La extremadamente poco prolífica carrera de la directora y guionista francesa de origen bosnio Lucile Hadžihalilović pasó de moverse bajo la sombra de su pareja, el cineasta argentino y mucho más famoso Gaspar Noé, a abrirse camino por derecho propio gracias a su dejo espectral y en ocasiones indescifrable, metamorfosis que abarca el salto entre La Boca de Jean-Pierre (La Bouche de Jean-Pierre, 1996), un mediometraje sobre pedofilia todavía muy pegado a lo hecho por Noé en Carne (1991), e Inocencia (Innocence, 2004), retrato preciosista y bastante misterioso en torno a la claustrofobia, el luto y el sadismo en el contexto de la infancia femenina, una tan siniestra como bizarra y laberíntica, en suma todo un neoclásico del cine experimental y las películas sobre internados diabólicos para señoritas modelo La Residencia (1969), convite de Narciso Ibáñez Serrador, Lujuria para un Vampiro (Lust for a Vampire, 1971), de Jimmy Sangster, y Suspiria (1977), de Dario Argento. Lamentablemente luego siguió una larga década de silencio en la que ofició de coguionista de Entra al Vacío (Enter the Void, 2009), aquella gesta surrealista o más bien lisérgica de Noé, etapa que se corta con el estreno de Evolución (Évolution, 2015), una faena un poco mucho redundante que aplicó la misma exacta fórmula narrativa del debut al universo masculino, de hecho exacerbando el fetiche previo con el agua porque ahora todo transcurre en una isla que reemplaza al bosque tétrico que rodeaba el instituto educativo de Inocencia, amén de detalles de horror y una suerte de eugenesia lovecrafteana. La también decepcionante Earwig (2021), punto final de esta trilogía tácita sobre una niñez presa de una coyuntura que la domina o tiende a cosificarla, profundizó el laconismo y el popurrí lírico de las obras pasadas bajo la idea de recuperar el latiguillo retórico de la esclavitud de los purretes a instancias de esa adultez que los explota, experimenta con ellos y les trasmite todas y cada una de sus frustraciones, a la vez condicionándolos y poniéndolos en peligro.
Por suerte el cuarto largometraje de Hadžihalilović, La Torre de Hielo (La Tour de Glace, 2025), nos devuelve al muy buen nivel de calidad de la ópera prima ya que la realizadora aquí retoma lo que debe retomar de Earwig, léase la sustitución de los relatos corales por una individualidad en primer plano, y corrige lo que debe corregir, sobre todo su tendencia a abusar de los enigmas de fondo al punto de sabotear la experiencia cinéfila, de por sí muy “especial” porque las propuestas de Lucile coquetean tanto con el terror y la fantasía más lúgubre como con el cine contemplativo o “slow cinema”, uno que se toma su tiempo para el desarrollo de personajes. El guión de la directora más Geoff Cox y D’Alante Kavaïte, ambos socios suyos en los dos opus previos, es muy sencillo y se consagra a Jeanne (Clara Pacini), una adolescente huérfana que vive en un hogar adoptivo en los 70 en un pueblito francés lindante con los Alpes Suizos, en esencia una chica que arrastra el trauma de haber hallado el cadáver de su madre a los seis años de edad, un suicidio con pastillas, y que gusta de leerle a Rose (Cassandre Louis Urbain), una nena del hogar en cuestión, La Reina de las Nieves (Snedronningen, 1844), cuento del danés Hans Christian Andersen que relaciona a la belleza con la insensibilidad, celebra la empatía para con el prójimo y gira alrededor de la bruja malvada del título y el secuestro de un niño, Kai, que es liberado por su vecina y mejor amiga, Gerda. Con una postal fetichizada en sus manos de una jovencita que huyó, Jeanne abandona la morada y termina vagando sin rumbo y durmiendo en un estudio donde un cineasta italiano, Dino Dorato (el propio Noé), filma La Reina de las Nieves (La Reine des Neiges), una adaptación del texto de Andersen protagonizada por Cristina van den Berg (Marion Cotillard), arpía con la que la muchacha se obsesiona cuando comienza a trabajar en la película como extra bajo un seudónimo, Bianca, algo que es avalado por la estrella al punto de hacer sustituir a otra actriz, Chloé (Lilas-Rose Gilberti), por su flamante protegida.
Aquellas protagonistas infantiles de la trilogía inicial de Hadžihalilović hoy mutan en una púber fascinada con el patinaje, la Reina de las Nieves y un séptimo arte homologado a las minucias del backstage y también a la magia sustentada en la ingenuidad de otros tiempos menos cínicos que el Siglo XXI, cuya génesis precisamente es el nihilismo hedonista de la década del 70. La película toma la forma de una fábula metadiscursiva para adultos que le debe tanto al esteticismo histérico del primer Argento, quien por cierto no hace mucho supo protagonizar Vortex (2021), de Noé, como a la autodesmitificación de pivotes ineludibles como La Malvada (All About Eve, 1950), de Joseph L. Mankiewicz, El Ocaso de una Vida (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder, y Las Zapatillas Rojas (The Red Shoes, 1948), opus de Michael Powell y Emeric Pressburger incluso referenciado mediante un afiche efímero, más una fuerte dosis del voyeurismo depalmeano/ hitchcockeano y ese surrealismo irónico de David Lynch y Peter Strickland adepto a los espejos existenciales deformes y la parodia ombliguista del cine. Aquí la inmortalidad por la fama y el arte es sinónimo de soledad, dos caras de una misma moneda, por ello Jeanne/ Bianca considera que la vastedad del reino de la actriz y de la monarca helada -ambas se confunden en pantalla- es motivo suficiente para su felicidad, sin embargo Cristina, una mujer depresiva y drogadicta que depende de un tal Max (August Diehl), su “doctor”, para sus inyecciones de heroína, opina que el reconocimiento en última instancia no vale nada porque es una mazmorra que para colmo no garantiza obras valiosas o sublimes sin la intervención directa de la interesada. El relato de aprendizaje o bildungsroman apunta hacia la adultez progresiva de la adolescente a través de la decepción a raíz de la distancia entre fantasía y realidad, entre las ilusiones del cine y la miseria que atraviesa, entre las palabras de Andersen y la artificialidad del set de filmación que la circunda, donde cada ingrediente está pensado desde la meticulosidad.
La relación sadomasoquista o de amor/ odio entre los personajes de la debutante Pacini, toda una revelación, y Cotillard, hoy una veterana que ya había trabajado con la directora en Inocencia, está basada en la ciclotimia de la diva, especie de amalgama entre las femmes fatales de Narciso Negro (Black Narcissus, 1947), de Powell y Pressburger, Hijas de la Oscuridad (Daughters of Darkness, 1971), de Harry Kümel, y El Deseo de Veronika Voss (Die Sehnsucht der Veronika Voss, 1982), de Rainer Werner Fassbinder, pero también en el binomio conceptual de la fortaleza y la vulnerabilidad, otros dos extremos que aquí suelen tocarse bajo la lógica del control de la estrella cinematográfica sobre su admiradora/ colega actriz improvisada. En La Torre de Hielo asimismo nos topamos con cierta vampirización de índole surrealista, onírica o alucinógena que va avanzando de a poco sobre la muchacha, como si estuviésemos frente a un proceso de corrupción que exige un sacrificio sutil ya que determinadas personalidades, como nuestro agente de destrucción, Van den Berg, necesitan arrastrar al entorno hacia sus bajos fondos para apaciguar la melancolía o quizás angustia. El cuervo, ese que aparece en el film dentro del film y Cristina parece dominar, simboliza lo imprevisible en la vida y el cine al igual que la complementariedad entre las dos hembras viene por el lado del intercambio del cristal caído del traje de la estrella y las cuentas que componen la pulsera de la púber, ejes de una amistad que se convierte en vínculo maternal y luego en un cuasi affaire en el que el pulso narrativo glacial reproduce la noción de que la hermosura siempre es fría. La epopeya juega con la abstracción autocontenida pero jamás esquiva la autoindulgencia mundana del jet set y sus delirios, una fauna cultural mainstream que tantas veces no sabe qué demonios quiere u opta por amargarle la existencia a todos a su alrededor cuando tiene la alternativa -y los recursos- para recuperarse de la aflicción de turno, como lo deja en claro aquel intento de violación contra la muchacha del desenlace…
La Torre de Hielo (La Tour de Glace, Francia/ Italia/ Alemania, 2025)
Dirección: Lucile Hadžihalilović. Guión: Lucile Hadžihalilović, Geoff Cox y D’Alante Kavaïte. Elenco: Marion Cotillard, Clara Pacini, Gaspar Noé, August Diehl, Lilas-Rose Gilberti, Aurélia Petit, Cassandre Louis Urbain, Marine Gesbert, Dounia Sichov, Raphael Reboul. Producción: Muriel Merlin, Ingmar Trost, Victor Hadida, Olivier Père y Rémi Burah. Duración: 117 minutos.