Clímax

La fiestita de Gaspar

Por Emiliano Fernández

A diferencia de gran parte del mainstream contemporáneo, ese que se muestra no sólo conservador y pusilánime sino también repetitivo y mediocre al punto de la exasperación gracias a que una y otra vez tiende a privilegiar el aparato de marketing por sobre cualquier criterio del ámbito de la creación y zonas aledañas, el amigo Gaspar Noé continúa ofreciendo un cine valiente y lleno de vida -y muerte, por supuesto- que lleva al extremo cada una de sus premisas de base sin que importen modas, opiniones ajenas o automatismos industriales del rubro que sea del séptimo arte. Clímax (2018) es a la vez su película más pequeña a la fecha y una de las más exitosas en términos artísticos e ideológicos porque le sirve de manera impecable para reconfirmarse en simultáneo como un cineasta maravilloso e inventivo y como un provocador profesional que sigue haciéndole saltar los tapones al sector más reaccionario y decrépito del público y la crítica que desde siempre está cooptado por los mamarrachos hollywoodenses gigantescos y sus homólogos alrededor del planeta.

 

La “no historia” en cuestión se centra en un par de decenas de jóvenes bailarines franceses que en el invierno de 1996 se reúnen para ensayar en un internado vacío de una región bucólica durante un puñado de días, lo que eventualmente deriva en una fiestita que abarca todo el metraje y respeta la antiquísima estructura narrativa de una primera mitad de paz y quietud, el paraíso, y una segunda parte de caos pesadillesco, el infierno propiamente dicho. El catalizador de este pandemónium efervescente no podría haber sido más mundano y realista, una simpática sangría “condimentada” con LSD que desemboca en un catálogo de recursos pasados -y algunos novedosos- del director y guionista, léase adicciones, paranoia masiva, psicosis, violencia, autoflagelación, una embarazada reventada, incesto, asesinatos, comportamientos compulsivos, violaciones, crueldad risueña, alucinaciones, angustia, masturbación un poquito brusca, suicidios, cuerpos quemados o congelados, furor, llanto, espasmos neuróticos, catatonia y algún que otro nenito insoportable que pasa a mejor vida.

 

Una vez más el señor se burla del imaginario colectivo en lo que respecta al fluir sensorial en general y la presentación estándar de los títulos del film y los cortes entre las escenas, apostando a incomodar al espectador y no a construirle esa zona de confort tan típica y anodina del cine actual. A través de tomas secuencias prodigiosas, muchos planos cenitales, aforismos irónicos, coreografías tanto pautadas como improvisadas, un montaje fracturado e imprevisible y diálogos y situaciones de barricada, la obra por momentos funciona como una versión resumida y volcada al horror de Enter the Void (2009), sin duda mucho menos preocupada por replicar la experiencia del consumidor de drogas desde una primera persona símil The Trip (1967) o Trainspotting (1996) y más interesada en retratar el delirio objetivo en el que puede derivar un “mal viaje” en individuos no acostumbrados o que simplemente ingirieron demasiado sin darse cuenta, como casi siempre ocurre con esos drogones voraces y bastante bobos de sustancias lícitas -alcohol y tabaco- que quieren probar “cosas nuevas”.

 

Hoy el componente tétrico, el cual se amalgama con las parodias previas de los avernos burgueses que examinó Noé a lo largo de su carrera, se reduce al hecho de que ninguno de los que tomaron la sangría tóxica sabía del LSD, por lo que el recelo mutuo se transforma en eje de altercados, denigraciones entrecruzadas y esas compulsiones semi animalizadas a las que nos referíamos antes (con perdón de los animales, los cuales jamás llegan al nivel de locura del que es capaz el ser humano). Aquí en especial el francoargentino se despacha con una hermosa catarata de homenajes implícitos/ explícitos que incluyen la paleta de colores furiosos del Dario Argento circa Rojo Profundo (Profondo Rosso, 1975), Suspiria (1977) e Inferno (1980), su interpretación de la legendaria orgía de Ojos Bien Cerrados (Eyes Wide Shut, 1999) de Stanley Kubrick, y sobre todo aquellos espasmos irrefrenables e histéricos de Isabelle Adjani en la recordada escena del metro de Possession (1981) de Andrzej Zulawski, ahora a cargo de una Sofia Boutella que no pasa vergüenza para nada.

 

Otro mérito mayúsculo de Clímax, más allá de la experiencia visual/ sonora en su conjunto y su sustrato morboso fascinante non stop, es el haber conseguido retratar con gran detallismo y desenvoltura el sentir concreto de las raves y esa combinación incesante de house, trance y drum & bass que termina destruyendo los cuerpos de los que se animan a seguir los beats durante horas y horas. Noé retoma cual artesano del inconformismo radical diversos ítems del cine de los geniales Rainer Werner Fassbinder, Pier Paolo Pasolini, Kenneth Anger, Gerald Kargl, David Lynch y Luis Buñuel con el objetivo de pasar de discusiones sobre el comprensible “riesgo” del excremento en el sexo anal a una algarabía esplendorosamente sádica en el primer opus coral del realizador, uno que supera a Love (2015) mientras logra la proeza de aunar poderío retórico con un andamiaje técnico/ formal despampanante que remarca eso de que estamos frente a una epopeya alucinada que -como bien dijo el susodicho- arranca reproduciendo en pantalla una montaña rusa y luego ingresa en un tren fantasma profundamente nihilista, orientado desde el vamos a denunciar la estupidez esencial de hombres y mujeres y la hilarante facilidad con la que suelen caer en el canibalismo y los abusos de todo tipo apenas se asoma una presunta crisis en el horizonte…

 

Clímax (Francia/ Bélgica/ Estados Unidos, 2018)

Dirección y Guión: Gaspar Noé. Elenco: Sofia Boutella, Romain Guillermic, Souheila Yacoub, Kiddy Smile, Claude Gajan Maull, Giselle Palmer, Taylor Kastle, Thea Carla Schott, Sharleen Temple, Lea Vlamos. Producción: Brahim Chioua, Richard Grandpierre, Vincent Maraval y Edouard Weil. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 8