Coma

La mentira hipocrática

Por Emiliano Fernández

Que el engorroso aparato de salud moderno, ese que hoy por hoy depende tanto de los artilugios tecnológicos como de métodos más tradicionales en los campos del diagnóstico y el tratamiento, está totalmente cooptado por el negocio capitalista más despersonalizador y voraz resulta una verdad innegable. Reducidos los sujetos a variables en ecuaciones monetarias que lo único que buscan es la maximización de las ganancias y la reducción fanática de cualquier cosa que los popes maquiavélicos de turno consideren “costo”, este panorama impone su lógica sobre una de las ramas de la sociedad sin duda más sensibles y angustiantes, aquella en la que entra en juego el límite entre la vida y la muerte y por ello mismo debería estar protegida y controlada en serio por un Estado que la mayoría de las veces cae en la negligencia, la abulia enajenada o la abierta complicidad con este execrable contubernio entre las mafias y las oligarquías empresarias que hegemonizan el enclave de la salud pública, territorio que asimismo abarca a todas las compañías farmacéuticas y los diversos proveedores de insumos médicos. A todo lo anterior se suma la prototípica tendencia del ser humano a abusar del prójimo apenas posee un mínimo margen de poder, lo que lleva a que doctores y enfermeros -y hasta en ocasiones el personal administrativo de hospitales, sanatorios y derivados- den rienda suelta a su sadismo bajo la excusa de llevar a cabo experimentos sobre los pacientes o en cambio pequen de idiotas e incompetentes por exceso de soberbia, otra de las características que acompañan a los bípedos desde tiempos inmemoriales y que en esta coyuntura se ve exacerbada a niveles mucho más peligrosos.

 

Ahora bien, la película que sentó las bases para los thrillers médicos posmodernos más desbordantes es Coma (1978), una epopeya tan eficaz en su denuncia del submundo de la salud -y en el aprovechamiento de los miedos enraizados en los pacientes- como las que podemos calificar como sus contrapartes cómicas, nos referimos a parodias más o menos virulentas en sintonía con M.A.S.H. (1970), The Hospital (1971) y Britannia Hospital (1982). El trabajo nos ofrece una genial conjunción entre drama de tono documentalista y suspenso basado en conspiraciones espantosas, mixtura muy de moda en la década del 70 en consonancia con aquel despertar del nihilismo del período que supo suceder al idealismo hippie de los años previos, circunstancia que por cierto también nos posiciona lejos de ataques más tangenciales a la medicina como por ejemplo los que ofrecían propuestas en la línea de Charly (1968), Línea Mortal (Flatliners, 1990) y Despertares (Awakenings, 1990), obras que optaron por centrarse más en los supuestos milagros que consigue la ciencia y en la incapacidad del hombre para controlarlos o siquiera mantenerlos/ conservarlos a lo largo del tiempo. El opus que nos ocupa es arena de otro costal ya que se despacha de modo bien explícito contra la estructura médica y encima señala que los simpáticos “avances” del rubro -sean éstos tecnológicos, químicos, farmacéuticos, procedimentales, mecánicos, etc.- están siempre motivados por la dialéctica capitalista y nunca por el cuidado de la vida de los individuos a cargo, suerte de chiste cruel y de mal gusto que subraya la desaparición de todo marco ético profesional y su reemplazo con el parasitismo social más burdo y fatuo.

 

La historia es muy sencilla y sigue a la Doctora Susan Wheeler (Geneviève Bujold), una residente de cirugía del Hospital Boston Memorial que está en pareja con el Doctor Mark Bellows (Michael Douglas), un médico ambicioso que pretende convertirse en el nuevo jefe de cirujanos residentes del lugar. Cuando su mejor amiga, Nancy Greenly (Lois Chiles), termina en estado comatoso irreversible por muerte cerebral a raíz de lo que parecía ser una intervención de rutina vinculada a un aborto, Wheeler comienza a investigar qué hay detrás del aparentemente inexplicable hecho, indaga en el laboratorio y el centro de cómputos del nosocomio y en esencia se topa con el desdén de las autoridades principales, el jefe de anestesiología, el Doctor George (Rip Torn), y el jefe de cirugía, el Doctor Harris (Richard Widmark), quien para colmo la envía a un psiquiatra, el Doctor Morelind (Hari Rhodes). Ninguneada por su escéptico novio y convencida de que existe un patrón de fondo luego de que otro paciente joven y sano, Sean Murphy (Tom Selleck), terminase en el mismo estado que Greenly durante una cirugía de rodilla, la protagonista contabiliza doce casos en total de hombres y mujeres que cayeron en coma de manera misteriosa desde el año pasado hasta el presente y descubre en una charla con un par de patólogos (Richard Doyle y Ed Harris) que la mejor forma de inducir un coma con vistas a generar daño cerebral y salir impune es con monóxido de carbono, suministrándoselo al paciente en la sala de operaciones en vez de oxígeno. Así las cosas, Susan de repente sufre el acoso de un hombre enigmático, Vince (Lance LeGault), y eventualmente decide visitar el lugar al que son trasladadas todas las víctimas, el Instituto Jefferson, un enorme edificio de impronta arquitectónica brutalista que parece controlado por una simple y gélida enfermera llamada Emerson (Elizabeth Ashley), la cual días después le ofrece un tour por las instalaciones -junto a un contingente de otros doctores- al punto de regodearse de encabezar un centro experimental y casi sin empleados para personas comatosas que minimiza al extremo los gastos del soporte vital y mantiene suspendidos con cables a los pacientes en medio de un contexto de temperatura, humedad, luz ultravioleta, movimientos y hasta estudios metabólicos monitoreados por computadoras.

 

La película está dividida en dos partes muy concretas: la primera abarca la pesquisa de Wheeler y se beneficia muchísimo de la precisión y el detallismo con los que está retratado el ambiente hospitalario gracias a que tanto el director y guionista del film, Michael Crichton, como el autor de la novela homónima de 1977 en la que está basada la historia, Robin Cook, tuvieron formación médica y privilegiaron el realismo más crudo en cuanto a la irónica naturalidad del personal al momento de lidiar con las enfermedades, las cirugías y el mismísimo óbito; y la segunda mitad del relato se abre con la visita al Instituto Jefferson, el asesinato a manos de Vince de Kelly (Frank Downing), un empleado de mantenimiento que pretendía contarle algún secretito a Susan, y el descubrimiento de la mujer de una línea de gas que viene desde el sótano y sube por un túnel hasta la sala número ocho de cirugía, donde efectivamente suministran monóxido de carbono a los pobres diablos que todavía confían en los profesionales de la salud, planteo retórico caracterizado por una tensión en constante aumento y por las múltiples amenazas que se ciernen sobre Susan cuando ya se hace evidente que todo obedece a un negocio de venta de órganos que son extraídos del “depósito de humanos” del Instituto Jefferson y rematados al mejor postor en subastas de alcance internacional, con los jerarcas del Hospital Boston Memorial actuando como proveedores fundamentales con el objetivo manifiesto de garantizar el flujo sin fin de carne y divisas. Como decíamos con anterioridad y a pesar de que a Crichton casi siempre se lo relaciona con sus aportes cruciales en el campo de los thrillers tecnológicos símil La Amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971), Westworld (1973), Looker (1981), Runaway (1984), Jurassic Park (1993) y Esfera (Sphere, 1998), ya sea en sus roles de guionista, realizador o responsable de las novelas que inspiraron a las faenas de turno, lo cierto es que el señor jugó bastante con los fronteras de la medicina mediante minucias narrativas varias de las obras citadas y a través de la presente Coma y odiseas más o menos semejantes, como por ejemplo las injustamente olvidadas The Carey Treatment (1972) y The Terminal Man (1974), dos opus adelantados a su tiempo y en verdad muy valientes.

 

Más allá del hecho de empardar a la industria médica con cualquier otro sector oligopólico de las sociedades neoliberales, siempre propensa a la concentración de poder y a merced de las mafias chupasangres que se ríen del juramento hipocrático, un punto muy a favor de la película pasa por ese sustrato a lo film noir basado en una “oveja negra”, nuestra Wheeler, rebelándose contra sus pares y su mercadito paralelo de tráfico de órganos, en términos prácticos un andamiaje comercial gigantesco que recurre a sicarios como Vince para acallar a las voces opositoras o a cualquiera que ose investigar el laberinto de matufias y cinismo que involucra a la plana mayor de los sistemas estatal y privado de salud, dos regiones que parecen interconectarse y a veces fundirse de lleno. El convite del tándem Crichton/ Cook incluso se mete con la denuncia en torno al fraude/ prevaricación de los doctores hacia sus pacientes enfatizando la confianza deshecha de por medio y la triste credulidad de la mayoría del pueblo acerca del saber y la palabra de los médicos en tanto agentes públicos con responsabilidades inexcusables, como si no fueran seres humanos iguales a cualquier otro y por ende proclives a abrazar cualquier dinerillo abusando de su posición de poder y a expensas de quienes deberían cuidar y proteger (basta con recordar la escena del ascensor con ella y George, en la que un matrimonio negro con un niño discute por los dichos de los médicos sobre la madre del hombre y así la ingenua esposa afirma que cree cualquier cosa que digan los doctores). Otra dimensión de vanguardia para su época es la identitaria de la pareja central, una que se define desde el vamos con la primera secuencia del metraje -en el departamento de él- luego de los créditos, con el personaje de Douglas acusándola de egoísta y de no querer un vínculo romántico y con su homólogo de Bujold -indudablemente uno de los mejores desempeños de toda la carrera de la actriz canadiense- estigmatizándolo como un hombre calculador sólo interesado en el entramado político y su posible ascenso dentro de la institución, lo que sacude visiblemente los estereotipos de los géneros sexuales al extremo de que Bellows afirma que ella no pretende un amante sino una “esposa”. Coma retoma lo mejor de los thrillers de paranoia, engaño y conspiración kafkiana de su tiempo, en especial la vertiente estilizada de Sidney Lumet y Alan J. Pakula, para depurar sus engranajes fundamentales y desnudar las mentiras que se ocultan detrás del privilegio y la posición de mando sobre terceros; todo mediante sucesivas puestas en escena muy cuidadas capaces de servirse de los temores de los ciudadanos que quisieran nunca tener que ingresar al aparato burocrático deshumanizador de la salud pública en pos de una cura o tratamiento que pueden ser mucho peores que la enfermedad en sí, cortesía por supuesto del accionar de verdugos sobrevalorados que traicionan, deliran y prejuzgan a diario con total impunidad…

 

Coma (Estados Unidos, 1978)

Dirección y Guión: Michael Crichton. Elenco: Geneviève Bujold, Michael Douglas, Richard Widmark, Elizabeth Ashley, Rip Torn, Tom Selleck, Richard Doyle, Ed Harris, Lois Chiles, Lance LeGault. Producción: Martin Erlichman. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 9