El Hombre de Mimbre (The Wicker Man)

La fogata sacrificial

Por Emiliano Fernández

El Hombre de Mimbre (The Wicker Man, 1973) constituye un claro ejemplo de cómo una película no sólo puede resultar airosa sino hasta convertirse en un clásico absoluto de su rubro a pesar de la generosa torpeza de su director, Robin Hardy, quien nunca más volvería a realizar una obra mínimamente potable, y de los productores y distribuidores de turno, en esencia representados en Michael Deeley, el mamerto responsable de haber mutilado el corte original en primera instancia y suerte de catalizador concreto de la serie de versiones posteriores que ha tenido el film a lo largo de los años, todas relativamente parecidas a rasgos generales aunque siempre con alguna que otra escena adicional/ extendida o toma agregada aquí o allá. La propuesta, que por supuesto es muy tenida en cuenta por los entusiastas del horror por su legendario desenlace, en términos prácticos asimismo cierra el glorioso ciclo de espantos folklóricos británicos que comenzó con Witchfinder General (1968) y después continuó con The Blood on Satan’s Claw (1971), entre otras, dos obras fundamentales del cine anglosajón en lo que respecta al retrato efervescente y sanguinario de tiempos remotos, por más que sólo sea de manera oblicua. Sin embargo el opus que nos ocupa va mucho más allá del fetiche ancestral de fondo porque -leído desde su propia contemporaneidad- apuesta en conjunto a satirizar subrepticiamente el choque de la moral conservadora religiosa del vulgo y las capas dominantes, por un lado, y de los restos del hippismo que todavía pululaba en aquellos agitados inicios de la década del 70, por el otro, batalla de lo más colorida que aquí toma la forma de un antagonismo irreconciliable en el que dichas ortodoxias pretenden imponer su voluntad a la fuerza y desde una gran ceguera.

 

Sin duda la principal diferencia entre las versiones de la película se da por la presencia o no de una introducción en la que se nos presenta al protagonista en su “entorno natural”: así las cosas, el Sargento Neil Howie (Edward Woodward) es un policía cuarentón, virgen y fanático cristiano que es ridiculizado por sus colegas en la comisaria, planea casarse con una tal Mary Bannorg (Alison Hughes), gusta de dar sermones en su iglesia y recibe una carta anónima solicitándole que investigue la desaparición de una nena de 12 años, Rowan Morrison (Geraldine Cowper), que vive en un pequeño enclave de las Islas Hébridas de Escocia, Summerisle. Utilizando un hidroavión del departamento de policía Howie llega a la isla en cuestión y pronto deduce que los locales ocultan algo porque le niegan la misma existencia de la muchacha, eliminando todo indicio que revelase su condición de habitante del lugar en una jugada que hasta incluye a su madre, May Morrison (Irene Sunter), dueña de una dulcería, y su otra hija, la más pequeña Myrtle (Jennifer Martin). No obstante lo que realmente enerva a Neil son las costumbres paganas celtas de unos isleños que abandonaron por completo el cristianismo, quienes encima copulan al aire libre, enseñan a los jóvenes las connotaciones reproductoras/ fálicas de las Fiestas de Mayo, se consagran a canciones y rituales repletos de referencias sexuales, cuelgan cordones umbilicales sobre las tumbas y apelan a placebos medievales para curar las dolencias, como por ejemplo meter una rana en la boca de un infante con vistas a calmar un dolor de garganta; amén de que el fotógrafo/ químico de la región, el Señor Lennox (Donald Eccles), conserva en frascos -con fines “medicinales”- prepucios, corazones, cerebros de rata y linimento de aceite de serpiente.

 

El asunto termina de aclararse cuando el Sargento conoce a la máxima autoridad local, Lord Summerisle (Christopher Lee), nieto de un agrónomo victoriano que compró la isla, desarrolló distintas frutas -sobre todo manzanas- capaces de crecer en terrenos volcánicos e instó a los pobladores a recuperar los dioses paganos con el objetivo de sacarlos de su apatía y orientarlos hacia el cultivo masivo destinado a la exportación, lo que derivó en una especie de neo religión celta cuando los lugareños de hecho comprobaron que las divinidades respondían haciendo que los árboles generen suculentos frutos. Howie también se entera que la cosecha del año pasado -por primera vez- fue un desastre y como el temita de la desaparición eventualmente deriva en una supuesta muerte, termina deduciendo que la chica sigue viva y que pretenden ofrecerla en sacrificio cuando en su tumba sólo encuentra una liebre muerta. La represión sexual del forastero también dice presente vía la tortura que le genera Willow (Britt Ekland), fuente inagotable de tentaciones amatorias nocturnas, bella hija de Alder MacGregor (Lindsay Kemp), dueño de la posada de la comarca, El Hombre Verde, y algo así como la prostituta oficial de Summerisle ya que aparentemente todos los varones gozaron en algún punto de su prodigiosa anatomía. Cuando Neil decida sumarse a una procesión enmascarada dedicada a la fecundidad adoptando el rol de Punch, el tonto, el cual iba a ser representado por MacGregor, el protagonista tomará conciencia de su funesto destino, descubriendo que Rowan está en perfecto estado y que todo fue una estratagema para conducirlo a la isla para encerrarlo en un gran Hombre de Mimbre y prenderlo fuego junto a diversos animales en una fogata sacrificial en honor a aquellas deidades de antaño.

 

Además de semejante final, únicamente comparable al también mítico nihilismo de su homólogo de El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), la propuesta nos ofrece un desempeño actoral brillante basado en registros interpretativos disímiles (Woodward se luce construyendo la exasperación progresiva del taciturno Howie y llega al súmmum durante los ruegos finales al Dios Cristiano en pos de que le permita entrar al Paraíso, a lo que desde ya se contrapone la rebosante e impúdica naturalidad de Lee y compañía, a quienes les resulta de lo más patético el dogma autoritario e hiper intolerante de un Neil que vive consagrado a la genuflexión, la mansedumbre moralista y a pedir perdón por pecados en función de otro hombre que vivió hace dos mil años, desconociendo el animismo detrás de cánticos, danzas y ceremonias autóctonas) y un guión en verdad excelente de Anthony Shaffer, el cual se inspiró en la novela Ritual de 1967 de David Pinner y supo escribir las magníficas Frenesí (Frenzy, 1972), Juego Mortal (Sleuth, 1972) y Absolución (Absolution, 1978), y tres simpáticas adaptaciones de Agatha Christie con Peter Ustinov como Hércules Poirot (en sintonía con esa sensación de claustrofobia a cielo abierto que va carcomiendo al protagonista sin cesar, por la intrincada pesquisa de base y su “distancia” en relación a la idiosincrasia de los locales, la permanente utilización de canciones antiguas/ folklóricas/ costumbristas para delinear a los personajes y su parecer funciona de maravillas y hasta le brinda una pátina de delirio a lo que en ocasiones parece ser un musical bien freak más que una gesta bucólica de terror sustentada en acusaciones cruzadas de herejía, las del policía vociferadas a los gritos y las de los habitantes de Summerisle maquilladas y más sutiles).

 

Dejando de lado los lamentables cortes que Deeley le impuso a Hardy, a decir verdad el realizador nunca hizo demasiado a lo largo de las sucesivas versiones para subsanar los problemas en cuanto al ritmo narrativo, ese que se lentifica o se apresura de repente sin mayores justificaciones en esta o aquella fase de la trama troncal y que en general suele implantarnos la idea de que estamos frente a una colección enajenada de sketchs alrededor de la desaparición de Morrison y la soberbia del futuro borrego condenado al martirio, un Howie que se transforma en el estandarte del estúpido occidental moderno porque -como bien afirma Lord Summerisle en el final- reúne los cuatro requisitos fundamentales para contentar a Dioses que piden sangre muy especial para así revertir una cosecha defectuosa, léase haber llegado a la isla por propia voluntad, actuar en nombre de un rey/ representando a la ley social, ser virgen y calzarse los zapatos del tonto violento, de Punch; un lindo catálogo de rasgos que a nivel literal o conceptual describen a gran parte de la humanidad de la década del 70 al presente, individualismo, sumisión y mucha indiferencia para con el prójimo de por medio. La película tira muy en la cara del espectador el choque de culturas y curiosamente evita toda referencia a las dicotomías antropológicas de campo/ metrópoli y feminidad/ masculinidad para en cambio centrarse en la paradoja de desplegar el accionar de un adalid cristiano oscurantista en plan de imponer un racionalismo burocrático estatal/ jurídico/ policial en el que ni él mismo cree del todo por su fetiche fanático para con figuras etéreas que controlan el devenir humano desde las alturas, provocando una lucha explícita entre diletantes de credos rivales que parecen no poder concordar en prácticamente nada.

 

Ahora bien, El Hombre de Mimbre también nos invita a una lectura adicional encarada desde la perspectiva igualmente caótica de nuestros días, con un Neil representando a esa derecha ignorante y miserable que sigue vivita y coleando en la actualidad en todas las cúpulas gubernamentales del planeta, por un lado, y con un Lord Summerisle haciendo las veces de esa “nueva izquierda” inofensiva que viene tratando de recuperar -o sustituir, depende el caso- los viejos postulados del hippismo, por el otro, habiendo ya olvidado que los enemigos siempre deberían ser el capitalismo a escala abstracta, las elites económicas, sociales y culturales en términos bien específicos y la prototípica disposición caníbal y destructora del ser humano en cuanto al quid mismo de la faena libertaria (por supuesto que no todos los representantes son unos payasos hipócritas e imbéciles pero es innegable que sí lo es el grueso de los veganos, las feministas, los hipsters, los antivacunas, los eco-friendly, los burgueses que desean equipararse con los pueblos originarios, los “progres” de cartón pintado y redes sociales, los artistas contemporáneos con el ego inflado, los docentes y alumnos que viven en una burbuja comunal hermética, los militantes marxistas familieros de fin de semana y los demás derivados new age de las otras facetas de la contracultura de los 60 y 70). El opus de Hardy y Shaffer ridiculiza el aislamiento de unos y otros y logra enfatizar a la perfección que ese tributo/ sacrificio que pide la creencia siempre se termina homologando a la muerte del contrincante ideológico, al cual definitivamente no se lo puede rescatar de su analfabetismo doctrinario y por ello sólo sirve para ser ofrecido en calidad de ofrenda efusiva al sacrosanto tótem de turno, sea éste de la naturaleza que sea…

 

El Hombre de Mimbre (The Wicker Man, Reino Unido, 1973)

Dirección: Robin Hardy. Guión: Anthony Shaffer. Elenco: Edward Woodward, Christopher Lee, Britt Ekland, Lindsay Kemp, Irene Sunters, Gerry Cowper, Donald Eccles, Jennifer Martin, Diane Cilento, Alison Hughes. Producción: Peter Snell. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 9