Judex

La justicia es patrimonio del villano

Por Emiliano Fernández

Judex es un personaje creado por el novelista y dramaturgo Arthur Bernède y el director cinematográfico Louis Feuillade, una de las personalidades más importantes de la etapa muda del cine francés y europeo, para el legendario serial del séptimo arte del mismo título de 1916, un señor interpretado en pantalla por René Cresté que respondía al nombre prosaico de Jacques de Trémeuse pero contaba con una personalidad subrepticia y muy altisonante, precisamente Judex, para ejercer su venganza contra el banquero chupasangre Favraux (Louis Leubas) por haber arruinado a su padre y haberlo conducido al suicidio, cruzada que lo llevó a crear una organización de ex criminales y miembros de una troupe circense con vistas a parar al maldito Favraux y su amante, Marie Verdier (Jeanne Roques alias Musidora), en realidad una mandamás delictiva, Diana Monti, no obstante la cosa se complicaba aún más porque nuestro antihéroe estaba enamorado de la inocente y bella hija de su rival, la ninfa Jacqueline (Yvette Andréyor). Si bien se supone que Judex responde a las críticas que recibió Feuillade por glorificar la criminalidad en dos seriales anteriores y en verdad exitosos, los asimismo míticos Fantômas (1913) y Los Vampiros (Les Vampires, 1915), responsables junto a Judex de haber construido el lenguaje del thriller y el suspenso que luego sería copiado por gente como Alfred Hitchcock, Fritz Lang y Georges Franju, a ciencia cierta el personaje que nos ocupa no se diferencia demasiado del genio del hampa creado en 1911 por Marcel Allain y Pierre Souvestre, Fantômas, ni tampoco de la extraña sociedad secreta de facinerosos que le daba el título a Los Vampiros, por ello el accionar clandestino de Judex se justifica en su revancha contra la codicia capitalista aunque aún comparte todo el trasfondo extravagante de los villanos populares de principios del Siglo XX, como por ejemplo su destreza para el disfraz, la lucha y la construcción de juguetitos y artilugios tecnológicos en su guarida oculta subterránea, detalles que junto con la venganza citada y la identidad paralela por supuesto lo vinculan al quid idiosincrásico de El Conde de Montecristo (Le Comte de Montecristo, 1844), la célebre novela de Alexandre Dumas y Auguste Maquet, y anticipan personajes futuros prácticamente idénticos como La Sombra, craneado por Walter B. Gibson en 1930, y el mismo Batman, cuya primera aparición fue en 1939 a instancias de Bob Kane y Bill Finger, ya en el período de la cultura de masas global.

 

La primera etapa del personaje, la correspondiente al serial cinematográfico inaugural de 1916, se caracterizó por un Judex que comenzó su derrotero profesional encubierto en pos del liso y llano desquite, como decíamos previamente, para a posteriori pasar a la clásica búsqueda de justicia -siempre un tanto paradójica y bajo el criterio unilateral del vigilante anarquista que le escapaba a las regulaciones del repugnante Estado- de otros antihéroes del ámbito de la ficción pulp de la primera mitad del siglo pasado, algo que se correspondía sobre todo con La Nueva Misión de Judex (La Nouvelle Mission de Judex, 1918), también dirigida por el ultra prolífico Feuillade. Ahora bien, a pesar de que hubo un intento previo de reflotar al personaje en un largometraje hoy prácticamente desaparecido, Judex (1934), realizado por Maurice Champreux y protagonizado por René Ferté como nuestro adalid anti parásitos financieros, en la actualidad la encarnación más famosa del amigo Judex es la del film de 1963 del mismo título a cargo del inefable Franju, una faena que superó con los años a la maravillosa estela de las dos encarnaciones previas silentes, las de 1916 y 1918, y de sopetón condujo a que con el transcurso de las décadas se lo identifique cada vez más a Feuillade con Los Vampiros, en nuestra contemporaneidad considerada su obra maestra ineludible al punto de haber engendrado desde el núcleo duro del cine criminal y mafioso posterior hasta ciertas representaciones alucinadas del avant-garde tanto surrealista a lo Luis Buñuel como aquel otro formalista obsesionado con la edición y los experimentos narrativos símil Alain Resnais. Franju no sólo le dedica su película al pionero de principios del Siglo XX, artista crucial en el desarrollo de su estilo críptico y masivo al mismo tiempo, sino que respeta la historia del serial primigenio aunque siempre volcándola a sus marcas autorales habituales, léase la elegancia, el expresionismo y ese surrealismo sutil que es capaz de hallar el sustrato inusual de la cotidianeidad, hoy un esquema ideológico/ retórico muy marcado porque el Judex del responsable de la extraordinaria Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960) es un bicho raro desde el vamos, un mago interpretado por nada menos que el norteamericano Channing Pollock, el prestidigitador más famoso de la década del 50 y un sujeto sumamente enigmático y con un enorme carisma que eventualmente se volcaría a la actuación durante los 60 y después a la insólita agricultura orgánica en los 70.

 

La esplendorosa e hipnótica versión de Franju, basada en un guión de Francis Lacassin y Jacques Champreux, nieto de Feuillade, empieza con el banquero Favraux (Michel Vitold) discutiendo con su secretario y mano derecha, Vallières, acerca de una carta amenazante firmada por Judex, palabra latina que significa “juez”, en la que se lo insta a reparar sus pecados pasados entregando la mitad de su fortuna a las múltiples víctimas de la usura. Mientras prepara una estafa para vender los fondos del banco para luego recomprarlos por una suma ínfima, Favraux contrata a un detective privado algo inútil pero de buen corazón, Alfred Cocantin (Jacques Jouanneau), quien heredó la agencia de investigación de su difunto tío, para que identifique al autor de la misiva y garantice la seguridad durante una próxima fiesta de máscaras por el 21 aniversario del banco y el compromiso de su joven hija, Jacqueline Favraux (Edith Scob, actriz fetiche de Franju), con el Vizconde Amaury de la Rochefontaine (Philippe Mareuil), un aristócrata en quiebra que brindará su apellido a la parentela del buitre financiero y éste a cambio le entregará unos billetitos al advenedizo, todo sin consultar a una muchacha que definitivamente no quisiera volver a casarse porque enviudó y su principal interés es cuidar a su hija pequeña Alicia, quien suele estar a cargo de la institutriz Marie Verdier (la gloriosa Francine Bergé), en realidad esa Diana Monti que desea acceder al tesoro del avaro Favraux, un viejo verde loco por la chica, y a unos documentos del “Escándalo de Panamá” que el banquero utilizó para extorsionar a políticos y financistas que aportaron el capital necesario para erigir su imperio. Luego de atropellar con su coche a un tal Pierre Kerjean (René Génin), veterano que se presenta en la mansión porque cumplió una sentencia de cárcel en nombre del personaje de Vitold aunque éste dejó morir en la ruina a su esposa y tampoco cuidó de su hijo hoy desaparecido, Favraux es drogado y pasado por muerto durante la fiesta por un Judex que en verdad es Vallières, el cual después lo saca de la tumba y lo encierra en su guarida subterránea mientras su hija renuncia a la corrupta fortuna familiar y así conduce a Monti y su amante, Morales (Théo Sarapo), aquel vástago extraviado de Kerjean, a obsesionarse con conseguir los valiosos documentos y rescatar al banquero para hacerse de la riqueza, lo que implica abalanzarse contra Jacqueline y su hija porque la heredera fue testigo del accionar criminal de Diana.

 

Sirviéndose de intertítulos esporádicos, la dimensión visual del relato y una estructuración narrativa muy retro subdividida más en viñetas que en escenas asiduas modernas, Franju por un lado juega con un proto kitsch que se adelanta a las cúspides por venir del formato, como la serie televisiva Batman (1966-1968), encabezada por Adam West y Burt Ward, y la deliciosa Diabolik (1968), joya sesentosa bien ridícula dirigida y escrita por Mario Bava, y por el otro lado se toma al film como una excusa para saturar la sublime fotografía en blanco y negro de Marcel Fradetal, a veces apuntalada además en la música minimalista y los efectos sonoros de Maurice Jarre, con planteos, minucias, pinceladas y circunstancias imaginativas o desconcertantes en línea con la adorable idiotez del detective privado, quien lee aventuras de Fantômas con pasión infantil y “resuelve el caso” dando con la guarida de Monti y Morales con la ayuda fundamental de un purrete que es mil veces más sagaz que él, Réglisse (Benjamin Boda), el carácter efímero y cuasi etéreo de Jacqueline, la cual se enamora de lleno de Judex sin que medien verdaderas secuencias al respecto más allá de los sucesivos rescates de nuestra damisela desmayada en peligro y transportada en brazos por el susodicho, el entusiasmo de Kerjean para con la cruzada ecuánime de su salvador en la carretera, ese personaje de Pollock que lo encontró agonizante luego de ser atropellado por el engendro ricachón, para a posteriori ir desapareciendo poco a poco del relato, el intento bienintencionado de Cocantin de citar ante la hija de Jacqueline Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland, 1865), de Lewis Carroll, pero terminando satirizando al banquero sin proponérselo, la magnífica escena de la fiesta de disfraces de Favraux cual presentación en sociedad del protagonista titular, sus truquillos de mago con las palomas -marca autoral del lirismo melancólico de Franju- y esa estupenda máscara de ave entre inerte, misteriosa y terrorífica, el “detalle” de Judex disfrazado del avejentado Vallières durante años sin jamás ser descubierto, el sensual traje negro de Diana a lo calzas de cuerpo completo al momento de llevar adelante sus variopintos crímenes o proezas físicas e intelectuales, aquella trampa del escritorio de la casona que le agarra la muñeca a Morales cuando ambos trataban de conseguir los documentos del Escándalo de Panamá, el regreso de los perros de Los Ojos sin Rostro aunque ahora al servicio del astuto y siempre sorpresivo Judex, los dos pichones que el protagonista le deja a Jacqueline para que los libere en caso de peligro así vuelan transmitiendo el mensaje de alerta, la hilarante “cámara espejo” situada en la prisión del banquero y utilizada por el antihéroe y Kerjean para espiarlo, una ignífuga que se prende fuego cuando el reo pretende taparla con una frazada, el mensaje semi virtual en el techo de la mazmorra a través del cual se le comunica a Favraux que su sentencia de muerte fue conmutada a cadena perpetua por el desapego de su hija para con la fortuna familiar, los disfraces complementarios de Monti como eso de hacerse pasar por institutriz o vestirse de hombre o de monja para capturar a la heredera desprendida, la genial escena en la que quieren matar a la ninfa de Scob arrojándola a un río apacible aunque sin conseguir que se hunda, aquel otro momento del robo de la ambulancia para recuperar a Jacqueline cual trofeo pasivo que pasa de un bando al otro, el instante hiper melodramático del reencuentro en el granero entre Morales y su progenitor en función de un anillo del clan que el viejo reconoce en una mano del muchacho, el escape acuático subsiguiente de la implacable Diana, la secuencia en la que entre lágrimas manipula al bobo de su novio para que le diga lo que le comentó su padre, dónde está encerrado Favraux, y todo ese agitado desenlace en el aguantadero de Monti y Morales, con el buitre financiero prefiriendo permanecer muerto para que sus víctimas no lo encuentren, Judex terminando prisionero de sus adversarios, los secuaces enmascarados de la estrella trepando el muro lateral del edificio, Diana tratando en vano de ganárselo para su causa y finalmente la gran némesis cayendo hacia su muerte desde el techo después de asesinar sin querer a su amante y enfrentarse a una igual femenina en otro de los tantos delirios hiper adorables a lo folletín arcaico de la película, hablamos de Daisy (Sylva Koscina), equilibrista/ acróbata que en los minutos finales Cocantin reconoce en la calle cuando se aparece de la nada junto a toda una procesión circense que supuestamente encabeza debido a que su tío, un domador de leones que deseaba casarse con ella, fue devorado sin más por las fieras. Es precisamente en las postrimerías del derrotero dramático donde Franju se hace un festín con sus obsesiones de siempre a escala formal y temática, basta con pensar en el hecho de que Diana comienza a cargar con balas un revólver pero se decide una vez más por los cuchillos y las dagas, su arma favorita cual alegoría de una vida clandestina de delincuente de bajo perfil, a la hora de matar a un Judex que resulta ser Morales porque el antihéroe fue liberado por Daisy, del mismo modo aunque en términos opuestos el banquero toma el arma de fuego sin dudarlo porque toda su existencia se la pasó humillando y saqueando al prójimo bajo la impunidad institucional de la luz del día, lo que desde ya trae a colación la cobardía absoluta del poder ya que Favraux termina suicidándose en soledad al verse acorralado por Judex, amén del epílogo en la playa con los enamorados juntos, los personajes de los sublimes Pollock y Scob, caminando en un paraíso tácito enmarcado por el detalle de Alicia acariciando a un ovejero alemán, lo que en el ecosistema simbólico del director galo equivale a decir que la fidelidad y el compañerismo del amigo eterno se dan la mano con la inocencia sutilmente picarona o irónica, recordemos que es la chiquilla la que -gracias al relato improvisado de Cocantin- homologa al banquero con el conejo blanco histérico y poseedor de un valioso reloj de bolsillo de la novela de Carroll. Esta idea de enaltecer al pasado cinematográfico y social pero sin romantizarlo, algo que queda en evidencia en la dedicatoria, “en homenaje a Louis Feuillade: en recuerdo de una época que no fue feliz, 1914”, va a contrapelo de la nostalgia castrada e inofensiva omnipresente del Siglo XXI y sopesa el carácter mágico del cine, representado en el personaje del prestidigitador embelesado de los últimos segundos, aunque también su inevitable sustrato artificial y de pose ficcional preciosista permanente, circunstancia que Franju conocía de sobra porque había empezado a trabajar en el ámbito del documental de izquierda que traicionaba los anhelos conservadores/ acríticos de sus financistas del gobierno de entonces, de allí que no encare intento alguno por lavar a escala moral el dejo contradictorio del paladín/ villano del título y hasta lo vincule por lo bajo con Fantômas al extremo de mantener el enigma identitario detrás de su persona y privarlo de la venganza particular y concreta del opus serial de 1916, optando por recuperar la trama pero enfocándose en la justicia ya más fría y distante de aquella retahíla de episodios de 1918…

 

Judex (Francia/ Italia, 1963)

Dirección: Georges Franju. Guión: Jacques Champreux y Francis Lacassin. Elenco: Channing Pollock, Francine Bergé, Michel Vitold, Edith Scob, Jacques Jouanneau, Théo Sarapo, Sylva Koscina, René Génin, Philippe Mareuil, Benjamin Boda. Producción: Robert de Nesle. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 10