Possessor

La impostora en crisis

Por Emiliano Fernández

En Possessor (2020), la segunda película de Brandon Cronenberg, hijo del célebre David Cronenberg, el director y guionista canadiense retoma el motivo de su también interesante ópera prima Antiviral (2012), con ambos films compartiendo la doble idea central de una lucha encarnizada entre facciones antagónicas del capitalismo y un peón en el medio de todo esto que se mueve entre los sectores en pugna a puro peligro, deterioro físico paulatino y una enorme confusión identitaria. Si bien se podría decir que el trabajo en sí aglutina elementos varios de las novelas y cuentos cortos de Philip K. Dick y de films como Estados Alterados (Altered States, 1980), Proyecto Brainstorm (Brainstorm, 1983), Días Extraños (Strange Days, 1995), The Matrix (1999) y 8 Minutos Antes de Morir (Source Code, 2011), lo cierto es que Brandon aquí está recuperando de manera explícita la faceta del cine de su padre vinculada al body horror más político y hasta en cierto sentido al thriller de espionaje de cadencia ultra enrevesada y surrealista, hablamos sobre todo de Scanners (1981), Cuerpos Invadidos (Videodrome, 1983) y eXistenZ (1999), tres películas en donde el poder penetraba la superficie corporal y la trastocaba para transformarla en un campo de batalla entre los distintos bandos que ansiaban la hegemonía total cual corporaciones mercantiles, comunicacionales o financieras dispuestas a canibalizarse entre sí hasta que quede una sola en pie, una dialéctica fratricida en la que el sueño del control absoluto sobre los sujetos resulta crucial y se reproduce desde los estratos más altos de la pirámide hasta los más bajos y muy próximos a morir en pos de esos amos maquiavélicos que dominan su destino.

 

La premisa queda clara en los primeros segundos: una mujer llamada Holly (Gabrielle Graham) se inserta lo que parece ser una terminal símil aguja en la parte trasera del cráneo y pasa de sonreír a llorar y a una evidente frialdad, momentos después descubrimos que asiste en calidad de promotora a un evento nocturno, le clava un cuchillo en la garganta a un hombre y lo remata con una andanada de sangrientos cuchillazos en el abdomen, todo a pesar de que tenía una pistola con ella todo el tiempo que parece no poder usar para matarse a sí misma y por ello termina pereciendo, resignada, vía la lluvia reglamentaria de balas de la policía. La que en realidad controlaba la psiquis de la víctima/ victimaria es Tasya Vos (Andrea Riseborough), una sicaria corporativa especializada en “trabajitos” a la distancia mediante implantes cerebrales que le permiten habitar otros cuerpos durante unos días, construir una historia que inculpe al perejil de turno y luego matar al objetivo para terminar “saliendo” del anfitrión segundos después. Si bien su superiora directa, Girder (Jennifer Jason Leigh), se da cuenta que la identidad de la mujer se va cayendo a pedazos de encargo en encargo porque su yo tiende a fundirse con los recuerdos del elegido para estos asesinatos tercerizados a control remoto, la sigue utilizando porque Vos es extremadamente eficaz en función de su sadismo, aunque desde ya el asunto le ha costado su familia debido a su inestabilidad psicológica y la peligrosidad de estar cerca de su marido Michael (Rossif Sutherland) y su pequeño hijo Ira (Gage Graham-Arbuthnot), de los que vive apartada y con los que anhela volver a tener una relación afectuosa de manera más o menos cotidiana.

 

La nueva misión de Tasya es infiltrarse en la parentela Parse tomando posesión del cuerpo y la mente de Colin Tate (Christopher Abbott), el prometido de Ava (Tuppence Middleton), hija del repugnante magnate empresario John Parse (Sean Bean), a su vez padrastro de Reid (Christopher Jacot): contratada por este último, Girder le ordena a Vos que controle a Tate para construir un relato que derivará en el homicidio de John y su hija con el objetivo de que Reid herede toda la fortuna, en esencia centrado en una línea de comportamiento errático tendiente a desembocar en una pelea en una fiesta con Parse, quien lo basurea y hasta lo tiene de empleado, y en el asesinato del hombre y Ava. Como resultaba más que evidente en el encargo previo, los problemas psicológicos de Tasya le están impidiendo asumir el control total orgánico y por ello cuando llega el momento de forzar el suicidio, la mujer -desde la terminal del laboratorio de Girder- es incapaz de “convencer” al cuerpo de que se inmole y ello le permite al anfitrión retomar parcialmente el dominio de la mente en una disputa interna en la que es muy difícil determinar quién está al mando en cada circunstancia del “viaje” en conjunto. Vos nuevamente hace gala de su crueldad reventando a golpes con un atizador a John, metiéndoselo en la boca para destrozar lengua y dientes y hasta utilizándolo con vistas a sacarle un ojo, pero vuelve a tener inconvenientes para llevar al suicidio al anfitrión una vez que revienta a Ava a balazos, lo que genera alucinaciones varias, homicidios un tanto caóticos y hasta una sutil amenaza del desesperado Tate contra la familia de Tasya, pretendiendo que salga de su vida/ organismo/ psiquis definitivamente.

 

Mientras que en Antiviral el protagonista homologado a carne de cañón era Syd March (Caleb Landry Jones), un joven que trabajaba en una clínica futurista especializada en vender enfermedades de las estrellas del espectáculo a sus descerebrados fans, quienes pretendían conservar “algo” de la figura admirada por más que sea precisamente aquello destinado a destruir sus cuerpos, en esta oportunidad el foco es la mente de los bípedos mediante esta nueva burócrata de la muerte, la Vos de la maravillosa Riseborough, una mujer que fue fagocitada por su profesión al punto de acercarse a una especie de estrés postraumático profundamente hermanado a la psicopatía lisa y llana: si March, en simultáneo un proveedor del mercado negro de virus y semejantes, terminaba en el medio de una lucha de intereses entre por un lado clínicas y laboratorios, los cuales no sólo comerciaban patologías sino también cultivos de carne de las celebridades destinados al consumo en restaurants, y por el otro lado los mismos famosos y su propensión a la especulación vendiendo sus dolencias a los anteriores, aquí la representante de la tercerización termina consumiéndose a sí misma a escala mental mientras respeta los designios de su jefa, Girder, y queda completamente expuesta a la venganza por parte del pobre diablo de turno que aporta el “recipiente” corporal, Colin, lo que también pone de relieve la distancia emocional de Tasya con respecto al mundo que la circunda y su devoción fanática hacia el sicariato trascendental que la tiene como centro y verdadera razón de ser, otra “doble agente” que ve tambalearse su universo desde la perplejidad.

 

Cronenberg hoy deja de lado los detalles paródicos sociales y las referencias de antaño a Crímenes del Futuro (Crimes of the Future, 1970) y Rabia (Rabid, 1977), aunque vuelve a apelar con eficacia a un ritmo narrativo cansino que condimenta con un nihilismo todo terreno, gloriosos chispazos de gore, una sensualidad gélida a flor de piel y secuencias surrealistas y bien tétricas que nos hablan de una destrucción física y cognitiva progresiva, ahora condensadas en las estupendas escenas de la “toma de posesión” del cuerpo del personaje de Abbott y la de la alucinación posterior a esa llegada de Eddie (Raoul Bhaneja) para tratar de que Tasya recupere el control absoluto sobre Colin, en la que el hombre literalmente roba el rostro de la mujer y se aproxima amenazante hacia el hogar de Michael e Ira. Cuestiones como la esclavitud corporativa y el servir a sectores concentrados e hiper mafiosos capaces de hacer lo que sea por incrementar su patrimonio o ganancias en Possessor se dan la mano con la influencia nociva de la tecnología en la vida diaria, la falta de privacidad, el poder vigilante silente de los Estados y conglomerados varios, la abulia de ciudadanos anestesiados y finalmente el carácter mortal de todo lo anterior cuando dicho mejunje ejerce una fuerza tal sobre el intelecto que lo lleva a la claustrofobia, la angustia y una agresión polirubro vinculada a lo aleatorio enajenado. La figura de los impostores comunales, en esta ocasión un enclave en crisis, también resulta fundamental para pensar una dimensión pública empardada a lo virtual que neutraliza la existencia prosaica de los seres humanos y los conduce a una indiferencia egoísta digna de los autómatas sin moral…

 

Possessor (Canadá/ Reino Unido, 2020)

Dirección y Guión: Brandon Cronenberg. Elenco: Andrea Riseborough, Christopher Abbott, Jennifer Jason Leigh, Tuppence Middleton, Sean Bean, Rossif Sutherland, Gage Graham-Arbuthnot, Gabrielle Graham, Raoul Bhaneja, Christopher Jacot. Producción: Fraser Ash, Niv Fichman, Kevin Krikst y Andrew Starke. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 8