Peter Doherty en el Teatro Vorterix

La gracia y el baldío

Por Emiliano Fernández
“What’s the use between death and glory?
I can’t tell between death and glory
New labour and Tory: Purgatory and no happy families
It’s one and the same, one and the same
No, it’s not the same: It’s not supposed to be the same
 
You know about that way, the way they make you pay
And the way they make you toe the line, I’ve severed my ties
You’re so clever, but you’re not very nice
So fuck forever, if you don’t mind
I’m stuck forever in your mind, your mind, your mind…”

 

Fuck Forever, Babyshambles.

 

Decir que la actuación de Peter Doherty en el Teatro Vorterix de la ciudad de Buenos Aires fue caótica es quedarse corto ya que -de hecho- constituyó un nuevo ejemplo de esa gloriosa anarquía creativa que lo caracteriza y de la que el susodicho es prácticamente el único diletante dentro del rock contemporáneo, un panorama adepto a la formalidad de los shows estandarizados y prolijos en los que hasta las supuestas desviaciones están reguladas e incluidas en el cronograma general del estilo, subgénero o ambiente al que pertenezca la banda o solista en cuestión. La autenticidad de Doherty, uno de los pivotes fundamentales del rock indie anglosajón del nuevo milenio, es un tesoro difícil de definir porque es atemporal y profundamente anacrónica, perteneciente a un linaje de décadas previas centrado en músicos cultos y amigos del socialismo que tenían algo para decir sobre el mundo circundante, un esquema que pasó a mejor vida en gran parte de la industria cultural y -ni hablar- entre un público cada vez más lobotomizado por los medios de comunicación y sus consignas a favor de mantener las desigualdades, la corrupción, la interminable banalidad y el statu quo político/ empresarial gobernante.

 

La noche comenzó pasadas las 20 horas cuando subió al escenario Los Peligros, una interesante banda argentina con canciones mayormente jocosas en el viejo estilo del primer punk, lo que funcionaba bastante bien con las pretensiones estilísticas de los muchachos y su mezcla bizarra entre The Stooges, The Cars, Pulp y el rock nacional de la década del 80 en la línea de Virus. Les bastó con un show de unos 30 minutos para demostrar que tienen garra y entusiasmo, dos ítems que hoy por hoy brillan por su ausencia. Como suele suceder en los recitales en Argentina, nunca faltan entre la concurrencia los energúmenos que confunden a la música -y al arte en general- con el fútbol o cualquier otra expresión de la estupidez ramplona popular, no obstante por suerte las agresiones contra los músicos pasaron a segundo plano y de este modo Vorterix fue llenándose con calma hasta colmar una tercera cuarta parte de su capacidad total, un éxito para la poca difusión del evento y el típico desconocimiento argentino para con nombres que no están validados por la gran industria, como es el caso de Doherty.

 

El inglés, líder histórico y principal compositor de The Libertines y Babyshambles, llegó minutos luego de las 21:30 horas vestido con sus clásicos saco, corbata y pantalón con tiradores y acompañado por su banda solista, The Puta Madres, una agrupación muy ecléctica compuesta por el español Rafael Ruedas en batería, el irlandés Drew McConnell en bajo (miembro además de Babyshambles), la estadounidense Miki Beavis en violín, el británico Jack Jones en guitarra y la francesa Katia de Vidas en teclados (la chica es asimismo novia de Doherty y directora de varios de sus videoclips). El show comenzó con la declaración de principios I Don’t Love Anyone (But You’re Not Just Anyone) del Hamburg Demonstrations (2016), precisamente el disco que Doherty vino a presentar a la Argentina en esta segunda visita a nuestro país después de aquel recital junto a The Libertines del 14 de octubre del 2016 en el contexto planteado por el festival BUE en Tecnópolis. A posteriori siguieron Last of the English Roses, la canción que podríamos definir como el “hit” de su debut en solitario Grace/ Wastelands (2009), y Kolly Kibber, ese maravilloso tema que abre el Hamburg Demonstrations, composiciones que a su vez dieron forma a una introducción más o menos sutil y acorde con la faceta más serena de Doherty, esa que viene trabajando sobre todo en los proyectos por fuera de sus dos bandas primordiales.

 

Como era de esperar, el público estalló en euforia con You’re My Waterloo, el tema siguiente y sin duda una de las obras maestras de Anthems for Doomed Youth (2015), el “álbum regreso” de The Libertines: aquí su inefable displicencia británica, esa que suele combinarse con su pasión por la improvisación y el desenfreno escénico, dio cabida a emotivos coros por parte de los asistentes al show en el segmento final de la canción, a esta altura todo un himno para sus fans. The Whole World Is Our Playground, del Hamburg Demonstrations, levantó el voltaje rockero de la noche y comenzó una serie de modificaciones relativamente pronunciadas entre las versiones de estudio de los temas y las que The Puta Madres ejecutaron en vivo, en este caso transformando la mansedumbre original en una explosión impensada de adrenalina. Luego llegó el turno de Weed Smoker’s Dream, una nueva e interesante composición del señor, y Music When the Lights Go Out, aquella joya del disco homónimo de The Libertines del 2004, aquí bajo el ropaje de una metamorfosis estructural que la llevó a arrancar, parar y volver a arrancar según la disposición lúdica de un Doherty tan inquieto como enigmático.

 

Prontamente el semblante solista regresó con toda su fuerza gracias a un díptico demoledor del Hamburg Demonstrations compuesto por la marchosa Down for the Outing y por Hell to Pay at the Gates of Heaven, otra de sus obras magnas (Doherty aprovechó al máximo ese tono cercano a la efervescencia del folk sesentoso de denuncia) y el momento elegido por el público para revolear los primeros vasos de cerveza hacia distintos sectores de Vorterix (se podría decir que la práctica tuvo sus momentos de gloria en los shows del viejo Cemento de Omar Chabán, del cual este local de Mario Pergolini es una suerte de versión cool, aggiornada y bastante careta). Arcady, la apertura del Grace/ Wastelands, bajó un poco las revoluciones y terminó de confirmar el hecho de que el pulso del recital estaba marcado enteramente por los devaneos impredecibles e inconformistas de Doherty, quien lejos de cualquier pose almidonada y demagógica del rock -y siempre respetando al público que lo vino a ver y dentro de un curioso marco de profesionalidad vocal- sacaba constantemente a la concurrencia de su “zona de confort” mechando en cualquier momento fragmentos de diversos clásicos de su carrera, incorporando pasajes de -por ejemplo- Don’t Look Back in Anger del (What’s the Story) Morning Glory? (1995) de Oasis o directamente volcando todo el asunto hacia una jam session con aires de reggae.

 

El final oficial del show llegó de la mano de Don’t Look Back Into the Sun, un recordado simple de The Libertines del 2003 que no formó parte de ningún álbum de estudio de la banda, y Who’s Being Having You Over, otra genial canción nueva que aportó todo el anticlímax que el artista buscaba para el “desenlace en los papeles” del recital después de una hora exacta de show. Como el público no se iba, circunstancia en la que ayudó mucho que no se cerrase el telón y la intervención de un veterano roadie/ plomo controlando todos los instrumentos para un más que necesario bis, en un primer momento regresó al escenario Doherty solo empuñando una guitarra acústica para una gran versión de What a Waster, un bonus track muy poderoso de algunas ediciones del Up the Bracket (2002), aquella eclosión discográfica de The Libertines, y a continuación se sumaron The Puta Madres para un cover bellísimo de Ride Into the Sun de The Velvet Underground, un descarte del Loaded (1970) que fue a parar al primer disco de estudio de Lou Reed como solista de 1972. Los 30 minutos aproximados del encore, esos que luego sí incluyeron un cierre de telón y reapertura obligada, se completaron con una trilogía de canciones pertenecientes al Down in Albion (2005) de los Babyshambles, léase las furibundas Killamangiro, Fuck Forever y Albion, las cuales unificaron de manera magistral los múltiples rostros de un Doherty que se pasea cómodo entre los extremos del trovador/ poeta meticuloso y el representante de la vorágine punk en su máxima expresión (en especial la sorpresa de escuchar en vivo Fuck Forever, otra de las declaraciones de principios del británico, fue un sueño hecho realidad para quien escribe).

 

Mientras continuaban volando vasos de cerveza entre el público y alguna que otra remera hacia el propio Doherty, a lo que el susodicho respondía lanzando el micrófono, su soporte y hasta su guitarra acústica, el resto de la banda colaboraba en el descontrol general revoleando instrumentos por todos lados y replicando las consignas celebratorias del público que asistió a esta fiesta musical y verdaderamente anárquica, tanto desde el punto de vista artístico como desde la óptica de esa colección de ceremonias vetustas para burguesitos prolijos o su opuesto, la orilla de los reventados idiotas que se la pasan vulgarizando todo lo que en algún momento fue sinónimo de contracultura, riqueza intelectual y resistencia contra la autoridad y sus aparatos represivos. Cada pequeño detalle, por más nimio que sea, colaboró en el carácter inolvidable del evento en sí: por un lado fue una experiencia sublime ver cómo los miembros de The Puta Madres se colgaban del telón para que los organizadores lo vuelvan a abrir, y por el otro lado resultó de lo más gracioso chequear la desesperación del plomo anteriormente mencionado -definitivamente del staff de la banda, no de la troupe de Vorterix- por recuperar la guitarra de Doherty de entre las manos de los fans, luego de lo cual se la devolvió al músico y éste la arrojó de inmediato -una vez más- al público para finalmente perderse entre los concurrentes, ya sin posibilidad de recuperarla por las puertas abiertas de Vorterix y una salida a la calle que recién comenzaba.

 

¿Cuándo fue el momento en el que el rock indie de nuestros días se olvidó de buena parte de su doctrina de choque de antaño y se transformó en el opuesto exacto de lo que Doherty y sus secuaces demostraron arriba del escenario? Ya a fines de los 90 la estupidez y la homogeneización cultural daban los primeros pasos en su búsqueda de achatar el mercado para que casi todos reproduzcan el mismo discurso desideologizado centrado en un consumo naif, nostálgico y castrado, profundamente inofensivo y repleto de estigmatizaciones de segunda mano. Lejos de la masividad pero con la dignidad de las verdaderas excepciones que dan batalla en pos de quebrar una idiotez acrítica que se extiende sin freno en nuestro presente, el amigo Doherty comenzó su carrera en esos mismos años e incluso hoy continúa superando problemas personales de la más variada índole aunque sin permitir que interfieran en su obra o su carrera, ya que las ráfagas de locura, desconcierto y vehemencia altisonante de sus shows y discos responden a su idiosincrasia caótica individual, a una ideología socialista/ obrerista propia de aquellos artistas e intelectuales que dedicaban su vida a formarse e instruirse en vez de sólo celebrar los rasgos más superficiales e insípidos de la fama y la fortuna. Parafraseando el título de su primer trabajo solista, el inglés traza su propio y atribulado camino entre la gracia y el baldío, entre lo lírico y lo profano, entre lo inasible y lo bien terrenal, entre la sutileza y la desproporción, construyendo a fin de cuentas -en el trajín- un bagaje extraordinario que lo ubica como uno de los artistas más completos y uno de los compositores más talentosos y singulares de la actualidad. Al fin y al cabo, de eso hablamos cuando hablamos de rock: calidad, compromiso y carisma.

 

Peter Doherty en el Teatro Vorterix. 26-05-17.

Peter Doherty: guitarra y voz.

Jack Jones: guitarra.

Drew McConnell: bajo.

Rafael Ruedas: batería.

Katia de Vidas: teclados.

Miki Beavis: violín.