su trayectoria y que por una razón u otra a posteriori decidió no compartir con nadie, lo que hoy por hoy nos deja con el sublime Originals (2019), un disco conformado por los demos que el artista le entregó a diversos colegas con vistas a que incluyan los temas en sus respectivos LPs o singles: esta magnífica colección de canciones de la primera etapa de su periplo profesional explicita que lo que él entendía por “demo” era prácticamente la canción terminada, y ello repercutió en el hecho de que las “voces con patas” seleccionadas y demás reemplazos de turno dejasen a las composiciones casi sin cambios al momento de editarlas bajo su nombre, porque de por sí ya eran perfectas gracias al ropaje original con el que las vistió Prince.

 

El álbum abre con Sex Shooter, tema que supo grabar Apollonia 6, una diminuta gloria pop funkeada -estilísticamente entre Purple Rain (1984) y los años de Dirty Mind (1980) y Controversy (1981)- que juega con una de sus metáforas preferidas, la del amante insaciable a lo James Brown en tanto símbolo máximo del vitalismo cotidiano y fiestero que aquí invita a su contraparte femenina a celebrar la homologación entre el “tirador sexual” del título, el pene y esa misma eyaculación que todo lo desacraliza, a la par que subraya que la vida es placer irrestricto y alejado de mojigaterías vetustas. Un cierto aire a George Clinton sobrevuela Jungle Love, concebida para The Time, un ejemplo muy lúdico de funk circa 1999 (1982) que recupera el concepto de lo salvaje en materia del amor y nos regala un contagioso “oh-wee-oh-wee-oh” por parte del coro, el cual a su vez recuerda a cosillas varias delirantes de Parliament y Funkadelic. Al momento del himno new wave Manic Monday, popularizada por The Bangles en 1986, ya terminamos de confirmar que los demos de Prince representaron la estructura inamovible de la mayoría de los temas aquí presentados porque todo lo que caracterizaba a las canciones lanzadas ya estaba presente en lo grabado por el músico; ahora con ese pianito supremo y una impronta melancólica símil The Revolution enmarcados en una fábula proletaria alrededor de la velocidad de la vida citadina por un lado y del tedio, la explotación y la mediocridad del trabajo asalariado en el capitalismo por el otro, en franca contraposición a la comarca de los sentimientos y lo que augura en lo que atañe a una necesaria catarsis romántica futura, siempre con el sexo como ese bálsamo liberador o compensatorio capaz de despertar en la vida privada la alegría que la existencia pública niega una y otra vez.

 

La faceta más minimalista de Prince aparece en Noon Rendezvous de Sheila E., una encantadora balada construida a partir de un piano y una base programada en un sintetizador que simula a un corazón latiendo, todo al servicio de una oda perspicaz y suave que celebra los instantes previos a un encuentro con la pareja, léase ese embelesamiento retórico en el que la voz de la mujer pasa a idealizarse porque representa la idiosincrasia que genera la química entre los amantes. Una base robótica y hermosos efectos ochentosos dominan Make-Up, tema compuesto para el trío femenino Vanity 6 y típico ejemplo de la etapa de 1999 y la obsesión en general de Prince con la autoconciencia a nivel de la presentación estética de su persona, en esta ocasión jugueteando con la apariencia y el sustrato andrógino de aquella génesis de su carrera (se señalan al maquillaje, el peinado y la vestimenta como mecanismos de seducción y reconfiguración de la identidad individual). 100 MPH, de Mazarati, es una obra maestra del funk festivo circa Parade (1986) que abre y cierra a toda pompa y nos regala una línea de bajo que resulta dinamita, uno de esos tesoros increíbles que sólo Prince podía cranear desde su locura y desde tanta ampulosidad de una creatividad rebosante de vigor, aquí específicamente construyendo un elogio a la velocidad que a veces necesita ser ralentizada para que pueda disfrutar en serio de la vida que tiene a su alrededor, una vez más con la cópula como el mantra más delicioso al que se pueda aspirar en la inmunda sociedad occidental contemporánea.

 

Ya para You’re My Love, grabada allá lejos y hace tiempo por Kenny Rogers, retorna el Prince soulero meloso que tantas satisfacciones también nos ha dado, ahora con una balada de reafirmación amatoria en tiempos de crisis por lo que parece ser una indecisión o duda existencial de parte de ella, quizás motivada por algún “desliz” del narrador (sobresalen los floreos vocales del señor al momento del estribillo, inusualmente “desprolijos” para lo que suele ser su clásica meticulosidad… y muy atractivos por ello mismo). Muy cercana a las maratones funk de The Black Album (grabado en 1987, editado en 1994) y Sign o’ the Times (1987), aunque pensada en parte desde el acervo altisonante de Sly and the Family Stone, Holly Rock de Sheila E. es una epopeya de agite corporal y danza erótica con estrofas hiphopeadas que subrayan el entusiasmo con el que Prince abrazó aquel primer rap verdaderamente masivo del segundo lustro de los 80, sobre todo Run-DMC y Public Enemy, y cómo lo incorporó dentro de su ideario de banda tocando en vivo en ocasión de las odiseas orgiásticas y divinamente dilatadas cual jazz fusión; hoy recurriendo a mucho saxofón, un subibaja rítmico constante y coros semi marciales condimentando el esquema. Baby, You’re a Trip es otra balada, en esta oportunidad compuesta para Jill Jones y anticipando las hiper memorables del período de Diamonds and Pearls (1991) y Love Symbol (1992), que deja entrever la picardía de Prince a la hora de lanzar dardos al enclave femenino de manera bien dulce, ahora con una hilarante referencia al paso a Something in the Water (Does Not Compute) y un narrador que pondera su amor hacia su contraparte a pesar de que es una egocéntrica y una dominante ultra sádica que no sabe querer, ya que modificó toda la vida del hombre en cuestión al punto de la exasperación y de convertirlo en el hazmerreír del barrio.

 

Construida desde una arquitectura y arreglos a lo Purple Rain y un gran aporte de saxos, The Glamorous Life, aquel hitazo de Sheila E., sigue siendo una obra maestra del pop de cadencia social que ridiculiza el cinismo y banalidad de la alta burguesía y del jet set artístico del mainstream a través de la parábola de una ricachona algo mucho decadente y adicta al glamour que atesora un cariño real y que cuando por fin llega, decide huir porque no desea comprometerse a pura esquizofrenia y pusilanimidad. Gigolos Get Lonely Too, concebida para The Time, es una maravillosa balada muy funky que pone en primer plano otra de las obsesiones de siempre de Prince, el doble designio de que el dinero no compra felicidad y que la melancolía puede aparecer aun rodeada de lujos y de un persistente culto a la belleza; a lo que se suma la misma metáfora del gigoló del título queriendo hacer el amor -por una vez- sin sacarse la ropa y con alguien a quien realmente conozca porque la estimulación debería ser recíproca y pasar más por los planteos psicológicos que por la literalidad de los cuerpos desnudos, detalle que por supuesto a la larga termina aburriendo si no se lo complementa con escenarios de una pasión más compleja e imprevisible y con elementos en común entre los involucrados y la posibilidad concreta del afecto.

 

Obra maestra enmarcada en un dejo góspel innegable que se impone entre los ecos, la base hipnótica de batería y las sutiles capas de sintetizadores que acompañan a los esplendorosos coros, Love… Thy Will Be Done vuelve a demostrar lo que decíamos anteriormente ya que la versión de Martika de los 90 es exactamente igual a la original de Prince, no sólo una de las mejores composiciones de toda la carrera del músico sino también uno de los mejores singles de finales del siglo pasado; hablamos de una amalgama romántica/ espiritual/ etérea que sintetiza de un modo extraordinario cómo en el artista solían confluir el ansia de igualdad, un misticismo de talante humanista y cierta exégesis de una divinidad voluptuosa hermanada a la fecundación y la paz, siempre proclive a dar batalla contra las injusticias cotidianas desde una izquierda por momentos zen y por momentos muy aguerrida en pos de una satisfacción que es mental y que debería empezar por casa, por el propio intelecto y desde el respeto para con el prójimo. En este sentido los inmortales versos iniciales lo dejan muy en claro, justo antes de convertirse en un lúcido y delicado mantra: “Amor, hágase tu voluntad/ ya no puedo esconderme, ya no puedo correr/ no puedo ya resistir tu luz guía/ ella me da el poder para seguir luchando/ oh Señor, Amor, hágase tu voluntad/ desde que te encontré, mi vida acaba de comenzar/ y veo todas tus creaciones como un todo complejo y perfecto/ nadie es menos hermoso o más especial que el siguiente/ todos somos bendecidos y muy sabios por aceptar/ tu voluntad, Amor, hágase”.

 

Otra de las joyitas que el señor creó para Sheila E. es Dear Michaelangelo, un tema pop muy colorido cercano a aquellos de Around the World in a Day (1985) que cuenta con un solo de guitarra bombástico a lo Jimi Hendrix e imagina un romance entre una campesina de Florencia al borde del suicidio y nada menos que ese Miguel Ángel/ Michelangelo Buonarroti del título, a quien insta a que se entregue a los brazos de la pasión y venga en su pronto rescate a pesar de que el legendario arquitecto, escultor y pintor italiano definitivamente ya llevaba muchos años muerto para entonces, desencadenando que un vulgo sin quimeras trate a la protagonista como una loca o una poseída. El funk hiper contagioso vuelve con todo en Wouldn’t You Love to Love Me? de Taja Sevelle, otra mini maratón -aunque bastante más dulzona, con aires discos y en falsete- en línea con The Black Album y Sign o’ the Times, quizás el único track de la placa con una fuerte impronta de bootleg en lo que respecta a ese sonido símil “acústica de caja de cartón”, que de todas formas le agrega encanto a esta invitación extasiada y muy sincera a un encuentro sexual que tiene a la urgencia de la satisfacción sin preámbulos como máximo horizonte.

 

Nothing Compares 2 U, compuesta para The Family y popularizada en todo el globo por Sinéad O’Connor, es sin duda el demo que más se aleja de la famosa versión de 1990 de la cantante irlandesa, no obstante el arreglo minimalista de O’Connor también estaba sugerido en la grabación de Prince mediante esos segundos iniciales antes de que ingrese a pleno la banda, ahora dentro de una coyuntura mucho más soulera que anula en parte el dramatismo romántico de tragedia sentimental estándar para resituar a la canción en términos más laxos y vinculados a una relación que se deshace y que no necesariamente es de pareja tradicional; como de hecho ocurrió en la realidad debido a que Prince aquí le canta a Sandy Scipioni, su ama de llaves y asistente personal que tuvo que abandonarlo cuando su padre murió de un infarto, circunstancia que asimismo el compositor maquilla en la prodigiosa letra con vistas a confundir al oyente y empaparlo de la nostalgia apesadumbrada de este himno pop todo terreno acerca de corazones rotos y la paradójica sensación de libertad que dan las separaciones para luego volver a desear la compañía de antaño.

 

La fuerza y el ideario de Prince, artista eterno que construyó una cosmovisión propia desde la cual encarar su obra, se filtran de forma permanente en esta excelente antología, uno de los pocos discos póstumos del rock que realmente justifican su existencia porque echa luz sobre el genio polirubro del multiinstrumentista, sobre su inteligencia a la hora de los arreglos, la amplitud/ capacidad de adaptación de sus composiciones, el ascetismo y laboriosidad detrás de cada una de ellas, los muchos arcanos que atesora su producción, y finalmente sobre ese sustrato sensual y lo pegado que estaba a la jovialidad y a una introspección que no se privaba de ironías contra la idiotez, censura y superficialidad social/ cultural/ económica de las sociedades actuales y las industrias del ámbito de la cultura y la información. Eterna máquina sexual en la que confluían la religiosidad cristiana heterodoxa y la algarabía de quien necesita tanto del bullicio entre amigos/ parejas/ colegas como de la paz para volver a centrarse y componer, el natural de Minneapolis fue el artífice de una obra muy vasta y poderosa que siempre tuvimos presente aquellos que no dejamos de acompañarlo nunca y mucho menos durante sus últimos 25 años de carrera, cuando optó por -en buena medida- retirarse del ojo público y consagrarse a ramificar su usina creadora con una enorme astucia y desparpajo.

 

Originals es el sueño húmedo de muchos fans de la primera hora porque es lo más parecido que jamás estuvimos a disfrutar de un “álbum perdido” correspondiente a la edad de oro, aquella cúspide creativa de los 80 y 90 que aquí está representada haciendo énfasis sobre todo en la primera década, con las obvias salvedades de Love… Thy Will Be Done y una Nothing Compares 2 U que la memoria emotiva ubica en las postrimerías del Siglo XX aunque la versión original es de nada menos que 1984, todo un descubrimiento que por cierto se acopla muy bien al dejo ambivalente, biográfico y porfiado del periplo masivo circa Purple Rain. La placa, en donde todos los temas fueron compuestos, tocados y producidos por Prince prácticamente en soledad, inmortaliza una vez más el carisma irrepetible del músico y esperemos constituya el punto inicial para un trabajo de curaduría similar que abarque la multitud de discos completos sin editar que aguardan en los archivos y ameritan un lanzamiento sin ninguna de esas horribles intervenciones/ sobregrabaciones por parte de los monigotes asalariados y/ o productores varios de las grandes compañías discográficas de la actualidad a partir de material sin terminar; en especial en este caso porque Prince dejó proyectos finiquitados a montones y otros tantos que en calidad de “demo crudo” superan por mucho a las millones de canciones basura que pueblan la web y el mercado musical hoy por hoy, temas que para colmo suelen ser precedidos de años de producción que no le llegan ni a los talones a cualquier track del disco que nos ocupa o cualquier signo aislado de la inventiva monumental y anárquica de Prince.

 

Originals, de Prince (2019)

Tracks:

  1. Sex Shooter
  2. Jungle Love
  3. Manic Monday
  4. Noon Rendezvous
  5. Make-Up
  6. 100 MPH
  7. You’re My Love
  8. Holly Rock
  9. Baby, You’re a Trip
  10. The Glamorous Life
  11. Gigolos Get Lonely Too
  12. Love… Thy Will Be Done
  13. Dear Michaelangelo
  14. Wouldn’t You Love to Love Me?
  15. Nothing Compares 2 U