Muchos cinéfilos y supuestos fans de la ciencia ficción jamás escucharon nombrar a Fuga en el Siglo XXIII (Logan’s Run, 1976) y sinceramente es una pena porque si bien el clásico dirigido por Michael Anderson arrastra alguna que otra característica que lo podría llevar al hipotético terreno del placer culposo, como por ejemplo una estructura narrativa general vinculada claramente con las películas de acción o la fantasía más colorida de tipo infantil, lo cierto es que estamos ante uno de los productos hollywoodenses más interesantes, bellos e inteligentes de su época en lo que al rubro de la especulación y la futurología se refiere. Con un guión de David Zelag Goodman que se inspira lejanamente en la recordada novela homónima de 1967 de William F. Nolan y George Clayton Johnson, el film puede leerse como una suerte de “solución negociada” entre la ciencia ficción intelectual de antaño, aquí asimismo bebiendo en parte de Un Mundo Feliz (Brave New World, 1932), de Aldous Huxley, y esa otra vertiente adolescente/ agitada/ aventurera que pronto explotaría en términos de popularidad -y de legitimación industrial por su éxito en taquilla- con el estreno al año siguiente de La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), obra de George Lucas que terminó de patentar la fórmula de los blockbusters posmodernos. Aquí la coyuntura utópica superficial, que deriva en distopía frente al análisis minucioso, es magistral: en el año 2274 casi toda la población que consiguió sobrevivir a la guerra, la superpoblación y la contaminación planetaria vive en una ciudad aislada en diversos domos gigantescos donde todos se consagran a un hedonismo sustentado en el ocio, las drogas y las simpáticas orgías, no obstante tamaña felicidad tiene una contracara oscura porque los bípedos son obligados a participar de una ceremonia de suicidio masivo al cumplir los 30 años conocida como Carrusel, en la que aquellos que mueren -se los hace levitar en un anfiteatro para luego electrocutarlos bajo los gritos extasiados del público eventual, sus pares- son reemplazados de inmediato a través de clonación con el objetivo manifiesto de mantener siempre estable el número de súbditos del falso edén y no colapsar la metrópoli como ocurrió en el pasado.
Las mismas características de la ciudad de turno nos hablan también del costado más tétrico del control de natalidad y del “ideal” detrás de una tecnocracia que busca reducir toda vida a la frialdad deshumanizadora de los criterios matemáticos, económicos y estadísticos, aquí simbolizados en una supercomputadora que controla el destino de esta dictadura de sello carcelario en la que los menesterosos están condenados al olvido de sectores derruidos semi salvajes y los privilegiados viven en un contexto plagado de departamentos y calles/ sendas que se asemejan dramáticamente a la arquitectura promedio de los shoppings y malls, con escaleras mecánicas, mucha decoración de plástico y locales perfectamente acoplados los unos con los otros cual paseo bien burdo de compras. Todos tienen en la palma de su mano izquierda un “reloj de vida”, que sirve para identificarlos y cambia de color según la edad, y visten de amarillo, verde o rojo según su proximidad a los 30 añitos, salvo los llamados Hombres de Arena/ Vigilantes, una casta de elite con uniformes negros que hace las veces de policía especializada en cazar a aquellos habitantes más díscolos, llamados Corredores, que no desean someterse al Carrusel y -en pos de vivir más tiempo- optan por fugarse de la ciudad hacia un exterior vasto y desconocido, oficiales vernáculos a su vez asistidos por los denominados Hombres de Limpieza, señores voladores que visten de gris y se encargan de eliminar los cadáveres de turno. La premisa de base es muy sencilla: el protagonista, Logan 5 (Michael York), un Hombre de Arena, recibe de parte de la computadora que gobierna la urbe la misión de infiltrarse entre la resistencia/ los rebeldes que vienen organizando huidas desde hace tiempo, lo que generó 1056 fugitivos no atrapados, para hallar y destruir el oasis de corte mítico que supuestamente los susodichos construyeron, el Santuario. Como el hombre encontró un pequeño anj egipcio, símbolo de la búsqueda de la inmortalidad, entre las posesiones de un Corredor, la máquina aprovecha el asunto y le encarga a Logan 5 la acometida secreta, detalle que genera el desconcierto de su mejor amigo, Francis 7 (Richard Jordan), otro Vigilante que se sorprende por la perfidia y el anhelo de Logan 5 de escapar.
La película, en esencia la extensa evasión del protagonista y su interés romántico, la hiper deliciosa Jessica 6 (Jenny Agutter), explora temáticas fascinantes y de urgente vigencia como la banalidad direccionada desde las cúpulas para mantener anestesiada/ estupidizada a la población (uno de los mecanismos de control, como señalábamos con anterioridad, son esas drogas recreativas que toman la forma de un gas denso rojizo que cubre los aposentos de los citadinos privilegiados durante sus fiestitas sexuales), el autoritarismo disfrazado de racionalidad científica -o hasta popular- que se vende a sí mismo como una panacea política de verdad y bienestar (el concepto del Carrusel incluye por un lado la autoinmolación con una fuerte dosis de ritual religioso en pos de una mentirosa “renovación”, la risible creencia de que si el ciudadano respetó las leyes y costumbres podrá reencarnar en uno de los clones futuros, y por el otro lado la metamorfosis del homicidio de los jóvenes de 30 años en un espectáculo símil foro romano tecnificado o noticiero televisivo), la obsoletización de los seres humanos cuando alcanzan una edad prejuzgada como límite por la dirigencia social (a la denuncia de la cosificación -reemplazo de una unidad calificada como “vieja” por otra “nueva”- se suma a nivel del relato una crítica al capitalismo vía inversión mordaz, siempre obsesionado con elevar la edad de jubilación de los trabajadores para que sigan aportando su granito de arena a la explotación colectiva), el disfrute de la vida homologado al placer estandarizado y el consumismo más anodino y hueco (la “ciudad shopping” en cuestión tiene por contracara privada una red de encuentros sexuales en la que los participantes ingresan buscando coito raudo y efímero porque las responsabilidad y solidaridad mutuas de las parejas de antaño están desaparecidas, un “circuito” en el que se conocen Logan 5 y Jessica 6 -ella también con un anj, aunque en versión colgante- y que se asemeja mucho a las aplicaciones de citas para celulares de hoy en día en sintonía con Tinder), y la infaltable estratificación comunal a lo Metrópolis (1927), de Fritz Lang (aquí ni trabajadores hay en las bambalinas de la urbe, todo está automatizado desde la maquiavélica vigilancia virtual).
En lo que atañe al diseño de producción, Fuga en el Siglo XXIII constituye una verdadera obra maestra de las miniaturas, los decorados kitsch, las superposiciones, un vestuario muy suelto y setentoso, los sets, todo ese minimalismo tecnológico, la sensualidad, los practical effects, las referencias contraculturales del período, los juegos ópticos y esa fotografía exquisita de Ernest Laszlo que exprime al máximo los colores pasteles; basta con recordar el evidente cariño con el que fue erigida la metrópoli futurista de los domos y algunas secuencias concretas que llaman la atención por su imaginación y sustrato vanguardista, como por ejemplo la escena de créditos iniciales, la terrorífica del Carrusel, esa otra en la que Logan 5 quiere cambiar su rostro y termina escapando de una máquina quirúrgica asesina de avanzada en el consultorio de Doc (Michael Anderson Jr., hijo del realizador) y su asistente Holly (una esplendorosa y jovencísima Farrah Fawcett), la inmediatamente posterior en la bizarra Tienda del Amor, una especie de reducto para orgías narcotizadas/ psicodélicas non stop, la masacre y batalla campal en las profundidades de la urbanización entre los Vigilantes y los rebeldes, el hilarante encuentro de la pareja de fugitivos con el enajenado robot Box (Roscoe Lee Browne), no sólo la fuente de la que bebió Lucas para su Darth Vader de La Guerra de las Galaxias sino también una linda ironía sobre el destino de los fugados (el muchacho metálico, originalmente programado para acumular alimento en un ambiente bajo cero para esos ciudadanos que lo olvidaron hace ya tiempo, ha pasado años y años congelando a los Corredores al confundirlos con comida), el descubrimiento del último Hombre Mayor (Peter Ustinov, amigo de siempre de Anderson) en las ruinas de la otrora Washington, D.C., un anciano algo gagá rodeado de un ejército de gatos, y desde ya el desenlace con el regreso a la ciudad desde los conductos de su central hidroeléctrica, el episodio de los hologramas que construye la computadora al escanear la mente de Logan 5, la explosión masiva resultante y esa hermosa última escena con todos los habitantes del lugar por fin descubriendo al anciano y la posibilidad de vivir más allá de la edad impuesta.
Aquí sin duda se complementan de manera perfecta la belleza y el talento de Jenny Agutter, aquella chiquilla de Walkabout (1971), de Nicolas Roeg, que creció para convertirse en la mujer que despertaba la libido del protagonista de Equus (1977), de Sidney Lumet, y el carisma y la profesionalidad todo terreno del imponderable Michael York, por entonces muy conocido por sus participaciones en Accidente (Accident, 1967), de Joseph Losey, Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, 1968), de Franco Zeffirelli, Cabaret (1972), de Bob Fosse, Los Tres Mosqueteros (The Three Musketeers, 1973), de Richard Lester, y Crimen en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express, 1974), también de Lumet. Con un desempeño adicional estupendo por parte de Richard Jordan y Peter Ustinov, el genial trabajo del elenco enfatiza la idea de la ciencia ficción de antaño de reforzar lo humano y sus dilemas en detrimento de lo tecnológico/ técnico fetichizado, planteo que la propuesta deja muy en claro primero analizando los sentimientos encontrados de un Logan 5 que se debate entre seguir con la misión o rebelarse, como efectivamente hace en el final cansado ya de las farsas cruzadas del Carrusel y el Santuario, y segundo dividiendo el relato entre una primera mitad de impronta citadina y una segunda parte en un exterior inexplorado por esos seres humanos lobotomizados del paraíso conformista de los domos y la eutanasia consuetudinaria que celebra la juventud y desecha a los “fósiles” de 30 años; gran fábula sardónica tácita que ironiza acerca de los lenguajes y esquemas reduccionistas de la publicidad, la vigilancia colectiva, el placer inofensivo/ castrado, el culto al cuerpo esbelto, la asfixia mercantil capitalista y los caprichos de la identidad más frívola y necia que no consigue imaginar otras formas de vida que no sean la propia (el único rasgo positivo de esta sociedad pasa por una sutil naturalización de la homosexualidad vía la desaparición del berretín de la procreación, lo que queda de manifiesto en las conductas e intercambios de la pareja protagónica con motivo de la red de encuentros eróticos). Asimismo el querido Jerry Goldsmith nos entrega una de sus mejores bandas sonoras, aquí apuntalada en una proto electrónica experimental para los segmentos en la metrópoli y una fastuosa orquestación símil Hollywood gloriosamente desquiciado para el exterior, amén del excelente guión de Goodman, aquel señor de Monte Walsh (1970), Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), Adiós, Muñeca (Farewell, My Lovely, 1975) y Los Ojos de Laura Mars (Eyes of Laura Mars, 1978). Anderson, un director británico hoy casi completamente olvidado que inició su devenir profesional en la Clase B y ya era un verdadero veterano para la época de Fuga en el Siglo XXIII, responsable de clásicos en línea con Misión de Valientes (The Dam Busters, 1955), 1984 (1956), La Vuelta al Mundo en 80 Días (Around the World in 80 Days, 1956) y Las Sandalias del Pescador (The Shoes of the Fisherman, 1968), inició de sopetón -con el éxito rotundo del film que nos ocupa- la serie televisiva homónima de la CBS, transmitida entre 1977 y 1978, y colocó uno de los pilares cruciales de la fantasía distópica que subraya los peligros detrás de la uniformización cultural, el individualismo más intolerante y en especial los embustes que nos llegan desde las elites gerenciales vendiéndonos una armonía artificial a cambio de renunciar a esas equidad y libertad que deberían primar en todas las sociedades humanas, sin que esencialmente una deba suprimir a la otra ni mucho menos…
Fuga en el Siglo XXIII (Logan’s Run, Estados Unidos, 1976)
Dirección: Michael Anderson. Guión: David Zelag Goodman. Elenco: Michael York, Richard Jordan, Jenny Agutter, Roscoe Lee Browne, Farrah Fawcett, Michael Anderson Jr., Peter Ustinov, Randolph Roberts, Lara Lindsay, Gary Morgan. Producción: Saul David. Duración: 119 minutos.