Iron Maiden: Burning Ambition

La historia de la bestia

Por Emiliano Fernández

Iron Maiden, banda insignia del heavy metal formada en Londres en 1975 por el bajista e ideólogo por antonomasia Steve Harris, arrastra una trayectoria bastante literal en cuanto a épocas específicas y su correspondencia con el típico subibaja de un derrotero profesional extenso, en este sentido el período de oro del grupo cubre la década del 80 por completo y se subdivide en tres fases muy claras según los discos en cuestión: el debut y su secuela, léase Iron Maiden (1980) y Killers (1981), están marcados por cierta impronta punk y la participación del primer y excelente cantante, Paul Di’Anno, señor que sería echado por sus adicciones al alcohol y la cocaína y así entra en reemplazo Bruce Dickinson, ex vocalista de Samson que deja su idiosincrasia bombástica en la trilogía imprescindible de Maiden, The Number of the Beast (1982), Piece of Mind (1983) y Powerslave (1984), a su vez el prólogo para dos trabajos un poco más experimentales -dentro del promedio de siempre de la banda- que incluirían guitarras sintetizadas primero y teclados después, hablamos por supuesto de Somewhere in Time (1986) y Seventh Son of a Seventh Son (1988). El declive o más bien la redundancia de mucha menor calidad y poderío, nuevamente, abarca toda una década, los años 90, y tiene que ver con los dos últimos discos con un Dickinson ansioso por comenzar una carrera solista, No Prayer for the Dying (1990) y Fear of the Dark (1992), y las dos placas con su polémico reemplazo de capacidades un tanto más limitadas, ese Blaze Bayley que acapararía el micrófono en ocasión de The X Factor (1995) y Virtual XI (1998). El regreso del tremendo Bruce certifica un renacimiento creativo que arranca con Brave New World (2000) y se extiende a todos los trabajos de estudio de Maiden durante el Siglo XXI, Dance of Death (2003), A Matter of Life and Death (2006), The Final Frontier (2010), The Book of Souls (2015) y Senjutsu (2021), una proeza que tiene mucho que ver con la idea de envejecer con dignidad entregándose al berretín progresivo y ultra pirotécnico que siempre los acompañó, temas de generosa duración y floreos ambiciosos de por medio. Los señores, cabezas de la Nueva Ola del Heavy Metal Británico de los 70 y 80 junto con Judas Priest, Saxon, Def Leppard, Venom y Motörhead, patentaron una fórmula en la que conviven los riffs y solos demoledores, las melodías y arreglos operísticos/ sinfónicos/ progresivos y todos esos relatos de alcance épico en cuanto a unas letras consagradas a las compulsiones macabras, bélicas, mitológicas, satánicas, históricas y narrativas inconformistas en general.

 

Iron Maiden: Burning Ambition (2026), film dirigido por Malcolm Venville y escrito por David Teague, este último un editor y el primero un realizador mayormente televisivo que acumula un par de opus ficcionales olvidables, 44 Inch Chest (2009) y Henry’s Crime (2010), funciona como un típico “documental oficial” del nuevo milenio y hace las veces de homenaje cariñoso al grupo por su cincuenta aniversario, aquí apelando a la demagogia que uno podría esperar de parte de Maiden ya que no sólo tenemos delante de cámaras a un popurrí de fanáticos de todo el mundo, entre los que se destaca un par de latinoamericanos hispanoparlantes, la mexicana Gabriela Rojas y la argentina Romina Florencia Ramazzotti, sino que además desfilan músicos de renombre que le rinden pleitesía a Dickinson, Harris y compañía, nos referimos a Scott Ian, líder de Anthrax, Simon Gallup, de The Cure, Tom Morello, de Rage Against the Machine, Gene Simmons, de Kiss, Lars Ulrich, de Metallica, Chop Pitman, de Airforce, y Carlton Douglas Ridenhour alias Chuck D., de Public Enemy, sin olvidarnos de un insólito Javier Bardem hablando en inglés y confesándose seguidor de toda la vida del colectivo metalero. La realización, más allá de celebrar esta comunidad de amplitud mundial basada en un sentimiento de pertenencia y devoción paradigmático del rock, se las ingenia para forzar sutilmente la camaradería dentro de Iron Maiden cuando en realidad atravesaron un sinfín de conflictos y cambios de integrantes antes y después de llegar a la formación más famosa desde Piece of Mind hasta Seventh Son of a Seventh Son, aquella de Dickinson y Harris más Nicko McBrain en batería y Dave Murray y Adrian Smith en esas inefables “guitarras gemelas” en la tradición de Wishbone Ash, Thin Lizzy y Judas Priest, quinteto que tuvo un acompañamiento muy importante en estudio de la mano de Martin Birch, el productor de todos los álbumes entre Killers y Fear of the Dark. En el repaso cronológico nos topamos con el surgimiento en años de preeminencia artística y cultural del punk y la consiguiente incomprensión de parte de las empresas discográficas, todo un estereotipo de la estupidez capitalista, con Harris como el arquitecto espiritual de la agrupación o responsable de su querida intransigencia en materia de mantenerse fiel a las raíces y a un esquema musical que funciona sin demasiadas adaptaciones contextuales o maquillaje sonoro baladí, problema insistente de buena parte del universo rockero y popero del nuevo milenio debido a la obsesión innecesaria con querer arreglar lo que no está roto.

 

La mascota de look zombie creada por el dibujante Derek Riggs, Eddie, aparece en el film como un mecanismo para desviar la atención del público a raíz de la timidez inicial de los miembros de la banda, por ello mutaría en un significante vacío capaz de asumir un montón de personalidades según las temáticas de cada disco, tour o merchandising caprichoso del momento. De la inclusión crucial de Dickinson en 1981, en lo que atañe a carisma, destreza vocal e intensidad metalera, y las primeras e hilarantes batallas de egos entre el cantante y el bajista por controlar el centro del escenario, saltamos a la importancia del bajo galopante de Harris, la retroalimentación de las guitarras de Smith y Murray y la llegada de McBrain en 1982 en sustitución del baterista de los tres primeros discos, el legendario Clive Burr, episodio frente al cual el documental finge demencia al no aclarar nada de nada, quedando flotando los rumores cruzados de despido por excesos hedonistas, por una pelea con Steve o por tomarse un descanso para guardar luto después de la muerte de su padre. No llegaría sola esa explosión en popularidad y giras internacionales incesantes por cinco años, a partir del enorme éxito de The Number of the Beast y la voracidad del manager Rod Smallwood, y prueba de ello es la paranoia en yanquilandia con el satanismo luego de algunos casos policiales de violencia, la atención de la prensa amarilla, la condena de los fundamentalistas cristianos y la implementación de las primeras etiquetas de “advertencia parental” en las portadas de los álbumes, lo que por cierto repercutió en publicidad gratuita para la banda y una mayor fidelidad de parte de sus seguidores, quienes ahora veían de manera explícita las caras de los enemigos a combatir, en esencia la lacra reaganiana/ thatcherista de marco neoliberal, beato y oscurantista. En este sentido Bardem, manifestándose desde el emporio católico de España, aporta palabras muy sensatas sobre el Infierno como un lugar divertido -o por lo menos decididamente inocuo- gracias a la intervención en el imaginario del rubro de Maiden y su mascota, siempre ubicándose lejos del reino mefistofélico del peligro que esgrimían los payasos religiosos de derecha de distintas partes del globo, quienes desde las cúpulas económicas manipulan al pueblo a través del miedo a entelequias como Belcebú y sus dominios, comarca de la que precisamente los músicos británicos entran y salen a gusto como los artistas que son, pregoneros de la ficción positiva/ reflexiva a escala social que pone en el tapete el sustrato discursivo o impostado de la parafernalia diabólica tradicional.

 

Si bien aporta sinceridad el hecho de que se entronice al espectáculo como horizonte de cada show y cada disco y resultan disfrutables las sencillas animaciones en 3D alrededor de Eddie y escenarios apocalípticos del montón, vinculadas al terror, la ciencia ficción o el film noir, a decir verdad poco se explora la faceta bibliófila del colectivo, costado que ha desencadenado muchas canciones y placas conceptuales, y aquel altercado intra comunidad metalera en el Ozzfest de 2005 en California, cuando la esposa de Ozzy Osbourne, Sharon, intentó sabotear el recital de Maiden por declaraciones de Dickinson en contra de los reality shows, de hecho como el que protagonizaba en MTV la familia de la voz de Black Sabbath, The Osbournes (2002-2005). La negativa de Bruce en 1984 a los dichos de un fan polaco, que le comentaba sobre la posibilidad de tocar heavy metal con sintetizadores, anticipa de manera irónica el recorrido de la agrupación por esa senda durante el segundo lustro de los 80, concretamente en la fase de Somewhere in Time y Seventh Son of a Seventh Son. En relación a lo anterior, la visita en ese año de Maiden a la Polonia comunista está muy bien trabajada por la película en términos de un soplo de aire fresco en un país con un gobierno totalitario y para colmo sin tiendas de discos, donde todo el caudal de música compartida era mediante piratería en cassettes, episodio que desemboca en una graciosa zapada en una boda empapada de alcohol y un cover de Smoke on the Water, clásico de Machine Head (1972), de Deep Purple. Aquí tenemos un testimonio valioso de una fan del Líbano, Lina Khatib, que en 1992, justo después de la Guerra Civil (1975-1990), escucha e interpreta de modo muy personal las letras de Fear of the Dark, al igual que un admirador que padeció la Guerra de Kosovo (1998-1999), Senad Sabovic, y otro que en su rol de policía neoyorquino vivió los atentados del 11 de septiembre de 2001 en yanquilandia, Rob Festa. En pantalla el rock está homologado a una expresión cultural, a la libertad de movimiento y a un desafío contra el sistema estupidizante occidental, más allá de constituir un refugio en el que se puede alcanzar una paz que el mundo exterior escatima o niega abiertamente. El show más grande hasta entonces, el Rock in Río primigenio de 1985, sirve de excusa para señalar el debut en América Latina, sede del público más pasional del planeta como señala Rojas, y para aquella anécdota de Dickinson golpeándose la cabeza por accidente con una guitarra en Revelations, sangre mediante que es usada a puro masoquismo para agregar intensidad.

 

Sin duda el comienzo de la decadencia arranca con el ingreso en 1990 de Janick Gers en el lugar que dejó vacante Smith, el cual deseaba seguir con los sintetizadores de Somewhere in Time y Seventh Son of a Seventh Son y se oponía a la idea de Harris de regresar al sonido metalero de principios de los 80, esta última la opción que prevalecería en No Prayer for the Dying y el resto de las placas de los 90, intentos fallidos en pos de recapturar la magia de antaño. No obstante el verdadero “golpe de gracia” fue la salida de Dickinson en 1993 o más bien su permanencia en una gira de despedida en la que se negó a cantar algunas canciones de algunos shows producto del mal humor y su claustrofobia, de este modo al año siguiente eligen como sustituto a Bayley, el ex cantante de Wolfsbane que recibiría escupitajos en actuaciones en vivo como recuerda la fanática argentina, Ramazzotti. Iron Maiden: Burning Ambition por suerte abre el análisis y no le echa toda la culpa al nuevo vocalista, el cual se sabía desde el vamos -lo sabía muy bien Steve, el mandamás- no podía cantar en el mismo rango/ estilo de Bruce, así la mediocridad noventosa también se explica por el ascenso del grunge, el divorcio del bajista en 1993 de su esposa, Lorraine Jury, y el abandono de los admiradores en el mercado estadounidense, contraste con respecto a la fidelidad del público en el resto del mundo. Como a nadie le fue bien por separado, ni a Maiden ni a sus piezas individuales descarriadas, la vuelta de Dickinson y Smith para el recordado Brave New World, título inspirado en la novela homónima de 1932 de Aldous Huxley, nos dejó con una muy poco habitual alineación de tres guitarristas porque deciden conservar a Gers, jugada extraña en el ecosistema de la banda, adepta al descarte, que de paso le permite al bajista de Kiss, Simmons, pegarle al grunge y su carácter soberbio pero perecedero, ese que pretendió jubilar apresuradamente a las generaciones previas del rock. La propuesta, como casi todo documental posmoderno, tiende a balancear hechos buenos y malos para dejar contentos a todos, tanto a los amigos del fatalismo como a los que gustan del lado luminoso de la vida, por ello el cáncer de garganta de 2014/ 2015 de Dickinson aparece equilibrado no sólo por la remisión del tumor sino por su bizarra transformación en piloto comercial, efectivamente el encargado de pilotar el Boeing 757 del grupo, Ed Force One, y por ello el derrame cerebral del 2023 de McBrain, el cual lo obligó a retirarse de los tours al año siguiente, está compensado con un recital que oficia de despedida del baterista.

 

Tratándose de un producto de nicho, llama mucho la atención la distribución de Universal Pictures, garantía del privilegio de un estreno en simultáneo en muchísimos países, y la inusual participación, siempre con relatos en off, de casi todos los integrantes cruciales de Iron Maiden, del presente y el pasado, de allí que las entrevistas a los fans, con presencia efectiva, en gran medida asimismo compensen la ausencia corporal de los músicos, factor que enervará a muchos espectadores que asimismo se quejarán del poco peso que en el metraje total tienen las últimas décadas desde el retorno de Bruce, sin embargo el período de oro impone su presencia por sí solo y además se podría aseverar que Venville y Teague, los responsables máximos de la epopeya que nos ocupa, optaron por sumarse a la moda de los últimos años de los documentales narrados en primera persona, formato que va desde Maria by Callas (2017), de Tom Volf, Pavarotti (2019), de Ron Howard, Zappa (2020), de Alex Winter, y The Velvet Underground (2021), de Todd Haynes, hasta Paul McCartney: Man on the Run (2025), de Morgan Neville, It’s Never Over, Jeff Buckley (2025), de Amy Berg, Sly Lives! (aka the Burden of Black Genius) (2025), de Ahmir Khalib Thompson alias Questlove, y EPiC: Elvis Presley in Concert (2025), obra de Baz Luhrmann. Otro planteo curioso radica en la decisión de privilegiar canciones y sucesos específicos por sobre un hipotético panorama discográfico, alternativa que quizás hubiese significado exacerbar la distancia entre las cúspides inalcanzables de los 80, los bajos fondos de los dos lustros que siguieron y la vejez digna del Siglo XXI, ante la cual Iron Maiden: Burning Ambition nos bombardea con bellas joyas inoxidables como Die with Your Boots On, The Trooper, The Ides of March, Phantom of the Opera, The Number of the Beast, Prowler, Running Free, Sanctuary, Murders in the Rue Morgue, Powerslave, Hallowed Be Thy Name, Drifter, Rime of the Ancient Mariner, la mencionada Revelations, Run to the Hills, Stranger in a Strange Land, Aces High, 2 Minutes to Midnight, Bring Your Daughter… to the Slaughter, Brave New World, For the Greater Good of God, The Book of Souls y Blood Brothers, entre otras. Coronada por un cierre con los admiradores cantando y haciendo air guitar mientras corren los títulos, la película sintetiza con esmero la historia de esta bestia altisonante del metal y pone en interrelación la lectura -a veces naif- del público y el amasijo de alegrías y tristezas que conforman la intimidad de la banda, una convulsionada como la de cualquier familia…

 

Iron Maiden: Burning Ambition (Reino Unido/ Estados Unidos, 2026)

Dirección: Malcolm Venville. Guión: David Teague. Elenco: Bruce Dickinson, Steve Harris, Dave Murray, Adrian Smith, Nicko McBrain, Janick Gers, Tom Morello, Gene Simmons, Lars Ulrich, Javier Bardem. Producción: Dom Freeman. Duración: 106 minutos.