El Agente Secreto (O Agente Secreto)

La muerte es inminente

Por Emiliano Fernández

El Agente Secreto (O Agente Secreto, 2025), obra maestra del brasileño/ recifense y ex crítico de cine Kleber Mendonça Filho, ratifica el claro apego del cineasta por la duración generosa, el andamiaje retórico ecléctico, un ritmo mayormente tranquilo, esa estupenda dirección de actores, una idiosincrasia cinéfila a toda prueba y las maravillosas arremetidas anticapitalistas, antifascistas y anticolonialistas, amén de su mérito de siempre vinculado a una imprevisibilidad semi jazzera gracias a cierta sensación de improvisación que por supuesto es falsa porque cada componente y su lugar específico en el relato están pensados de manera meticulosa en función de los tres largos años que le llevó a Mendonça Filho escribir el guión. Aunando la resistencia y los conflictos de clase de Sonidos Vecinos (O Som ao Redor, 2012), Aquarius (2016) y Bacurau (2019), esta última codirigida junto a Juliano Dornelles, diseñador de producción de los dos opus previos, y la pasión cinéfila de sus dos documentales, Crítico (2008) y Retratos Fantasmas (2023), estamos ante una épica de cocción lenta y estructura laberíntica que sólo adquiere verdadero sentido al final e incluso a posteriori de varias visiones, esquema construido a través de un influjo kafkiano/ borgeano con muchas desviaciones que en vez de complicar las cosas inútilmente, como suele ocurrir en el cine hollywoodense de franquicias de hoy en día, las enriquecen al punto de obligar de manera permanente al espectador a unir los puntos para armar el relato como pieza narrativa total. Con una fuerte influencia de Robert Altman y Elio Petri, en primera instancia, y Sidney Lumet y Alan J. Pakula, en segundo lugar, el film ofrece una mixtura de géneros, estilos y/ o recursos como spaghetti western, surrealismo, neo noir, comedia negra, thriller de espionaje, absurdo, terror paródico, metadiscurso, tragedia familiar y desde ya paranoia a lo Nuevo Hollywood y drama político en la tradición del Cinema Novo de Brasil de toda la década del 60 y comienzos de la siguiente, aquel de los queridos Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Ruy Guerra, Rogério Sganzerla, Joaquim Pedro de Andrade y Arnaldo Jabor, entre otros profesionales que optaron por desarrollar un cine vernáculo de izquierda y fundamentalmente sincrético, lejos del imperialismo cultural del Primer Mundo y su propensión al control de las cinematografías nacionales bajo cierta condescendencia.

 

Luego de un prólogo en el que el cuarentón Armando Solimões (extraordinario trabajo de Wagner Moura) se ve obligado a sobornar con un paquete de cigarrillos a un par de policías mucho más interesados en el chantaje y el dinero que en retirar un cadáver abandonado desde hace días en una gasolinera, supuestamente de un ladrón que intentó robar el lugar, Solimões arriba durante el carnaval a Recife, la capital del Estado de Pernambuco, en 1977, durante la Dictadura Militar Brasileña (1964-1985), y se aloja en la pensión de Doña Sebastiana (Tânia Maria), una veterana de militancia anarcocomunista que ofrece refugio a diversos perseguidos políticos, entre ellos una pareja que huyó de la Guerra Civil Angoleña (1975-2002), Thereza (Isabél Zuaa) y Antonio (Licínio Januário), y una odontóloga con la que el recién llegado inicia una relación romántica, Claudia (Hermila Guedes), madre de Débora (Gal Moreira Borges). El objetivo de Armando es múltiple porque primero desea encontrar el único documento que probaría la existencia de su madre, Maria Aparecida dos Santos alias “India”, para ello empieza a trabajar bajo el nombre de Marcelo Alves en el Instituto de Identificación Roberto Santelmo, segundo pretende reencontrarse con su hijo pequeño Fernando (Enzo Nunes), a quien tuvo con Fátima Nascimento (Alice Carvalho), ya fallecida por una neumonía, y tercero accede a un encuentro secreto con dos miembros de una red de resistencia a la dictadura que ofrece asilo a disidentes políticos y les facilita la fuga, Valdemar (Thomás Aquino) y Elza (Maria Fernanda Cândido), los cuales prometen pasaportes falsos para Armando y su vástago, quien ha estado viviendo con su abuelo materno, Alexandre (Carlos Francisco), proyeccionista del Cinema São Luiz durante la locura social a raíz de La Profecía (The Omen, 1976), odisea de Richard Donner. Todo este panorama se conecta con el meollo del asunto y la causa de la clandestinidad progresiva de Solimões, otrora cabeza de un centro de investigación universitario/ público sobre energía tradicional y sustentable que fue intervenido y eventualmente desfinanciado por Henrique Castro Ghirotti (Luciano Chirolli), poderoso ejecutivo de Eletrobrás, la compañía nacional volcada a la producción y distribución de energía eléctrica, que se dedica a la corrupción dentro y fuera del Estado en su condición de funcionario y empresario de linaje italiano.

 

Ghirotti, que pretende una patente de baterías de litio a nombre de Armando, lo que derivó en una confrontación abierta en una cena de 1974 entre el susodicho y Fátima, por un lado, y Henrique y el imbécil de su hijo, Salvatore (Gregorio Graziosi), por el otro, en São Paulo contrata a dos sicarios vinculados al aparato represivo para que maten a Solimões, Augusto Borba (Roney Villela) y su hijastro Bobbi (Gabriel Leone), quienes a su vez subcontratan a un lumpen, Vilmar (Kaiony Venâncio), sujeto que al verse acorralado asesina a dos esbirros de un jefe policial siniestro, Euclides (Robério Diógenes), y después fusila a Bobbi en una peluquería por un comentario racista previo, ya en ocasión de una huida -y con un balazo en una pierna- que se da durante una secuencia de antología a centímetros de un teléfono público. La trama incluye una dimensión metadiscursiva centrada en la pesquisa en el Siglo XXI de una muchacha que trabaja para una universidad privada transcribiendo las charlas registradas en cassettes entre Armando y sobre todo Elza, la estudiante de historia Flavia (Laura Lufési), y efectivamente tiene por telón de fondo las correrías de Euclides, tarado importante que conoce a Augusto, un colega de otros tiempos, que adora martirizar al sastre alemán Hans (Udo Kier), sobreviviente del Holocausto confundido con un fugitivo nazi en Sudamérica del montón, y que es responsable de una retahíla de secuestrados, torturados y desaparecidos por el régimen en el poder, entre ellos una persona cuya pierna es encontrada en el estómago de un tiburón tigre y luego robada de la morgue por el séquito del comisario y reemplazada por la de un rumiante, situaciones grotescas que provocan una histeria masiva en materia de ataques del miembro resucitado en la zona roja de Recife. Entre algo de corte por barrido y pantalla dividida y el cameo del mítico Kier, ya visto en Bacurau y aquí en su última intervención cinematográfica porque el actor germano falleció en 2025 a los 81 años de edad, Mendonça Filho señala aquel culto a la personalidad dentro del marco institucional dirigido hacia el presidente Ernesto Geisel (1974-1979) e incorpora detalles delirantes prototípicos de su cosecha en sintonía con el tiburón que esconde una pierna en su interior, ese gato deforme que deambula por la pensión de Doña Sebastiana, la golpiza a prostitutas, travestis y clientes en la zona roja y la pesadilla bien macabra del protagonista.

 

El irónico título apunta al entramado mortal de secretos y venganzas en el que se encuentra el antihéroe, nuestro Armando/ Marcelo, y al trailer de un film con Jean-Paul Belmondo que vemos en el cine en el que trabaja Alexandre, El Magnífico (Le Magnifique, 1973), una sátira a cargo de Philippe de Broca del espionaje anglosajón más inverosímil e impostado en línea con James Bond/ 007 y sus múltiples imitaciones Clase B de los años 60 y 70. La propuesta incluye referencias varias a Perdidos en la Noche (Midnight Cowboy, 1969), de John Schlesinger, Pascualino Siete Bellezas (Pasqualino Settebellezze, 1975), de Lina Wertmüller, King Kong (1976), de John Guillermin, Doña Flor y sus Dos Maridos (Dona Flor e Seus Dois Maridos, 1976), de Bruno Barreto, El Testaferro (The Front, 1976), opus de Martin Ritt, y Lucio Flavio, el Pasajero de la Agonía (Lúcio Flávio, o Passageiro da Agonia, 1977), del director argentino Héctor Babenco, además de la evidente obsesión de Mendonça Filho con el terror satánico de La Profecía y el escualo de Tiburón (Jaws, 1975), de Steven Spielberg, y de alusiones un poco más veladas a dos films con Jack Nicholson, El Pasajero (Professione: Reporter, 1975), de Michelangelo Antonioni, y El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, la primera mediante un mínimo duplicado de la famosa toma final desde el hotel y la segunda vía el Volkswagen Escarabajo amarillo en el que viaja Solimões, el mismo de la familia de Jack Torrance (Nicholson). El Agente Secreto se consagra sin medias tintas a la denuncia de la mafia capitalista privatizadora de corte neoliberal y psicopática, en pantalla simbolizada por Ghirotti, que intermitentemente quiere la desaparición del Estado, para ahorrarse la competencia y aumentar sus ganancias, o su intervención en el rubro de turno de la economía nacional, en este caso con el objetivo de consolidar privilegios como por ejemplo monopolios, licitaciones, leyes favorables y unas exenciones impositivas de la más variada naturaleza y tesitura, ya sea para el interesado o sus personeros/ secuaces/ testaferros. Mientras que la muerte del militante promedio en la trama es inminente, producto de la lucha contra la escoria despótica, ladrona y homicida, las correspondientes al carnaval aparecen como naturalizadas a escala comunal y/ o como carne de cañón para la prensa amarilla de Brasil, siempre alineada con el eje neofascista.

 

Una y otra vez el aparato represivo de la dictadura, que funcionaba en consonancia con el silencio social a través del terror, la apatía, el delirio, las mentiras y la desinformación que desparramaba ese entramado cómplice de medios de comunicación al que anteriormente hacíamos referencia, se contrapone a los intentos actuales de Flavia, representante intra relato del gobierno en funciones de Luiz Inácio Lula da Silva en pugna contra la lacra bolsonarista y otros esperpentos de derecha, en pos de descubrir la verdad sobre aquellos acontecimientos, por ello los registros históricos -sonoros, visuales y escritos- resultan cruciales a la hora de reconstruir el mosaico de arcanos que tenemos frente a nosotros, una lógica a la que el propio film recurre en cuanto a su planteo discursivo, en simultáneo coral y focalizado en Armando. La cena con el mandamás de Eletrobrás, entre insultos y golpes, y asimismo el episodio del relato centrado en la declaración en el Instituto de Identificación de una burguesa/ oligarca que dejó sola a la hija de su empleada doméstica, nena de tres años que terminó atropellada en la calle, pintan a todas luces el clasismo, la plutocracia y en especial la esclavitud moderna que se vive no sólo en el Tercer Mundo sino también en el resto del planeta, cortesía de un sistema que especula sin cesar, pondera la acumulación de riqueza en pocas manos y cosifica al resto de los mortales como si se tratase de siervos sin la capacidad de elegir su propia vida o muerte. La película tiende a empardar la impunidad, la vigilancia y la corrupción económica, de hecho, con la impunidad, la vigilancia y la corrupción policial/ militar/ de los servicios de inteligencia desde un registro testimonial sui generis que habla de la originalidad inconformista de un Mendonça Filho que en un único movimiento evita la basura filotecnológica hollywoodense pero también el enfoque duro europeo a lo Costa-Gavras y Gillo Pontecorvo, lo que hubiese significado la desaparición de las fascinantes bifurcaciones que propone el brasileño a lo largo de los 161 minutos de metraje. En última instancia la memoria, en el epílogo, sufre un proceso de atrofia por el paso del tiempo y la presencia de ignorancia, desidia y pusilanimidad, en este sentido que la sala cinematográfica donde Fernando vio Tiburón haya mutado en un triste banco de sangre y que Flavia sepa mucho más de Armando que su propio hijo hablan a las claras de ello…

 

El Agente Secreto (O Agente Secreto, Brasil/ Alemania/ Francia/ Países Bajos, 2025)

Dirección y Guión: Kleber Mendonça Filho. Elenco: Wagner Moura, Luciano Chirolli, Udo Kier, Carlos Francisco, Robério Diógenes, Thomás Aquino, Maria Fernanda Cândido, Roney Villela, Tânia Maria, Alice Carvalho. Producción: Kleber Mendonça Filho y Emilie Lesclaux. Duración: 161 minutos.

Puntaje: 10