Cop

La inocencia mata

Por Emiliano Fernández

Dentro del campo de los policiales de la década del 80, casi siempre ultra exagerados a nivel estético, plagados de referencias a la cultura pop y hasta condimentados con detalles humorísticos y muchas secuencias de acción, la verdad es que Cop (1988) es una rareza total porque toma una de las grandes obsesiones del período, los asesinos en serie, esos que por cierto extenderían su presencia en pantalla hasta nuestros días como exponentes de la paranoia citadina que todo lo carcome, pero encarando al asunto desde la paciencia, un prodigioso minimalismo y aquel desencanto de corte nihilista que caracterizó al film noir clásico, una suerte de “no pompa” formal que se explica por las decisiones tomadas por el director y guionista de turno, James B. Harris, un veterano de Hollywood que empezó su carrera como productor en tres de las primeras obras maestras de Stanley Kubrick, Casta de Malditos (The Killing, 1956), La Patrulla Infernal (Paths of Glory, 1957) y Lolita (1962), legendario inicio profesional al que muchos en tantas oportunidades lo reducen sin recordar que a posteriori se pasó a la dirección, empezando con la correcta The Bedford Incident (1965) y la bizarrísima Some Call It Loving (1973), y continuando con una trilogía de thrillers que abarca las inferiores aunque dignas Fast-Walking (1982) y Boiling Point (1993) y el presente film, nada menos que la primera adaptación cinematográfica de una novela de James Ellroy, mucho antes de Los Ángeles al Desnudo (L.A. Confidential, 1997), de Curtis Hanson, y La Dalia Negra (The Black Dahlia, 2006), el opus de Brian De Palma.

 

Basándose en Blood on the Moon (1984), el primer eslabón de la trilogía de Ellroy acerca del oficial Lloyd Hopkins, Harris construye un policial áspero y brillante en el que cada segundo cuenta porque el relato analiza sin concesión alguna el devenir del personaje protagónico, ese Hopkins interpretado por un magnífico James Woods y en el mejor período de su carrera: la historia comienza cuando el detective de Los Ángeles concurre a un departamento en relación a una llamada telefónica de un ladrón afroamericano que denunció un asesinato, encontrando en el lugar a unas cucarachas haciéndose un festín con un charco de sangre y a una mujer muerta colgada boca abajo sobre su cama, hallazgo que dispara una investigación solitaria que lo lleva a pensar que está ante un homicida en serie que ha estado matando desde principios de los 70, que gusta de cambiar su modus operandi y que siempre acecha al mismo perfil de mujeres, léase blancas, jóvenes y con un look tontuelo o cándido. Lloyd no tiene paciencia para las estupideces burguesas de su esposa, Jen (Jan McGill), y gusta narrarle “cuentos para dormir” a su pequeña hija, Penny (Vicki Wauchope), que en realidad son descripciones detalladas de los casos de robos y asesinatos en los que suele trabajar, lo que genera que la mujer lo termine abandonando porque pretende conservar intacta la ingenuidad de la niña mientras su padre busca sabotear de manera escalonada su inocencia como un mecanismo para salvarla de la autocomplacencia y las falsas esperanzas que conducen a tantas mujeres a la tumba en las calles de la ciudad.

 

Pronto se hace evidente que la occisa, Julia Lynn Niemeyer, estaba indagando para escribir un libro sobre las distintas subculturas sexuales de Los Ángeles y por ello unió fuerzas con una ex actriz, escort y traficante de drogas, la hermosa Joanie Pratt (Randi Brooks), la cual además organiza orgías para swingers de la alta burguesía vía el pago de una membresía de 200 dólares por pareja. Hopkins no sólo se acuesta con Pratt sino también con la compañera de un ladrón, la también tetona Sarah Smith (Melinda Lynch), que tuvo que dar de baja durante una vigilancia con su amigo y mentor dentro de la fuerza, Dutch Peltz (Charles Durning), quien a su vez suele salvarlo de las fauces del superior de ambos, el fanático cristiano y policía muy apegado al reglamento Fred Gaffney (Raymond J. Barry), un hombre que se niega a darle los recursos necesarios para investigar los posibles crímenes interconectados a partir de fechas repetidas y el mismo perfil de las víctimas. La pesquisa de Lloyd lo lleva a sospechar de un policía de calle, Delbert “Whitey” Haines (Charles Haid), que descubrió dos cadáveres tiempo atrás, tiene un micrófono oculto en su casa y mueve drogas y taxi boys a través de un compinche del colegio secundario, el también prostituto Lawrence “Birdman” Henderson (Dennis Stewart). El asunto se complica aún más cuando conoce a la dueña de una librería feminista, la algo mucho desquiciada y alejada de la realidad Kathleen McCarthy (Lesley Ann Warren), porque aparentemente el homicida estuvo ojeando los libros de poesía del rubro de la mini biblioteca de Niemeyer.

 

Cop se mete de manera directa con una concepción de lo femenino que sobrevuela gran parte del policial hardcore, hablamos de la idea de que “la inocencia mata”, justo como le dice el protagonista a su esposa en una discusión sobre la idiotez de criar a las hembras bajo el halo de los cuentos de hadas, los príncipes azules y los finales felices: a sabiendas de que la esperanza es uno de los principales factores hacia el desencanto femenino porque el “señor perfecto” no existe, algo que se vuelve muy peligroso en la praxis cotidiana porque deriva en neuróticas que lloran sus problemas a psicólogos o en putas que mueven el culo en la calle, Hopkins tiene que lidiar constantemente con una autovictimización que nace en la infancia y en todas esas patrañas con que las sociedades modernas gustan criar a las mujeres, planteo que desde ya le facilita las cosas a los depredadores masculinos -y femeninos- que andan por ahí buscando al espécimen más indefenso y con la “mentalidad de presa” más a flor de piel. En este sentido la película le pega al marianismo estándar -e hiper frustrado- de las comunidades tradicionalistas, aquí representado en Jen y las otras mujeres de ocasión, y al feminismo bobalicón posmoderno, simbolizado en McCarthy, quien no sólo no tiene sentido del humor sino que después de sobrevivir a una violación en la adolescencia se transformó en una pobre alma que no sabe lo que quiere y se la pasa divagando entre la promiscuidad, la desconfianza patológica a los hombres y un idealismo romántico por demás ingenuo y apuntalado en latiguillos tan vacuos como los marianistas.

 

La propuesta de Harris no tiene nada que ver con el policial ochentoso/ noventoso cool de Michael Mann y John Dahl y recupera en parte por un lado la agresividad de Samuel Fuller, Don Siegel y el primer William Friedkin y por el otro lado aquel noir clásico de John Huston, Raoul Walsh y Fritz Lang, esquema insólito en el que tienen lugar la iconografía del gatillo fácil de Harry, el Sucio (Dirty Harry, 1971), la mugre metropolitana de Contacto en Francia (The French Connection, 1971) y todo el cinismo y las relaciones de poder de Mientras la Ciudad Duerme (While the City Sleeps, 1956). Desde la apertura con los créditos iniciales y el ladrón (Jimmy Woodard) denunciando en off el brutal asesinato hasta la gloriosa balacera final en el colegio entre Lloyd y el eventual psicópata, Bobby Franco (Steven Lambert), con fusilamiento ascético incluido, la película funciona como un ejemplo perfecto de cómo encarar una obra moderna y clasicista a la vez sin que existan desniveles retóricos o una posición forzada hacia lo “canchero” insoportable, sin duda el gran mal de nuestros días porque se tiende a fetichizar la resolución del misterio, a endiosar el carácter de antihéroe del protagonista y a exacerbar la psicología del culpable. Cop, en cambio, apenas si presta atención a los motivos difusos detrás de la carnicería y no juzga ni para un lado ni para el otro a Hopkins, optando por pintarlo exactamente cómo es y dejando la ridiculización para la derecha religiosa y conservadora de Gaffney y la seudo izquierda histérica de McCarthy, siempre presa de su corrección política y su ortodoxia ideológica…

 

Cop (Estados Unidos, 1988)

Dirección y Guión: James B. Harris. Elenco: James Woods, Lesley Ann Warren, Charles Durning, Charles Haid, Raymond J. Barry, Randi Brooks, Steven Lambert, Jan McGill, Vicki Wauchope, Dennis Stewart. Producción: James B. Harris y James Woods. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 9