Carácter (Karakter)

La insensibilidad como estado permanente

Por Emiliano Fernández

Honestamente jamás llegó demasiado cine holandés al mercado internacional y menos aún a Latinoamérica, situación que se explica por la reducida industria vernácula y el infaltable imperialismo yanqui, aunque es posible identificar una serie de realizadores y películas fundamentales desde aquel momento en el que comienza a desplegarse mundialmente la producción neerlandesa, allá en el sexploitation de la década del 70, hasta nuestros días: las primeras odiseas locales que lograron llegar a otros mercados, precisamente, fueron las eróticas porque los Países Bajos cobijaron un mínimo boom en lo que respecta al rubro durante los 70 desde su vertiente cómica, aquella de Business Is Business (Wat Zien Ik!?, 1971), de Paul Verhoeven, hasta la seria de las revolucionarias Blue Movie (1971), de Wim Verstappen, y Turkish Delight (Turks Fruit, 1973) y Keetje Tippel (1975), ambas también de Verhoeven, paso previo a una reconversión hacia un sustrato masivo más de cadencia hollywoodense que se da mediante la aparición en la escena global del especialista en horror Dick Maas con The Lift (De Lift, 1983) y Amsterdamned (1988), quien con los años saltaría al mercado anglosajón gracias a Do Not Disturb (1999) y Down (2001), esta última la remake de The Lift, y a través del vuelco hacia el cine de género duro de Verhoeven con Soldier of Orange (Soldaat van Oranje, 1977) y The Fourth Man (De Vierde Man, 1983), asimismo preámbulo para su exitoso exilio norteamericano -luego de la polémica desatada por Spetters (1980)- de Flesh and Blood (1985), RoboCop (1987), Total Recall (1990), Basic Instinct (1992), Showgirls (1995), Starship Troopers (1997) y Hollow Man (2000), lo que permitió el eventual surgimiento de una nueva camada de directores que se resumen en el Matthijs van Heijningen Jr. de The Forgotten Battle (De Slag om de Schelde, 2020), el Jean van de Velde de The Silent Army (Wit Licht, 2008), aquel Martin Koolhoven de Winter in Wartime (Oorlogswinter, 2008) y Brimstone (2016), el Pieter Kuijpers de TBS (2008), Manslaughter (Doodslag, 2012) y Riphagen (2016) y el curioso Alex van Warmerdam de Waiter (Ober, 2006), Borgman (2013) y Schneider vs. Bax (2015), entre otras propuestas.

 

Dejando ya de lado el regreso tardío a Europa de Maas y Verhoeven, el primero vía Saint (Sint, 2010), Quiz (2012) y Prey (Prooi, 2016) y el segundo de la mano de Black Book (Zwartboek, 2006), Tricked (Steekspel, 2012), Elle (2016) y Benedetta (2021), y la misma condición eterna de Verhoeven de embajador y máximo representante del acervo cultural neerlandés gracias tanto a su talento como a la enorme popularidad de prácticamente todas sus realizaciones de sus diferentes facetas como cineasta itinerante, existe un período intermedio entre la aparición del cine de género de los 80 y la renovación del Siglo XXI que suele olvidarse al sopesar el derrotero internacional de la producción holandesa, una etapa en la que dominan dos propuestas que recibieron la rúbrica estadounidense mediante sendos Oscars a Mejor Película Extranjera, hablamos primero de Antonia’s Line (Antonia, 1995), de Marleen Gorris, una directora feminista que también se mudaría por un tiempo a Hollywood en ocasión de Mrs. Dalloway (1997), The Luzhin Defence (2000) y Carolina (2003) para a posteriori retornar a Europa con Within the Whirlwind (2009), y segundo de Carácter (Karakter, 1997), angustiante obra maestra de un Mike van Diem que debutaba en el largometraje y no entregaría otra película hasta casi dos décadas después, cuando por fin volvió a dirigir apareciéndose con dos comedias apenas simpáticas/ correctas, The Surprise (De Surprise, 2015) y Tulipani: Love, Honour and a Bicycle (Tulipani: Liefde, Eer en Een Fiets, 2017). Basado en el cuento corto Dreverhaven y Katadreuffe (Dreverhaven en Katadreuffe, 1928) y su ampliación al formato de novela, Carácter (Karakter, 1938), dos trabajos literarios de Ferdinand Bordewijk, el guión del director más Laurens Geels y Ruud van Megen, dos profesionales con casi nula experiencia en el séptimo arte como guionistas aunque sí en televisión, analiza con una vertiginosidad admirable el duelo visceral entre un progenitor y su hijo bastardo a lo largo de la década del 20 del siglo pasado, esos a los que precisamente alude en su título el relato de 1928 de Bordewijk, Arend Barend Dreverhaven (Jan Decleir) y Jacob Willem Katadreuffe (Fedja van Huêt), criaturas herméticas y severas.

 

La historia comienza cuando Katadreuffe se aparece en el edificio lúgubre símil fábrica de Dreverhaven en Róterdam y le clava un cuchillo en su escritorio para segundos después informarle que se recibió de abogado y ya nunca más sabrá de él ni volverá a verlo, lo que provoca que el veterano felicite y ofrezca un apretón de manos a un Jacob siempre renuente porque toda su vida -hasta ese momento- fue un suplicio por culpa de su padre, el cual de golpe insinúa que estaba ayudándolo. El muchacho amaga con irse pero luego comprende que desde la perspectiva psicopática del viejo quizás realmente pensaba que semejante martirio fue un acto de auxilio desinteresado símil prueba de resistencia, por ello regresa y entra en una pelea con su padre que eventualmente deriva en Katadreuffe saliendo herido del lugar y en el descubrimiento del cadáver del anciano con aquel mismo cuchillo clavado en su estómago. Arrestado por la policía por los dichos de testigos varios, el Inspector de Bree (Frans Vorstman) escucha la crónica de su vida y el flashback reglamentario nos reenvía al tiempo en el que su madre, Jacoba alias “Joba” (Betty Schuurman), trabajó como ama de llaves en la casona de Dreverhaven, un cruel oficial de justicia especializado en desalojos que una tarde aparentemente viola a la mujer, una arpía tan adusta, independiente y de pocas palabras como el dueño de casa. Cuando se entera de que está embarazada el hombre la deja marcharse sola y luego de nacido el niño le envía sucesivas proposiciones de matrimonio con dinero, todas rechazadas por una Joba que vive en la pobreza con Jacob y compra una máquina de coser para sobrevivir. El joven con los años consigue trabajo como asistente de un abogado bastante afable de un bufete, J. de Gankelaar (Victor Löw), aunque termina prisionero de dos deudas voluminosas para con su padre, quien le pide la quiebra y le embarga gran parte del sueldo durante años enteros, primero 900 florines para comprar una cigarrería que resulta una estafa y luego dos mil para pagarse una educación secundaria y universitaria que nunca tuvo, planteo que incluye la insensibilidad no sólo del varón sino de la madre, Joba, la cual se rehúsa a hablar y a mostrar cariño hacia su vástago.

 

Se podría aseverar sin más que esta retahíla tácita de espejos deformantes y contradictorios entre el joven y su progenitor y el mismo examen del “juego” hegemónico involucrado son ingredientes de impronta wellesiana o polanskiana, Katadreuffe consagrado en cuerpo y alma a trepar en el anodino bufete hasta el rango de gerente aunque descuidando su interés romántico cuasi silente hacia una compañera, Lorna te George (Tamar van den Dop), y Dreverhaven capaz de desalojar complejos habitacionales enteros y de meter presión sobre su hijo a través de su banco aunque dejando entrever una humanidad y un miedo negados mediante pesadillas de palizas populares y algún que otro episodio que bordea el suicidio al situarse en medio de las balas entre el aparato represor estatal y los militantes comunistas de entonces, no obstante las comparaciones más pertinentes son de índole literaria ya que Carácter está muy cerca de la obsesión masculina doctrinaria/ revanchista/ automatizada y de la denuncia de la miseria y la persecución de la que son objeto los oprimidos de Los Miserables (Les Misérables, 1862), la célebre novela de Victor Hugo, amén de un evidente sustrato kafkiano por el amor de los dos personajes centrales hacia la burocracia pública y su idea fanática de dedicar sus existencias a ello al extremo de vivir en soledad frente al témpano de hielo que reniega de todo afecto, Joba, sin olvidarnos de que aquí además dicen presente un gran cariño por los libros, a través de la enciclopedia con la que se alfabetiza Katadreuffe, y cierta relativización paradójica ante tamaño fatalismo de la mano del amigo del muchacho, el inquilino de su madre Jan Maan (Hans Kesting), y las “manos derechas” de Dreverhaven, Pietje (Arjan van den Haak) y Schuwagt (Fred Goessens), componentes netamente borgeanos. Entre el thriller, la faena de amor trunco y el melodrama familiar más seco, el film de Van Diem nos ofrece actuaciones parejas y fascinantes, una reconstrucción de época gloriosa y una edición estupenda de Jessica de Koning, todo en función de esta exploración en torno a la triste incompatibilidad entre las personas y las pocas chances de comunicarse cuando se encierran en su propio orgullo, miserias o ambiciones burguesas…

 

Carácter (Karakter, Países Bajos/ Bélgica, 1997)

Dirección: Mike van Diem. Guión: Mike van Diem, Laurens Geels y Ruud van Megen. Elenco: Jan Decleir, Fedja van Huêt, Betty Schuurman, Tamar van den Dop, Victor Löw, Hans Kesting, Frans Vorstman, Fred Goessens, Arjan van den Haak, Bernard Droog. Producción: Laurens Geels. Duración: 120 minutos.

Puntaje: 10