Menuda suerte sufrió Los Espías (Les Espions, 1957), una odisea menor pero interesante, disfrutable y muy inteligente que le tocó estar rodeada de obras maestras en el mejor período de la carrera de uno de los mejores directores europeos de la historia del cine, el enorme Henri-Georges Clouzot. La película que nos ocupa se enmarca dentro de la etapa más prolífica y popular del cineasta, la década del 50, y llegó justo luego de una trilogía extraordinaria que cimentó su fama en el ámbito internacional, aquella compuesta por El Salario del Miedo (Le Salaire de la Peur, 1953), Las Diabólicas (Les Diaboliques, 1955) y El Misterio de Picasso (Le Mystère Picasso, 1956), pero vale aclarar que el opus tampoco llega al nivel cualitativo de los dos primeros clásicos primigenios de Clouzot, El Cuervo (Le Corbeau, 1943) y Muelle de los Orfebres (Quai des Orfèvres, 1947), ni tampoco al de las dos joyas que sobrevinieron a posteriori del período de oro y ya en las postrimerías de su trayectoria, hablamos de La Verdad (La Vérité, 1960) y La Prisionera (La Prisonnière, 1968), encarada esta última después del trágico colapso de El Infierno (L’Enfer, 1964). Escrita por el propio realizador junto a su hermano Jean Clouzot bajo el seudónimo de Jérôme Géronimi, el mismo equipo creativo detrás de El Salario del Miedo, Las Diabólicas y La Verdad, y basada en la novela El Paciente de Medianoche (Půlnoční Pacient, 1954), del escritor checo Egon Hostovský, a su vez editada en Francia bajo el título de Vértigo de Medianoche (Le Vertige de Minuit, 1957), Los Espías en esencia se ubica en el mismo nivel de Manon (1949) y sus dos coqueteos más célebres con el campo de la comedia, El Asesino Vive en el 21 (L’Assassin Habite au 21, 1942) y Miquette (Miquette et sa Mère, 1950), aunque así y todo el film se corta solo en términos del derrotero profesional de Clouzot porque es una rareza absoluta y difícil de definir, por un lado una comedia que satiriza al espionaje por demás ridículo de la Guerra Fría y por el otro lado un drama extremadamente paranoico y desesperado acerca de la falta total de confianza en el mundo moderno y la tendencia del ser humano a ver enemigos por todos lados y por ello a traicionar a quienes momentos antes eran considerados amigos, socios o correligionarios en la causa que sea.
Se sabe que el director llegó a decir que sólo le gustaban los dos primeros tercios de Los Espías y su aseveración se entiende porque esos primeros dos actos se corresponden a una parodia implícita de los servicios de inteligencia del período que por cierto no son muy distintos a los de la actualidad en su pretensión eterna de destruir la privacidad y hacerse de información juzgada valiosa, luego el relato se tuerce bastante hacia una seriedad digna de una propuesta de espionaje ya más clásica vía una metamorfosis que terminó de enajenarse al público y la crítica simplonas de su época ya que el film de Clouzot se burla con ganas del sinsentido de la Cortina de Hierro pero sin caer en las hipérboles del cine cómico ultra exagerado de los 50 y 60, mostrándose algo mucho recatado y elegante para lo que solía ser el subrayado grueso retórico de aquellos años, y al mismo tiempo resulta sumamente dramático en lo que respecta a la naturalización escalonada del acoso y la vigilancia que padece la burguesía en el día a día aunque ridiculizando su estupidez, inconsciencia y falta de previsiones a la hora de empezar a trabajar para los esbirros estatales y no darse cuenta de que está firmando un pacto con Mefistófeles y metiéndose en un conflicto con intereses semejantes e intercambiables a ambos lados del Muro de Berlín. Esta doble condena de ser muy severa para el público bobalicón promedio de la comedia y muy desvergonzada y sardónica para su homólogo del drama de ceño fruncido le ganó a la diminuta epopeya el ostracismo y un esperable fracaso en taquilla por incomprensión y vagancia analítica, del cual el creador se recuperó más adelante con el éxito generalizado de La Verdad. Vista desde el presente, Los Espías es una película despareja aunque muy iconoclasta para su época que anticipa muchos de los latiguillos de las vanguardias de los 60 como la profusión de personajes bizarros, los diálogos cuasi absurdos, el sustrato antiinstitucional, un aire experimental y hasta cierto apego por el retrato de un microcosmos a lo entorno cerrado angustioso símil el Roman Polanski de El Cuchillo bajo el Agua (Nóz w Wodzie, 1962), Repulsión (1965), Cul-de-sac (1966) y La Danza de los Vampiros (Dance of the Vampires, 1967), todos ejemplos de claustrofobia y pugna producto de la convivencia entre opuestos.
El Doctor Malic (Gérard Séty) es la autoridad máxima y único psiquiatra de una clínica derruida para trastornos mentales con un mínimo plantel, encabezado por la maternal pero firme enfermera Andrée (Gabrielle Dorziat), y apenas dos pacientes, el Señor Valette (Louis Seigner), un morfinómano en pleno tratamiento de desintoxicación, y Lucie (Véra Gibson-Amado alias Véra Clouzot, esposa del realizador y aquí en su último papel antes de fallecer en 1960 de un ataque al corazón después de participar en El Salario del Miedo y Las Diabólicas y colaborar en el guión de La Verdad), una muchacha depresiva y semi autista que simula ser muda y en apariencia la otrora pareja del matasanos protagonista. Necesitado de dinero urgente para solventar los múltiples gastos del establecimiento que dirige, recibe una suculenta propuesta de un tal Coronel Howard (Paul Carpenter), del Instituto de Guerra Psicológica de Estados Unidos, que consiste en alojar en la clínica por unos días a una figura misteriosa llamada Alex (Curd Jürgens) a cambio de un millón de francos por adelantado y cuatro millones a la salida del susodicho, todo a condición de que Malic no formule pregunta alguna y no interfiera con el destino de este falso paciente de incógnito, del que sólo sabe que es una persona muy valiosa que está en el núcleo de la disputa entre los capitalistas y los comunistas. Pronto Howard desaparece por completo junto con todo el personal del enclave psiquiátrico y hasta del café de enfrente en donde el médico gusta emborracharse, por lo que una siniestra Constance Harper (Paul Carpenter) recibe sin más el lugar de Andrée y a su vez es secundada por Léon (Sacha Pitoëff) y Pierre (Fernand Sardou), sus tenebrosos cómplices. El doctor termina atrapado en una red de espionaje superpuesto que le llena de micrófonos la clínica y lo insta a colaborar tanto con el Oeste, célula controlada por Sam Cooper (Sam Jaffe), agente veterano yanqui que fue interrogado por los rusos y ahora se hace pasar por profesor de inglés en Francia, como con el Este, enjambre hegemonizado por Michel Kaminsky (Peter Ustinov), un representante de la KGB que dice ser cleptómano pero en realidad, como su contraparte norteamericano, lo único que desea es controlar todo lo que sucede en el inmueble para secuestrar al tal Alex.
Clouzot no sólo juega con la confusión en torno a quién es quién en este cruento laberinto dominado por el miedo al prójimo y la suspicacia de ribetes patológicos sino que incluso complementa la soberbia y la ignorancia muy peligrosa del médico, quien sin proponérselo dejó entrar a su vida y trabajo a una multitud de agentes secretos y su lógica parasitaria, con su pretendida movida independiente de auxiliar a Alex empantanando la pesquisa de los estadounidenses, los cuales le pedían una foto del huésped para comprobar su identidad y así el médico retrata a Valette camuflándolo como el falso paciente, sin darse cuenta que al hacerlo desarma el “gran plan” de fondo ya que el ex agente yanqui Howard desertó para ayudar a escapar del Este al ex agente soviético Hugo Vogel (O.E. Hasse) sirviéndose de la estructura subrepticia de Occidente aunque con el objetivo último de también traicionarlos y recuperar la libertad para ambos hombres, planteo que juega con la paradoja adicional de que el tal Vogel es un científico alemán que desarrolló la tecnología de miniaturización de las bombas nucleares y por ello es tan codiciado por ambos bandos al punto de que la única forma de garantizar la fuga es creando la distracción del secuaz Alex para que los esfuerzos conjuntos y la mirada de Kaminsky y Cooper estuviesen puestos en el huésped del perejil de turno, Malic, un anfitrión bobazo que en vez de hacer lo que se le dice, quedarse callado y quietito, interviene en la conjura y revela por elevación que Alex no es Vogel, relanzando la búsqueda feroz de la KGB y la CIA por toda Francia. Clouzot, hoy echando mano de la bella fotografía de Christian Matras y el glorioso desempaño de un elenco internacional y muy ambicioso, por un lado señala el delirio y la irracionalidad de la “guerra psicológica” en cuestión, en función de esta suerte de maldición del espionaje de arrastrar a todo y todos a sus fauces y eliminar por completo la dimensión íntima de la vida y la confianza entre los sujetos, y por el otro lado denuncia precisamente el sustrato armamentista bien vil que se esconde detrás cual competencia ensimismada por enarbolar el dispositivo asesino más eficaz, desalmado y propenso al desarrollo industrial bajo criterios capitalistas de reducción de costos y ampliación de los “beneficios”, lo que por supuesto se engloba en el pesimismo de siempre del realizador en materia de su obsesión con la dinámica humana de la perfidia, el cotilleo, la pusilanimidad, el desengaño, la sospecha, el pánico, las maquinaciones y esa violencia que en esta oportunidad es caníbal a más no poder como lo demuestra aquella genial frase de Alex al psiquiatra cuando uno de los habitantes de la clínica intenta entrar en su habitación, “te lo dije, son todos traidores: traicionan al país por el partido, luego al partido por la pandilla y después finalmente traicionan a la pandilla, cada hombre para sí mismo”, antesala a su vez del asesinato del malherido Léon, con un balazo de Alex en un brazo, a manos de sus colegas Pierre y Harper, quienes no se toman muy bien que encima de pretender acaparar a Alex para él solo les haya robado dinero. El asesinato de Victor (Clément Harari), falso mozo de café al servicio de Kaminsky que es atropellado por los esbirros de su jefe, y el suicidio final de Vogel, deschavado nuevamente a bordo de un tren por un Malic que lleva consigo la estela de los agentes comunistas y capitalistas a donde sea que vaya, corren en paralelo al papel crucial que tiene la tortura en los interrogatorios de ambas facciones para obtener sí o sí lo que se quiere a costa del esclavo y/ o prisionero indefenso, basta con pensar en los padecimientos del propio Victor, quien es martirizado para que consiga una foto de Alex como la que el doctor supo enseñarle a Cooper, y las promesas tácitas de suplicio de este último ante un Howard ya moribundo, encontrado por los contactos de Harper y envenenado por su propia mano, a menos que le revele dónde está el Vogel verdadero, cuya localización sólo le ofrece al psiquiatra en una escena que además retrata muy bien las suspicacias maniáticas de fondo porque Kaminsky y Cooper se la pasan subrayando cuánto cada uno desconfía del otro y así dejan pasar más y más tiempo en vez de ir a comprar a la farmacia el medicamento necesario para salvarle la vida a su preciado informante y candidato a tortura futura, ese coronel que prefiere morir antes que permitir que la nueva tecnología de las armas atómicas caiga en manos de alguno de estos dos bandos psicopáticos en lucha, sinónimos desde el vamos de un genocidio planetario en potencia. A pesar de un desarrollo narrativo errático y una duración algo excesiva, Los Espías es una obra maravillosa que hace de su humanismo sensato de izquierda su principal atractivo, optando por dejar de lado cualquier afiliación ideológica mainstream facilista/ chauvinista/ fascista al extremo de poner al descubierto el maquiavelismo absurdo de los Estados modernos y sus contiendas bélicas inventadas para siempre plantarse como héroes ante el pueblo y continuar justificando la pérdida progresiva de derechos civiles, el control sobre los ciudadanos y la serie de manipulaciones y ejecuciones de esta cotidianeidad del poder público, dejando en suma al hombre de pie como termina Malic en el relato del film, taponado de dispositivos de vigilancia en su propia casa, impotente ante la cobardía de las amenazas, secundado por una muda que recuperó el habla pero tiene miedo de contar lo que atestiguó, Lucie, y para colmo de males catalogado como loco -ironía profesional de por medio- porque de hecho a último minuto osó rebelarse para denunciar y hacer arrestar a los chiflados o tragicómicos cínicos responsables de este atolladero de mentiras y máscaras…
Los Espías (Les Espions, Francia, 1957)
Dirección: Henri-Georges Clouzot. Guión: Henri-Georges Clouzot y Jérôme Géronimi. Elenco: Gérard Séty, Peter Ustinov, Sam Jaffe, Curd Jürgens, O.E. Hasse, Paul Carpenter, Véra Clouzot, Martita Hunt, Clément Harari, Gabrielle Dorziat. Producción: Henri-Georges Clouzot. Duración: 126 minutos.