Mildred Pierce

La maternidad es una maldición

Por Emiliano Fernández

En términos cinematográficos James M. Cain es conocido sobre todo por haber escrito las novelas que inspiraron Pacto de Sangre (Double Indemnity, 1944), de Billy Wilder y con Fred MacMurray, Barbara Stanwyck y Edward G. Robinson, y la célebre El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1946), de Tay Garnett y protagonizada por John Garfield, Lana Turner y Cecil Kellaway, amén de las dos primeras versiones para la gran pantalla del opus literario homónimo de 1934, la francesa No Desearás la Mujer de tu Prójimo (Le Dernier Tournant, 1939), de Pierre Chenal, y la italiana Obsesión (Ossessione, 1943), ópera prima del inmenso Luchino Visconti. Ahora bien, mucho antes de ese mínimo resurgimiento que tuvo la obra de Cain a principios de la década del 80 de la mano de El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981), maravillosa faena de Bob Rafelson con Jack Nicholson, Jessica Lange y John Colicos, y Mariposa (Butterfly, 1981), bizarreada absoluta de Matt Cimber protagonizada por Stacy Keach, Pia Zadora y Orson Welles, y también antes de adaptaciones hoy completamente olvidadas como por ejemplo Serenata (Serenade, 1956), de Anthony Mann, y Ligeramente Escarlata (Slightly Scarlet, 1956), opus de Allan Dwan, el realizador Michael Curtiz y el guionista Ranald MacDougall, cara visible de un plantel de siete asalariados que incluía a William Faulkner, Margaret Gruen, Albert Maltz, Louise Randall Pierson, Catherine Turney, Margaret Buell Wilder y Thames Williamson, trabajaron sobre la que quizás sea la novela más inusual del escritor, Mildred Pierce (1941), en una película que se ubica a mitad de camino entre Pacto de Sangre y la versión de Garnett de El Cartero Llama Dos Veces, léase en el período de oro en materia cualitativa de las interpretaciones hollywoodenses fastuosas de relatos del señor y siempre bajo la perspectiva de la época de ese film noir sutilmente censurado para respetar los lineamientos de cabecera del Código Hays y aquella obsesión moralizante de mediados del Siglo XX en lo que atañe a que el crimen pague su derrotero sacrílego con una sentencia en prisión o con una muerte cual efigie ejemplificadora del castigo comunal.

 

De hecho, el libro aludido de Cain no tiene mucho que ver con el hardboiled exacerbado por el que era conocido en el circuito literario, hablamos de aquella novela negra centrada en el crimen organizado, los antihéroes detectivescos, algún que otro misterio morboso, la corrupción metropolitana pero también bucólica, las mujeres peligrosas, la ambigüedad moral y un huracán de violencia y sexo variopinto, debido a que funcionaba más como una conjunción de proto novela rosa de señora independiente y algunos chispazos insólitamente contenidos de esa ficción de explotación a la que era asiduo el escritor. El film de Curtiz, por su parte, tuerce los acontecimientos primigenios de la novela tanto para satisfacer la mentada expiación de los culpables como por razones claramente comerciales vinculadas a sumarse a los policiales negros de moda en la década del 40, empezando precisamente con el asesinato con un arma de fuego de Monte Beragon (Zachary Scott), segundo esposo de la empresaria gastronómica Mildred Pierce (Joan Crawford), mujer que pretende inculpar al que hasta hace poco era su socio, Wally Fay (Jack Carson), quien la excluyó recientemente de su negocio y por ello se gana que lo seduzca y lo encierre en la escena del crimen, la suntuosa casa de playa del finado, para que sea apresado por la policía. El devenir en sí toma la forma de un largo flashback que se corresponde al relato de Pierce en la comisaría ante el Inspector Peterson (Moroni Olsen), el cual considera culpable por celos al primer marido de la fémina, Albert “Bert” Pierce (Bruce Bennett), con la intención de exonerar al hombre, de quien Mildred se separó cuatro años atrás porque él tenía una amante, Maggie Biederhof (Lee Patrick), y debido a que el matrimonio venía sufriendo desde hace rato por los desacuerdos en cuanto a cómo criar a las dos hijas, el simpático marimacho Kay (Jo Ann Marlowe), a la cual su madre le paga lecciones de ballet por más que sólo quiere jugar, y la mayorcita Veda (Ann Blyth), una preadolescente soberbia y vanidosa que toma clases de piano y canto y sueña con una vida lujosa que pretende obtener sí o sí aunque sea a costa de su progenitora, a la que basurea y ningunea por considerarla una burguesa muy anodina.

 

Mildred Pierce (1945), como decíamos antes, recupera algunos motivos del film noir como el crimen enigmático, el investigador y la figura del ventajista todo terreno que pretende aprovecharse de la protagonista, en esta ocasión Fay, el cual no sólo se la pasa haciendo insinuaciones sexuales a Mildred y se aprovechó de su bancarrota para tomar posesión de su cadena de restaurants sino que apoyó a Veda, quien se transforma en hija única a raíz de la repentina muerte de Kay por neumonía, cuando la susodicha, deseosa de abandonar la casa familiar, primero chantajea a la parentela de Ted Forrester (John Compton), un joven acaudalado con el que se casa en secreto para sacarle diez mil dólares a sus padres a cambio del divorcio afirmando que está embarazada, y después comienza a cantar y bailar en un club nocturno de Wally, movida que se condice con la expulsión del hogar que decreta su madre cuando se entera del asuntillo y le rompe en la cara el cheque que le dieron los progenitores de la víctima del fraude, no obstante la película en verdad se engolosina -y allí mismo radica su estrafalario y cuasi hipnótico encanto- con ingredientes paradigmáticos del melodrama como por un lado el playboy decadente y ultra mamarrachesco, ese Beragon holgazán que vive dilapidando la fortuna de su otrora adinerada familia y que le vende a Pierce el inmueble utilizado para abrir el primer restaurant, y por el otro lado el recurso del triángulo amoroso, primero uno tácito entre ella, su eventual amante Monte y su ex marido, quien ve deshacerse su vínculo con Biederhof y sigue rondando la morada familiar, y luego uno explícito entre Mildred, un Beragon que es echado cual proxeneta/ parásito para a posteriori regresar y una Veda que supera nuevos niveles de perfidia cuando se acuesta con su padrastro luego de que mami se casase con Monte con el lastimoso objetivo de recuperar a su única hija con vida y sacarla del reducto cabaretero en el que trabaja a instancias de Wally, ya que la chica lo que anhela es la riqueza que ostenta el playboy pero en realidad no tiene, un claro ejemplo de ello es una mansión enorme aunque vacía de su propiedad a la que se muda el flamante clan incestuoso y que lleva a la bancarrota a la protagonista titular.

 

El recordado film de Curtiz, un artesano húngaro que se mudó de Europa a yanquilandia y se transformaría con el tiempo en uno de los directores más prolíficos de la historia del cine y en creador de clásicos como Ángeles con Caras Sucias (Angels with Dirty Faces, 1938), El Lobo de Mar (The Sea Wolf, 1941), Casablanca (1942), Triunfo Supremo (Yankee Doodle Dandy, 1942), Blanca Navidad (White Christmas, 1954), No Somos Ángeles (We’re No Angels, 1955) y Melodía Siniestra (King Creole, 1958), se diferencia sustancialmente de la otra ineludible adaptación de la novela de Cain, Mildred Pierce (2011), una asimismo gloriosa miniserie encarada por Todd Haynes para HBO en la que Kate Winslet componía a la protagonista, Evan Rachel Wood a Veda en su versión adulta y Guy Pearce al tremendo Beragon, faena mucho más apegada al libro original que eliminaba el homicidio, retrataba en profundidad la carrera como cantante lírica de la talentosa pero siempre insoportable hija de Mildred y recuperaba un personaje crucial que en la propuesta de los 40 estaba ausente, Lucy Gessler (Melissa Leo), vecina y amiga de Pierce cuyos rasgos van a parar en el opus con Crawford a la jefa de su personaje cuando se separa de Bert y debe comenzar a trabajar como mesera para mantener el hogar y sus dos vástagos, Ida Corwin (Eve Arden en 1945 y Mare Winningham en 2011), en la novela y la miniserie una fémina más ambivalente y menos fiel para con la protagonista. Joan, jamás una intérprete descomunal pero sí una presencia escénica fascinante por su belleza y frialdad, impone elegancia en una odisea de superación personal, competencia aguerrida femenina y parasitismo masculino que roza la psicopatía en la que chocan de manera permanente el realismo del supuesto origen de clase media baja de Mildred con la artificialidad del Hollywood de la época, no sólo representado en la propia Crawford sino en la extraordinaria fotografía de ecos expresionistas de Ernest Haller, el vestuario grandilocuente de Milo Anderson y la misma costumbre del aparato productivo cultural norteamericano de simplificar y condensar acciones y personajes para hacer calzar la historia en la fórmula cinematográfica del delito macabro que es sancionado en última instancia luego del correspondiente desfile de miserias ante nuestros ojos. La ciclotimia y las idas y vueltas emocionales de estos adalides de la frustración se meten con tópicos escabrosos de ayer, hoy y siempre como la infidelidad, el narcisismo, las penurias económicas, la traición intra familiar, las estratagemas enrevesadas de manipulación, el maltrato doméstico, el delirio plutocrático y en especial la triste humillación, esa a la que es sometida Mildred tanto por Monte como por Veda, señorita infernal que se burla de sus regalos, la denigra por servir mesas, la convierte en cómplice inconsciente de sus embustes, rechaza su cariño en general y hasta le roba la pareja, Beragon, a quien de todas formas termina matando porque a su vez le niega la posibilidad de casamiento y la llama “pequeña puta podrida”. El masoquismo de Mildred, simbolizado en su idea de comprar el amor de su hija o hasta hacerse cargo de su asesinato o inculpar a otros, por un lado funciona como un espejo invertido del carácter hiper sádico de la Joan real para con sus hijos y sobre todo Christina Crawford, basta con chequear en este sentido Mamita Querida (Mommie Dearest, 1981), la estrambótica aunque honesta adaptación de Frank Perry de las memorias de la mujer de 1978 sobre la agitada relación con su madre adoptiva, y por el otro lado examina a la maternidad como una maldición, punto de vista muy poco frecuente dentro del séptimo arte a escala macro, incluso enfatizando el hecho de que la progenitora y/ o tutora puede estar rodeada de machos como en este caso, aquí el vividor en la piel de Scott, el infame de Wally Fay o el ameno aunque contradictorio Bert, sin embargo ello no implica que alguno califique como padre de peso o pueda detener a chifladas y ególatras como Veda, sin duda uno de los grandes villanos del cine del período porque bajo su apariencia de púber frágil e inofensiva se esconde una rauda arpía que se sirve de la abulia, la complicidad o la mirada condescendiente de todos los hombres que orbitan alrededor de su mamá, paradójicamente compuesta por una Crawford que en carne y hueso se parecía a su hija en pantalla sin que ese detalle le impida simular ser una madre abnegada al punto del calvario ya patológico…

 

Mildred Pierce (Estados Unidos, 1945)

Dirección: Michael Curtiz. Guión: Ranald MacDougall. Elenco: Joan Crawford, Zachary Scott, Jack Carson, Ann Blyth, Bruce Bennett, Eve Arden, Lee Patrick, Moroni Olsen, Jo Ann Marlowe, John Compton. Producción: Jerry Wald. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 10