Paul Thomas Anderson: Una aproximación a su filmografía

La mirada furtiva

Por Martín Chiavarino

El cine de Paul Thomas Anderson es tan ecléctico como detallista y meticuloso en su construcción general y en el desarrollo de sus personajes, características que lo han convertido en uno de los mejores directores y guionistas de nuestra época. En sus ocho largometrajes el realizador californiano se destaca por una profunda cinefilia plasmada en el trabajo de arte, en una exquisita fotografía, una escrupulosa dirección de actores, historias de gran profundidad alegórica, una música inquietante y en la creación de personajes apesadumbrados de increíble realismo.

 

En todos sus trabajos Anderson crea tramas de carácter existencialista que indagan en las emociones y las decisiones como motores de la condición humana y su devenir. A través de un estilo clasicista que explora incisivamente en la psiquis y en la carne de sus personajes, principalmente en sus últimos films, el realizador expresa el malestar de una época en historias que buscan el origen de las heridas sociales a partir de las cicatrices que afloran en el tejido social.

 

En su primer trabajo, Hard Eight (1996), Anderson plantea un guión parsimonioso sobre la búsqueda de redención por parte de un apostador profesional con un pasado oscuro que decide ayudar a un joven inexperto en problemas que se enreda amorosamente con una bella camarera. En un relato cargado de angustias y arrepentimientos que va revelando distintas cuestiones respecto de las motivaciones de los personajes, el film transcurre entre agiles diálogos y escenas inesperadas que dan cuenta del talento narrador del realizador californiano en su primera incursión en los pormenores y los vericuetos de los estafadores de casinos y el mundo que los rodea. En su segundo opus, Boogey Nights (1997) Anderson explora con un estilo desenfadado, descarnado, provocativo, vertiginoso y realista y con un humor sardónico y una ira efervescente en el auge y los vaivenes de la industria cinematográfica de San Francisco a fines de los años setenta y principios de los ochenta desde el subgénero pornográfico. Este estilo dará un vuelco hacia otro talante narrativo en sus dos siguientes films Magnolia (1999) y Punch-Drunk Love (2002), desarrollando un espíritu más melancólico y lánguido que se apodera de películas más reflexivas, con toques cómicos apesadumbrados y un carácter dramático existencialista que se transfigura a través de la inesperada irrupción de lo fantástico, o más bien de lo extraño e improbable, que Anderson siempre logra introducir en su filmografía.

 

Tanto en Boogey Nights como en Hard Eight, una obra más circunspecta y menos festiva, psicológica, de alcance más pequeño y personajes atrapados en un pasado del que no se pueden desprender, es posible encontrar una intención de análisis de las miserias de los personajes a través de sus traumas y problemas que los aquejan, situación que también se repite en Magnolia, su siguiente película, y en Punch-Drunk Love, que también utiliza la angustia como manifestación de un pasado traumático en medio de un tono de comedia dramática en la que lo improbable y lo extraño aparecen nuevamente con más ímpetu para romper con la rutina de un protagonista atrapado en su soledad y sus manías, al igual que algunos personajes de Magnolia, que solo buscan canalizar su amor sin encontrar a la persona que les devuelva el sentimiento.

 

Al igual que Magnolia, Boogey Nights tiene un carácter caleidoscópico en su narración, ya que analiza el mundo de la pornografía desde los distintos personajes, el actor fetiche, su socio, el director, el productor, las actrices jóvenes y maduras, y muchos otros que dan cuenta de un submundo en gran ebullición, donde drogas como la cocaína son una constante del rubro, los cambios radicales dan fin a una era y abren las puertas a otra, como fue el paso del celuloide al videocasete, en una escalada hacia la gloria que tiene su contrapeso en la caída hacia el infierno, punto de quiebre de una angustia que pone a los protagonistas ante sus propios demonios, cruzando el umbral entre el éxito y el fracaso para encontrarse con la mirada vacía que el espejo les devuelve.

 

En los tres primeros films, Hard Eight, Boogey Nights y Magnolia la vertiginosidad del estilo narrativo se va acrecentando hasta que en Magnolia la velocidad con que los planos secuencia se desarrollan compiten con los abruptos cortes quirúrgicos en una edición al borde de la esquizofrenia que expresa las emociones aceleradas de los personajes ante el sufrimiento y la soledad, dos características que motivan a los protagonistas a indagar, cuestionar y enfrentar la realidad con arrebatos de desesperación para preguntarse donde el camino de la felicidad que el sueño americano les había prometido dió el giro incorrecto y se escapó indefectiblemente de sus manos. Con una base actoral similar que siempre incluye al extraordinario Philip Seymour Hoffman, que va cobrando cada vez más protagonismo, a Philip Baker Hall y John Reilly, a los que se van sumando la maravillosa Julianne Moore, Luis Guzmán y Alfred Molina como constantes, pero también a Tom Cruise, Jason Roberts, Gwyneth Paltrow, Samuel L. Jackson y Burt Reynolds, en roles clave, con interpretaciones que soportan los inquisidores primeros planos de Anderson, el realizador busca en los gestos y los diálogos ese momento en que los personajes se dan cuenta de que han perdido el control y comienzan desesperadamente una caída abrupta hacia el fondo de sus aflicciones, tal vez el comienzo de una aceptación que los lleve a reencontrar el camino correcto hacia la quimera que buscan incansablemente.

 

En Punch-Drunk Love, la primera anomalía dentro del universo del director, Anderson construye a un personaje atípico de su films, un excéntrico hombre con miedo a sufrir, acostumbrado a ser maltratado por sus hermanas, atacado por estados de ira intensos. Asediado por situaciones extrañas que lo persiguen y accidentes sin sentido, Barry Egan (Adam Sandler) se enamora de una amiga de una de sus hermanas y decide luchar por ese sentimiento mientras aprende a tocar un armonio abandonado a metros del depósito donde trabaja y evade el acoso de un grupo de chantajistas con los que se ve involucrado por un llamado a un sitio de charlas telefónicas eróticas. La desesperación de Barry por enamorarse y defender ese amor le dará fuerzas para enfrentar todos los obstáculos y sobreponerse a todos sus problemas en un film que combina la comedia, el romance y el suspenso de forma magistral, destacándose nuevamente el trabajo visual de Robert Elswit, con imágenes realmente extraordinarias, una iluminación intensa, una impronta expresionista, con vividos colores dispersos y surreales escenas en las que la urgencia se mezcla con la locura de un personaje tan entrañable como excepcional en el film más experimental de Anderson. Aquí Jon Brion, quien también trabajó en la composición musical de Magnolia, y en colaboración de Michael Penn, en la banda sonora de Hard Eight, compone una música incidental de percusión invasiva atonal cargada de experimentación sonora, que se suma al estilo vertiginoso de Anderson agregándole un tono rítmico perturbador que evoca la angustia que rige en todas las películas del realizador.

 

Es justamente esta obra, Punch-Drunk Love, la que le abrirá a Anderson de par en par la puerta de un simbolismo narrativo que tendrá en sus dos siguientes films, There Will be Blood y The Master, una verdadera búsqueda de las claves para entender la dimensión de los significados ocultos del dinero, el poder y el amor, cuestión ésta que tendrá en Phantom Thread su desarrollo más exhaustivo y profundo.

 

En todas estas obras se impone un sentimiento de angustia y desazón desbordante ante los conflictos irresolubles que la vida les ha puesto en el camino a los personajes, pero siempre con un tono cómico que le sirve al director para indagar en la inseguridad de sus personajes. Esta constante del universo creativo de Paul Thomas Anderson se repetirá en sus films posteriores. La angustia se transformara de una ley inquebrantable que crecerá hasta penetrar completamente la médula ósea de la cinematografía del director para encarar el análisis de la estructura social a partir de la radiografía de los hombres que se atreven a llevar su voluntad hasta los extremos de lo posible, e incluso hasta el absurdo, dejando de lado la matriz grotesca para transformarla en argamasa existencialista severa. En tres de sus cuatro films siguientes el realizador explora así en la psiquis de tres personajes en los que circunscribe la locura que se ha apoderado del mundo a través del afán de lucro y de poder como una trama enfermiza que pende sobre los sujetos encarnada en la figura de un empresario líder de industria, el creador de una religión y un modisto de renombre.

 

En There Will be Blood (2007), tal vez la obra maestra del director, Anderson adapta la novela ¡Petróleo! (Oil!, 1927), del prolífico y galardonado escritor socialista norteamericano Upton Sinclair, para crear una obra extraordinaria sobre un buscador de petróleo que se convierte en un magnate y líder de industria, dejando al descubierto en el relato el ansia de poder y la afiebrada búsqueda del petróleo que reemplazó la quimera del oro como expresiones significativas de la barbarie capitalista. Con este film Anderson comienza una búsqueda sobre las derivaciones del poder desde finales del Siglo XIX hasta antes de la Gran Depresión en el Siglo XX que lo conduce a una mirada inquisitiva e áspera sobre personajes cegados por su ambición y codicia de posesión, control y sometimiento. Siguiendo los análisis de Michael Foucault, Anderson expresa como el poder se manifiesta a través de un mecanismo o un instrumento que se apodera del sujeto, destruyéndolo por dentro, convirtiéndolo en una herramienta de su obrar. La relación entre el capital y la religión, dos formas de explotación y sometimiento se encuentran en los personajes compuestos por Daniel Day-Lewis y Paul Dano, dos hombres insidiosos, llenos de ira y malicia, que necesitan el dinero para sus fines ególatras, el primero para alejarse del mundo, controlar y construir un muro que lo ponga por encima de los demás, y el segundo, construir su iglesia, engañar y expandirse. La competencia y el afán de lucro dan lugar al crimen, a la humillación y la venganza como estrategias para conseguir estos fines. Pero el film también contiene un fuerte mensaje sobre el triunfo del dinero sobre la religión con escenas realmente perturbadoras de un simbolismo universal que interpela toda la historia cultural del siglo atravesado de las guerras mundiales. La fotografía de Robert Elswit vuelve a cobrar aquí un protagonismo trascendental en la construcción de escenas incandescentes con una luz cegadora en un film realmente perturbador que tiene un final apoteósico con el tercer movimiento del Concierto para Violín en D Mayor del compositor alemán Johannes Brahms.

 

Mientras que There Will Be Blood indagaba en las consecuencias de la lucha entre el capital y la religión en la construcción cultural de la sociedad y en la psiquis individual, The Master (2012) ponía el énfasis en la creación de una religión como misticismo y éxtasis pero también como manipulación y abuso de poder. Philip Seymour Hoffman interpreta aquí a Lancaster Dodd, el líder de una nueva y peculiar sociedad secreta, La Causa, que remite directamente a la Cientología, la seudo religión creada por el mediocre escritor de ciencia ficción L. Ron Hubbard, de gran éxito entre algunas celebridades norteamericanas. Un lumpen veterano de la Segunda Guerra Mundial que carga con un arrepentimiento por muchos de sus actos, afectado psicológicamente por su experiencia traumática en la contienda bélica, Freddie Quell, compuesto por Joaquin Phoenix, en una de sus mejores actuaciones, se convierte en voluntario de un extraño experimento por parte de Dodd, ofreciéndole un propósito y una identidad a su comportamiento errático, caracterizado por episodios de furia sin sentido. Paul Thomas Anderson deconstruye con esta trama los procesos de manipulación en una obra cargada de violencia y crueldad poética que aterran e hipnotizan con imágenes y escenas oníricas, de carácter surrealista, casi al borde de la alucinación. La película se sitúa en 1950 y narra los estudios realizados por Dodd a distintos sujetos en una búsqueda de pruebas psicológicas de la supervivencia del alma a la muerte del cuerpo, indagando en recuerdos de vidas pasadas a través de un método relacionado con la hipnosis. Dodd ve en Quell un hombre atrapado por su ira e intenta liberar su potencialidad o al menos canalizar su cólera para sus estudios en un proceso de descentramiento de la personalidad cargado de escenas de gran tensión que indagan sobre la noción de la libertad y de sometimiento en un film que trabaja sobre la dialéctica del amo y el esclavo del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Así Anderson logra un choque entre la calma y la tempestad para abrir un vórtice sobre la construcción de la individualidad, permitiendo que la libertad emerja en toda su angustia existencial y su sinsentido.

 

Inherent Vice (2014), el film anterior a Phantom Thread (2017), es el único de los cuatro últimos trabajos que rompe con el patrón de exploración psicológica, y es la adaptación de la novela homónima del escritor norteamericano Thomas Pynchon, un elusivo personaje cuya identidad ha sido cuestionada e investigada en numerosas oportunidades desde la publicación de su primera novela V, en 1963. Aquí Anderson emprende la compleja e ininteligible traducción del estilo laberíntico y enrevesado de la narración de un escritor de culto premiado por su obra  maestra El Arcoíris de la Gravedad (Gravity’s Rainbow, 1973). Paul Thomas Anderson logra en su film una extraña conjunción de factores a través de los cuales introduce su estilo y su carácter cinematográfico en la literatura de Thomas Pynchon transformando la narración pero manteniendo el espíritu alucinatorio y cómico, para crear una película que interpreta el relato psicodélico neo noir que abandona a sus personajes para seguir creando tramas y subtramas que se entrelazan generando una divertida telaraña de la que hay que substraerse para poder comprenderla, regresando una y otra vez en una lectura circular con detalles que siempre regresan para ofrecer nuevas claves de interpretación. Es en este film donde Anderson logra sondear en las particularidades y las diferencias que unen y separan al cine de la literatura en sus posibilidades y recursos. En Inherent Vice las contradicciones de finales de la década del sesenta en la ciudad de Los Ángeles, en California, desbordan de imaginación a través de los residuos de las drogas alucinógenas y la paranoia de la cultura hippie en la investigación de un posible secuestro de un empresario inmobiliario involucrado con las agencias de seguridad y con un grupo neonazi. La investigación de un detective privado, Doc Sportello, interpretado por Joaquin Phoenix, lo liga a un policía fascista en un policial negro donde todo es insólito e inusual. Los sellos enrevesados de Pynchon y Anderson se fusionan así en un relato donde todas las historias confluyen en una narración donde abundan los engaños y los entramados ocultos, creando una historia fuera de control que remite al estilo gonzo de Hunter Thompson.

 

Phantom Tread, último film del realizador, tal vez su obra más sutil y alegórica, mantiene el tono parsimonioso y poético de There Will Be Blood  y The Master, incluso contemplativo, pero centra su búsqueda de la naturaleza humana en un modista dueño de una prestigiosa marca que viste a la realeza y la nobleza de Europa, Reynolds Woodcock, exquisitamente interpretado por Daniel Day-Lewis, quien realiza una de sus mejores actuaciones componiendo a un hombre delicado, vanidoso y quisquilloso, de finos modales, influenciado en sus relaciones por la memoria fantasmagórica de su madre que le enseñó el oficio y por su manipuladora e imperiosa hermana, acostumbrado a rutinas creativas interrumpidas por arranques de cólera precedidos de irritación y agotamiento súbito. Woodcock encuentra en el amor de Alma, deliciosamente interpretada por Vicky Krieps, un lugar para reposar y compartir su pasión por la creación de vestidos pero también un objeto de tortura que se vuelve contra él o más bien lo enfrenta para darle su contrapunto necesario. Aquí Anderson continúa subrepticiamente con su revelación de una trama política sobre el poder y sus ramificaciones al igual que en los dos films mencionados anteriormente, pero esta vez desde la influencia de la moda en la construcción de las diferencias sociales con un carácter velado pero tácito. En este caso a través de la caracterización de un modista el realizador construye una historia figurativa que analiza las relaciones de clases, las subtramas del poder, las pasiones enfermizas y la búsqueda de la belleza como ideal y placer pretencioso y vanidoso más que como experiencia. El amor se transforma en una relación de poder, de control y sometimiento, un ejercicio en el que la pareja se seduce a través de escarceos en los que el cariño se mezcla con la aspereza, y el amor se asemeja a un odio dosificado, medido y necesario como parte substancial del afecto marital. El amor se revela así como la creación simbólica de una necesidad que implica heridas, envenenamientos, cuidados y maltratos que desembocan en una extraña dialéctica entre amor y odio como representación aplicable a la relación entre marido y mujer, hermano y hermana, modista y cliente.

 

Desde su primera obra, la maravillosa fotografía de Robert Elswit acompaña y evoluciona al ritmo de cada uno de los films de Anderson, fundiéndose en un retrato cada vez más siniestro y macabro de la condición humana a través de imágenes realmente terroríficas matizadas o exacerbadas por la dirección según corresponda a la metáfora aludida. Elswit y Anderson trabajan obsesivamente como pintores renacentistas con los primeros planos retratando las emociones que se buscan pero también creando alegorías de una época y de sus formas de construcción de sentido a través de las turbaciones que agitan la vida de los sujetos.

 

A lo largo de los últimos cuatro films de Paul Thomas Anderson se destaca también la colaboración con el músico inglés Jonny Greenwood, guitarrista y tecladista de la banda británica Radiohead, en la composición de las bandas sonoras, verdaderas piezas claustrofóbicas que funcionan como una parte fundamental de la construcción de las escenas a partir de una sonoridad angustiante que expresa el desasosiego que oprime a los protagonistas de There Will Be Blood, The Master, Inherent Vice y Phantom Thread. Si en la primera pieza una música perturbadora e inquietante logra aturdir con un costado terrorífico que indaga en los alcances del dinero, la religión y el poder, en The Master una languidez desconcertante remite al descentramiento de los sujetos. En Inherent Vice, otra anomalía de Anderson que le permite experimentar para buscar nuevas miradas, estilos narrativos y de experimentación, la música va de la mano con las contradicciones de fines de la década del sesenta, mientras que en Phantom Thread un piano sereno y suave consigue un contrapunto entre la placidez romántica y la hosquedad del oficio retratado en un drama sobre el amor como ligazón enfermiza y los fantasmas que habitan en la vestimenta.

 

El trabajo de Anderson con los actores es uno de las grandes cumbres del estilo del realizador como demuestra la actuación de Daniel Day-Lewis en There Will Be Blood y Phantom Thread. Pero es el trabajo con Philip Seymour Hoffman el verdadero baluarte de una forma de construcción del carácter a través de una serie de metamorfosis que resaltan la versatilidad de este extraordinario actor fallecido en 2014. En papeles asombrosos cargados de sentimientos que entran en conflicto entre sí, Hoffman deja un legado actoral verdaderamente sin paragón del que es imposible substraerse y que define muchas de las características antes mencionadas del cine de Anderson.

 

La cinematografía de Paul Thomas Anderson construye así una extraordinaria y significativa metáfora sobre la condición humana, sus pasiones y sus miserias, encontrando en las hendiduras de las heridas de la sociedad un resquicio para observar incisivamente los entresijos alrededor de la imagen que los sujetos crean de sí mismos y proyectan a los otros y las reacciones que estas imágenes fantasmales generan en los espejos humanos que reflejan en sí mismos el ansía de dominación instintiva matizada por las modas culturales de cada época.

 

Filmografía hasta la fecha:

Hard Eight (1996)

Boogey Nights (1997)

Magnolia (1999)

Punch-Drunk Love (2002)

There Will Be Blood (2007)

The Master (2012)

Inherent Vice (2014)

Phantom Thread (2017)