La Oscura Noche del Espantapájaros (Dark Night of the Scarecrow)

La justicia de Bubba

Por Emiliano Fernández

Está claro que La Oscura Noche del Espantapájaros (Dark Night of the Scarecrow, 1981), de Frank De Felitta, es algo así como el cierre conceptual de la mejor etapa de las películas para televisión de la industria audiovisual norteamericana, la década del 70, período que vio parir grandes clásicos del rubro -y específicamente del terror y el thriller, los géneros que nos ocupan- de la talla de Crowhaven Farm (1970), de Walter Grauman, Gargoyles (1972), de Bill Norton, Dying Room Only (1973), de Philip Leacock, Winter Kill (1974), de Jud Taylor, y aquel binomio de Darren McGavin como el periodista Carl Kolchak, The Night Stalker (1972), de John Llewellyn Moxey, y The Night Strangler (1973), de Dan Curtis, a su vez catalizadoras de Kolchak: The Night Stalker (1974-1975), serie creada por Jeffrey Grant Rice para la cadena ABC, amén de la “santa trilogía” del rubro del primer lustro de la década, esa compuesta por Bad Ronald (1974), de Buzz Kulik, Don’t Be Afraid of the Dark (1973), de John Newland, y Duel (1971), joya de Steven Spielberg. Justo antes de que el formato fuese en gran medida abandonado por el mainstream televisivo tradicional para legárselo al naciente videocable y/ o al Hollywood marginal que pronto se especializaría en los llamados “directos a video” de los años 80 y 90, el opus de De Felitta demuestra con inteligencia e hidalguía lo mucho que puede hacerse con un presupuesto acotado y talento delante y detrás de cámaras, en esencia desencadenando de la nada el subgénero de los espantapájaros homicidas de Scarecrows (1988), de William Wesley, Scarecrow (2002), de Emmanuel Itier, Dark Harvest (2004), de Paul Moore, Hallowed Ground (2007), de David Benullo, Husk (2011), de Brett Simmons, y Scarecrow (2013), de Sheldon Wilson, todas remakes deficientes y apenas maquilladas que no le llegaron a los talones al film original.

 

El guión está basado en una historia primigenia de J.D. Feigelson y Butler Handcock y fue escrito por el primero, señor que supo colaborar con Peter Medak en Cry for the Strangers (1982) y Wes Craven en Chiller (1985), ambos trabajos para TV, y que incluso dirigió y escribió una suerte de segunda parte oficial que no vio prácticamente nadie, Dark Night of the Scarecrow 2 (2022), además de aportar la trama para un trabajo para cine, Horror High (1973), de Larry N. Stouffer, y mucha Clase B destinada a la “caja boba” -ya en evidente decadencia- en sintonía con Nightmare on the 13th Floor (1990), de Walter Grauman, The Lake (1998), de David Jackson, y Red Water (2003), de Charles Robert Carner. La acción está concentrada en un pueblito sureño y la figura de Charles Elliot “Bubba” Ritter (Larry Drake), un hombre de 36 años con retraso mental que suele jugar con una niña pequeña llamada Marylee Williams (Tonya Crowe), esquema que despierta los celos del cartero con tendencias pedófilas del lugar, Otis P. Hazelrigg (Charles Durning), líder a su vez de un grupete de borrachines que incluye al mecánico y dependiente de una estación de servicio Skeeter Norris (Robert F. Lyons) y los primos granjeros Philby (Claude Earl Jones) y Harless Hocker (Lane Smith), el primero encargado de un silo de granos y el segundo de una plantación de su propiedad. Cuando Bubba salva a su amiga del ataque de un perro en un jardín de un vecino, todos malinterpretan el asunto como un intento de asesinato del gigantón y Hazelrigg y los suyos aprovechan para salir a cazar a Ritter, a quien acribillan a tiros mientras se escondía dentro de un espantapájaros en medio de un campo desierto, no obstante los cuatro son liberados tiempo después porque no hay pruebas que contradigan la versión de los homicidas en torno al invento de que la víctima los atacó con una horquilla.

 

Si bien la película puede ser interpretada a simple vista como un proto slasher sobrenatural que funcionaría como propuesta de transición entre la mundanidad de los asesinatos de los 70 y los primeros años 80 y el sustrato cada vez más artístico y preciosista de esas muertes ochentosas ya plenas que llegarían a posteriori de A Nightmare on Elm Street (1984), obra crucial de Craven que patentó el fetiche para con el cuidado y la imaginación truculenta a la hora del desfile de cadáveres, La Oscura Noche del Espantapájaros también tiene mucho que ver con la dialéctica retórica de las historias de fantasmas de antaño y con el inefable relato de venganza en éxtasis, dos comarcas tan antiguas como la humanidad que aquí están vinculadas en primera instancia a las escenas del ajusticiamiento desde el Más Allá, Harless cayendo en su trituradora en medio de la noche, Philby terminando aprisionado en su silo y ahogado bajo toneladas de granos y Skeeter sucumbiendo asesinado por Otis de un palazo, después de desenterrar el féretro de Bubba, para evitar que cuente a las autoridades sobre lo que realmente ocurrió con el pobre de Ritter, y en segundo lugar a los sospechosos detrás de las muertes, empezando por el fiscal que juró que los ejecutaría a todos, Sam Willock (Tom Taylor), continuando con la madre del finado, la Señora Ritter (Jocelyn Brando), la cual por cierto termina falleciendo al ser asustada/ amenazada por Hazelrigg en su hogar, y la propia Marylee, quien se vuelve eje de la obsesión de un Otis que parece no darse cuenta de que es el mismísimo Bubba el que ajusta las cuentas y hasta mantiene charlas etéreas con la chiquilla Williams, reforzando esa noción repetida a lo largo de la faena alrededor de la presencia de una justica supraterrena que es mucho más importante que la farsesca de las leyes de los mortales que opta por no castigar a los culpables obvios del crimen del inicio.

 

La destreza narrativa de De Felitta, siempre manejando de manera maestra el suspenso y dándonos la información justa -ni más ni menos- en materia de la andanada de muertes entre los adeptos al linchamiento, se relaciona con el hecho de que ya era un veterano del medio para aquel 1981, pensemos que el susodicho empezó su vida adulta como piloto en la Segunda Guerra Mundial y luego mutó en guionista radial, televisivo y cinematográfico hasta llegar a convertirse en novelista de renombre, uno de los más conocidos del horror posmoderno junto a Peter Straub, Dean Koontz y Stephen King, y efectivamente realizador, en este sentido recordemos que fue el responsable de las historias de films como Anzio (Lo Sbarco di Anzio, 1968), de Edward Dmytryk y Duilio Coletti, Z.P.G. (1972), de Michael Campus, The Savage Is Loose (1974), del querido George C. Scott, Audrey Rose (1977), de Robert Wise, y The Entity (1982), de Sidney J. Furie, e incluso llegó a dirigir un opus para el séptimo arte tradicional, esa fallida Scissors (1991) protagonizada por Sharon Stone, y otros exponentes televisivos de misterio y terror como Trapped (1973), The Two Worlds of Jennie Logan (1979) y Killer in the Mirror (1986). Desde la flor del inicio, aquella que Bubba le regala a Marylee con inocencia, hasta su duplicado del desenlace, con el hombre ahora transformado en una criatura espectral de paja que mata al maquiavélico Hazelrigg con la horquilla, esta odisea bucólica se sirve del aporte fundamental de leyendas yanquis infravaloradas de la actuación como Drake, Smith, Durning y Jones y señala lo fácil que resulta para los fascistas y energúmenos del montón pasar de la furia demonizadora a la cobardía suprema cuando se sienten acorralados y cerca de ser obligados a tragar un poco de su propia medicina, amén de explorar la discriminación colectiva contra el diferente…

 

La Oscura Noche del Espantapájaros (Dark Night of the Scarecrow, Estados Unidos, 1981)

Dirección: Frank De Felitta. Guión: J.D. Feigelson. Elenco: Larry Drake, Charles Durning, Robert F. Lyons, Claude Earl Jones, Lane Smith, Tonya Crowe, Jocelyn Brando, Tom Taylor, Richard McKenzie, Ivy Jones. Producción: Bobbi Frank. Duración: 97 minutos.

Puntaje: 10