Todo Roger Waters

La llama parpadeante

Por Marcos Arenas y Martín Chiavarino

Introducción, por Marcos Arenas:

 

En Metacultura continuamos con nuestra sección dedicada a recorrer todos los discos de estudio de determinados artistas y así caemos en un gigante del rock mundial, Roger Waters, uno de los más talentosos músicos de los últimos 60 años y uno de los militantes más coherentes dentro del ámbito mainstream en favor de un discurso humanista de barricada que no se calla nada ante los atropellos de la derecha, el capital y sus esclavos de la sociedad civil y el conglomerado mediático. Para adentrarnos en semejante obra, privilegiaremos únicamente sus trabajos más importantes, en términos concretos The Pros and Cons of Hitch Hiking (1984), Radio K.A.O.S. (1987), Amused to Death (1992) e Is This the Life We Really Want? (2017), dejando de lado por motivos obvios Ça Ira (2005), una ópera en tres actos sobre la Revolución Francesa que va mucho más allá del sustrato rockero que pretendemos privilegiar porque es el que lo vio nacer como compositor e intérprete. Tampoco nos detendremos en proyectos muy secundarios, de índole profundamente accesoria, como los soundtracks Music from The Body (1970), a dúo con Ron Geesin, y When the Wind Blows (1986).

 

Asimismo en el análisis incorporaremos el disco compilatorio Flickering Flame: The Solo Years Volume 1 (2002) ya que incluye una buena tanda de material realizado por Waters para proyectos paralelos, sobre todo las mejores y más interesantes canciones destinadas a bandas sonoras (el carácter entrecortado de la producción del artista, con baches a veces muy extensos entre placa y placa, se asemeja precisamente a esa “llama parpadeante” a la que apuntan el título del trabajo discográfico y la canción homónima). Fiel a nuestro estilo, sumaremos un álbum en vivo a modo de “bonus” y como ejemplo de la destreza en directo del señor y su banda solista, en este caso In the Flesh (2000), clara superación del previo The Wall- Live in Berlin (1990) y del disco que lo sucedió, Roger Waters: The Wall (2015).

 

Pocos artistas pueden decir que de cuatro trabajos principales, tres son obras maestras absolutas: nos referimos a The Pros and Cons of Hitch Hiking, Amused to Death e Is This the Life We Really Want?. Lo anterior también implica que Waters es uno de los músicos más cerebrales y meticulosos de la historia del rock y un adalid sin igual del maravilloso formato de los “discos conceptuales” que giran alrededor de una temática cual ensayo analítico destinado a cubrir todas las aristas del tópico en cuestión, multiplicando además la presión sobre el artífice/ creador porque el armado general de estos opus conlleva sopesar con sumo cuidado cada uno de los capítulos, su inserción en la obra a nivel macro y las partes que lo preceden y aquellas que vienen a continuación. El inglés siempre superó por mucho la pretensión por antonomasia del ámbito cultural industrial contemporáneo, eso de “entretener”, consagrándose al campo de aquellos manifiestos/ testimonios/ estudios de antaño cuyo objetivo excluyente era -por supuesto- conmover al oyente pero también incitar a la reflexión sobre el rumbo que está tomando la sociedad en la que vivimos, no como una meta encubierta bajo capas de artificio popular prefabricado sino como parte fundamental de todo el planteo artístico de base, a su vez producto de un entramado ideológico de izquierda de rasgos tan nihilistas como apegados a un humanismo porfiado y batallante.

 

 

 

The Pros and Cons of Hitch Hiking (1984), por Marcos Arenas:

 

Si bien la placa que nos ocupa es de hecho el primer disco “oficial” de Waters como solista, el primero real fue el bizarro Music from The Body (1970), una faena craneado a dúo con Ron Geesin en las épocas de Atom Heart Mother (1970) como banda sonora de un documental de Roy Battersby sobre la biología humana, y su primer álbum -casi por completo- en solitario dentro de Pink Floyd fue The Final Cut (1983), aquella maravilla en la que por fin se decidió a reemplazar en términos prácticos la guitarra de David Gilmour con el piano de Michael Kamen… por no decir que ya el mismo The Wall (1979) era un proyecto enteramente acorde con su idiosincrasia individual, ya alejada del grupo que lo cobijó. The Pros and Cons of Hitch Hiking es una de las muchas obras maestras de Waters, un trabajo que se ubica a mitad de camino entre el sueño, la pesadilla y los pensamientos más difusos sobre la crisis de la mediana edad y las perspectivas decepcionantes frente a la familia, el amor conyugal, la posibilidad de cometer adulterio y el rumbo político del mundo durante las décadas del 70 y 80.

 

Hablamos de uno de los trabajos más ciclotímicos de la historia del rock, logrando la proeza de combinar con armonía estados de calma y reflexión con arrebatos de furia imprevistos, todo con el sello inigualable de Waters en materia de conseguir un diálogo entre los extremos (de la misma forma en que ocurre en la vida cotidiana). En este sentido, el disco representa un regreso a la dependencia para con la guitarra, ahora cortesía de Eric Clapton, aunque asimismo unificada en varios pasajes con el glorioso saxofón de David Sanborn, aquel de Young Americans (1975) de David Bowie y Blue Moves (1976) de Elton John. Vale aclarar que todos los tracks del disco están conectados porque fueron pensados para una escucha ininterrumpida que sigue “en tiempo real” los acontecimientos y/ o alucinaciones del relato, por ello tenemos la hora exacta del comienzo de cada uno antes del título propiamente dicho, y como todo disco conceptual de Waters, los motivos musicales se repiten porque estructuran un armazón general de tipo operístico orientado a sopesar determinados temas y comportamientos humanos.

 

En 4:30 am (Apparently They Were Travelling Abroad) una guitarra acústica de fondo, chispazos de una eléctrica y efectos ominosos marcan el inicio de la historia, centrado en un viaje automovilístico por Europa Central encarado por el narrador, su compañera y una pareja de autoestopistas en el asiento de atrás: los flirteos entre el protagonista y la señorita están a la orden del día y la dialéctica de la tentación de la infidelidad aparece cuando todos se detienen para comer. La interrelación entre la guitarra eléctrica de Clapton y el saxo de Sanborn llega al éxtasis en 4:33 am (Running Shoes), el momento exacto del encuentro sexual vía una letra plagada de ingeniosas alusiones eróticas; la canción va del fulgor a un clima más relajado y acústico apuntalado en jadeos y la entrada de las disrupciones oníricas cuando el sexo en la pradera se transforma en una cama -en vaya uno a saber qué habitación- que está siendo observada por árabes con cuchillos (admirable detalle sarcástico de Waters, acorde con aquellos tiempos y en gran medida con los nuestros también ya que la demonización berreta de los musulmanes a cargo de Estados Unidos lamentablemente sigue vigente). Ya para la tercera canción, 4:37 am (Arabs with Knives and West German Skies), el comienzo de los reproches femeninos indistintos y el darse cuenta de que está simplemente soñando son factores que no le caen bien al narrador, quien desea volver con la señorita del affaire. La música acompaña la confusión mutando desde la base tranquila que caracteriza al álbum hacia primero un mini segmento farsesco de aires alemanes y luego dando paso a coros majestuosamente violentos, los que desembocan una vez más en el sueño.

 

Rápidamente vuelven los coros y se suman piano y una orquesta para 4:39 am (For the First Time Today, Part 2), una hermosa fábula de amor primerizo en un hotel que salta hacia una fase mucho más adelante de la relación, con el protagonista rogando a la contraparte que se quede, que no lo abandone. 4:41 am (Sexual Revolution) es la mejor canción “separada/ si la aislamos” del viejo Lado A, en la que Clapton construye su excelente versión de la típica arquitectura gilmouriana expansiva/ potente/ elegante en lo que atañe a las violas; el andamiaje recuerda lejanamente al blues aunque ahora con una buena dosis de esteroides y girando alrededor de estrofas maravillosas en las que Waters enfatiza que la pareja en cuestión (puede ser tanto la que conforma con la “mujer oficial” como la otra, la que construyó con su amante) está consagrada a una indulgencia que incluye un costado oscuro que debe ser aceptado para no caer en las mentiras y la conformidad barata de casi todas las otras duplas románticas. En 4:47 am (The Remains of Our Love) el regreso a la habitación es sinónimo de la conciencia de la pesadilla, con una mujer que reacciona alegremente cuando él le cuenta sobre su aventura sentimental, sin darle ella ninguna importancia. La negación escapista empeora aún más cuando de golpe el protagonista, su esposa y sus hijos deciden mudarse al Wyoming rural para dejar atrás el atolladero de la ciudad en plan de “empezar de cero”.

 

El Lado B arranca con la demoledora 4:50 am (Go Fishing), algo así como la contraparte tétrica de los planteos optimistas del tema anterior: un bellísimo piano en primer plano deja paso a la orquesta en los momentos más trágicos de una letra en la que “ir a pescar” se transforma en un paraíso mentiroso de índole natural que oculta el comienzo de los problemas familiares más serios, los que eventualmente derivan en la ruptura y en la batalla por la custodia de los hijos. Son en verdad excelentes los coros femeninos y los solos de guitarra y saxo, además reaparece la metáfora del amor vinculado al autoestopismo y el “dejarse llevar” por otra persona, en especial cuando en el final del tema el narrador finalmente se separa y queda una vez más solo al costado de la carretera esperando que alguien lo levante. 4:56 am (For the First Time Today, Part 1) es una pequeña reflexión sobre la soledad, esa que provino de una relación marchita en la que el hombre admite no haberle prestado nada de atención a la mujer, todo nuevamente con saxo de fondo y una orquesta celestial que acompaña.

 

En 4:58 am (Dunroamin, Duncarin, Dunlivin) el protagonista se sumerge en una serie de aventuras sexuales que resultan insatisfactorias y sacan a relucir lo peor del enclave femenino, léase la obsesión con crear narrativas románticas y modelos ideales de hombre, y del masculino, nos referimos a la tendencia a mentir para tapar chanchullos varios… todo asimismo funciona dentro de un sustrato retórico muy mordaz que incluye reproches a la ex esposa, dardos solapados a Gilmour, comentarios jocosos de un camionero (representante de la simpleza del lumpen) sobre la “idiosincrasia promedio” de las mujeres, y más coros femeninos y más guitarras que citan a The Wall con astucia. 5:01 am (The Pros and Cons of Hitch Hiking, Part 10) es un tema sublime basado en un gran laburo de guitarras de Clapton y una letra de Waters francamente increíble, quizás la que mejor sintetiza las frustraciones y el carácter surrealista del trabajo en su conjunto vía referencias entrecruzadas a los Hells Angels, una ama de casa aburrida de Encino, una Yoko Ono que incita al suicidio, el viejo y querido Dick Tracy y hasta aquel misterioso protagonista de El Desconocido (Shane, 1953), exquisito film de George Stevens. Todo el tema enfatiza la aventura bizarra de vivir, enamorarse y recibir consejos de extraños y amigos, ingredientes que están encuadrados dentro de esos “pros y contras de hacer autostop” a los que apunta el título.

 

5:06 am (Every Stranger’s Eyes) es otro de los himnos del disco -ahora tracción a guitarra acústica y piano- en el que el protagonista parece sentarse en un bar de la ruta para examinar su relación con el resto de la humanidad, afirmando que se reconoce en “los ojos de cada extraño” más allá de la coyuntura particular de los individuos, señalando esa hermandad que debería primar entre los hombres; el tema va escalando en intensidad hasta llegar a un desenlace extraordinario y apasionante en el que el humanismo se transforma en una vuelta al lecho conyugal con la sabiduría de haber tomado conciencia del camino recorrido, uno fragmentado y errático pero asumido como propio al fin. El remate de la placa, 5:11 am (The Moment of Clarity), es tan inteligente como el resto del álbum, con Waters afirmando que “el momento de claridad se desvaneció como lo hace la caridad”, no obstante dejando entrever que quizás efectivamente nada de lo relatado ocurrió y todavía está con su compañera de toda la vida… sobre todo cuando nos comenta que sintió miedo al extender su mano para tocar el cabello de la mujer con el objetivo de comprobar si ella aún estaba en la cama, los últimos versos del disco son ejemplares en este sentido: “pero entonces tuve un poco de suerte, estabas despierta/ no podría soportar otro momento en soledad”.

 

La metáfora del hacer dedo en la ruta, referida expresamente al amor, es uno de los tesoros invaluables del disco, ese instante cuando la otra persona nos levanta con su auto dando comienzo a la relación bajo la forma de un contrato mutuo y tácito. Fiel a la tradición inglesa centrada en las ironías y las antífrasis, el disco continuamente construye contextos ideales que se caen a pedazos en tracks posteriores -y a veces en la misma canción- debido al énfasis que desde la música se hace en torno a la furia contenida detrás de versos que pintan situaciones y estados anímicos aparentemente ideales que se terminan desvaneciendo a los pocos segundos.

 

El trabajo es a la vez una reflexión prodigiosa sobre los fantasmas que acechan a las parejas (el hastío, la rutina laboral, los hijos, la infidelidad, las peleas por nimiedades, la sensación de estar aprisionado, etc.) y uno de los mejores álbumes de divorcio y ruptura en general del rock, en consonancia con Blood on the Tracks (1975) de Bob Dylan, Rumours (1977) de Fleetwood Mac y Sea Change (2002) de Beck, entre otros. En términos concretos The Pros and Cons of Hitch Hiking sería la primera obra maestra del británico como solista, a posteriori vendrían -luego del digno aunque no tan interesante Radio K.A.O.S. (1987)- los monumentales Amused to Death (1992) e Is This the Life We Really Want? (2017), ejemplos de su potencia discursiva y de que el tiempo no hizo más que mejorar su talento musical y su capacidad crítica, esa que siempre lo coloca en una posición inalcanzable para el resto del panorama discográfico industrial porque mientras que el resto de sus colegas se la pasa en esencia paveando con la fama, el dinero y las drogas (es increíble que incluso hoy todo se resuma a eso para la mayoría de los palurdos del mainstream y el indie), el señor utiliza el reconocimiento para encauzarlo hacia la militancia en pos de la paz y la equidad y en contra de las guerras y la depredación social capitalista.

 

 

Radio K.A.O.S. (1987), por Martín Chiavarino:

 

Radio K.A.O.S., el segundo disco solista de estudio de Roger Waters, es el álbum más ecléctico a nivel sonoro de la carrera del músico, y tal vez el menos logrado en términos de la propuesta conceptual. Producido en conjunto por Waters, Ian Ritchie y Nick Griffiths, también tiene la particularidad de ser el primer disco realmente pensado como proyecto solista, ya que The Pros and Cons of Hitch Hiking (1984) fue presentado en varias oportunidades a los integrantes de Pink Floyd, David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright, y descartado en todas las reuniones de producción.

 

Al igual que sus últimos discos con Pink Floyd y su primer trabajo solista, Radio K.A.OS. es también una obra conceptual con varias tramas. Por un lado está la influencia del disc jockey norteamericano Jim Ladd en la introducción de la idea de una radio como motor de la placa. Por otro lado tenemos las ondas de los programas de esta popular radio ficticia de Los Ángeles, Radio K.A.O.S., las cuales son captadas por Billy, un joven galés discapacitado física y mentalmente que, precisamente por su discapacidad, tiene la habilidad de recibir todas las frecuencias de radio en su cabeza. Billy es enviado a la ciudad de la costa oeste de Estados Unidos a vivir con su tío después de que su hermano, que lo cuidaba, fuera despedido de las minas de carbón en las que trabajaba y arrestado y encarcelado por atacar una tienda de electrodomésticos y robar un teléfono inalámbrico en un arranque de furia contra las transmisiones de los discursos de la Primer Ministro británica de los años 80, Margaret Thatcher.

 

A través de esta historia Waters expone cómo las fuerzas del mercado y las políticas monetaristas, que construyeron el régimen que hoy denominamos “neoliberal”, destruyeron a los trabajadores, quitándoles su trabajo y su dignidad para echar por tierra la unidad sindical y flexibilizar las condiciones laborales en favor de la ganancia de los empresarios durante la década del 80 en Gran Bretaña y Estados Unidos. El personaje de Benny, el hermano gemelo de Billy, ejemplifica al trabajador ofuscado y derrotado que finalmente termina en la cárcel mientras que Billy, aquel que parecía minusválido, demuestra una capacidad extrasensorial insólita que le permite comunicarse a través de las ondas de radio. La obra de Waters además indaga en el triunfo de las nuevas tecnologías de la comunicación como motores de la economía a través del trabajo calificado y el ocaso de su homólogo manual e industrial en una época de despidos masivos y altas tasas de desocupación.

 

Disco menos introspectivo y áspero que The Wall (1979), The Final Cut (1983) y el mencionado The Pros and Cons of Hitch Hiking, pero con el mismo tono político y un atisbo esperanzador, Radio K.A.O.S. concluye con un himno, The Tide Is Turning, “la marea está cambiando”, sin duda la canción más interesante del lote, un tema sobre la importancia del amor y la familia por sobre la locura y la paranoia militarista que vende la televisión y el cine bélico con el eje puesto en la catástrofe nuclear y la Guerra Fría. En este tema, Billy piratea un satélite militar para crear un simulacro de ataque nuclear a las ciudades más importantes del mundo desactivando antes la posibilidad de represalia y así creando una paranoia masiva que pone al mundo a reflexionar sobre la necesidad de rever sus prioridades y dejar de perder el tiempo con la basura mediática.

 

El disco estuvo inicialmente pensado como una ópera rock orientada a ser tocada en vivo y más cercana al sonido comercial de los años 80 que a la impronta intimista del álbum anterior de Waters (baterías programadas, sampleos diversos, fuerte presencia de eco, sonido muy nítido, efectos varios de las cajas de ritmos, etc.). Una vez terminado el proyecto y ya compitiendo con el primer disco de Pink Floyd sin su principal compositor, A Momentary Lapse of Reason (1987), Waters se arrepintió de su búsqueda musical y del sonido creado junto a Griffiths y Ritchie, éste último nada menos que el productor, tecladista y saxofonista del disco, pero también del abandono de la mitad de los temas, dejados de lado para crear un disco simple y no doble como era la idea original.

 

Aunque proyecto trunco y un tanto olvidado, el digno Radio K.A.O.S. demostró que Waters había superado su odisea judicial con sus antiguos compañeros de Pink Floyd -Gilmour y Mason- por el nombre de la banda, y que su interés narrativo iba de la mano con un compromiso social cada vez más combativo dedicando incluso el disco a las víctimas del monetarismo de las administraciones de Ronald Reagan y Margaret Thatcher a ambos lados del Océano Atlántico, temática que continuaría en su álbum posterior Amused to Death (1992), centrándose en el carácter nocivo de la televisión como principal propagador de las ideas del neoliberalismo.

 

 

Amused to Death (1992), por Martín Chiavarino:

 

El tercer álbum solista de Roger Waters, Amused to Death, contiene 14 temas y fue editado por el sello Columbia en 1992, cinco años después de su anterior trabajo Radio K.A.O.S. (1987), y constituyó el último disco de rock del músico inglés durante mucho tiempo hasta que finalmente editó Is This the Life We Really Want? (2017), que asimismo funciona como una secuela conceptual del presente álbum. Dentro de este repaso global por supuesto debemos excluir Ça Ira (2005), aquella inusitada incursión en la ópera con un tópico narrativo centrado en la primera etapa de la Revolución Francesa.

 

Al igual que los últimos discos de Pink Floyd basados en las ideas de Waters y de sus dos primeros discos solistas, Amused to Death es un trabajo conceptual producido por el propio Waters y Patrick Leonard, encargado también de los teclados, que combina varias de las obsesiones del británico como la guerra, la sociedad del espectáculo (analizada y diseccionada por Guy Debord), la hipócrita relación entre la religión y el capitalismo, la entronización del dinero como nuevo y único Dios, los peligros de las nuevas tecnologías y la transformación de la guerra en espectáculo de masas, lo que remite directamente a las consecuencias de la transmisión de la CNN de la Guerra del Golfo que se extendió desde agosto de 1990 a febrero de 1991.

 

La placa está atravesada principalmente por tres acontecimientos/ procesos que marcan el paso de las ideas más optimistas y militantes de Radio K.A.O.S. a la decepción que inundó el mundo tras la caída del Muro de Berlín y del Bloque Soviético, la mencionada Guerra del Golfo y el auge de las políticas neoliberales en el mundo entero (el primer tópico está directamente relacionado con el segundo). El fin de los regímenes totalitarios denominados comunistas no trajo como consecuencia una mayor democracia ni un socialismo más humano ni la utópica democracia socialista. Por el contrario, el fin de las dictaduras de partido único dejó a la ciudadanía a merced de las mafias y los políticos gerentes devenidos empresarios corruptos que adoptaron el neoliberalismo desde una posición de debilidad, lo que condujo a una crisis enorme que potenció los problemas económicos y sociales que esos países venían arrastrando desde hace tiempo.

 

El disco oscila entre -por un lado- diversos pasajes de guitarras y teclados melancólicos que lamentan las posibilidades perdidas, los páramos devastados por la guerra y los hombres abandonados a su suerte, y -por otro lado- las guitarras y teclados furiosos que llevan a la música hacia la indignación y la necesidad de pensar alternativas al capitalismo desde el campo cultural a partir del nuevo escenario geopolítico, social y económico.

 

Organizado a través de canciones con varias partes que narran una historia y delimitan musicalmente el tono del álbum, el disco arranca con un tema introductorio, The Ballad of Bill Hubbard, un pasaje sonoro cargado de desesperación, inspirado en el devenir de un soldado severamente herido en la Primera Guerra Mundial y abandonado en el campo de batalla, para de inmediato pasar a What God Wants, la primera parte de un tema con Jeff Beck en la guitarra y divido en tres capítulos, sobre la relación entre la religión y el capitalismo. Este vínculo se convierte en asimilación del dinero a un Dios omnipotente en Perfect Sense, una canción también dividida en dos partes sobre la guerra como entretenimiento. Aquí Waters ya introduce una de las temáticas principales de la placa, el descubrimiento de la degradación de todas las cosas al rol de mercancía para terminar en la aceptación de que el dinero se ha convertido en una razón en sí misma, reemplazado a la religión, la filosofía, la moral, la ética y la ciencia hasta imponerse como teología de teologías.

 

En The Bravery of Being Out of Range, otro tema dominado por una guitarra furibunda -esta vez interpretada por Tim Pierce- y por un coro femenino, Waters despliega todo su arsenal ideológico en contra de la guerra y de la aplicación de las nuevas tecnologías que permiten atacar al enemigo sin exponerse, destacando la cobardía de los militares y políticos responsables y a su vez remitiéndonos sutilmente a la canción Sheep, del Animals (1977) de Pink Floyd. En Late Home Tonight, otro tema en dos capítulos, Waters regresa a las melodías sosegadas haciendo alusión al mundo interpretado a través de la mediación del contenido basura televisivo. Para Too Much Rope, una canción que indaga nuevamente en la relación entre la televisión y la guerra y la aparente imposibilidad de la humanidad de vencer sus propios demonios, el inglés recupera la trama sonora que lo caracteriza desde discos como The Wall (1979), de Pink Floyd. Después tenemos un regreso a What God Wants, las últimas dos partes del segundo tema del disco que continúan con una crítica demoledora de todo el orden social, incluidas las campañas de beneficencia como Live Aid (que él mismo apoyó en el pasado, cayendo luego en el desencanto): el segmento final de What God Wants recupera las melodías de la primera parte de Shine On You Crazy Diamond de Wish You Were Here (1975) de Pink Floyd para dar cuenta de las indagaciones de un profeta alienígena que desembarca en una tierra devastada para investigar los vestigios de la civilización humana y su desaparición a partir de los registros televisivos.

 

Watching TV, un tema melancólico cargado de crítica social, narra la manipulación mediática por parte de la televisión de la historia de China y las protestas de los estudiantes en la Plaza Tiananmén de Pekín en 1989 contra la dictadura del Partido Comunista Chino, las cuales fueron duramente reprimidas por el gobierno. En Three Wishes Waters frota una lámpara y un genio le concede tres deseos: pide por la paz en el Líbano, ayuda para escribir la presente canción y que su padre no vaya a la guerra, pero descubre que todo es una ilusión y que la función del genio no es conceder deseos sino ayudar a descubrir qué es lo que cada cual desea para comprender la inutilidad del desear y la necesidad de trabajar para cambiar el estado del mundo. It’s a Miracle continúa el tono apesadumbrado con una voz susurrante de Waters que discurre sobre la globalización como eufemismo del imperialismo norteamericano y su imposición de la cultura chatarra en todo el mundo. El disco finaliza con la canción homónima, Amused to Death, donde un grupo de antropólogos de otro planeta descubren que la causa de la desaparición de la raza humana fue la exposición letal al entretenimiento bélico que finalmente se transformó en una guerra en sí misma. El desenlace propiamente dicho alude así a la capacidad de autodestrucción de la humanidad y a los peligros de la perspectiva de la guerra como espectáculo, pero también marca la posibilidad de la desaparición por aburrimiento, dada la necesidad de mayor “diversión” que desemboca en un conflicto armado en tanto esparcimiento apocalíptico orientado a la muerte masiva.

 

Waters trabajó en este extraordinario disco desde 1988 hasta 1991 para exponer la cultura del entretenimiento, la transformación de la guerra en un espectáculo, el avance de la telemática, la manipulación de la información, la televisión empardada a la construcción de la idea de globalización para ocultar las políticas imperialistas de colonización, y también para pensar en la evaluación que las generaciones posteriores realizarán sobre la historia de nuestra época. El británico aquí retoma pasajes de Pink Floyd pero añade rabia al viaje introspectivo sonoro que impregna sus composiciones. Tanto desde lo conceptual como lo musical, Amused to Death es tal vez el disco más representativo de la carrera solista de un compositor que abrió sus entrañas a un mundo desgarrador para enfrentarlo exponiendo sus más oscuros temores.

 

 

Flickering Flame: The Solo Years Volume 1 (2002), por Marcos Arenas:

 

Tratándose de la única compilación oficial de la carrera de Waters, el enfoque encarado por Flickering Flame: The Solo Years Volume 1 es bastante extraño ya que por un lado combina una buena dosis de material en vivo y de bandas sonoras con clásicos de su por entonces trilogía de estudio como solista, léase The Pros and Cons of Hitch Hiking (1984), Radio K.A.O.S. (1987) y Amused to Death (1992), y por otro lado ordena de manera un tanto heterogénea las canciones, a la manera de Echoes: The Best of Pink Floyd (2001) y The Best of Pink Floyd: A Foot in the Door (2011), proponiendo un flujo no cronológico que se siente a veces un poco caótico considerando que hablamos de canciones que pertenecen a discos en esencia conceptuales cuya integridad marca a fuego cada uno de los tracks en tanto piezas de un todo. De todas formas -para qué negarlo- también hay que reconocer que si se llegasen a ordenar cronológicamente los mismos temas, el asunto mejoraría hasta ahí porque seguirían dando la sensación de sketchs cortados/ aislados de su contexto específico, el álbum donde nacieron en primera instancia.

 

El compilado abre con Knockin’ on Heaven’s Door, un cover a cargo de Waters del clásico de Bob Dylan aparecido en su forma original en el soundtrack de Pat Garrett and Billy the Kid (1973), del enorme Sam Peckinpah. En la canción, la cual formó parte de la banda sonora del film The Dybbuk of the Holy Apple Field (1998), el británico adapta sin dificultad a su personalidad esta autoelegía de un pistolero que muere frente a su madre, sirviéndose sobre todo de sus habituales coros femeninos y su maravilloso “estilo susurrado” como vocalista: hablamos de una versión digna y no mucho más, a decir verdad. Too Much Rope es sin duda una de las composiciones más sentidas del extraordinario Amused to Death, aquel análisis de Waters acerca de la omnipresencia lobotomizadora de los medios de comunicación, la vileza de los gobiernos y sus guerras a distancia, el crecimiento de la pobreza en todo el planeta y la concentración de la riqueza en manos de un puñado de grandes conglomerados capitalistas. El tema incluye un memorable dardo contra Bob Ezrin, productor principal de The Wall (1979), quien luego continuó trabajando con el Pink Floyd de David Gilmour en A Momentary Lapse of Reason (1987): “cada hombre tiene su precio, Bob/ y el tuyo es bastante bajo”. La letra asimismo unifica una pluralidad de situaciones, combinando “un pobre hombre que vende sus riñones en un bazar colonial” con dos oligarcas charlando sobre modelos de Ferrari, el estrés postraumático de los veteranos de guerra, la manipulación de la información y la apatía que despierta la TV en el grueso de la población. El estribillo en especial es supremo porque pone de relieve que “no tienes que ser judío para desaprobar el asesinato” y aquello de que si se le da “mucha cuerda” a cualquier ser humano, terminará jodiéndolo todo.

 

Antes de adentrarnos en The Tide Is Turning, conviene recordar que los sintetizadores y las drum machines fueron los principales soportes de Radio K.A.O.S., aquella interesante alegoría acerca del conservadurismo repugnante de los thatcherianos/ reaganeanos años 80, haciendo foco en Billy, un joven discapacitado que está confinado a una silla de ruedas y que mantiene conversaciones con Jim, el disc jockey de la estación radiofónica del título del disco. La canción es uno de los más bellos, más simples y más directos ejemplos de Waters en “formato optimista” a posteriori de Live Aid, dos megaconciertos de 1985 -y grabaciones discográficas varias- a cargo de Bob Geldof que apuntaron a recaudar fondos a beneficio de Etiopía y Somalia en busca de disminuir la hambruna endémica en países destruidos por la guerra civil y la extracción de recursos naturales a manos de las potencias internacionales. De todas formas, el inglés no deja pasar la ocasión para denunciar la programación basura de los multimedios, las figuras berretas del chauvinismo yanqui a lo Sylvester Stallone (ataque personal incluido), el trasfondo ridículo de los enfrentamientos de la Guerra Fría y la obsesión con la tecnología de las mayorías idiotizadas por el mercado.

 

A continuación sigue una de las obras maestras del Amused to Death, Perfect Sense, pero bajo su encarnación en vivo aparecida en In the Flesh (2000): la canción arranca con un fragmento de la famosa escena de 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968), de Stanley Kubrick, en la que el astronauta Dave Bowman (Keir Dullea) comienza a desconectar la computadora HAL 9000, un segmento que por cierto el inglés no pudo incluir en la primera encarnación del tema -la del disco de estudio- por la negativa del director, y luego muta en una metáfora antiarmamentista y antiignorancia popular basada en un piano y una vocalización hiper soulera cortesía de la gran P.P. Arnold, quien canta una genial letra de Waters sobre monos homologados a seres humanos cuya existencia es puro conformismo y desinterés egoísta para con cualquiera que no sea ellos mismos, negando su historia y su propia memoria y entregándose a un odio tonto dirigido desde el poder y sus testaferros. De allí se origina el mantra de la segunda parte, transformado en himno: “¿no lo puedes ver? Todo tiene perfecto sentido/ expresado en dólares y centavos/ libras, chelines y peniques/ ¿no lo puedes ver? Todo tiene perfecto sentido”. La experiencia se acopla además con una parodia a las recaudaciones televisivas de fondos, la mega idiotez de los relatores deportivos y el hambre de lucro por detrás de cada segundo de aire de los mass media, casi siempre despreocupados por la calidad de los productos que venden al público.

 

Three Wishes es otra joya del Amused to Death, ahora retomando el viejo tópico de los genios o djinns atrapados en lámparas que cuando uno las frota salen y conceden deseos: el narrador lamenta que luego de utilizar sus tres deseos de turno (que la Guerra del Líbano finalice, que alguien lo ayude a escribir la presente canción -quizás un guiño positivo a sus viejos colegas de Pink Floyd- y que su padre no haya muerto en la Segunda Guerra Mundial), ya no le quede ninguno para lograr que su compañera vuelva a sus brazos, con la guitarra de Jeff Beck de fondo brillando en todo su esplendor y logrando algo similar a lo hecho por Eric Clapton en The Pros and Cons of Hitch Hiking en lo que respecta a actualizar el “sonido Floyd”, esa amalgama entre la desesperación y la quietud. De hecho, desde el The Pros and Cons of Hitch Hiking llega la siguiente canción, 5:06 AM (Every Stranger’s Eyes), injustamente la única que representa tamaño opus de Waters dentro del Flickering Flame: The Solo Years Volume 1; un tema que ya comentamos en ocasión de la crítica previa del disco y que sintetiza el costado humanista de la obra del señor vía la necesidad de reconocerse en los extraños que uno se cruza en el camino como partes de la misma humanidad, más allá de las diferencias circunstanciales (a decir verdad, funciona casi como una súplica en pos del cese de toda hostilidad y de ese ventajismo cíclico que impulsa el sistema capitalista).

 

Who Needs Information es la presentación en sociedad de Benny, el hermano de Billy, el protagonista de Radio K.A.O.S., mediante una arquitectura popera que unifica elementos del pasado (coros y saxos) con ingredientes más de la década del 80 (baterías programadas y una producción con mucho eco): es en esencia una buena canción que planta bandera sobre el neoliberalismo execrable del período -ese que sigue hasta nuestros días- bajo la forma del trabajo de Benny, la minería, del cual es despedido por las reformas thatcherianas en el sector que llevarían a una célebre huelga minera en el Reino Unido de 1984 a 1985, esa que terminó con la victoria de la Primer Ministro y el lamentable debilitamiento del movimiento sindical británico (en Radio K.A.O.S. para colmo Benny termina preso por protestar contra el gobierno). Each Small Candle, por su parte, fue el único tema nuevo que ofreció In the Flesh dentro de la generosa selección de aquel álbum doble en vivo, una maravillosa canción con una intro muy floydiana y guitarrera en la que Waters afirma que sólo lo asusta “la ciega indiferencia de un mundo despiadado e insensible” para a continuación regalarnos una -atípica para él- anécdota de redención en la que un soldado, durante los conflictos armados en Albania, deja de lado su fusil y ayuda a una mujer desesperada con un bebé sollozante en sus brazos. Toda la composición es genial y se las ingenia para citar el pasado vía solos apoteóticos de guitarras, líneas varias de sintetizadores y momentos bien rockeros que enfatizan el súper necesario mensaje de fondo considerando el rumbo que va tomando el mundo, eso de que “cada pequeña vela ilumina una esquina de la oscuridad”.

 

Flickering Flame es un demo muy íntimo, registrado en 2001, de una canción hermosa que subraya la necesidad de luchar hasta el final y militar en pos de la paz y la igualdad en el despiadado capitalismo bélico/ financiero de nuestros días, ahora con una guitarra acústica y otra eléctrica conduciendo una composición con una fuerte impronta dylaniana en su paseo por diferentes personajes y viñetas con los que se encuentra el protagonista en tanto instantes varios de una vida variopinta y siempre abierta a la sorpresa, remarcando que hay que aflojar con el ego para liberarse de las estupideces del mercado y atesorar a los seres queridos… pensemos en la belleza de versos como “apenas sin ser visto, más allá del próximo rango/ sentiré el calor de una llama parpadeante”. El estribillo también resulta notable en este sentido: “como Gerónimo, como Quinn, el esquimal/ como los Pies Negros y como los Arapajós/ como Caballo Loco, seré el último en dejar a un lado mi arma”. En ocasión de Towers of Faith tenemos una de las dos canciones vocales, y la más recordada también, que Waters compuso para el soundtrack de Cuando Sopla el Viento (When the Wind Blows, 1986), la excelente película de animación de Jimmy T. Murakami, una fábula antibélica durísima sobre el proceso de deterioro radiactivo que padecen dos ancianos ante la caída de una bomba neutrónica. El tema en sí es otra maravilla símil Animals (1977) o The Wall (1979) basada en la guitarra de Jay Stapely y el contrapunto vocal entre el señor y Clare Torry, aquella cantante que se lució a más no poder en The Great Gig in the Sky, de The Dark Side of the Moon (1973); la muy inspirada letra ridiculiza las religiones organizadas (judaísmo, Islam, cristianismo, etc.) y denuncia las infinitas guerras en Medio Oriente en nombre del poder, la fe, el dinero o los recursos naturales como el petróleo, un triste ideario que vive destruyendo el planeta en consonancia con una codicia y una ceguera sin límites que no dejan nada en pie.

 

Radio Waves, por su parte, en su momento funcionó como la apertura del Radio K.A.O.S., un tema con una base pegadiza de sintetizadores en la que Waters por un lado enfatiza la confusión informativa/ comunicacional contemporánea y por el otro introduce al protagonista del disco, Billy, quien posee la capacidad de captar directamente en su mente todo flujo de mensajes vía ondas radiales, lo que motiva el hilarante intercambio entre el idiota del locutor radial (representante del oscurantismo y la ignorancia de los payasos que pueblan los mass media) y el joven (paradigma del ciudadano ninguneado/ traicionado que quiere contar su historia de vida al mundo porque no consigue ser escuchado ni por el estado ni por los grandes medios de comunicación). Finalmente Lost Boys Calling es una verdadera rareza, un demo de una canción que luego aparecería como parte de la banda sonora de La Leyenda de 1900 (La Leggenda del Pianista sull’Oceano, 1998), aquel extraño aunque interesante film de Giuseppe Tornatore: una mínima línea de teclados y una melodía apesadumbrada constituyen el background principal para esta elegía sobre la inevitable muerte de la niñez. La composición cuenta con toda la fuerza dramática que uno esperaría de un misántropo de corazón sensible como Waters, quien siempre consigue combinar el examen meticuloso del presente con el recuerdo -más despojado que melancólico- de un pasado que no vuelve más, por más actitudes patéticas encaren los adultos (vivimos en una época que se sumerge de lleno en añoranzas cíclicas y diversas evasiones de la realidad) o alicientes vacuos nos venda el mercado (el argot mortuorio del tema apunta precisamente a tomar conciencia de la pérdida y celebrar la fantasía de lo que pudo haberse dado en la niñez… pero no se dio).

 

Desparejo y al mismo tiempo ameno, Flickering Flame: The Solo Years Volume 1 ofrece una introducción un tanto incompleta para los que recién se aventuran en la trayectoria del ex Pink Floyd aunque reserva varias sorpresas a aquellos fans más conocedores que sin embargo se limitaron a escuchar sólo los discos de estudio del señor, compilando mucho de lo mejor que hizo por fuera de sus proyectos principales o para el ámbito del séptimo arte, un medio al que el británico siempre le tuvo mucho cariño. Dicho de otro modo, la perspectiva inconformista típica de Waters, aplicada a un trabajo más “libre” como un compilado símil greatest hits (todo un baluarte en estos años de merma significativa de venta de discos por la piratería y por precios desproporcionados de los mismos en algunos mercados del Tercer Mundo como la Argentina), no termina de dar todos los resultados positivos esperados pero por lo menos ofrece más canciones inesperadas que las que suelen aparecer en las recopilaciones discográficas de las últimas décadas de otros artistas, los cuales por regla general apuestan a seguro y relegan a las “rarezas por descubrir” a los box sets más caros e inalcanzables para el aficionado promedio de la obra de Floyd y/ o el Waters solista.

 

 

Is This the Life We Really Want? (2017), por Martín Chiavarino:

 

El quinto disco de estudio de la carrera solista de Roger Waters, Is This the Life We Really Want?, es un álbum de 12 temas producido por Nigel Godrich, el aclamado productor e ingeniero de sonido que ha trabajado con Radiohead, Beck, Charlotte Gainsbourg, The Beta Band, Air y Paul McCartney, entre otros. La placa marca el regreso de Waters a las melodías psicodélicas, utilizando texturas sonoras y temáticas tomadas del Amused to Death (1992) para combinarlas con pasajes sonoros típicos de las canciones que caracterizaron su estilo de composición en Pink Floyd.

 

A través de un tono absolutamente crítico y nihilista, Waters encuentra las claves para analizar las contradicciones del capitalismo y de la cultura del consumo hedonista que aqueja a nuestra época siguiendo el hilo de The Pros and Cons of Hitch Hiking (1984), Radio K.A.O.S. (1987) y el ya citado Amused to Death. A esta altura ya no sólo cabe decir que todos los discos del británico tienen una matriz conceptual general que puede ser relacionada, asimismo debemos agregar que todos los temas de los álbumes están conectados con distintas canciones de la carrera del músico, ya sea que hablemos de su trayectoria solista o de su etapa con Pink Floyd, enfatizando obsesiones y recurrencias que regresan una y otra vez como fantasmas en los temas de un disco que es, hasta ahora, la culminación y/ o consumación de las ideas más acabadas de la ideología construida por el artista a lo largo de su vida desde la más pura coherencia humanista de izquierda.

 

La placa abre con When We Were Young, un tema breve en el que un reloj marca el discurso de un Waters realmente enfadado por el devenir del mundo, y continúa con Déjà Vu, una canción que combina una guitarra y un piano sosegados y melancólicos, adelantando en parte el tono del disco sobre los peligros de jugar a ser Dios. El tema es en términos conceptuales una suerte de cuarta parte de What God Wants, aquella genial canción del Amused to Death, que marca la superación de la idea de Dios en general y del “Dios dinero” en particular, comparándolo incluso a un dron que vigila y puede matar a cualquiera desde las alturas sin ser divisado ni percibido. A la vez denunciando las contradicciones de una cultura cada vez más estancada y señalando los errores de la mitología soberbia y delirante del Dios judeocristiano de Occidente, la canción introduce los primeros atisbos de lo que será la crítica social del disco y su conexión con el resto de la obra del artista inglés.

 

Mientras que The Last Refugee reconstruye desde una impronta semi baladística la historia de un refugiado que sobrevive a una gran guerra, Picture That es un tema marcado por un teclado futurista y un Waters desaforado que también remite estructuralmente a What God Wants, aunque a nivel temático nos lleva a pensar en una distopía tecnodependiente demasiado similar a la realidad en la que habitamos hoy por hoy, en esencia funcionando como un ejercicio para analizar los atolladeros del capitalismo, la apatía social/ cultural del presente y la levedad pueril de los viejos y nuevos medios de comunicación (incluidas las redes sociales, la propaganda estatal y la manipulación informativa/ publicitaria del conglomerado mainstream de los mass media). Broken Bones discurre sobre la necesidad de analizar el pasado, no abandonarlo, recuperar la memoria y ejercerla para enfrentarse a los mismos que condujeron al mundo por el camino del sueño americano transformado en una pesadilla aceptada desde la pasividad popular.

 

El furibundo tema que le da nombre al disco funciona como eje para analizar toda la obra en cuestión ya que relaciona el miedo que puso a Donald Trump en el cargo de presidente de Estados Unidos con la pérdida de derechos y libertades entregados en todos los países del mundo a cambio de una supuesta seguridad de naturaleza paranoica, y en simultáneo denuncia las matufias del susodicho en el campo inmobiliario y su tendencia a dejar sin hogar a familias enteras a lo largo y ancho del país del norte basándose en el negocio execrable de las hipotecas. El músico señala aquí, en contraste a la indiferencia y el silencio de la comunidad global de nuestros días, a la solidaridad y la empatía como características que la sociedad va perdiendo en una era de competencia en la que las personas no sólo buscan triunfar sino que el otro fracase para sentirse realizados en un vacío existencial cada vez más profundo, abismal y perturbador (la canción incluye una muy graciosa comparación entre los hombres y las hormigas en la que los insectos salen muy favorecidos debido a que ellos no tienen ninguna responsabilidad en el marasmo actual y gracias a que en esa infinita repetición de los mismos comportamientos por lo menos no encontramos el coeficiente intelectual suficiente para “diferenciar entre el dolor que otras personas sienten y bueno, por ejemplo, cortar hojas…”).

 

Bird in a Gale es también otro tema furioso de climas psicodélicos sobre la necesidad de la libertad de expresión ante la acuciante pérdida de derechos civiles. En The Most Beautiful Girl la voz de Waters se impone sobre un piano dramático y melancólico para describir la pasión entre un hombre y una mujer fallecida en una explosión y la desgarradora congoja posterior ante la pérdida. Smell the Roses, el primer single del disco, es una canción que en términos musicales remite indefectiblemente a Have a Cigar, clásico del Wish You Were Here (1975) de Pink Floyd, para analizar la falta de humanidad de las personas segadas por el afán de lucro en medio de la guerra y la pantomima manipuladora de la sociedad del espectáculo, hombres y mujeres que sucumben en la razón instrumental y sólo pueden ver el valor de uso y de cambio en la naturaleza, los objetos construidos y los individuos que los rodean.

 

Wait for Her marca el inicio del fin del disco al convertir en canción un extraordinario poema del poeta palestino Mahmoud Darwish, en el que el carácter femenino funciona como metáfora del amor, el respeto, la ética, la paciencia y ese entendimiento recíproco a defender frente al embate de aquellos que lo acosan, incluso a costa de la propia muerte. Oceans Apart conduce la belleza y la entereza del trabajo de Darwish a través de la guitarra y el teclado hacia el magnífico tema que cierra el disco, Part of Me Died, donde Waters construye una lista de las calamidades psicopáticas del mundo en el que vivimos y abre la esperanza a un futuro mejor a condición de la renuncia de esos rasgos prototípicos de la humanidad contemporánea (envidia, frialdad, violencia eufórica, codicia, mentalidad colonial, hambre de sangre, ceguera, estupidez/ ignorancia, cinismo, asesinos pintados de héroes, egoísmo, mentiras institucionales y religiosas, indiferencia, falta de ética, comunicación reducida a publicidad y propaganda, adicción masiva a la basura televisiva y deportiva, liviandad bobalicona vía redes sociales, etc.).

 

En Is This the Life We Really Want?, Roger Waters sopesa la belleza del mundo con la violencia, las guerras incansables, la oligarquía financiera/ mediática y el capitalismo salvaje desatado contra las capas sociales medias y bajas en pos de la exclusión total desde un odio de clase visceral, planteando en cambio la necesidad de resistir más allá de la desesperanza, sin jamás claudicar, y convirtiéndose en el trajín en un trovador aguerrido que propone la bandera de la solidaridad como respuesta humana ante el hedonismo consumista, el egoísmo del mercado y la adoración consuetudinaria al “Dios dinero”.

 

 

BONUS: In the Flesh (2000), por Marcos Arenas:

 

Sin lugar a dudas el disco que nos ocupa es el mejor trabajo solista de Waters en vivo, superando por mucho al flojo The Wall- Live in Berlin (1990), aquel combo pluriforme lleno de invitados que no cuadraban con el material de base, y también al digno Roger Waters: The Wall (2015), correspondiente a la gira mundial en la que tocó íntegramente el mítico trabajo centrado en ese muchacho llamado Pink. Por otro lado, el álbum doble In the Flesh califica también como el registro en directo más completo, heterogéneo y representativo de toda su carrera, con un rango que abarca las placas más famosas de Pink Floyd, joyas ocultas varias y las canciones más gloriosas de su etapa solista, con especial cariño dedicado al gran Amused to Death (1992).

 

De hecho, la intención de fondo de Waters fue aunar mediante el registro en vivo la trilogía conceptual alrededor de la locura posmoderna y los diferentes factores que la solidifican y la amplían, la conformada por The Dark Side of the Moon (1973), The Wall (1979) y el mencionado Amused to Death. La banda principal que lo acompañó en el megatour homónimo -con el que recorrió el planeta en el período que va desde 1999 al 2002- estuvo compuesta por Doyle Bramhall en guitarra y voz, Andy Fairweather Low en bajo, Snowy White en guitarra, Andy Wallace en teclados, Jon Carin en programaciones y voz, y finalmente el propio Waters en bajo, guitarra acústica y voz.

 

El primer disco arranca con In the Flesh, gran clásico de The Wall y un excelente comienzo -bien rockero- para el show, algo así como la presentación formal del amigo Pink antes de que comience la narración propiamente dicha del disco en torno a su infancia y su ascenso musical/ político/ social. The Happiest Days of Our Lives y Another Brick in the Wall, Part II aparecen unificadas como en la placa de estudio, conformando las dos partes de un mismo hit antiabusos escolares perpetrados por los docentes y su soberbia (gran trabajo en guitarra de Bramhall). Luego sigue Mother, otra gloria de The Wall, un análisis sobre el Complejo de Edipo y el arte de los padres de trasladarles sus frustraciones, miedos y miserias a sus hijos, hoy cantada a dúo entre el señor y una enérgica Katie Kissoon… siempre es memorable el “no” masivo y/ o abucheo del público en la mítica línea “madre, ¿debería confiar en el gobierno?”.

 

Por su parte Get Your Filthy Hands Off My Desert y Southampton Dock son la primera y segunda parte de un mismo rescate hiper merecido para con The Final Cut (1983), una de las joyas del catálogo de Pink Floyd, reflexión sobre las muertes ridículas y profundamente delirantes que provocan las contiendas armadas, la estupidez y manipulación gubernamental detrás de la Guerra de Malvinas (con misiles verbales contra Margaret Thatcher y Leopoldo Galtieri) y la nostalgia y el dolor de los seres queridos frente a aquellos que parten a los conflictos o mueren inútilmente en ellos.

 

Pigs on the Wing, Part 1 es una hermosa plegaria del Animals (1977) en pos del entendimiento recíproco entre seres humanos, fundamentalmente para que abandonen el egoísmo de siempre. A continuación llega Dogs en una muy buena versión de otra de las canciones fundamentales del Animals, aquella reinterpretación a la Waters de Rebelión en la Granja (Animal Farm, 1945), la legendaria novela de George Orwell sobre la corrupción del poder político y la historia del régimen comunista soviético hasta el ascenso del estalinismo, en esta oportunidad con Bramhall reemplazando a David Gilmour con una enorme prolijidad y eficacia en esta sátira del canibalismo, la vacuidad, la intercambiabilidad y la falta de respeto hacia la vida por parte de los “hombres de negocios”, paradigmas del inmundo y despiadado sistema capitalista.

 

El segmento del recital correspondiente al Wish You Were Here (1975) comienza con Welcome to the Machine, un himno contra la industria discográfica y su estandarización berreta de los modelos de “sedición”, apenas comportamientos estancos para que la máquina de hacer dinero del título siga exprimiendo a los artistas para transformarlos en productos insignificantes, hoy con un gran trabajo en teclados por parte de Wallace. A continuación viene Wish You Were Here, clásico absoluto en honor a Syd Barrett, el primer cantante, compositor y líder de Pink Floyd; aquí el propio Waters reemplaza a Gilmour dándole a la composición un aura muy nostálgica a través de la voz grave y cavernosa del señor. El esperable cuelgue floydiano llega con el tercer tema al hilo del Wish You Were Here, Shine on You Crazy Diamond, Pts. I–VIII, otro sentido homenaje a Barrett con coros majestuosos como acompañamiento.

 

Ya cerrando la primera parte de la placa, Set the Controls for the Heart of the Sun funciona como otro rescate bien concienzudo, un hipnótico tema de A Saucerful of Secrets (1968) que viene a representar dentro del repertorio del recital aquella primera encarnación de Floyd, más volcada al surrealismo y las ensoñaciones espaciales/ futuristas/ lisérgicas, apuntaladas a su vez en pasajes instrumentales muy meticulosos y a veces despampanantes.

 

El segundo disco comienza con la que fuera la doble apertura de The Dark Side of the Moon, Speak to Me/ Breathe (In the Air), cantada a dúo por Bramhall y Carin; el tema mantiene su vigencia bajo la forma de una metáfora etérea acerca del medio ambiente y el ciclo de la vida y la muerte en general. Time es otro clásico inoxidable de la placa emblema del grupo de Waters, quien vuelve a reemplazar en vivo a Gilmour como el vocalista principal (Bramhall ayuda en el segmento final de la canción): estamos ante un examen preciso sobre la poca conciencia social en torno a la importancia de nuestro tiempo en la tierra y la incapacidad para recuperarlo bajo ningún concepto, mucho menos adjudicándole un valor monetario, lo que por supuesto nos lleva al siguiente tema… Money es quizás la composición más famosa de The Dark Side of the Moon y también la más radical en cuanto a su letra, en esta ocasión cantada en solitario por Bramhall, cuyo eje pasa por un ataque a la obsesión del capitalismo por acumular riqueza a costa de absolutamente todo y llegando de manera constante al ridículo del lujo de la plutocracia que nos gobierna, la misma que convive con una pobreza cada día más extendida entre el grueso del pueblo, siempre condenado a una falta total de expectativas de progreso a futuro (gran versión en vivo basada en una sutil complementación interna por parte de la banda). El único tema de The Pros and Cons of Hitch Hiking (1984) es 5:06 AM (Every Stranger’s Eyes), un tesoro luminoso que nos permite soñar con lo que hubiese sido un registro de todo el disco en vivo (el cual por cierto calza perfecto con la disposición susurrante del señor hoy por hoy).

 

El esperado momento dedicado al Amused to Death llega con Perfect Sense, joya de la que ya pudimos hablar en ocasión del Flickering Flame: The Solo Years Volume 1 (2002), un poema sonoro en el que los monos/ seres humanos sucumben a la idiotez de manera cotidiana y son objeto de una manipulación desde los sectores económicos oligopólicos y el poder político para que los sigan convalidando y se sometan a sus caprichos bélicos/ consumistas, internalizándolos como propios. The Bravery of Being Out of Range es otro tema extraordinario del Amused to Death, una especie de anticipo conceptual de lo que más adelante sería el también genial Is This the Life We Really Want? (2017): aquí Waters le pega a los generales, los políticos y todos los testaferros de la guerra unilateral a la distancia -dirigida vía satélites- de la actualidad, acusándolos de cobardía, mediocridad y una deshumanización que sólo sirve para mantener en funcionamiento la industria bélica y los complejos privados multinacionales asociados a la reconstrucción de zonas arrasadas por misiles que hoy mutaron en drones y demás dispositivos para el asesinato “fuera del alcance” del fuego enemigo, un adversario que no pasa de ser una excusa circunstancial para continuar con el ciclo de la depredación encabezada por las potencias occidentales en Medio Oriente (la desproporción absoluta de los bandos en lucha también está presente en la canción: uno con todos los artilugios tecnológicos imaginables y el otro sumido en el pasado medieval).

 

It’s a Miracle funciona como una gran parodia -con un marcado tono trágico- del consumismo superfluo, estúpido y vulgar del capitalismo, cuyo contrapunto pasa por la miseria que padecen los pueblos: Waters aprovecha su voz grave al extremo y subraya aquel legendario misil contra los musicales basura del impresentable Andrew Lloyd Webber (“los bodrios horribles de Lloyd-Webber siguen por años y años y años/ un terremoto golpea el teatro pero la opereta continúa/ luego cae la tapa del piano y rompe sus putos dedos/ es un milagro”). El último tema con representación en vivo del Amused to Death es el que le da el título a la placa, un estudio esplendoroso acerca de la indiferencia y la apatía de los ciudadanos contemporáneos reconvertidos en consumidores sin sentimientos ni capacidad de raciocinio por su cuenta gracias a la acción de los mass media, los grupos económicos y un gobierno execrable y mitómano; qué decir de ese final basado en un apocalipsis futuro y una civilización extraterrestre visitante cuyos antropólogos terminan concluyendo que la humanidad se entretuvo a sí misma hasta morir… ¡sublime!

 

El desenlace oficial del recital se da con la dupla que cierra el The Dark Side of the Moon, Brain Damage y Eclipse, dos parábolas eternas y épicas sobre la delgada línea que separa a la alienación de la cordura, el fantasma acechante de la felicidad naif de la infancia, la hipocresía social de confinar a los lunáticos en manicomios, la falta de un tratamiento que realmente alivie los trastornos de los dementes y finalmente el éxtasis imaginativo/ psicológico -homologado a la gloria de los movimientos cósmicos en la canción- al que los susodichos pueden aspirar y que resulta inalcanzable para los cuerdos. Vale aclarar que con motivo de Eclipse, aquí se bajan unas cuantas revoluciones con respecto al trabajo en estudio y está perfecto que así sea porque Waters es un señor entrado en años y la grandilocuencia ahora es conceptual ante todo, con un acompañamiento musical más relajado y menos pomposo que aquel de The Dark Side of the Moon.

 

Ahora bien, el primer bis llega de la mano de Comfortably Numb, clásico de clásicos de The Wall, en esta oportunidad de nuevo con Waters cantando el comienzo y luego cediendo la voz a Bramhall -muy buen solo de guitarra, dicho sea de paso- para el estribillo marca registrada de Gilmour: la canción no pierde vigencia en tópicos como la autoindulgencia de las estrellas de rock y las figuras públicas, la pérdida de una vida más sencilla (si es que acaso alguna vez llegaron a conocerla) y cómo muchas veces son explotados por su entorno mediante médicos asalariados, representantes inescrupulosos y un ejército de fanáticos que terminan despedazando los últimos ápices de sanidad. Como ya señalamos anteriormente cuando hablamos de Flickering Flame: The Solo Years Volume 1, Each Small Candle es el único tema nuevo del In the Flesh, una composición muy en sintonía con Floyd que pone el foco en un caso de redención militar poco habitual dentro de la carrera de Waters: la presente es una magnífica coda que unifica el pasado musical del inglés con sus preocupaciones temáticas actuales, apostando a un futuro mejor a pesar de los múltiples desastres provocados por la humanidad a lo largo del Siglo XX y lo que va del XXI.

 

La placa toma la forma de una síntesis muy lograda del camino recorrido por el artista a lo largo de los años, centrándose en un abordaje respetuoso para con las composiciones originales de estudio y una prodigiosa selección de temas que se acoplan conceptualmente los unos con los otros, trayendo a colación una coherencia innegable a nivel ideológico en todo su derrotero profesional. Waters continúa conjugando un nihilismo positivo/ creador, una buena dosis de misantropía volcada a la denuncia política y finalmente un humanismo que no deja de ponderar la necesidad de un entendimiento mutuo lejos de la sombra omnipresente del capital financiero, el mercado consumista, los medios de comunicación del mainstream y la industria de la guerra ad infinitum, ingredientes de un ciclo de necedad destinado al suicidio colectivo y la destrucción de la Tierra… a menos que tomemos conciencia del daño, lo sopesemos con datos reales y actuemos en consecuencia en pos de revertirlo cuanto antes.