A simple vista se parecen los casos de Milli Vanilli, de finales de los años 80, y Silibil N’ Brains, de las postrimerías de la década siguiente y comienzos del nuevo milenio, un par de dúos que engañaron al público y a la industria discográfica, respectivamente, la primera dupla proveniente de Múnich, Alemania, y haciendo playback/ sincronía de labios en sus actuaciones en vivo porque no habían cantado en ninguno de los temas de su exitosísimo disco vinculado al pop, el hip hop, el dance y el rhythm and blues, All or Nothing (1988) para el mercado global y Girl You Know It’s True (1989) para el eje estadounidense, y el segundo grupo consagrado al rap y enmascarando sus acentos escoceses en Londres para eventualmente ser fichados por la sucursal británica de Sony Music, telonear a D12, aquel proyecto paralelo de Eminem, y participar en un programa de MTV en una época en la que la cadena aún retenía el monopolio en materia de la difusión de los artistas dentro del segmento juvenil. Las diferencias saltan a la luz cuando consideramos las escalas de cada acontecimiento, con Silibil N’ Brains siendo completamente desconocidos por fuera del Reino Unido y el episodio de Milli Vanilli adquiriendo un estatuto de escándalo mundial que todavía hoy se recuerda aunque por razones muy distintas a las de la hipocresía de su tiempo, pensemos que el dúo de Múnich, compuesto por los bailarines y modelos Fab Morvan y Rob Pilatus, era un engendro frankensteineano del productor Frank Farian, parte de una industria discográfica planetaria que a lo largo de la segunda mitad del Siglo XX, desde que se “descubriese” el nicho adolescente en los 60, se la pasó generando bandas y solistas de diseño que tuvieron poca o nula intervención en las canciones que llegaban a los oyentes, de allí que resultase un acto de fariseísmo el castigo desproporcionado contra la dupla cuando se supo de la estafa en 1990, léase el veto radiofónico, la revocación de un hilarante Grammy por Mejor Artista Nuevo y esa eliminación de los masters de su álbum.
Sin embargo la principal diferencia entre ambos casos tiene que ver con las motivaciones detrás de cada engaño, en este sentido Silibil N’ Brains, precisamente conformado por los escoceses Billy Boyd o Silibil y Gavin Bain o Brains McLoud, arrastra un acto de justifica burlona porque el racismo muy poco sutil y la fascinación con las propuestas musicales estadounidenses por parte de las compañías discográficas de Inglaterra funcionaban como barreras de contención en lo referido al fichaje, el despegue y la popularización de artistas del interior del Reino Unido, más aún en aquel período porque los raperos locales no eran tomados en serio y en el caso específico de Silibil N’ Brains eran homologados a puro prejuicio con una acepción hiphopera de The Proclaimers, el dúo escocés de folk rock de los hermanos gemelos Craig y Charlie Reid. Milli Vanilli, por otro lado, era un producto cien por ciento estándar porque obedecía a las prácticas habituales del mainstream musical en eso de empaquetar superficies lustrosas con nada de contenido o autenticidad en su interior, en este sentido se podría aseverar que el productor germano, Farian, simplemente llevó las cosas hasta sus últimas consecuencias unificando la dinámica prefabricada de las boy bands o los girl groups de antaño con dos dimensiones/ recursos que sólo a posteriori adquirirían preeminencia en la industria de la música, primero la selección o proceso de descarte paulatino de los reality shows y segundo el uso de la fachada o simulación para compensar el talento inexistente de los que ponen la cara arriba del escenario, recordemos la revolución que trajo consigo el Auto-Tune, un software que corrige las atrocidades vocales de estos avatares con patas unificando de modo virtual las figuras del profesor de canto, el productor y los vocalistas de reemplazo. La última diferencia es contextual, por ello Milli Vanilli se mueve en el auge del new jack swing y Silibil N’ Brains en el frenesí alrededor del hip hop por Eminem y 50 Cent, ambos apadrinados por Dr. Dre de N.W.A.
Así como el fraude de fines de los 80 inspiró un documental y una biopic ficcional, Milli Vanilli (2023), interesante análisis de Luke Korem, y Girl You Know It’s True (2023), esa excelente epopeya de Simon Verhoeven, hoy se completa el díptico en torno a Silibil N’ Brains porque después del disfrutable retrato documental de Jeanie Finlay, The Great Hip Hop Hoax (2013), es momento de hablar de California Schemin’ (2025), muy buen debut como director de James McAvoy que viene a compensar la decadencia de su carrera como actor, basta con tener presente las lamentables Pose (2025), de Jamie Adams, Speak No Evil (2024), de James Watkins, The Book of Clarence (2023), de Jeymes Samuel, y The Bubble (2022), de Judd Apatow. Basado en las memorias de Bain, California Schemin’: How Two Lads from Scotland Conned the Music Industry (2010), el simpático guión de los debutantes Archie Thomson y Elaine Gracie sitúa el acento en un desarrollo de personajes meticuloso que nos invita a conocer el trasfondo de los protagonistas, unos Billy (Samuel Bottomley) y Gavin (Séamus McLean Ross) que trabajan en un típico call center de la época, sueñan con poder vivir del rap y en esencia conforman un trío de amigos con una compañera laboral de la ciudad de Dundee, en Escocia, Mary (Lucy Halliday), además la novia de Boyd. En 2003 son ninguneados/ basureados en una audición en Londres por su tonada escocesa y por ello optan por fingir ser un par de veinteañeros californianos en un embuste que logra convencer a una empleada de la compañía que en pantalla reemplaza a Sony, Neotone Records, Tessa (Rebekah Murrell), la cual a su vez apalabra al mandamás, Anthony Reid (el propio McAvoy), sujeto cuasi mafioso que le encarga a su subordinada el rol de manager tácito de la dupla sin conocer la doble tensión una vez que llegan a MTV y telonean a D12, apuntamos a un Gavin que anhela conservar semejante farsa todo lo que pueda y un Billy que pretende poner en ridículo al mainstream musical por racista y hueco.
La película de McAvoy constituye una rara avis en el panorama cinematográfico actual porque resulta muy previsible tanto para quienes conocen de antemano la historia de Silibil N’ Brains como para aquellos que no saben nada del tema pero acumulan muchas faenas biográficas en su haber, un problema que se supera de la mano de una generosa dosis de humanismo obrero en materia de la desesperación de Bain por vivir del arte y el deseo de Boyd de salvaguardar la relación romántica que lo une con la que mutaría en su esposa y madre de sus tres hijos, Mary, de allí que el primero caiga de a poco en un círculo vicioso autodestructivo, ese del ego inflado, las drogas y la fama temprana, y el segundo privilegie un hedonismo un poco más responsable aunque también derrapando en la promiscuidad, lo que le permite a su colega extorsionarlo con contarle a su novia en el caso de que no estire en el tiempo la terrorífica llegada de la verdad. El film también explora aquella anglofilia dada vuelta correspondiente a los últimos coletazos de la Edad de Oro del Hip Hop, fase que empezase en los 80 y finalizase en los 90 o más bien los primeros años del Siglo XXI gracias al sustrato progresivo de Kanye West y el futurismo de Outkast, The Neptunes y Missy Elliott/ Timbaland, en el presente del relato muy pegada al gangsta rap de Dr. Dre y Snoop Dogg y aquel efímero horrorcore de Eminem y los mismos D12, de quienes aparece en una escena el malogrado Proof (Elijah Cook), asesinado en 2006 a sus 32 años de edad en medio de una balacera por una discusión trivial en un juego de pool. Con un maravilloso desempeño de Ross y Bottomley aunque también de Halliday, Murrell y el mismísimo McAvoy en su cuasi cameo, California Schemin’ entrega una pequeña revancha contra una industria cultural símil picadora de carne que vampiriza a los artistas y después los desecha cuando ya no resultan redituables o perdieron la condición de “novedad”, aquí exponiendo sus caprichos y miserias basadas en estereotipos cada día más imbéciles y reduccionistas…
California Schemin’ (Reino Unido/ Estados Unidos, 2025)
Dirección: James McAvoy. Guión: Archie Thomson y Elaine Gracie. Elenco: Séamus McLean Ross, Samuel Bottomley, Lucy Halliday, Rebekah Murrell, Elijah Cook, James McAvoy, Sonny Poon Tip, James Corden, Sam Newman, Nick Preston. Producción: Danny Page, Michael Mendelsohn, Simon Kay y Paul Aniello. Duración: 107 minutos.