Fascinación (Fascination)

La muerte como seducción onírica

Por Emiliano Fernández

En el cine de Jean Rollin existe una contradicción esencial que es la paradigmática de gran parte del acervo del terror en la gran pantalla desde siempre, hablamos de una lucha entre dos comarcas formales/ temáticas que pueden fundirse de modo indistinto o por el contrario permanecer relativamente alejadas la una de la otra, el sustrato exploitation vinculado al bajo presupuesto, la algarabía homicida y el gore histérico, por un lado, y cierta obsesión arty homologada al erotismo, la puesta en escena cuidada al extremo y el preciosismo desde la fotografía, por el otro lado, dejándonos una y otra vez con una obra paradójica en la que la necesidad urgente de una película furiosamente comercial, con sangre y desnudos y sin demasiadas jugadas ampulosas autoconscientes, se unifica con las pretensiones artísticas de impronta autoral símil contemplación reposada en el reino del querido exhibicionismo truculento. Como si se tratase de una cruza para nada imposible aunque curiosa entre Jesús Franco y Roger Vadim, entre Russ Meyer y Mario Bava, entre Juan Piquer Simón y Walerian Borowczyk, entre Jorge Grau y Harry Kümel, entre Pete Walker y José Ramón Larraz o entre Lucio Fulci y Dario Argento, Rollin está siempre más cerca del segundo ingrediente del binomio, el que aboga por la belleza casi onírica e hipnótica de la imagen, que del primero, el más centrado en la trama prosaica y en la colección efervescente de asesinatos, no obstante dicha apreciación funciona sólo a rasgos generales ya que el asunto puede desbalancearse según cada opus en particular y según las tres etapas principales de su carrera de cinco largas décadas, léase esos primeros años centrados en el vampirismo de talante sensual, ese período intermedio en el que amplió su registro dramático con suerte bastante dispar y en el que comenzó a dirigir una verdadera catarata de films pornográficos alimenticios/ para sobrevivir en tiempos de pocos éxitos de taquilla, y esa fase final -ya de decadencia creativa- en la que trató de retomar motivos y latiguillos varios de los inicios aunque sin lograr recuperar del todo aquella magia freak de la lujuria terrorífica ensoñada.

 

Fascinación (Fascination, 1979), perteneciente de hecho a ese período de transición hacia aquella adultez agridulce como realizador y rodada en medio de diversas epopeyas pornos bajo los seudónimos de Michel Gentil y Robert Xavier, es sin duda la obra maestra del señor porque amalgama lo mejor del aura elegante de vampirismo peligroso de los primeros clásicos, Le Viol du Vampire (1968), La Vampire Nue (1970), Le Frisson des Vampires (1971) y Requiem pour un Vampire (1971), con la versión posterior enrevesada del asunto, esa aún más gótica y cuasi surrealista elegíaca que puede verse en Lèvres de Sang (1975) y La Morte Vivante (1982), amén de sintetizar también el misticismo macabro y lascivo de opus delirantes como La Rose de Fer (1973), La Nuit des Traquées (1980) y Les Paumées du Petit Matin (1981) y el cariño por las barrabasadas sanguinolentas y bizarras de Les Démoniaques (1974), Les Raisins de la Mort (1978) y Le Lac des Morts Vivants (1981), proyecto que estaba destinado a un Franco que se terminó peleando con el distribuidor, Eurociné, motivando así que fuese dirigido por Rollin y Julián de Laserna bajo el apodo en conjunto de J.A. Lazer. La historia de Fascinación es minúscula, como casi siempre ocurre con las películas del francés: Marc (Jean-Marie Lemaire) es un ladrón bien cínico que robó unas monedas de oro basándose en la información que le suministraron cuatro cómplices campesinos, tres hombres y una hermosa mujer, pero al momento de separarse para que el señor viaje a Londres para convertir el metal en dinerillo, los secuaces pretenden su parte y Marc opta por escaparse llevándose de rehén a la fémina, quien le muestra las tetas para que la viole y la deje ir obteniendo de respuesta risas de parte del asaltante y poco más, por ello le pega una patada en la entrepierna y huye para reunirse con su esposo, uno de esos cómplices que lo siguen hasta un château rodeado por agua y al que sólo se puede acceder mediante un puente, lugar que parece desierto hasta que surgen de la nada dos bellas y algo tétricas señoritas, la morocha Elisabeth (Franca Maï) y la muy rubia Eva (Brigitte Lahaie).

 

Desde ya que las chicas son tremendas putonas bisexuales que esconden un secreto que a su vez tiene que ver con la decisión de que el macho se quede hasta la noche o no, con Eva acostándose con el hombre -luego de tener sexo con su amante Elisabeth- con el objetivo de retenerlo más tiempo en el castillo mientras la morocha manifiesta amor hacia Marc y lo invita a marcharse porque su vida corre peligro si permanece en el lugar después del ocaso. Si bien el hombre desea partir hacia Londres cuanto antes no puede abandonar el château porque sus cuatro perseguidores lo esperan con armas en el puente para matarlo y sacarle el oro, lo que lo deja a merced de la lujuria de Eva y el amor a primera vista de Elisabeth, dos féminas que pasan de decirle que son criadas de la marquesa dueña del inmueble a aclararle que a la noche recibirán visitas secretas. La rubia les entrega el oro a los cómplices del fugado pero termina siendo obligada a desnudarse adelante de aquella rehén mientras su marido le acaricia las tetas a su mujer para a posteriori violar a Eva, quien no ofrece mucha resistencia que digamos y mata al macho con un cuchillo y a sus tres secuaces con una guadaña, vestida apenas con un camisón negro con muchas y deliciosas aberturas. Aquí Rollin se luce jugando con un suspenso casi metadiscursivo construido no sólo a través de su típico ritmo narrativo apaciguado, su fotografía y edición meticulosas y su manejo con cuentagotas de la información sino también mediante las expectativas del espectador y la sospecha -considerando el pasado del cineasta- de que todo se trata de una historia de lesbianismo chupasangre en línea con los opus de antaño del señor y con trabajos populares de entonces de la Hammer Film Productions, como por ejemplo la denominada Trilogía Karnstein, compuesta por The Vampire Lovers (1970), de Roy Ward Baker, Lust for a Vampire (1971), de Jimmy Sangster, y Twins of Evil (1971), del genial John Hough, sin embargo la llegada de los visitantes, en esencia cinco mujeres más comandadas por Hélène (Fanny Magier), ofrece una variación del tópico a lo Lèvres de Sang y La Morte Vivante.

 

Ya el prólogo del relato nos había anticipado, mediante otra de esas introducciones entre abstractas y poéticas de Rollin aparentemente en esta ocasión extraída de un cuento corto de Jean Lorrain, Un Vaso de Sangre (Un Verre de Sang), que estamos ante un grupete de burgueses chiflados que en abril de 1905 gustan de beber sangre de buey para “curar la anemia”, lo que degeneró en una especie de especialización femenina símil aquelarre en la que las siete hembras que nos ocupan se turnan una vez al año para traer a un macho al castillo, a sabiendas de que estará vacío, para sacrificarlo y beber su sangre vía un culto desquiciado a la hemoglobina humana en tanto superación con respecto a la animal, fervor cruento y adictivo que vuelca lo que empieza como una faena de depredadoras sexuales en sintonía con Vampyros Lesbos (1971), de Franco, La Novia Ensangrentada (1972), de Vicente Aranda, y Vampyres (1974), de Larraz, hacia el terreno de las referencias cruentas en torno a la figura de la implacable Erzsébet Báthory (1560-1614), aristócrata húngara y asesina en serie -mucho antes de que existiese el rótulo- que tiene el récord femenino de muertes después de haber asesinado a lo largo de seis años a 650 adultos, adolescentes y niños para rejuvenecerse bañándose con su sangre, mujer que inspiró múltiples películas como Hijas de la Oscuridad (Les Lèvres Rouges, 1971), de Kümel, La Condesa Drácula (Countess Dracula, 1971), de Peter Sasdy, y Ceremonia Sangrienta (1973), de Grau. En Fascinación Rollin apela con inteligencia a la idea de los celos convirtiéndose en locura homicida, basta con pensar en Elisabeth matando a Eva, quien a su vez pretendía cargarse a un Marc asqueado por el tendal de cadáveres que dejó la rubia, lo cual asimismo provoca el asesinato del varón a manos de la ultra ciclotímica morocha y la rauda vampirización sin componentes fantásticos de Eva, devorada sin piedad y en vida por las otras integrantes del aquelarre; planteo retórico que se unifica con la metáfora recurrente de la sangre en tanto sinónimo de vida cuando corre por las venas de los sujetos y de muerte cuando se escapa hacia el exterior a través de las heridas abiertas, sustrato lúgubre tendiente a traer a colación un antiquísimo temor masculino, el del ninguneo por parte de las féminas porque ya no los necesitan para nada, y el mismo concepto de las adicciones, ahora mediante esta secta de lunáticas amantes del esoterismo de pretensiones médicas/ rejuvenecedoras/ vitalizantes que mezcla lo macabro clásico con la dimensión sexual. Las actuaciones del elenco no son precisamente inobjetables aunque están bien dentro de un film más preocupado por la atmósfera pesadillesca que por una trama estándar, otro rasgo de siempre del realizador, y hasta puede decirse que Franca Maï y Jean-Marie Lemaire no tendrían grandes carreras a futuro, algo que no es posible extender a una apabullante Brigitte Lahaie que ya era una muy experimentada actriz pornográfica y que venía de colaborar con el cineasta en Les Raisins de la Mort, llegando con el tiempo a participar en obras del mainstream como Henry & June (1990), de Philip Kaufman, y Calvaire (2004), de Fabrice du Welz, amén de reencuentros con Rollin en las muy próximas La Nuit des Traquées y Les Paumées du Petit Matin y las más lejanas Les Deux Orphelines Vampires (1997) y La Fiancée de Dracula (2002), ya pertenecientes a las postrimerías de la carrera del galo. El óbito empardado a la seducción en tanto arte de hacer que el objeto del deseo baje la guardia para manipularlo a gusto, otro de los fetiches temáticos del director, queda en primer plano en esta diminuta y maravillosa epopeya acerca del trasfondo erótico del canibalismo decadente social y ese lirismo apesadumbrado y paciente que se esconde por detrás de los contextos en apariencia más mundanos, hoy reconvertidos en fuente de misterio, concupiscencia y desconcierto…

 

Fascinación (Fascination, Francia, 1979)

Dirección y Guión: Jean Rollin. Elenco: Brigitte Lahaie, Franca Maï, Jean-Marie Lemaire, Fanny Magier, Sophie Noël, Evelyne Thomas, Joe de Palmer, Cyril Val, Myriam Watteau, Agnès Bert. Producción: Joe de Palmer. Duración: 81 minutos.

Puntaje: 9