Death Note

La justicia se muerde la cola

Por Emiliano Fernández

Como era de esperar por parte de Hollywood, luego de haber explotado hasta la saturación los cómics estadounidenses con vistas a construir y exportar una colección de productos cinematográficos impersonales y anodinos, de a poco la maquinaría de los estudios comienza a volcarse hacia fuentes/ historietas alternativas en busca de esas valiosas ideas que hoy por hoy parecen escasear en todos los ámbitos. Ghost in the Shell (2017) fue el primer intento reciente en pos de reformular un manga, lo que por cierto derivó en una película placentera que superaba a la gran mayoría de los tanques de nuestros días, y ahora Death Note (2017) hace lo propio pero desde una óptica ligeramente distinta: mientras que la primera se basaba en una franquicia de ciencia ficción para jóvenes y adultos, en esta ocasión estamos ante una saga japonesa que apunta a los adolescentes aunque sin descuidar del todo al público entrado en años, en especial por la originalidad de la premisa de fondo.

 

El trabajo oriental, escrito por Tsugumi Ohba e ilustrado por Takeshi Obata, se publicó de manera serial entre 2003 y 2006 y generó una verdadera catarata de animes, novelas, videojuegos, films y series de TV. La expectativa por la versión norteamericana en live action era considerable y el producto resultante es bastante digno, sin llegar a descollar principalmente por un guión poco imaginativo que no aprovecha el potencial de la historia y se queda en los automatismos clásicos del manga adolescente. La trama vuelve a ser la misma: Light Turner (Nat Wolff) es un joven que halla el “Anotador de la Muerte” del título, un pequeño cuaderno que provoca el fallecimiento de cualquier persona del globo con sólo escribir su nombre y visualizar su rostro en la mente. El encargado de cumplir los designios homicidas es Ryuk (Willem Dafoe), una suerte de demonio símil djinn -con resonancias faustianas- que asesora al dueño de la libreta y lo insta a utilizarla en secuencia.

 

De inmediato Light se sirve del descubrimiento para dar de baja al mafioso responsable de la muerte de su madre y -mientras le oculta el asuntillo a su padre policía James (Shea Whigham)- comienza una cruzada contra todos los criminales que encuentra en Internet y los medios de comunicación en general. Haciéndose llamar Kira y asistido por Mia Sutton (Margaret Qualley), una compañera de colegio a la que le confiesa su secreto y con la que inicia una relación amorosa/ sociedad tácita, el protagonista pronto llegará a la friolera de 400 ajusticiamientos en los que él fue juez y verdugo, circunstancia que asimismo llamará la atención de L (Lakeith Stanfield), un misterioso detective que se acerca cada vez más a desentrañar la identidad de Kira, quien paulatinamente se convierte en un “Dios de la venganza” para buena parte de la población. El relato juega con el entramado de los deseos que salen mal, la voluntad de control absoluto y una cacería que le pisa los talones a Light.

 

Si la propuesta transmite dinamismo y consigue refritar una epopeya ampliamente conocida por los fans del manga es sin duda responsabilidad de Adam Wingard, el interesante director estadounidense de A Horrible Way to Die (2010), Cacería Macabra (You’re Next, 2011) y The Guest (2014): a pesar de que en esencia hablamos de un trabajo por encargo en sintonía con la previa Blair Witch (2016), aquí el realizador retoma diversas marcas formales de su pasado indie reciente (las cuales va insertando a lo largo de la narración) y redondea un film estéticamente muy atractivo (al uso magistral del montaje y las canciones ochentosas se suma un cierto cinismo intra relato que nos ahorra -vía una dirección actoral tan precisa como sucinta- momentos que podrían haber sido melosos y/ o trágicos, bordeando de seguro el cliché más vetusto). Wingard hasta se da el lujo de incluir instantes de violencia y generoso gore, detalles que regalan poderío al cine destilado contemporáneo.

 

Como señalábamos con anterioridad, lamentablemente el factor que impide el crecimiento de la película -y el que determina que se sitúe por debajo de la muy buena traslación japonesa en live action de Shûsuke Kaneko de 2006- es el guión de Charley Parlapanides, Vlas Parlapanides y Jeremy Slater, el cual por un lado resulta algo redundante en su tramo intermedio y por el otro se siente demasiado encorsetado en sus 101 minutos, una duración que definitivamente no alcanza para la ambición del manga original, sus ramificaciones conceptuales y la riqueza general de los personajes (hasta los que parecen más estereotipados, como por ejemplo el propio Light, que sufre de bullying en la escuela y reúne los rasgos del nerd de antaño, terminan ofreciendo sorpresas). El desempeño del elenco es también otro elemento a destacar porque todos los actores evitan los tics hollywoodenses del rubro, ayudando a crear una obra amena que combina con inteligencia el horror, el thriller hardcore, el drama de florecimiento y la comedia negra a través de una fábula de final abierto acerca de la espiral autodestructiva de la justicia y su pérdida de legitimidad por su soberbia, sus delirios y las numerosas contradicciones de su accionar…

 

Death Note (Estados Unidos, 2017)

Dirección: Adam Wingard. Guión: Charley Parlapanides, Vlas Parlapanides y Jeremy Slater. Elenco: Nat Wolff, Willem Dafoe, Lakeith Stanfield, Margaret Qualley, Shea Whigham, Paul Nakauchi, Jason Liles, Michael Shamus Wiles, Paul McGillion, Matthew Kevin Anderson. Producción: Jason Hoffs, Roy Lee, Dan Lin y Masi Oka. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 6