Sin duda uno de los derroteros más fascinantes y cruciales en materia de la modernización de la comedia masiva de mediados del Siglo XX, la carrera de Mel Brooks como director y guionista en el ámbito cinematográfico, luego de su paso por la televisión durante la década del 50 y buena parte de los años 60, terreno en el que se destaca El Superagente 86 (Get Smart, 1965-1970), su sátira magistral alrededor de los productos de espionaje de la Guerra Fría, puede dividirse entre por un lado un par de excepciones de tipo semi verista/ realista, las injustamente ninguneadas aunque con cosillas muy interesantes Las Doce Sillas (The Twelve Chairs, 1970) y ¡Qué Perra Vida! (Life Stinks, 1991), la primera una parodia de la codicia en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la segunda un ataque contra su homóloga salvaje en el capitalismo neoliberal reaganiano, y por el otro lado una retahíla de farsas hiper burlonas a toda pompa que varían en cuanto a la intensidad de su mordacidad según el cariño o el desprecio de Brooks en relación al blanco principal del sarcasmo, serie que incluye Los Productores (The Producers, 1967), arremetida contra el nazismo y los shows de Broadway, Locura en el Oeste (Blazing Saddles, 1974), parodia muy hiriente del western clásico y la memoria derechosa estadounidense, El Joven Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), suerte de homenaje irónico a la pobre criatura de Mary Shelley y los monstruos de Universal Pictures, La Última Locura de Mel Brooks (Silent Movie, 1976), carta tácita de amor hacia el slapstick o comedia física y la etapa muda de la historia del séptimo arte en términos macros, Las Angustias del Dr. Mel Brooks (High Anxiety, 1977), sátira del psicoanálisis freudiano y el suspenso modelo Alfred Hitchcock, La Loca Historia del Mundo (History of the World: Part I, 1981), propuesta episódica que se mofaba sobre todo del péplum o cine de espada y sandalia, S.O.S. Hay un Loco en el Espacio (Spaceballs, 1987), gran ataque contra la saga infantiloide iniciada con La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, Las Locas, Locas Aventuras de Robin Hood (Robin Hood: Men in Tights, 1993), una parodia del héroe del folklore medieval inglés y Robin Hood: El Príncipe de los Ladrones (Robin Hood: Prince of Thieves, 1991), film de Kevin Reynolds, y Drácula: Muerto pero Feliz (Dracula: Dead and Loving It, 1995), humorada en torno al vampirismo y Drácula (Bram Stoker’s Dracula, 1992), el tanque de Francis Ford Coppola.
Locura en el Oeste, estrenada efectivamente a posteriori de dos fracasos de taquilla, Los Productores y Las Doce Sillas, la primera resultando muy polémica por su temática y la segunda pasando sin pena ni gloria asimismo por su núcleo discursivo, no sólo inaugura el período de preeminencia comercial de Brooks, la década del 70, sino que es literalmente su propuesta más exitosa junto con su otra joya de ese mismo año, la mejor y más inteligente El Joven Frankenstein, lo que por cierto no le quita méritos a la epopeya socarrona sobre el Lejano Oeste ya que el cómico tuvo la enorme astucia de leer el momento histórico y crear junto con sus colegas, aquellos Richard Pryor, Alan Uger, Norman Steinberg y Andrew Bergman, este último el responsable de la trama de base, un producto lo suficientemente heterogéneo para llegar al inconsciente de un público que ya estaba cansado de los clichés del western chauvinista, fascistoide, atolondrado, maniqueo y racista de payasos como John Ford, Howard Hawks y John Wayne. En este sentido Locura en el Oeste en primer lugar retoma elementos de las tres variantes inconformistas que reescribieron desde la izquierda los latiguillos del formato de cabecera, hablamos del spaghetti western de Sergio Leone, Sergio Corbucci y Sergio Sollima, el western crepuscular o revisionista de Sam Peckinpah, Walter Hill y Clint Eastwood y el acid western de Alejandro Jodorowsky, Monte Hellman y Peter Fonda, entre muchos otros realizadores contemporáneos o futuros de cada corriente, y en segunda instancia sabe aprovechar un contexto industrial que es mucho más amplio y abarca el auge de los sketchs pirotécnicos de TV, el blaxploitation o cine de explotación de idiosincrasia negra y los musicales posmodernos en línea con Bob Fosse, amén del querido Nuevo Hollywood de los 70, período en el que los directores con background educativo europeo hegemonizaron el aparato hollywoodense en detrimento de los productores y hasta lograron imponer unas madurez y autenticidad hasta ese momento insólitas en la industria cultural de Estados Unidos, así las cosas muchos de los chascarrillos de Brooks en la obra que nos ocupa, de hecho, no hubiesen llegado a la pantalla si el señor no hubiese ejercido su control por contrato sobre el corte final por sobre la opinión de los ejecutivos estúpidos y conservadores del estudio, Warner Bros., quienes se quejaron en vano por el contenido de la propuesta y/ o pusieron diversas trabas para que naufragase en sí la visión del realizador.
El amigo Mel, siempre preocupado por la presencia de una relación de complementariedad entre la historia narrada y la catarata de sketchs de modo que una pierna no sea más larga que la otra, aquí nos presenta el tendido gangsteril de vías férreas en 1874 sirviéndose de la mano de obra semi esclava de negros, asiáticos e irlandeses, controlados por un tal Taggart (Slim Pickens) que a su vez responde al procurador/ fiscal general, Hedley Lamarr (Harvey Korman), quien se sorprende cuando el anterior le informa que descubrieron unas arenas movedizas en el terreno por donde deberían pasar los rieles y por ello será necesario desviar el trazado hacia un pueblito llamado Rock Ridge, cuyas tierras valdrán una fortuna cuando se difunda el asunto. Lamarr y Taggart planifican comenzar una seguidilla de razzias hiper violentas para “convencer” a los habitantes del lugar de marcharse y después adquirir el suelo a bajo costo, no obstante las víctimas optan por mandarle un telegrama al gobernador del ignoto Estado, el putañero y corrupto William J. Le Petomane (el propio Brooks), para que envíe un sheriff que pueda protegerlos de las incursiones de este sadismo extravagante que no perdona a nadie, por ello Lamarr manipula al gobernador para que remita a Rock Ridge un proletario negro del ferrocarril, Bart (el correcto y hoy olvidado Cleavon Little, segunda opción justo luego de que el estudio rechazase a Pryor por sus problemas con las drogas), que estaba en la cárcel por darle un palazo en la cabeza al personaje del siempre genial Pickens, todo con la esperanza de que la presencia de un morocho derive en caos o quizás en un raudo linchamiento. Bart, siempre asistido por un pistolero alcohólico que conoció mejores días, Jim alias Waco Kid (Gene Wilder, actor fetiche del director), se las arregla para sobrevivir a los caucásicos racistas del pueblo y para rechazar los dos intentos inmediatos de suprimirlo por parte de Lamarr, primero mediante un forzudo tontito, Mongo (Alex Karras), y después a través de una bella meretriz alemana y cantante de cabaret, Lili Von Shtüpp (Madeline Kahn, otra reincidente en la trayectoria de Mel). A posteriori de un encontronazo fugaz con los facinerosos de Taggart en el que Jim demuestra una velocidad sobrehumana con el revólver, el capitalista y su esbirro/ capataz reclutan a un ejército de matones que incluye a soldados nazis, algunos Hells Angels, bandidos mexicanos, rednecks fanáticos de las armas, unos rebeldes musulmanes e incluso integrantes del Ku Klux Klan.
Brooks no deja recurso sin utilizar y unos cuantos de ellos fueron altamente controversiales para su momento como la cíclica aparición del término denigratorio “nigger” para referirse al personaje de Little y enfatizar lo mucho que se lo odia en Rock Ridge y lo mucho que el western clásico detestaba a los negros, asiáticos, mexicanos, judíos y aborígenes, un arsenal retórico o popurrí de las carcajadas en el que supieron entrar ingredientes como injurias, chistes de pedos y eructos, referencias a la marihuana y la cocaína, insinuaciones sexuales de toda índole (hetero y gay), esos anacronismos por doquier, mucho absurdo polirubro y cuasi surrealista, la interpelación a cámara o quiebre de la cuarta pared por parte de Bart y Lamarr, marca registrada ineludible del cineasta, y las burlas al musical clásico más cursi o superficial vía la incorporación de canciones varias que no hacen avanzar la acción pero la comentan con sorna símil el revolucionario Fosse, además de una colección de humoradas metadiscursivas que van desde el desenlace autoreflexivo demencial, cuando los personajes ingresan a un set de un musical aparatoso a lo Busby Berkeley y terminan en una guerra de pasteles en la cafetería del estudio y después en una sala que proyecta Locura en el Oeste, hasta los homenajes a los Looney Tunes, a las colaboraciones entre Randolph Scott y Budd Boetticher, a Cabaret (1972), de Fosse, a la Marlene Dietrich de El Ángel Azul (Der Blaue Engel, 1930), de Josef von Sternberg, y a Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), joya de Leone que inspira la premisa central y la primera toma del film desde el punto de vista de una locomotora que resulta ser una hilarante vagoneta manual. Muy en sintonía con el cine de Woody Allen y Blake Edwards y anticipando las odiseas histéricas por venir de Jim Abrahams y aquellos hermanos David y Jerry Zucker, la película padece los defectos de siempre del Mel director, léase cierta lentitud y una fotografía y puesta en escena bastante básicas vinculadas al sustrato expresivo del cine mudo y del vodevil, sin embargo exuda una libertad creativa extraordinaria, no pide perdón por sus chispazos de misoginia y homofobia y denuncia la especulación inmobiliaria, el capitalismo homicida y mafioso, la hipocresía de la “civilización”, la esclavitud/ explotación laboral generalizada, la ineptitud de los funcionarios públicos, ese triste robo de tierras a los pueblos nativos del continente americano y la falsificación de toda la historiografía oficial de Estados Unidos…
Locura en el Oeste (Blazing Saddles, Estados Unidos, 1974)
Dirección: Mel Brooks. Guión: Mel Brooks, Richard Pryor, Alan Uger, Norman Steinberg y Andrew Bergman. Elenco: Cleavon Little, Gene Wilder, Slim Pickens, Harvey Korman, Madeline Kahn, Mel Brooks, Alex Karras, Burton Gilliam, David Huddleston, Liam Dunn. Producción: Michael Hertzberg. Duración: 93 minutos.