Como el Siglo XXI es una verdadera usina de películas anodinas que muy lejos están de la variedad de la prolífica centuria previa, al cinéfilo dedicado no le queda otra opción más que compensar la riqueza faltante con algo de arqueología cultural cuyos resultados, por supuesto, variarán significativamente según los intereses de cada espectador. Ahora bien, un rubro muy poco tenido en cuenta en estos ejercicios de melancolía histórica es el de los films perdidos, léase obras que pudieron completarse y en muchas ocasiones también estrenarse pero que no llegaron a sobrevivir al paso del tiempo porque sus últimas copias se extraviaron o fueron destruidas de modo intencional o quizás accidental, con los incendios del peligroso celuloide como la causa más recurrente. A pesar de que hubo diversos casos de artistas que se arrepintieron del proyecto y optaron por archivar/ eliminar lo hecho en algún punto entre la postproducción y el estreno, amén de múltiples películas que quedaron atrapadas en la frontera difusa entre film incompleto y propuesta efectivamente perdida porque se terminaron los fondos en medio del rodaje o la edición o porque los negativos desaparecieron o están en muy mal estado, lo cierto es que la situación más común en el caso de los opus extraviados se corresponde a un estreno con mala repercusión de prensa y/ o público o directamente boicoteado por las horrendas juntas de censores de cada tiempo o el gobierno en general de turno, lo que implica que el convite cinematográfico en cuestión rápidamente termina “freezado” dentro de una estrategia de condena al olvido tendiente al descuido absoluto en materia de conservar esas copias desaparecidas con el transcurso de los años. Propiedad Privada (Private Property, 1960), debut en el campo del largometraje del director y guionista Leslie Stevens, constituye un buen ejemplo de este recorrido porque el film que nos ocupa fue demonizado desde el vamos por las autoridades de su momento y por ello tuvo que aceptar su condición de “paria comercial” sin medio alguno de defensa.
De hecho, Propiedad Privada fue condenada por el organismo oscurantista católico por antonomasia, aquella Legión Nacional de la Decencia (National Legion of Decency), y rechazada de plano por la entidad oligopólica que controla la distribución en yanquilandia y el planeta, la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (Motion Picture Association of America), por ello mismo no consiguió exhibidores en territorio norteamericano pero sí una seguidilla de estrenos en el circuito artístico del mercado europeo. Jamás editada en video hogareño porque efectivamente se la consideraba perdida debido a la inexistencia de copias conocidas durante más de cinco décadas, recién entre 2015 y 2017 volvió a estar a disposición del público mundial gracias al descubrimiento de una copia salvadora en el Archivo del Cine y la Televisión de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA Film & Television Archive) y su restauración con fondos del Instituto de Humanidades Packard (Packard Humanities Institute), una fundación californiana especializada en la conservación histórica y cultural haciendo énfasis en la música, la literatura y el séptimo arte. La reacción visceral que generó la obra de Stevens, hoy en día en esencia recordado por haber sido el creador de Rumbo a lo Desconocido (The Outer Limits, 1963-1965), la serie de fantasía/ horror/ ciencia ficción más famosa de la historia de la televisión junto con La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), del querido Rod Serling, tiene que ver con su análisis muy franco de las relaciones de poder en los ámbitos tanto público como privado y con una serie de tópicos que definitivamente resultaron escandalosos para la época, nos referimos a una tensión homoerótica indisimulable entre los dos protagonistas varones y a una crítica contra el matrimonio burgués más hipócrita, contra el concepto de inviolabilidad hogareña de los años 50 y por supuesto contra el capitalismo en su conjunto porque en pantalla la cosificación de los sujetos -insinuada por el título- es la regla central.
Luego de robar una estación de servicio de Los Ángeles amenazando al dueño gordinflón (Jules Maitland) con romper la caja registradora para sacar unas monedas para una máquina de refrescos cuando simplemente podrían tomarlos del mostrador junto con unos paquetes de cigarrillos, Duke (Corey Allen) y Boots (Warren Oates), dos jóvenes que surgen de una playa y de los que no tenemos mayores datos, se obsesionan con una hermosa ninfa que para en la gasolinera para pedir indicaciones, Ann Carlyle (Kate Manx), por ello obligan con una navaja a otro automovilista, Ed Hogate (Jerome Cowan), a seguirla por carreteras, avenidas y calles menores. La idea de base es bastante sencilla, con Duke siendo el macho experimentado que se compromete a conseguirle una hembra al tontuelo de Boots, el cual le prometió a su madre mantenerse virgen hasta el casamiento y por ello recibe las burlas de su amigo como la frase repetida de que se está reservando para cuando encuentre un “papi rico” que lo someta sexualmente, un esquema de nerviosismo cuasi violento que sólo se apacigua cuando logran encauzarlo hacia un tercero del sexo opuesto, precisamente esa Ann que vive en una mansión del exclusivo distrito de Hollywood Hills y está casada con un magnate de los seguros, Roger Carlyle (Robert Wark), que está más preocupado por su trabajo y posibles vacaciones a largo plazo, en una cabaña a orillas de un lago, que por su esposa, la cual hace todo lo posible para llamar su atención sin resultados positivos. Duke comienza una retahíla de encuentros con la fémina haciéndose pasar por un jardinero que duerme en un fingido camión mientras Boots espía desde las ventanas de una casona vecina vacía, sin embargo la seducción tercerizada demuestra lo que es, descabellada y destinada a la violación, cuando Duke se enamora y aun así le entrega a su colega facineroso la hembra borracha, quien lo rechaza de inmediato y despierta los celos del personaje dominante, el cual la golpea acusándola de “puta” y a posteriori asesina a Boots en la piscina del hogar.
Stevens, hoy manejando un presupuesto ínfimo y rodando en su propia casa, explora sin inhibiciones el triple patetismo de fondo que encamina la narración e ilustra los problemas psicológicos de los personajes: mientras que la criatura de Manx, por cierto la esposa de entonces del realizador hasta la separación de 1964 y la muerte de ella por una sobredosis de somníferos en ese mismo año, sintetiza la frustración matrimonial y la dependencia rosa del período para con el tótem masculino que provee, una farsa que empezaría a caerse con la revolución cultural de los 60, Boots, por su parte, expone una vulnerabilidad masculina tantas veces negada o inexistente en el Hollywood Clásico, aquí no sólo empardada con un sustrato gay no reconocido sino asimismo con lo que parece ser un caso de impotencia en general sin que importe si lo que tiene delante es un macho o una hembra, panorama que finalmente nos deja con Duke y su condición de sociópata carismático y cabecilla/ mentor/ figura paterna autoritaria capaz de controlar a su secuaz, manipular con eficacia a la ninfa y pasar velozmente de endiosarla por lástima, siempre a la sombra de un marido ausente, a odiarla con vehemencia cuando se la lleva a su amigo, típica conducta del chiflado más hipócrita que adora proyectar en el prójimo los defectos propios, en este caso la traición y la vileza. Al adoptar la perspectiva de nuestra dupla de criminales cual relectura sutilmente irónica de De Ratones y Hombres (Of Mice and Men, 1939), adaptación a cargo de Lewis Milestone de la novela homónima de 1937 de John Steinbeck, la realización pondera al hedonismo delictivo del placer inmediato en oposición a la razón instrumental especulativa de los seguros del marido pero también a la resignación masoquista de ella en lo que atañe a un matrimonio sin pasión ni interés, planteo que el final conservador no borra -el rescate de Ann a instancias de Roger- e incluye la hilarante intercambiabilidad de la hembra con los coches, la mansión, sus comodidades, el jardín, la pileta y los proyectos inflados del marido. Stevens honestamente no entregaría otra película tan interesante como la presente porque La Isla del Héroe (Hero’s Island, 1962) y Tres Clases de Fuego (Three Kinds of Heat, 1987) fueron propuestas de acción olvidables e Íncubo (Incubus, 1966), su delirio de horror bergmaniano con William Shatner y hablado en esperanto, no pasa de ser una rareza simpática, algo que tiene que ver con el estupendo desempeño del trío central, aquel Allen de Rebelde sin Causa (Rebel Without a Cause, 1955), de Nicholas Ray, y Dulce Pájaro de Juventud (Sweet Bird of Youth, 1962), de Richard Brooks, esa Manx que aparecería en La Isla del Héroe y que justifica con su frescura y belleza el frenesí libidinoso de Propiedad Privada y por último el inefable Oates, un monstruo sagrado del ecosistema independiente estadounidense, aquí en su primer rol de renombre, y el futuro protagonista de clásicos de Sam Peckinpah, Monte Hellman, Peter Fonda, John Milius, Terrence Malick, Jack Starrett y Tony Richardson, entre otros cineastas de esta gloriosa generación de los años 60 y 70…
Propiedad Privada (Private Property, Estados Unidos, 1960)
Dirección y Guión: Leslie Stevens. Elenco: Kate Manx, Corey Allen, Warren Oates, Jerome Cowan, Robert Wark, Jules Maitland. Producción: Stanley Colbert. Duración: 81 minutos.