Sébastien Japrisot fue un escritor y guionista francés que tenía por fetiche rearticular los componentes de los relatos criminales tradicionales, jugar con las múltiples perspectivas para cada hecho narrado, poner a la capacidad de convencimiento de los sujetos por sobre la verdad concreta o el arcano de fondo de la trama, analizar las minucias de la subjetividad idiosincrásica y en suma sabotear las expectativas en sí del consumidor cultural promedio introduciendo numerosas lagunas en materia de la información o los datos centrales que deben ser llenadas por el público basándose no tanto en la resolución explícita o implícita del último acto sino en la comparación y la síntesis de todo lo expuesto a lo largo del desarrollo dramático, amén de la clásica y sutil contraposición de esos puntos de vista más o menos opuestos a los que nos referíamos con anterioridad. Más allá de su colección de novelas policiales y de otros géneros correspondiente a su derrotero literario autocontenido, el señor estuvo muy vinculado al séptimo arte desde el principio de su carrera mediante la escritura de muchos guiones originales y/ o de numerosos libros que posteriormente fueron adaptados a la gran pantalla, pensemos por ejemplo en propuestas tan variopintas como Crimen en el Coche Cama (Compartiment Tueurs, 1965), de Costa-Gavras, Trampa para Cenicienta (Piège pour Cendrillon, 1965), de André Cayatte, El Pasajero de la Lluvia (Le Passager de la Pluie, 1970), de René Clément, La Dama del Auto con Lentes y un Fusil (The Lady in the Car with Glasses and a Gun, 1970), de Anatole Litvak, La Carrera de la Liebre a través de los Campos (La Course du Lièvre à travers les Champs, 1972), también de Clément, Historia de O (Histoire d’O, 1975), de Just Jaeckin, Verano Asesino (L’Été Meurtrier, 1983), de Jean Becker, La Fortuna de Vivir (Les Enfants du Marais, 1999) y Un Crimen en el Paraíso (Un Crime au Paradis, 2001), ambas asimismo del amigo Becker, Amor Eterno (Un Long Dimanche de Fiançailles, 2004), conocida propuesta de Jean-Pierre Jeunet, Trampa para Cenicienta (Trap for Cinderella, 2013), de Iain Softley, y La Dama del Auto con Lentes y un Fusil (La Dame dans l’Auto avec des Lunettes et un Fusil, 2015), de Joann Sfar, todos trabajos que enfatizan los puntos en común entre la confusión retórica de las páginas y el misterio detrás de las historias enrevesadas de las películas en cuestión.
Quizás el trabajo más curioso y enigmático de su trayectoria sea también el aparentemente más simple, la recordada Adiós al Amigo (Adieu l’ami, 1968), dirigida por Jean Herman y coescrita entre este último y Japrisot, una reformulación extraña e iconoclasta de las faenas de atracos o heist movies que por un lado recupera algo de la colección de complicaciones paradigmáticas del formato, en sintonía con Mientras la Ciudad Duerme (The Asphalt Jungle, 1950), de John Huston, Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), de Jules Dassin, y Casta de Malditos (The Killing, 1956), de Stanley Kubrick, y por el otro lado apela al sustrato inconformista y semi experimental de siempre de un Japrisot que no da demasiadas precisiones en lo que atañe a la motivación del robo de turno, apuesta por comportamientos algo mucho bizarros por parte de los dos protagonistas principales, vuelve a indagar en su idea recurrente en materia del carácter cuasi improvisado de la planificación tanto delictiva como institucional, retiene información a todas luces crucial cual abstracción irónica que abre el asunto a las interpretaciones, y para colmo coquetea con un vínculo homoerótico de insólita intensidad en el que la fidelidad y la cortesía entre ladrones terminan siendo mucho más nobles y honestas que la perfidia insistente de la policía y las fuerzas de represión en general, un esquema narrativo que en su conjunto contrasta fuertemente con las aburridas y pueriles sobreexplicaciones hollywoodenses en cuanto a esa manía del enclave anglosajón con clarificar cada pequeño detalle de la aventura como si la capacidad de raciocinio del espectador estuviese afectada o -incluso peor- éste ya no contase con imaginación propia y dependiese al cien por ciento de la siempre mediocre inducción discursiva del mainstream. El trasfondo de excepcionalidad del convite abarca además a Herman, quien trabajaría de nuevo con Delon en la muy inferior Jeff (1969), aquí entregando su única película popular y valiosa como realizador porque fue mucho más conocido como guionista al haber escrito Bajo Custodia (Garde à Vue, 1981), de Claude Miller, Día de Perros (Canicule, 1984), de Yves Boisset, y tres célebres vehículos comerciales para Jean-Paul Belmondo, Policías y Ladrones (Flic ou Voyou, 1979), del gran Georges Lautner, El Rey del Timo (Le Guignolo, 1980), también de Lautner, y El Marginal (Le Marginal, 1983), del inefable Jacques Deray.
La historia transcurre en el período de ociosidad y desprestigio absoluto militar posterior a la finalización de aquella Guerra de Independencia de Argelia (1954-1962), cuando son desmovilizados Dino Barran (Alain Delon), un adusto médico legionario que pretende abandonar definitivamente el servicio por estar harto de las masacres y las órdenes, y Franz Propp (Charles Bronson), un norteamericano siempre sonriente y bastante picarón que primero planea formar un pelotón de mercenarios para combatir en el Congo, algo que se viene abajo porque Barran se niega a unírseles como oficial médico del grupo, y después se dedica a ser proxeneta de una bella señorita llamada Catherine (Marianna Falk), a la que utiliza para ingresar en una mansión y robar a tres ricachones inmundos que pretendían una orgía sadomasoquista con la muchacha, salvándola de su funesto destino. Dino rápidamente termina inmiscuido con una tal Isabelle Moreau (Olga Georges-Picot), una femme fatale que trabaja de fotógrafa en Synteco, empresa parisina que se dedica a los subproductos del petróleo y la fabricación de fibras sintéticas, quien había planeado con un colega de Barran, Mozart, fiel amante de la fémina, abrir una caja fuerte que se encuentra en una habitación pegada al consultorio médico de la casa central de la compañía. La chica supuestamente no pretende llevarse el dinero para el pago de sueldos que de seguro hallarán sino reintroducir unos bonos al portador por 50 mil francos que parecen haber sido robados por el ignoto jefe de contaduría, proyecto un tanto demente al que se suma Dino por culpa ya que viene de matar por accidente en Argelia al mentado Mozart, su otrora mejor amigo, al confundirlo con un adversario en medio de las balaceras. Propp sabe que el personaje de Delon algo se trae entre manos y por ello lo sigue y ambos quedan encerrados durante la víspera de Navidad durante tres días en la fortificación de Synteco, llena de sistemas de seguridad y con rondas de vigilancia cada 12 horas y sin luz, aire, comida o agua, período que utilizan para probar miles de combinaciones para la caja fuerte ya que son siete dígitos pero sólo cuentan con tres números, descubiertos por fotos tomadas en secreto desde el consultorio. No pasa mucho tiempo hasta que comprenden que fueron traicionados e incriminados por Moreau ya que la caja está vacía y encima descubren a un guardia asesinado de cuatro tiros.
Japrisot, una vez más, se luce en el desarrollo de personajes, en esta oportunidad mediante la magistral catarata de secuencias símil gato y el ratón intercambiables durante el encierro de Franz y Dino, y jamás se molesta en aclarar los motivos exactos y la dinámica del asalto porque apenas si explicita que Isabelle está confabulada con la asistente del doctor en el consultorio, Dominique Austerlitz (Brigitte Fossey), estudiante de medicina e hija biológica del nombrado jerarca de contaduría de Synteco, sin que hayan demasiadas precisiones en lo referente al vínculo entre ambas mujeres, pudiendo Moreau ser madrastra, hermanastra o hasta amante de Austerlitz, sin embargo lo que sí queda claro es que el padre de Dominique en algún momento pasó de simplemente pretender devolver los bonos robados a anhelar llevarse los dos millones de francos que desaparecieron de la caja fuerte antes de que los dos chivos expiatorios -uno planeado y el otro de sopetón- cayesen en la trampa de ambas féminas y un contador bien cobarde que lo ve todo desde su exilio en Suiza. El leitmotiv de la película pasa precisamente por una familiaridad que se transforma en desconfianza para volver luego al terreno de la amistad, algo representado de manera colateral vía la relación entre Barran y las dos mujeres, sus eventuales amantes, y de modo bien evidente a través de la sociedad delictiva a la fuerza entre el susodicho y Propp, el primero queriendo devolver los bonos y el segundo llevarse la fortuna, por ello ambos protagonistas se pelean y se amigan continuamente en las oficinas de la compañía y hasta después domina la solidaridad en el marco de la cruel investigación del Inspector Antoine Méloutis (Bernard Fresson), quien queda a cargo del caso luego del descubrimiento del cadáver y el arresto de un Franz que se inmola en el Aeropuerto de Orly atrayendo a los esbirros de la ley sobre él cuando éstos se proponían arrestar a su compañero, así Méloutis a posteriori no sólo apunta a quebrar semejante sentido del honor, ya que el reo no desea delatar a su amigo, difundiendo en la prensa un rumor de traición sobre el reconocimiento del personaje de Bronson de su participación en el robo a la par de Barran, sino que incluso encierra a Franz en el cuarto/ bóveda de la caja fuerte con vistas a que deje sus huellas en el lugar y poder alegar en el juicio que en serio posee evidencia concluyente acerca de la complicidad de los acusados.
Sin duda el gran tesoro dramático de Adiós al Amigo se condice con la economía expresiva y esa riqueza conceptual tan características del cine de su época en general y del acervo creativo de Japrisot en términos específicos, a lo que se suman primero detalles lunáticos varios, como el grito de algarabía de Dino del final y esos “sí, sí” que coronan el inicio y el desenlace, y segundo floreos literarios y/ o contraculturales muy inteligentes como las referencias a la Batalla de Waterloo (18 de junio de 1815), signo de debacle, combinación de la caja fuerte y apodo de Austerlitz, y la metáfora de la antorcha con el papel de los bonos y la luz que brindan al quemarse, por un lado permitiéndoles ver y buscar una salida cuando quedan prisioneros con la caja fuerte vacía y por el otro lado sofocándolos porque consumen el preciado aire que necesitan para sobrevivir hasta el martes, conclusión del fin de semana largo de Navidad. Esta noción del amigo que es enemigo que a su vez es amigo al que se debe ayudar y respetar, ilustrada además mediante el tragicómico devenir de ese Mozart que desencadena la narración desde el fuera de campo retórico y nada menos que con su fallecimiento, también es utilizada por el relato como una alegoría en torno al patético enfrentamiento bélico del Estado Francés con el Frente de Liberación Nacional en Argelia bajo el objetivo de retener una colonia que ya estaba perdida a nivel espiritual desde hace rato, ejemplo de una lucha en la que los criterios chauvinistas galos de antaño están desdibujados, prima la confusión en relación al verdadero enemigo y la desconfianza y la soberbia se deshacen ante una derrota que lo va tapando casi todo, al igual que les ocurre a estos dos ladrones varones que terminan manipulados de manera burda por las hembras aunque al mismo tiempo ganándoles la pulseada a los uniformados con Méloutis a la cabeza, nuevamente subrayando que la dignidad del asaltante que aprendió a honrar al colega supera por mucho al narcicismo y los atropellos pusilánimes de la policía, la cual ametralla sin piedad a Dominique e Isabelle en los últimos segundos del metraje a pesar de que Barran les avisa con un alarido de que las mujeres ya no tienen balas en su arma. El enorme éxito del film solidificaría las carreras de unos Delon y Bronson extraordinarios que dan cátedra sobre cómo lucir elegantes, ingeniosos y vulnerables al mismo tiempo…
Adiós al Amigo (Adieu l’ami, Francia/ Italia, 1968)
Dirección: Jean Herman. Guión: Sébastien Japrisot y Jean Herman. Elenco: Alain Delon, Charles Bronson, Olga Georges-Picot, Bernard Fresson, Brigitte Fossey, Marianna Falk, Ellen Bahl, Jean-Claude Ballard, Michel Barcet, Stéphane Bouy. Producción: Serge Silberman. Duración: 115 minutos.