Lo lindo de Jurassic Park: Fallen Kingdom es que va directo a los bifes y evita los prólogos largos y tediosos con chistecitos pedorros aptos para todo público sobre la familia, aunque su target sea familiar y se trate, en parte, sobre la formación de una familia y la descomposición de otra. El director Bayona arma desde el inicio un relato que un poco ignora (o al menos no subestima) al público infantil de la saga ya desde la divertida y violenta primera escena. Si en Jurassic World (2015) había varios minutos dedicados a la presentación del parque -al igual que en la original- acá pasamos directamente a la etapa posterior de su destrucción. En ese sentido es más postapocalíptica que catástrofe, con un desarrollo cercano en espíritu al cine de aventuras más ridículo donde importan más los aspectos lúdicos de la acción que los elementos trágicos. Acá el verosímil importa incluso menos que en las predecesoras de la saga porque, por suerte, ya no hacen falta explicaciones. En su oda al cine lúdico, hay lugar también para homenajear al cine nipón de monstruos (por ejemplo, en una gran escena donde pelean dos dinosaurios frente a un volcán en erupción) pero también hay espacio para una línea discursiva -ingenua, claro, pero no por ello poco certera- que, como en las anteriores, insiste en el poder destructor del capitalismo salvaje antes que en el salvajismo de las criaturas.
La pareja protagónica está compuesta, nuevamente, por la muy linda Bryce Dallas Howard y por Chris Pratt. Esta vez vuelven al parque a buscar a Blue, una velociraptor con una inteligencia mayor a sus pares, en una expedición pagada por un magnate que, supuestamente, quiere salvar a los dinosaurios de un segundo destino trágico. Así como Jurassic World puede considerarse una reformulación de la primera, esta continuación evoca a The Lost World: Jurassic Park (1997), primera secuela de hace más de veinte años, donde los elementos bélicos tenían un peso importante. Sin embargo, la apuesta de Bayona es más desquiciada que cualquier otra de la saga. Los espacios siempre están al servicio de la historia y no tienen ningún asidero con la realidad: una mansión cuasi fantástica con un museo y calabozos gigantes situada en medio de un bosque; y el parque abandonado de los dinosaurios que revive una de las teorías de la extinción evocando un destino del que no se puede escapar. Dos espacios míticos donde el verosímil no tiene cabida ni importancia, y donde un grupo de héroes ridículos se disponen a salvar a los dinosaurios y a la humanidad, de unos villanos que podrían haber salido de un dibujo animado de los ochenta. Todo el derroche de acción y de situaciones absurdas, matizadas con ciertos elementos del cine de terror gótico que Bayona ya había utilizado en El Orfanato (2007), película en la que también supo generar buenos momentos de tensión, hacen de Jurassic Park: Fallen Kingdom un viaje algo bizarro y divertido que demuestra que los tanques ATP también se pueden hacer con elementos cojonudos del cine más libre y con climas y efectismos bien utilizados del terror, y pueden devenir en películas mucho más interesantes que esas que se basan en chistecitos calculados y subnormales de chabones llenos de CGI peleando en calzones.
Jurassic World: El Reino Caído (Jurassic World: Fallen Kingdom, Estados Unidos/ España, 2018)
Dirección: J.A. Bayona. Guión: Colin Trevorrow y Derek Connolly. Elenco: Bryce Dallas Howard, Rafe Spall, Chris Pratt, Ted Levine, James Cromwell, Toby Jones, Jeff Goldblum, BD Wong, Daniella Pineda, Justice Smith. Producción: Frank Marshall, Patrick Crowley y Belén Atienza. Distribuidora: UIP. Duración: 128 minutos.