El cineasta mexicano Michel Franco ha desarrollado una carrera bastante pareja y atractiva -aunque no descollante- analizando las injusticias sociales, las familias disfuncionales y los recovecos más aberrantes del ser humano y sobre todo el capitalismo, esa usina inagotable de psicópatas y bobos que tienden a construir oligopolios. Asentado en la comodidad de los circuitos interconectados de exhibición del indie y los principales festivales del globo, el señor se hizo conocido explorando el incesto y la pornografía forzada en Daniel & Ana (2009) y la pornovenganza, el bullying y la violación en Después de Lucía (2012), sin duda sus dos obras más famosas y las que patentaron un estilo expresivo seco que se contrapone a la pirotecnia impactante/ shockeante del contenido. Franco ha demostrado inteligencia porque viene manteniendo un ritmo productivo constante gracias al financiamiento francés y estadounidense y el uso de estrellas como Tim Roth, David Dastmalchian, Charlotte Gainsbourg, Peter Sarsgaard o Jessica Chastain, de este modo su sustrato provocador se metió con el tráfico de órganos en A los Ojos (2013), codirigida por su hermana Victoria Franco, los pacientes terminales en Crónico (Chronic, 2015), la maternidad lunática en Las Hijas de Abril (2017), el despotismo, la lucha de clases y la violencia generalizada de hoy en día en Nuevo Orden (2020), el luto y las consecuencias del cáncer cerebral en Anochecer (Sundown, 2021) y el abuso sexual y la demencia prematura en Memoria (Memory, 2023).
Sueños (Dreams, 2025), segundo trabajo del azteca con Chastain después de Memoria, le permite indagar en la inmigración, la plutocracia y el Estado policial actual a través de la relación entre un bailarín mexicano de ballet, Fernando Rodríguez (Isaac Hernández), y la heredera de un clan multimillonario estadounidense, Jennifer McCarthy (Chastain), que además incluye a su hermano, Jake (Rupert Friend), y a su padre, Michael (Marshall Bell), quien como buen oligarca dona parte de su colección de cuadros para que bauticen con su nombre un ala de un museo de arte moderno y financia algún que otro proyecto social como un centro comunitario para inmigrantes latinos en San Francisco, donde vive la parentela. Con la relación madura luego de conocerse en México, el relato empieza cuando el joven llega oculto a Estados Unidos en el espantoso trailer de un camión porque tiene prohibida la entrada ya que fue expulsado del país en 2013 por bailar en las calles de Nueva York. La pareja vive un tiempo en la mansión de ella pero se separa porque él es ninguneado y debe permanecer siempre escondido en el ambiente de blancos condescendientes racistas de Jennifer, no obstante a posteriori se reconcilian y llegan a una suerte de estabilidad porque Rodríguez alcanza algo de autonomía trabajando como barman y como profesor de ballet en el centro comunitario de los McCarthy, incluso logrando ser incorporado a -y encabezar- una compañía de San Francisco a cargo de un conocido de ella, Matthew (Wes Chapman).
A pesar de que Franco definitivamente está cómodo en el gremio arty del nuevo milenio, ese sustentado en los festivales que todavía quedan en el ecosistema internacional y en un público que se reduce sin cesar por los problemas de distribución y la mediocridad de las plataformas de streaming para oligofrénicos del presente, se podría decir que Sueños es su intento más evidente en pos de saltar al mainstream aunque reteniendo la dignidad, en suma combinando por un lado su tono helado/ quirúrgico característico y el trasfondo de sadismo social, aquí nuevamente empardado a la dimensión privada de los sujetos, y por el otro lado el cine erótico de los años 80 y 90 modelo Adrian Lyne y Paul Verhoeven, aunque desde ya dejando de lado el suspenso y conservando una arquitectura melodramática que recupera la severidad de Michael Haneke y Catherine Breillat y las preocupaciones anticapitalistas de Ken Loach y los hermanos belgas Luc y Jean-Pierre Dardenne. En pantalla tenemos una relación prostibularia tácita entre clases sociales que también abarca la limosna callejera y los trabajos que bordean la esclavitud, desconocen los conocimientos previos o dejan al individuo en cuestión cerca del arresto y la deportación inmediata, algo que efectivamente sucede cuando el “sueño” del título de Fernando llega a su fin y lo regresan a México por una denuncia egoísta de Jennifer, siempre nerviosa frente a la presión de su clan en San Francisco y con otro “sueño” a cuestas, ese de retomar el vínculo pero en el país vecino.
Como todo buen melodrama con conciencia de clase, la película todo el tiempo juega con la disparidad de poder en la relación romántica de turno, lo que la anula a escala conceptual desde el vamos porque el trasfondo universal del corazón, léase la preeminencia sutil de uno sobre el otro, en estos casos muta en caricatura cruel ya que el dominante es más bien un dictador que niega el libre albedrío del prójimo, amén de la dimensión superpuesta del mecenazgo símil vieja aristocracia en materia de la pintura y la danza. La brevedad del metraje se agradece de sobremanera por lo predecible del relato, sin necesidad de alargarlo más allá del eventual reencuentro en México, la confesión de McCarthy a Rodríguez sobre la deportación y la movida de este último en lo que atañe a encerrarla en la casa compartida para que sepa cómo se siente el presidio que padecen los inmigrantes ilegales en ambos márgenes de la frontera. Sueños, como todo el acervo de Franco, cuenta con muy buenas actuaciones por parte de ambos, la hoy veterana Chastain y un Hernández que es bailarín profesional y asimismo participó en la última propuesta ficcional de Carlos Saura, El Rey de Todo el Mundo (2021), y exuda una valentía prodigiosa al tratar temáticas candentes que paradójicamente casi nadie quiere explorar en nuestro cobarde Siglo XXI, siempre adepto al conformismo y la frivolidad. El racismo, la xenofobia y el clasismo se superponen en la trama ideada por el realizador y conspiran para que el vínculo del corazón se vaya cayendo de a poco, por ello la faceta cultural tiende a distanciar pero más lo hace la soberbia de los blancos anglosajones protestantes que no aprenden castellano y se ofenden cuando los dejan afuera en alguna conversación efímera, sin que la misma exacta regla aplique al revés cuando hacen lo mismo para satisfacer su narcisismo burgués. El mexicano continúa en la comarca retórica del exploitation provocador y brutal, más cerca del facilismo de Haneke o Gaspar Noé que de la complejidad de otras influencias indisimulables como Marco Ferreri y Pier Paolo Pasolini, y se permite algunas escenas sexuales “subidas de tono” según los tristes parámetros del neopuritanismo de la industria cinematográfica contemporánea, aquí situando en el horizonte ideológico/ narrativo a la ilegalidad como un chantaje de parte de los poderosos para garantizar el dominio o su patético confort, en este sentido durante el último acto -como decíamos con anterioridad- se invierte la situación para que el bando hegemónico experimente las penurias de la reclusión, imponiendo luego un castigo atroz…
Sueños (Dreams, México/ Estados Unidos, 2025)
Dirección y Guión: Michel Franco. Elenco: Jessica Chastain, Isaac Hernández, Rupert Friend, Marshall Bell, Wes Chapman, Eligio Meléndez, Mercedes Hernández, Jorge Durán, Sasha Desola, Nathaniel Remez. Producción: Michel Franco, Eréndira Núñez Larios y Alexander Rodnyansky. Duración: 98 minutos.