Infinity Pool

La impunidad turística burguesa

Por Emiliano Fernández

En tiempos como los nuestros de enorme achatamiento artístico y discursivo antiintelectual, Brandon Cronenberg, hijo del mítico David, no sólo patea el tablero ofreciendo películas de una profundidad satírica majestuosa sino que se lanza de cabeza hacia ingredientes hoy prácticamente extintos como el gore visceral, los desnudos, las alucinaciones, la conciencia social, el sadismo inconformista y sobre todo la crítica anticapitalista más furiosa, esa que señala el canibalismo del sistema y cómo éste impregna y se extiende a todos y cada uno de los recovecos de la existencia cotidiana cual enfermedad. El realizador canadiense, nacido en Toronto como su padre, ya llegó al “número mágico” de tres realizaciones y por ello es posible hablar de una coherencia conceptual e ideológica en esta suerte de Trilogía de la Destrucción porque así como Antiviral (2012) exploraba la aniquilación de los cuerpos y Possessor (2020) su homóloga en lo referido a la triste mente de los sujetos, la flamante propuesta y último eslabón de este lote primigenio, la extraordinaria Infinity Pool (2023), piensa la ruina del espíritu o alma de la mano de la influencia desoladora de un exterior comunal que opera sobre las inseguridades para no dejar nada en pie a puro automatismo jocoso brutal, como si todo se tratase de un deporte en donde denigrar progresivamente al prójimo es el objetivo excluyente. Hoy sin embargo estamos frente a una versión burguesa de lo que en Antiviral y Possessor eran lúmpenes u obreros de la especulación, el espionaje y el sicariato corporativos, en este sentido recordemos que la primera se centraba en Syd March (Caleb Landry Jones), joven que trabajaba en una clínica especializada en vender virus de las estrellas del espectáculo a sus descerebrados fans, excusa para una trama de fetichismo mediático y tráfico de patógenos entre laboratorios oficiales y el mercado negro, y la segunda por cierto analizaba el derrotero de Tasya Vos (Andrea Riseborough), una asesina de lo más salvaje que servía bajo las órdenes de la misteriosa Girder (Jennifer Jason Leigh) y “habitaba” a sus distintos huéspedes humanos mediante implantes cerebrales que le permitían matar a sus blancos de turno y mantener el anonimato gracias a estos avatares.

 

Todo transcurre en un país ficticio que aglutina elementos de la idiosincrasia cultural hindú y cierto modelo estatal semejante a Medio Oriente, Li Tolqa, donde está vacacionando un matrimonio norteamericano en crisis, compuesto por el escritor fracasado James Foster (Alexander Skarsgård) y su esposa rica de la aristocracia editorial Em Foster (Cleopatra Coleman y sus labios colosales), en un centro turístico militarizado e hiper lujoso rodeado de una cerca de metal de temer, Bot Vre. Los Foster pronto conocen a otra pareja de la alta burguesía, esa de Alban Bauer (Jalil Lespert), un arquitecto retirado suizo que encabeza una revista de Los Ángeles, y Gabi Bauer (ojalá que el Infierno mantenga siempre en la gloria a Mia Goth), una actriz publicitaria con tonito de pajuerana ingenua que durante una salida en conjunto del resort opta por masturbar a James mientras orinaba, a quien supuestamente admira mucho porque leyó su único libro publicado, La Funda Variable, y lleva seis años esperando una segunda novela. Luego de disfrutar de una playa paradisíaca, el personaje de Skarsgård opta por conducir de regreso al centro turístico ya que todos están borrachos y así atropella a un lugareño en medio de la noche, es arrestado por la policía y sentenciado a morir bajo la cólera del primogénito de la víctima, en este caso un muchacho de trece años (Kristóf Kovács) y su puñal, no obstante el Detective Iral Thresh (Thomas Kretschmann) le explica que en Li Tolqa los condenados ricos pueden pagar la creación de un clon que será ejecutado en su lugar. Dicho y hecho, James utiliza el dinero de Em para ver cómo asesinan a su duplicado y la experiencia le resulta fascinante al punto de querer quedarse en el país más tiempo ocultando su pasaporte, por ello su esposa se marcha y él comienza a frecuentar a un grupito de turistas oligarcas anglosajones que como el escritor fueron sentenciados por diversos crímenes horribles y compraron su impunidad, cónclave encabezado por Gabi que lo convence de arremeter contra el propietario de Bot Vre y después contra un Thresh que resulta ser un clon del propio James, situaciones en las que termina envuelto en asesinatos y demás barrabasadas mientras los Bauer y sus cómplices se ríen de un bufón elegido a dedo.

 

Sirviéndose de un folklore exótico totalmente ficticio aunque inspirado en la cultura de los aborígenes de Oceanía, como por ejemplo las máscaras tenebrosas “ekki” y esas drogas de raíces bizarras que arrastran resonancias religiosas para los locales y que los occidentales usan para recreación tontuela símil nihilismo de los años 70 y 80, Cronenberg denuncia las actitudes hedonistas de la burguesía xenófoba y racista en vacaciones haciendo foco en un personaje bien patético, James, que es fagocitado de a poco por sus iguales en un proceso que se mueve a mitad de camino entre la crueldad lúdica y el rito de entrada en el colectivo en cuestión, uno que se completa con otras dos parejas, por un lado Charles (Jeff Ricketts) y Jennifer (Amanda Brugel) y por el otro Bex (Caroline Boulton) y un Doctor Bob Modan (John Ralston) que afirma estar investigando la tradición de Li Tolqa de crear dobles, una colección de psicópatas que regresan todos los años a Bot Vre para abusar del personal del resort, drogarse, participar en orgías, torturar/ asesinar a los habitantes de Li Tolqa y ver cómo ejecutan a sus doppelgängers por crímenes que ellos cometieron. Más cerca de la sátira kafkiana tácita de Antiviral que del drama freak de Possessor, Infinity Pool recupera los cuestionamientos sobre la identidad de aquellas porque lo que flota de fondo durante buena parte del metraje es la indecisión del protagonista en cuanto a lo que quiere de sí mismo y sus propios objetivos de vida, de allí que se deje manipular con tanta facilidad por una Gabi que utiliza su encanto femenino -y un par de elogios alrededor del libro del novelista- para mofarse del vacío existencial promedio de los burgueses del Siglo XXI y llenarlo con un sadismo que abarca tanto a los lugareños como a sus cofrades de clase, en esta ocasión la pareja de diez años de los Foster, a los que la criatura de Goth lee con razón como un dúo dominado por la hembra, Em, no sólo porque mantiene a escala económica al macho sino también porque es una de esas mujeres que “entrenan” a los hombres para que se vean a sí mismos como débiles con vistas a conservar el control, emasculación simbólica que para colmo las lleva a quejarse a pura paradoja de la exigua o nula dignidad del varón.

 

Se podría decir que Infinity Pool, referencia al interminable flujo de clones y a una piscina espejada que estaba construyendo Alban en Bot Vre cuando ocurrió un accidente que mató a dos obreros y provocó la primera sentencia de muerte, recupera a lo lejos la claustrofobia de la clase alta de El Ángel Exterminador (1962), de Luis Buñuel, el desprecio furibundo al turismo de Deliverance (1972), de John Boorman, aquel egoísmo hedonista extremo de La Grande Bouffe (1973), de Marco Ferreri, ese retrato pesadillesco primermundista de países lejanos, pobres y brutales a lo Midnight Express (1978), opus de Alan Parker, los bacanales barrocos de Eyes Wide Shut (1999), de Stanley Kubrick, y la catarata de clones asesinados de The Prestige (2006), de Christopher Nolan, sin embargo el thriller de Cronenberg posee una personalidad muy propia y perturbadora, sustentada en la exquisita fotografía de Karim Hussain, que recupera en parte el body horror de David para convertirlo en una abstracción y señalar la cobardía de la virtualidad punitivista del nuevo milenio, aquí representada en los sustitutos de lujo que van al matadero como cuentas alternativas de una red social, y esta tendencia esquizofrénica de la posmodernidad a desdoblarse en sucesivas identidades en las que se pierde el yo original, por ello el mecanismo de creación de los clones nunca se aclara del todo -apenas si vemos una pileta con un líquido rojizo espeso que se mezcla con una sustancia negra- ya que responde al plano inmaterial/ psicológico/ etéreo. Skarsgård, que viene de la genial The Northman (2022), de Robert Eggers, y Goth, recién salida de sus dos colaboraciones con Ti West, las siempre disfrutables X (2022) y Pearl (2022), están perfectos como un Fausto lelo remixado y esa figura mefistofélica que lo tienta y se ensaña con él, en este sentido Infinity Pool se asemeja a una acepción de ciencia ficción de otros ataques recientes contra la bancarrota moral de la alta burguesía en sintonía con la comedia negra de Triangle of Sadness (2022), de Ruben Östlund, el misterio detectivesco de Glass Onion (2022), de Rian Johnson, y el terror paródico de The Menu (2022), de Mark Mylod, siendo sólo las epopeyas de Östlund y Brandon Cronenberg las verdaderamente valiosas…

 

Infinity Pool (Canadá/ Croacia/ Hungría, 2023)

Dirección y Guión: Brandon Cronenberg. Elenco: Alexander Skarsgård, Mia Goth, Cleopatra Coleman, Jalil Lespert, Thomas Kretschmann, Kristóf Kovács, Amanda Brugel, Jeff Ricketts, John Ralston, Caroline Boulton. Producción: Andrew Cividino, Rob Cotterill, Jonathan Halperyn, Karen Harnisch, Anita Juka, Daniel Kresmery, Christina Piovesan y Noah Segal. Duración: 117 minutos.

Puntaje: 9