Si bien, como suele decirse, es verdad que la victoria de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) en gran medida se debió a los dos mismos factores que conspiraron contra Napoleón Bonaparte a comienzos del Siglo XIX, hablamos de la enorme extensión del territorio y las inclemencias climatológicas llegando el invierno, tampoco se puede pasar por alto la “capacidad” del pueblo de turno en lo que respecta a sobrevivir tanto a una invasión como la nazi, volcada a las masacres, el pillaje y la hambruna, como a las mismas medidas del dictador en funciones, Iósif Stalin, quien se la pasó utilizando a los habitantes de su país como carne de cañón de un modo similar a lo hecho por Vladímir Putin en el conflicto bélico del Siglo XXI con la Ucrania del payasesco Volodímir Zelenski. Stalin, ni lento ni perezoso, fue ascendiendo hacia lo más alto del poder del régimen soviético luego del fallecimiento en 1924 de Vladímir Lenin, el líder de los bolcheviques, y consolidaría su posición primero mediante la expulsión en 1929 de la Unión Soviética de León Trotski, principal opositor político al que haría asesinar en 1940 en México por Ramón Mercader, y segundo a través de la denominada Gran Purga (1936-1938), en simultáneo una retahíla de farsas judiciales y un operativo de represión contra adversarios internos que eliminó a buena parte de la vieja camada del Partido Comunista y a distintos sectores de la sociedad que pudiesen manifestar su rechazo a la centralización administrativa, la industrialización y la colectivización compulsiva del campo. Después de la Segunda Guerra Mundial se desarrollaría con yanquilandia la Guerra Fría (1947-1991), pero el déspota no viviría lo suficiente para ver el devenir del Bloque del Este que supo construir debido a su muerte en 1953 a los 74 años de un ictus, suceso que dio origen a la desestalinización de Nikita Jrushchov en lo referido a la rauda liberación de los prisioneros políticos, recluidos en Siberia, y al relajamiento de la censura y el castigo a la disidencia.
El Ladrón (Vor, 1997), film de Pavel Chukhray, es un retrato precisamente de este período de metamorfosis entre el poder absoluto del Stalin veterano y posbélico, ya no sólo a nivel ruso sino en el escenario internacional, y el deshielo de Jrushchov en materia del desarme parcial del aparato de terror estalinista, jugada que incluyó un acercamiento a Occidente que se cayó a pedazos con esa Crisis de los Misiles de Cuba de 1962. Chukhray, hijo del legendario Grigory Chukhray de El Cuarenta y Uno (Sorok Pervyy, 1956) y La Balada del Soldado (Ballada o Soldate, 1959), dos de los grandes clásicos del cine soviético, en El Ladrón construye una sutil metáfora no sólo del pragmatismo y la crueldad de Stalin sino además de la génesis de las generaciones que lo sucedieron, desde el reformista Jrushchov hasta las dos figuras centrales posteriores, Leonid Brézhnev y Mijaíl Gorbachov, jerarcas que con sus diferencias trataron de sacarse de encima la sombra del tirano y mantener vivo el comunismo desde el endurecimiento primero y un nuevo intento de apertura a posteriori. La trama gira alrededor de Sanya (Misha Philipchuk), un nene de seis años que en 1952 vive con su madre, Katya (Yekaterina Rednikova), porque su padre murió meses antes del nacimiento como consecuencia de sus heridas de guerra, desencadenando varias fantasías de impronta shakesperiana por parte del purrete sobre su progenitor. El dúo conoce en un viaje en tren a Tolyan (Vladímir Mashkov), ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial que inicia una relación con Katya ya que el uniforme y la hembra más el crío le sirven para despertar confianza en las distintas pensiones del montón, pivote de una estafa chauvinista/ emocional en la que Tolyan desaloja el lugar con una excusa cualquiera, como regalarles a dueños e inquilinos unas entradas para el circo o el teatro o un espectáculo musical, y luego procede a vaciarlo de dinero y objetos de valor para escapar hacia otra ciudad, un estilo de vida en el que pronto quedan atrapados Sanya y su progenitora, quienes admiran al hombre.
Chukhray desde el inicio deja en claro la naturaleza maquiavélica de Tolyan, mediante un robo fugaz en el tren y la llegada a la pensión con sus acompañantes y ataviado de soldado, y aprovecha muy bien la fascinación que despierta en todos esta representación mundana del propio Stalin, por un lado apelando a su carisma o ego símil culto a la personalidad, algo que la película suele homologar al sustrato mujeriego o de gigoló del ladrón, y por el otro lado dejando entrever de a poco la idiosincrasia caprichosa y dictatorial de este padre postizo deforme de Sanya, pensemos que el señor es en esencia un miembro experimentado aunque solitario del hampa que adora su existencia nómada, no pretende abandonarla como desea Katya y por sobre todas las cosas suele imponerse con el espanto, la violencia y una especie de paternalismo nada condescendiente, donde la cobardía femenina o infantil no es tolerada porque ello implicaría estar cerca de la indefensión o la mismísima cárcel, a la que evita alejándose de todo esbirro institucional porque ni documentos identificatorios lleva consigo. Ahora bien, la mujer y el mocoso hacen las veces de cómplices de distinta clase, la primera consciente y el segundo desde la ingenuidad porque Tolyan llega al extremo de decirle que él, el ex militar, es hijo de Stalin, y en lo que atañe al popurrí indiferenciado de víctimas, desde el grotesco promedio de la época hasta especímenes rosas prostibularios, todos los afectados por las “andanzas” del criminal de guante blanco simbolizan al pueblo ruso en su conjunto, más cándido incluso que el niño y dejándose llevar por un uniforme que recuerda el miedo pero también el encantamiento patológico que desprendía todo lo institucional en aquel 1952, precisamente unos meses antes del paso a mejor vida de ese líder supremo de la Unión Soviética que en las Conferencias de Yalta y Potsdam de 1945 se repartió el mundo junto con Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Harry S. Truman, gran preámbulo para la Guerra Fría de los años venideros a través de los Estados satélites.
Todo está narrado en off por una versión de 48 años de Sanya (Yury Belyayev), quien nos aclara que el protagonista acepta verdaderamente a Tolyan como padre en el momento en que lo pierde de manera definitiva, cuando es arrestado por intentar esquivar un control policial y sentenciado a siete años de prisión en un gulag siberiano, lo que mina su salud y deja en soledad a una Katya que termina falleciendo poco después de una peritonitis a raíz de un aborto clandestino. A pesar de que Chukhray no construye una correlación cien por ciento ortodoxa entre el delincuente y Stalin, ya que al fin y al cabo el personaje del genial Mashkov es un apóstata que vive en los márgenes sociales tanto por motu proprio como por el accionar de un Estado represivo orientado a controlarlo todo, lo cierto es que la metáfora se refuerza en ocasión del último acto, cuando tiempo después nos topamos con un Sanya de doce años (Dmitri Chigaryov) que vive en un orfanato y a su vez se cruza de casualidad con la “acepción Jrushchov” de nuestro Tolyan/ Iósif, ahora un borracho y menesteroso que recuperó la libertad aunque parece no adaptarse a la desestalinización, en suma tocando el acordeón, viviendo entre rieles y todavía robándole a ninfas efímeras que conquista sin mucho esfuerzo. El realizador, que retomaría los efectos de la conflagración y del régimen soviético en obras inferiores futuras como Un Chofer para Vera (Voditel dlya Very, 2004) y Tango del Báltico (Kholodnoe Tango, 2017), utiliza esa imagen devaluada del ídolo de Sanya para señalar el carácter ilusorio de su admiración por Tolyan y traer a colación el trauma nacional de fondo, ya sin que nadie pueda rescatar al púber o al país como en otras épocas, ni siquiera desde la brutalidad estalinista. El asesinato del cleptómano por parte de su hijo adoptivo ninguneado/ olvidado, ya en los últimos segundos del metraje, asimismo nos habla de la fragilidad del comunismo y del recambio en el campo ideológico mundial de los popes rusos por aquella juventud cubana de Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara…
El Ladrón (Vor, Rusia/ Francia, 1997)
Dirección y Guión: Pavel Chukhray. Elenco: Vladímir Mashkov, Yekaterina Rednikova, Misha Philipchuk, Yury Belyayev, Dmitri Chigaryov, Amaliya Mordvinova, Lidiya Savchenko, Yuliya Artamonova, Olga Pashkova, Galina Petrova. Producción: Igor Tolstunov. Duración: 94 minutos.