El Maestro Jardinero (Master Gardener)

La manipulación del mundo natural

Por Emiliano Fernández

Paul Schrader es uno de esos cineastas que se ha pasado toda su vida y toda su carrera, esta última ya situándose en la friolera de seis décadas, rodando la misma película y por ello su recepción dependerá completamente del interés de cada espectador en lo que atañe a este conjunto de rasgos repetidos cual ceremonia religiosa paradójicamente encarada desde un rigor intelectual envidiable que le escapa al sentimentalismo tonto y barato del mainstream norteamericano, éste ubicado en las antípodas de un Schrader que no vio film alguno hasta la edad de 17 años debido a una estricta educación calvinista familiar, detalle que el señor precisamente suele considerar determinante en el enfoque siempre severo de su producción artística. Una y otra vez el cineasta norteamericano ha construido la misma exacta fábula de rescate, expiación, desquite y/ o metamorfosis progresiva que gira alrededor de un sujeto fundamentalista o abiertamente enajenado que suele esconder su enorme apasionamiento con un semblante frío proclive a los estallidos de violencia, las diversas compulsiones, la misantropía o una misión autoimpuesta que a su vez puede tener que ver con su trabajo, su familia, sus amigos, su credo, sus aficiones o su ideología, esquema narrativo que se deja ver no sólo en su recordada trilogía inicial acerca de vigilantes maltrechos, aquella de Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, Tormenta Arrolladora (Rolling Thunder, 1977), de John Flynn, y Hardcore (1979), dirigida por el propio Schrader, sino también en muchas de sus realizaciones posteriores, como por ejemplo las extraordinarias Mishima (Mishima: A Life in Four Chapters, 1985), Traficantes (Light Sleeper, 1992), Días de Furia (Affliction, 1997), Auto Focus (2002), El Reverendo (First Reformed, 2017) y El Contador de Cartas (The Card Counter, 2021), amén de obras asimismo muy atendibles que caen un escalón por debajo en sintonía con Gigoló Americano (American Gigolo, 1980), La Marca de la Pantera (Cat People, 1982), Luz del Día (Light of Day, 1987) y Patty Hearst (1988) u otros guiones variopintos para terceros, pensemos en Obsesión (Obsession, 1976), de Brian De Palma, y La Costa Mosquito (The Mosquito Coast, 1986), aquella epopeya de Peter Weir.

 

El Maestro Jardinero (Master Gardener, 2022) se suma a sus otras propuestas recientes, El Reverendo y El Contador de Cartas, con el objetivo de fondo de cerrar una extraordinaria trilogía en torno a este fanatismo a mitad de camino entre la autodestrucción, el nirvana, la redención y una “tarea” existencialista que le da sentido a la vida o la trastoca mediante el sacrificio y la culpa, dos conceptos cristianos hasta la médula que en el cine de Schrader suelen estar equiparados al auxilio brindado a personajes masculinos o femeninos de menor edad que pueden ser inexpertos en comparación con nuestro cruzado protagónico pero conservan en su esencia todo el potencial requerido para algún día sustituirlo, aunque por cierto aprendiendo de sus errores y con una dosis menor de fatalismo. Si antes teníamos al pastor Ernst Toller (Ethan Hawke) y al jugador de póker y ex militar/ torturador en Irak William Tell (Oscar Isaac), hoy nos topamos con Narvel Roth (el australiano Joel Edgerton, ofreciendo uno de los mejores desempeños de su carrera), un horticultor que por un lado lleva un diario donde homologa a la jardinería, “la manipulación del mundo natural”, con su filosofía de vida y por el otro lado trabaja muy tranquilo en los Jardines Gracewood, una generosa extensión de tierra ornamental cuya dueña es su amante además de su empleadora, Norma Haverhill (la perfecta y ya septuagenaria Sigourney Weaver), una viuda rica -unos 20 años mayor que él- que todas las primaveras organiza una subasta benéfica sirviéndose de las distintas especies cultivadas en Gracewood, institución muy prestigiosa que forma parte de la elite nacional de la jardinería. Roth en realidad se llama Norton Rupplea y está en un programa de protección a testigos a cargo del oficial/ agente Oscar Neruda (Esai Morales) luego de delatar a nueve de sus colegas de antaño, todos supremacistas blancos porque de hecho Narvel fue un sicario de un colectivo neonazi del que se alejó después de negarse a matar a la familia de un reverendo negro que solía denunciarlos, por ello Neruda le consiguió el puesto en la propiedad de Haverhill y ésta, una mujer solitaria rodeada de sirvientes, lo adoptó como discípulo a pesar de tener el cuerpo cubierto de tatuajes nazis.

 

Schrader, como siempre, nos presenta una existencia meticulosa y hermética que de a poco se cae a pedazos tanto por influencia externa como por la propia doctrina humanista bizarra o atrofiada o monstruosa del protagonista, en este caso un Roth al que Haverhill le asigna la tutela de una sobrina nieta con la que apenas si tuvo contacto previo, Maya Core (Quintessa Swindell), la hija de la hija de la hermana de Norma que quedó huérfana por cáncer de seno, padecimiento que se llevó tanto a su madre como a su abuela y la dejó a los veinte y pico de años en una situación precaria que Haverhill pretende solucionar sin ánimo -y más bien por una antigua moral de defensa familiar automática- convirtiéndola en “una más” de los asistentes/ subordinados de Roth en Gracewood, una jardinera que recibirá clases de horticultura, botánica e historia específica del gremio. Todo va bastante bien hasta que un día la chica aparece con el rostro golpeado y así Narvel descubre que es drogadicta, fue mula y suele juntarse con un grupito de narcos encabezado por un tal Robbie Gómez alias R.G. (Jared Bankens), a quien amenaza a través de Neruda y a posteriori en persona para que no se acerque a Maya. Mucho más que en los casos de El Reverendo y El Contador de Cartas, un par de dramas taciturnos sobre círculos viciosos amigos del sadomasoquismo y la angustia, El Maestro Jardinero se inclina con sabiduría hacia el formato del thriller pero bajándole la intensidad a los arrebatos de vehemencia de la trilogía de los 70 ya que la idea de base es ir orientando la trama hacia un desenlace similar al de El Carterista (Pickpocket, 1959), joya de Robert Bresson que obsesiona a Schrader desde el inicio de su trayectoria, en donde se unen lo sacro, lo etéreo, la poesía y la cuasi magia y en donde el amor resulta en gran medida sanador porque quiebra la burbuja de violencia, rabia o fundamentalismo laboral ciego, planteo aquí reconvertido en el cariño entre Narvel y Maya y en la necesidad de primero enfrentarse al odio celoso de Haverhill, la cual no duda en echarlos de la finca, y segundo ajustar cuentas con R.G. y su socio, Sissy (Matt Mercurio), quienes destrozan las plantas de Gracewood y pintan esvásticas en el hogar/ cabaña de Roth dentro de la estancia.

 

La película explora sutilmente el tópico del vasallaje o servilismo posmoderno, suerte de sumisión medieval aggiornada e invertida -en términos de géneros sexuales dominantes- de la mano de un Narvel que es una de las tantas “cosas” que posee la oligarca en cuestión, Norma, quien no sólo lo tiene de capataz en los jardines y de juguete sexual en su cama una noche a la semana sino que planea dejarle la finca cuando fallezca aunque con la intención de que la movida sea algo temporal y la propiedad eventualmente quede en la familia, de allí las esperanzas puestas en la otra pata de este triángulo amoroso, Maya, típico sustrato conceptual ambivalente de Schrader en el que la cordialidad oculta sometimiento y éste a su vez permite esos chispazos de simpatía o afecto, de allí que Roth en sí no cuestione nunca la hegemonía cuasi feudal de Haverhill al igual que los empleados de la casona principal donde vive la patrona, hablamos del mayordomo Ronnie (Timothy McKinney) y la criada Janine (Amy Le). Este juego entre el marco interior y el marco exterior de clase social entre personas muy distintas que conviven también abarca el costado morboso del nazismo, tanto el cuerpo tatuado de Narvel, uno que Norma acepta sin chistar y la lumpen Maya le cuesta contemplar, como la clásica alegoría sobre el “pasado sucio” ya que el periplo supremacista del horticultor tiene un punto en común con la parentela de Haverhill, mujer que atesora una pistola Luger que fue un supuesto “trofeo” de su padre en la Segunda Guerra Mundial, más fascinación con los nazis de por medio. Temáticas adicionales de siempre del director y guionista como la utopía de un mundo mejor/ estable/ ordenado, hoy homologado a los jardines, y la incompetencia institucional, léase ese Neruda que de repente desaparece y le deja su puesto a un inútil llamado Stephen Collins (Rick Cosnett), en El Maestro Jardinero quedan relegadas frente a cierta noción de incesto tácito en la relación entre la oligarca y su empleado/ amante y en el vínculo entre este último y la sobrina nieta, enlaces románticos que vienen a sustituir aquello que no pudo ser, en lo referido a Norma hijos propios y en lo que atañe a Narvel una hija que tuvo que abandonar al entregarse al cuidado del Estado…

 

El Maestro Jardinero (Master Gardener, Estados Unidos, 2022)

Dirección y Guión: Paul Schrader. Elenco: Joel Edgerton, Sigourney Weaver, Quintessa Swindell, Esai Morales, Amy Le, Timothy McKinney, Jared Bankens, Matt Mercurio, Rick Cosnett, Eduardo Losan. Producción: Amanda Crittenden, David Gonzales y Scott LaStaiti. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 9