Sinceramente decir que Rambo (First Blood, 1982) fue la primera película moderna de acción no le hace justicia del todo, algo que por cierto es verdad ya que fue uno de los primeros films que leyó a los enfrentamientos entre facciones exclusivamente en términos militares, unos bien crudos que llamaban a las cosas por su nombre ya sin romantizaciones chauvinistas ni toques de comedia ni intereses románticos de ocasión símil las viejas obras bélicas, elementos que con el tiempo -una vez más- se transformarían en recurrentes aunque sólo luego de la intervención del Hollywood más reduccionista que adapta cualquier gallina de los huevos de oro a sus motivos fetichizados de siempre. Si afirmamos que hablamos del primer exponente del formato “ejército de un solo hombre” tampoco llegamos a sopesar la importancia de la propuesta a nivel histórico, quedándonos con una dimensión destacada pero no la definitiva, ahora vinculada a una gesta radicalizada que no tiene mucho que ver con aquellos derroteros más tradicionales que supieron encabezar los personajes solitarios de los westerns, el cine de aventuras y hasta diversos policiales de antaño, sobre todo los que manejaban el registro del film noir. El núcleo en verdad fundamental de la película en cuestión pasa por la contienda esbozada, en la que el veterano protagonista, John J. Rambo (Sylvester Stallone), se carga al mismo pueblo estadounidense a raíz del olvido al que lo condenó en su vuelta de la Guerra de Vietnam como si se tratase de una refriega dialéctica e inevitable puertas adentro, un macro esquema de derecha que contradice el nihilismo antiinstitucional de la década del 70, ese que supo ser explotado en la pantalla grande vía un sinfín de convites de izquierda, y se entiende gracias a la embestida reaganiana hiper conservadora que en el momento del estreno comercial del opus recién estaba comenzando, imponiendo un neoliberalismo en lo económico mundial que se complementaba con la “limpieza ideológica”/ restauración de la figura del militar norteamericano de carrera -hasta esos años todavía empardado a un asesino de bebés, un violador compulsivo de mujeres, un pirómano especializado en aldeas vietnamitas y un rociador de agente naranja- con el objetivo manifiesto de comenzar un nuevo ciclo imperialista de invasiones a diversos países con recursos considerados rentables y/ o escasos, casi siempre ubicados en Medio Oriente.
Los grandes puntos a favor de la faena de Ted Kotcheff, un cineasta canadiense que venía de rodar la durísima Wake in Fright (1971), muchas comedias y una joya que no vio nadie llamada Split Image (1982), están vinculados a la estupenda música de Jerry Goldsmith, la humanización del personaje, el excelente desarrollo dramático y el mismo carisma/ talento de Stallone a la hora de construir un Rambo lacónico que ante los atropellos reacciona como un perro con rabia al punto de desplegar su costado más mortífero, su “profesión” en tanto sicario al supuesto amparo de un gobierno yanqui que en un primer momento construye a la máquina homicida y cuando ya no la necesita la descarta desde la abulia más cruel, dejándola a la deriva y a merced de ciudadanos -aquí retratados como pusilánimes, estúpidos y rencorosos facilistas- siempre dispuestos a martirizar a esta especie de “servidor público” defectuoso del gremio imperial estadounidense por haber perdido una guerra de por sí impopular y nacida en plena avanzada contracultural del hippismo, lo alternativo religioso y todo aquel Flower Power. Más allá de que la dimensión más animalizada y robótica del personaje es la que el propio Sly decidirá enfatizar en las secuelas inmediatas, léase la maravillosa Rambo II (Rambo: First Blood Part II, 1985) y la entretenida aunque muy reaccionaria a lo Guerra Fría Rambo III (1988), el film original en cambio consigue la proeza de balancear por un lado la faceta más brutal de este boina verde especializado en técnicas de guerra de guerrillas con vistas a agotar al enemigo y por el otro su semblante más vulnerable y cercano a la tristeza/ frustración que le genera el áspero recibimiento en su tierra, algo que termina devolviéndole los recuerdos del suplicio padecido y de muertes espantosas de amigos soldados y en esencia desencadena el alzamiento contra -nada más y nada menos- las figuras centrales de una autoridad civil resentida que no sólo no le muestra ni un ápice de gratitud por representar a su país en comarcas lejanas sino que apuesta a amargarle la existencia de la manera más irrespetuosa y sádica: aquí es el Sheriff William “Will” Teasle (el genial Brian Dennehy) el antagonista fanático de turno, un hombre obsesionado con echar del pueblito de Hope, en Washington, a un Rambo que llega para visitar a un colega que murió de cáncer por una prolongada exposición al agente naranja.
Por supuesto que todo lo anterior no hubiese sido posible si no fuera por la resolución de Stallone de aminorar los fantasmas mentales del personaje en relación al tono muy oscuro de la novela de base, First Blood (1972) de David Morrell, señor que en el libro creó a un Rambo símil psicópata que mata a unos cuantos policías en plan de venganza por las ignominias a las que lo someten y de defensa propia para con la cacería despiadada de la que es objeto. Siendo un miembro de las Fuerzas Especiales entrenado para sobrevivir bajo cualquier circunstancia e infligir el mayor daño posible al enemigo, y habiendo obtenido una Medalla de Honor, el hombre no se toma para nada bien que estando de paso por Hope y deseando comer algo sea conducido de manera autoritaria por Teasle hacia la frontera del pueblo y luego detenido por vagancia cuando John no le hace caso y se apresta a volver sobre sus pasos. Ya en la estación de policía, todos los oficiales -con el Sargento Arthur “Art” Galt (Jack Starrett) a la cabeza, amigo personal de Will- abusan del protagonista mediante burlas, golpes y un baño con un chorro de agua a presión, sin tomar nota del más que notorio estrés postraumático y pretendiendo afeitarlo sujetado, detalle que dispara un flashback de tortura y motiva la fuga de la comisaría aunque no sin antes recuperar su afilado cuchillo, el cual incluye una brújula y hasta aguja e hilo para cerrar heridas abiertas. Sly se encarga de concebir una criatura más simpática a través de la reducción al mínimo de las muertes de agentes de la ley, haciendo que Rambo robe una motocicleta, penetre en el bosque y cause de manera indirecta -y defendiéndose- el fallecimiento del repugnante Galt, el cual le dispara con un rifle desde un helicóptero a pura cobardía y termina cayendo cuando John arroja una piedra contra el vidrio de la nave, desestabilizándola. La película en sí es tan sencilla como eficaz, presentando una primera expedición de policías a los que Rambo neutraliza uno a uno sin asesinarlos y una segunda partida con miembros civiles de la Guardia Nacional que lo arrinconan en una mina abandonada, lo que enfatiza que los intentos de entregarse de Rambo son desestimados, las fuerzas de represión son totalmente inoperantes y encima las autoridades pretenden echarle la culpa al fugitivo en lo que atañe a la opinión pública y el reconocimiento que adquiere el rastrillaje a escala mediática estatal.
El adusto guión de Stallone, William Sackheim y Michael Kozoll, uno que atravesó muchas reescrituras a lo largo de los años, juega con los espejos paradójicos de turno, con Teasle subrayando que el veterano necesita un corte de pelo y un baño urgente como si se tratase de un hippie -o más bien de un neohippie posterior, de la década del 80 en adelante, uno de los pasteurizados contemporáneos- cuando en realidad el hombre representa todo lo que odiaba la primera camada de los diletantes de la contracultura, léase el joven que renuncia a su individualidad para ponerse al servicio del aparato bélico yanqui: este desfasaje interpretativo, digno de la confusión ideológica popular y el agite de la desinformación direccionada desde los mass media, la arquitectura del arte vacuo mainstream y la misma administración pública, provoca una guerra civil implícita que en pantalla adquiere la forma del antihéroe solitario -que no puede dejar atrás su pasado castrense- contra lo que podrían haber sido unos cofrades amistosos si se pondrían en serio a hablar entre sí y renunciaran a dejarse llevar por prejuicios o por la apariencia de uno o el otro en cuanto a la vestimenta, el cabello o lo que se espera de ellos según su profesión. El frente interno, o mejor dicho la guerra en casa, asimismo incluye un sustrato de mitificación aportada por el Coronel Samuel “Sam” Trautman (ese enorme Richard Crenna), a quien se le asigna dentro del armazón retórico la misión de poner en contexto el carácter semi sobrehumano y por demás resistente de John, un hombre al que de todas formas en esta entrega inicial de la futura saga vemos sufrir, gritar de dolor y sumergirse en la desesperación cuando -por ejemplo- parece que quedó enterrado en la mina después de que los idiotas de la Guardia Nacional destruyeran la entrada con una bazuca, cosa que no es así porque eventualmente halla una salida. Definitivamente las sucesivas advertencias de Rambo y Trautman contra Teasle y semejantes para que olviden el asunto y dejen ir al esquizofrénico que osó desobedecer el mandato caprichoso de la ley funcionan como la antesala de la destrucción tácita de Hope, la fortificación del contrincante, durante la arremetida final de Rambo -ya consagrado a la revancha- contra Will y su ceguera cotidiana, esa que no se puede curar y por ello sólo el Coronel, el otrora superior del soldado, es capaz de persuadirlo para que no mate a Teasle.
Resulta hasta gracioso que Stallone, un republicano de toda la vida y bastante conservador en diversos aspectos de su cosmovisión social, haya aceptado protagonizar una historia en la que el ninguneado desde los resabios contradictorios del antichauvinismo de los 60 y 70 se dedica a atacar al pueblo yanqui de a pie, una idea que por supuesto siempre sobrevoló el imaginario de la derecha fascista -ametrallar a los peleles, en esencia- pero que jamás se había encarado con este grado de literalidad, casi traicionando la ridícula pero recurrente concepción de la “gloria” de la nación norteamericana en tanto proveedora de carne presta a ser convertida en nuevos sicarios que lleven la bandera y la ideología del capitalismo a donde sea que la voracidad del imperio lo necesite (por ello mismo -y dentro del credo de Sly- era imprescindible que el protagonista se mude a futuro a otras regiones del planeta al no sentirse bienvenido en su hogar). Pensándola como una de las grandes películas de derecha del séptimo arte, y sin duda una de las más coherentes y deslumbrantes, Rambo se sitúa a una distancia cualitativa infranqueable con respecto a todas las continuaciones, desde las inmediatas ya citadas hasta la fallida Rambo: Regreso al Infierno (Rambo, 2008) y la digna Rambo: Last Blood (2019), la cual incluso nos regresó a yanquilandia y recuperó el cariño para con el desarrollo de personajes del eslabón inicial, todo luego de pasearnos por Asia y Medio Oriente sin mayor justificación ideológica que la “obligación” de liberar a países enteros cual policía internacional unilateral, ese rol que los estadounidenses adoran autoasignarse desde su soberbia y banalidad. Si bien -como decíamos antes- la película aminora la violencia del libro, lo cierto es que mantiene intacta la excusa para que la sangre comience a correr y apuesta con inteligencia y valentía a la metáfora del título original en inglés, eso de relativizar quién fue el primero en derramar hemoglobina porque hablamos de un trasfondo que va mucho más allá de la dicotomía del huevo o la gallina, Rambo o los oficiales, debido a que abarca a toda la estructura militar que fue movilizada en ocasión de la Guerra de Vietnam y los enfrentamientos previos y subsiguientes; lo que implica un cuestionamiento insólito para un film de estas características en torno al sinsentido y el dolor que causan las escaramuzas de por sí, planteo enfatizado mediante el legendario monólogo del desenlace ante los oídos de un Trautman tan maquiavélico como paternal que termina conmoviéndose frente a los resultados de su accionar como dirigente castrense, el trauma simbolizado en aquella anécdota del espanto sobre cómo un amigo combatiente fue despedazado en Saigón por una bomba que escondía un niño lustrabotas, episodio que continúa atormentándolo desde hace siete años. La propuesta también invita a generalizar el caso del soldado olvidado por los “gusanos”, los enemigos internos, al fluir de muchos otros servidores públicos que haciendo exactamente lo que se les exigió, igual todo deriva en una condena social vinculada a la falta de conciencia, moral o verdadera preparación/ aggiornamiento a un mundo -como el actual del nuevo capitalismo, que reemplaza sin cesar al trabajo por la especulación como fuente de riquezas- al que le importa un comino el prójimo y en el que el código de honor de antaño de la milicia termina ahogándose en el mar del egoísmo, la estupidez, la superficialidad y un despotismo que lleva al desempleo y nunca se detiene a pensar cómo sería estar en los zapatos del otro, del diferente en serio. Rambo está construida desde la distancia ética, desde la concepción del outsider en Asia y en Estados Unidos, del que quedó marcado por la vida y el trabajo al extremo de no poder esquivar lo hecho/ visto/ sentido nunca más, siempre en busca de una paz que estalla en mil pedazos cada vez que un nuevo guiño de la virulencia del poder se asoma en el horizonte…
Rambo (First Blood, Estados Unidos, 1982)
Dirección: Ted Kotcheff. Guión: Sylvester Stallone, William Sackheim y Michael Kozoll. Elenco: Sylvester Stallone, Richard Crenna, Brian Dennehy, Bill McKinney, Jack Starrett, Michael Talbott, Chris Mulkey, John McLiam, Alf Humphreys, David Caruso. Producción: Buzz Feitshans. Duración: 93 minutos.