Existen dos mundos, y cada uno repleto de complejas regiones. Uno es el de la mente, el de adentro; el otro, el de la realidad compartida con los demás o más bien su representación, el mundo de afuera. El de la realidad, sabemos y acordamos, de forma colectiva, lo que tiene o lo que representa tener. Lo controlamos hasta cierto punto. Lo tocamos, lo vemos, lo escuchamos. Opinamos y decidimos sobre él. En ese mundo físico se construyen y se derrumban ciudades, nacen y mueren humanos y animales y el tiempo es lineal, o así se nos representa. El pasado no se puede cambiar, pero algo se puede hacer, a veces, con sus consecuencias; el presente es una extraña y simple contradicción que confirma nuestra existencia; y el futuro escapa a nuestro control, pero hay, según su distancia, atisbos de lo que pasará, aunque siempre, siempre habrá un instante (o no) que pueda cambiarlo todo. En este mundo, una de las cosas más viejas del ser humano es la guerra, tan necesaria como inútil. Y es, en este film, la Guerra de Vietnam (quizá la más explorada por el cine luego de la Segunda Guerra Mundial) una sombra permanente que cubre y asalta los mundos de nuestro protagonista, Jacob Singer (Tim Robbins), un veterano de ese conflicto bélico, otrora doctor en Artes, casado y con hijos, y ahora funcionario del correo que vive en Nueva York con su novia, Jezebel Pipkin (Elizabeth Peña). Lleva una vida mundana, sencilla, así parece. Poco después, surge la sensación de que son (la del pasado y la del presente) dos vidas distintas, conectadas solo por la mente de Jacob. La mente, aquello tan vasto e increíble como el universo mismo. Ambas vidas, ambos mundos, están conectadas por recuerdos, flashbacks y vivencias de Jacob.
Los mundos, distintos pero en permanente retroalimentación, facilitan cierto caos sensorial, un ir y venir tan complejo como instantáneo. Y basta un solo segundo para asegurar un quiebre entre los dos que derive en el caos, el horror, la locura. Nadie está libre. Navegable es el mundo interior como también lo es el exterior, solo que de forma distinta. Lo físico, lo abstracto; la idea, lo tangible. No puede existir un mundo sin el otro. Tienen lenguajes distintos. La mezcla de ambos lenguajes solo genera estridencias que alteran la percepción. Es cierto que hay quienes son muchos más propensos a esta disonancia, al entrevero caótico de ambos mundos. Por contexto, personalidad, sensibilidad, imaginación, trauma, trastorno severo afectivo, etc.
Alucinaciones del Pasado (Jacob’s Ladder, 1990), dirigida por Adrian Lyne, es una de esas películas que funcionan casi enteramente sobre el peso de un personaje. Es un viaje al interior de la mente, al frenético ir y venir entre realidades. Hay realismo. Hay surrealismo. Hay monstruos. Hay diálogos breves pero honestos y reveladores. Incluso hay un contexto histórico que define desde el comienzo al protagonista. Luego de un flashback en Vietnam, Jacob despierta en un tren en Nueva York y se enfrenta a una situación inquietante. Una mujer que no responde a su pregunta y parece en trance, y el clima del momento anuncia algo siniestro o al menos incómodo. Pero nada explosivo de momento. Al dejar el tren y notar que su estación está cerrada, decide acortar camino surcando la vía. Ve venir un tren lleno de seres extraños, criaturas, que lo miran y al final, el cuerpo de un ser sin cara, parado y fijado en él. Pesadillesco, pero real. Jacob está cansado, puede ser solamente eso, por ahora. Pero ese breve episodio sirve para que el espectador asuma que verá algo más que el simple derrotero de un veterano torturado por los horrores de la guerra. Verá que es mucho más que eso. Verá la permanente yuxtaposición de realidades que lo llevan por un camino sinuoso, laberíntico y exasperante. Y en todo momento, verosímil. De a poco surgen los indicios de que la realidad (o el mundo de afuera) parece intervenida, manoseada por un infierno invisible del que asoman monstruos y que inyecta momentos extraños en la vida del protagonista que no arrojan explicación.
La actuación de Tim Robbins merece una mención aparte. No solo logra demostrar con sutil adecuación los matices y las reacciones ante los horrores e incógnitas que atraviesa, sino que, por momentos, logra llevar a cuestas la película de forma tal que él mismo simula ser la película, por extraño que suene. Es que acentúa el solipsismo, además, que el guion propone: los personajes que lo rodean son fantasmas, fragmentos o representaciones que, reales o no, son accesorios necesarios para enfatizar cuán esencial es su personaje.
Los efectos especiales son sencillos, pero sutilmente utilizados, con la economía necesaria para resultar altamente efectivos y de razonable poder estético. Con el agregado (y es quizá por esto que son tan efectivos) de que fueron filmados en vivo, con escasa posproducción. El naturalismo en lo fantástico, o en la ciencia ficción, justamente dota a los elementos fantásticos de crudo realismo, sin aparentes artificios. Un ejemplo notable de esto es la primera saga de Alien, donde todo lo que vemos realmente parece incuestionable en su verosimilitud, por tener un tratamiento cuidadoso de los efectos especiales. La directa intervención humana en cada parte o cuerpo de una criatura en su correspondiente escena hace la diferencia.
En Jacob hay un presente, su presente; hay un pasado, su pasado. Y a cada tiempo le corresponde un espacio. Una serie de momentos en lugares, narrados de forma cada vez más caótica, van sentando las bases de una riesgosa mezcla entre tiempo y espacio. Una mezcla muy difícil de lograr con éxito, menos aún si a varias escenas las atraviesa una especie de terremoto surrealista y existencial. El poder del guión está en la precisión y el equilibrio, que todo lo disfraza mediante el delirio narrativo. Logra afectar al espectador, lo arroja a una tortura de la que no se puede despegar. Lo altera con ímpetu visceral, pero de fondo, en su mecanismo, el guión respeta normas invisibles que impone al espectador. Lo manipula.
Definir y diseccionar la trama de este film implica chocar mil veces contra una pared invisible que solo por instantes deja de existir para permitir el paso. Y no es importante centrarse en esa disección, porque Alucinaciones del Pasado brinda un contexto, empuja personajes entre días y lugares, proporciona un marco. Lo hace bien y con simpleza, para poder hundirse en los viajes mentales del protagonista siempre preso del contexto, real o no. Porque a fin de cuentas aquí no se pretende más que una premisa, una excusa, para examinar, cada vez con mayor intensidad y más cerca del puro caos, la angustia del hombre fragmentado, sujeto al azar, entre la duda de la muerte y la vida, la duda de estar loco o no, y el amargo problema de cuestionar la identidad hasta la disociación total.
Hacia el final comienzan a aterrizar elementos puramente realistas, situaciones, diálogos y descubrimientos que sacan al espectador por un rato del delirio. La finalidad, uno pensaría, es no caer en la incoherencia sin sentido, en escenas de relleno fantástico que desembocan en la ausencia de una historia. Y entonces, con la fuerza del último golpe que deriva en un nocaut, la película se sumerge por completo en su hermoso delirio de horror hasta un desenlace donde ternura e incógnita conviven tras una demostración definitoria que parece, y solo parece, explicar casi todo el equilibrado caos de Jacob, siempre atrapado entre los dos mundos. El resultado es una experiencia en la que es posible estar en la película, si uno no se detiene a perseguir símbolos, referencias, fundamentos filosóficos. Todo eso puede o no venir después. No importa. Lo que importa es sentir, por un rato, que todo lo que se ve en la película podría llegar a ser real. Tan real afuera como lo es adentro. Ese es el poder de cierta ficción: meter al espectador en la historia, obligarlo a vivirla. Y hacer de ella junto a la realidad, una sola cosa simultánea y sin nombre.
Alucinaciones del Pasado (Jacob’s Ladder, Estados Unidos, 1990)
Dirección: Adrian Lyne. Guión: Bruce Joel Rubin. Elenco: Tim Robbins, Elizabeth Peña, Danny Aiello, Matt Craven, Pruitt Taylor Vince, Jason Alexander, Patricia Kalember, Eriq La Salle, Ving Rhames, Brian Tarantina. Producción: Alan Marshall. Duración: 113 minutos.