El Escándalo O’Gorman de 1847 y 1848, léase la fuga de Camila O’Gorman y el sacerdote jesuita Ladislao Gutiérrez, ambos pertenecientes a la clase alta de la Argentina del Siglo XIX, se enmarca dentro de las complejas Guerras Civiles Argentinas que cubren desde principios de aquella centuria hasta la federalización de Buenos Aires de 1880, una etapa en esencia dominada por los tristes enfrentamientos entre el Partido Federal, propulsor del proteccionismo, el caudillaje, la autonomía provincial y la destrucción del monopolio sobre el puerto de Buenos Aires, y el Partido Unitario, cercano al antiguo centralismo realista, el libre comercio y las elites metropolitanas que no deseaban compartir con las gobiernos del interior del país los frutos de la principal vía de comercio con el exterior, precisamente el puerto porteño. Una fase eternamente polémica de estos conflictos fratricidas en la flamante nación, independizada en un proceso histórico que va desde la Revolución de Mayo de 1810 hasta el Congreso de Tucumán de 1816, es la correspondiente a los dos períodos de Juan Manuel de Rosas como Gobernador de Buenos Aires, el primero entre 1829 y 1832 y el segundo -y mucho más agitado- entre 1835 y 1852, como se suele aseverar el principal jerarca de la por entonces Confederación Argentina y en la praxis un político, estanciero y militar que decía ser federal aunque solía manejarse como unitario en un quid demagógico que le ganó el favor popular y el odio fanático de sus opositores políticos, casi todos de la oligarquía porteña. Si bien el despotismo de Rosas no se diferenciaba demasiado del despotismo de sus contrincantes y en gran medida se reproduciría a futuro mediante el fenómeno del yrigoyenismo y luego del peronismo y el kirchnerismo, la fama de tirano que le granjearon los unitarios lo persiguió hasta su derrota en la Batalla de Caseros de 1852 frente al Ejército Grande de Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, una cruenta disputa regional de poder que terminó desencadenando la Constitución Argentina de 1853.
Durante el segundo mandato de Rosas, como decíamos antes el más represivo tanto porque el susodicho contaba con poderes absolutos como debido a las constantes sublevaciones y la anarquía cíclica del país, uno de los sucesos más sonados fue la relación romántica entre O’Gorman, retoño del oligarca francés Adolfo, y Gutiérrez, sobrino del gobernador de la Provincia de Tucumán, dos púberes de buen pasar económico que se enamoran y llevan adelante un romance prohibido durante cuatro años hasta su mentado escape a caballo de 1847, plan que se supone en un inicio estaba destinado a llegar a Río de Janeiro, en Brasil, aunque la pareja eventualmente se asienta en el por entonces pueblo/ aldea de Goya, en la Provincia de Corrientes, donde fundan una escuela -la primera de la zona- bajo los alias de Valentina Desán y Máximo Brandier. Un religioso irlandés, Michael Gannon, siete meses después de la fuga reconoce a Gutiérrez y lo denuncia ante las autoridades locales, las cuales a su vez respondían a Benjamín Virasoro, gobernador de Corrientes y miembro del Partido Federal hegemonizado por Rosas, quien eventualmente manda a fusilar a los amantes clandestinos en 1848 como un “castigo ejemplar” que demuestre firmeza y mano dura ante la mirada llorona de aquella lacra unitaria en el exilio, como Valentín Alsina en Montevideo y Domingo Faustino Sarmiento en Santiago de Chile, quienes reproducían esa misma demagogia rosista que criticaban primero reclamando una sanción inmediata contra la furcia y el clérigo herético y fornicador y a posteriori denunciando a pura hipocresía la brutalidad de la pena de muerte. O’Gorman y Gutiérrez rondaban los 23 años al momento de su fusilamiento en el Cuartel General de Santos Lugares de Rosas, episodio que no pudo ser evitado por los ruegos del hermano de la chica, el también sacerdote jesuita Eduardo, amigo de Ladislao, ni por la amistad entre Camila y Manuelita Rosas, hija de Juan Manuel y suerte de primera dama por el óbito en 1838 de la esposa de Rosas, Encarnación Ezcurra.
Camila (1984), retrato pormenorizado del escándalo pero volcado al melodrama, inaugura la mejor etapa de la carrera de María Luisa Bemberg, aquella final de Miss Mary (1986), Yo, la Peor de Todas (1990) y De eso no se Habla (1993), cuatro propuestas de época que constituyen los primeros indicios de un feminismo maduro, inteligente y moderno en el cine latinoamericano, éste casi siempre muy poco interesado -sólo de manera secundaria o marginal- en la temática en cuestión. Al igual que su otro gran lienzo sobre el suplicio rosa, Yo, la Peor de Todas, acerca de otra mujer que también cae presa de su autoconfianza y claro desconocimiento de las redes de poder de su tiempo, Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana alias Sor Juana Inés de la Cruz, la película que nos ocupa analiza el sustrato cotidiano represivo del gobierno de Rosas, simbolizado en múltiples retratos del caudillo, el uso obligatorio de la célebre “divisa punzó” -una cinta de color rojo que simbolizaba la adhesión al gobierno de turno- y el asesinato de algún que otro opositor/ militante cultural en las sombras, en pantalla el librero Mariano (Oscar Núñez), el cual vendía volúmenes prohibidos y por ello se gana una decapitación a instancias de La Mazorca, organización parapolicial y terrorista que respondía al rosismo. Camila (Susú Pecoraro) está destinada a casarse con un muchacho al que no ama, Ignacio (Boris Rubaja), y gusta de pasar el rato con su abuela demente, Ana Perichon alias La Perichona (Mona Maris), famosa amante del Virrey Santiago de Liniers, siendo efectivamente su padre un autócrata, Adolfo (Héctor Alterio), su hermano un sacerdote, Eduardo (Claudio Gallardou), y su madre una ama de casa por momentos sumisa y en otros no tanto, Joaquina (Elena Tasisto). La llegada de un nuevo párroco, Ladislao (Imanol Arias), despierta aquella atracción, un mínimo histeriqueo cruzado y ese romance socialmente vedado que despunta en huida hacia Goya, lo que deja todo servido para la condena del clero, los unitarios, los federales y el padre de la víctima.
Ya lejos del feminismo redundante de Momentos (1980), Señora de Nadie (1982) y sus guiones para terceros, Crónica de una Señora (1971), de Raúl de la Torre, y Triángulo de Cuatro (1975), de Fernando Ayala, Bemberg en esta oportunidad no sólo confirma que es posible redondear propuestas históricas valiosas en América Latina, con una producción muy cuidada que no tiene nada que envidiarle a Hollywood o el mainstream europeo, sino que asimismo aprovecha de manera magistral un tópico tan antiguo como las desdichas repetidas del ser humano, hablamos de la muerte romántica, ese sacrificio que puede ser de índole tanto ideológica o contextual como afectiva o íntima, dos dimensiones que en el Escándalo O’Gorman entran en juego cual amalgama de lo público y lo privado, esto último representado en el amor como espacio de la soberanía del corazón y lo primero apareciendo en términos de un entorno comunal/ político/ económico/ cultural conservador que supera por mucho a la pareja y la transforma en objeto de disputa como si fuese una propiedad o unos vástagos en medio de un divorcio, algo bien representado en una arenga de Joaquina a Adolfo para que haga algo para salvar a la muchacha embarazada, pedido también apoyado por Eduardo e incluso Ignacio, “nadie piensa en ella: la Iglesia piensa en su buen nombre, vos pensás en tu honor, Rosas en su poder, los unitarios en cómo derribarlo utilizando este escándalo, pero en mi hija, ¿quién?”. La bella música de Luis María Serra calza perfecto en el tono narrativo melancólico marca registrada de la directora y guionista, quien consigue una actuación estupenda de Alterio y una química erótica innegable por parte de Arias y Pecoraro, intérpretes que estaban en los mejores años de su trayectoria. Más un elogio a la rauda independencia burguesa de criterios que un simple manifiesto de autovictimización femenina, Camila continúa siendo una verdadera joya del melodrama de martirización que denuncia a la violencia y las rencillas nacionales bobas, ejes de una crueldad muy caníbal…
Camila (Argentina/ España, 1984)
Dirección: María Luisa Bemberg. Guión: María Luisa Bemberg, Beda Docampo Feijóo y Juan Bautista Stagnaro. Elenco: Susú Pecoraro, Imanol Arias, Héctor Alterio, Elena Tasisto, Claudio Gallardou, Boris Rubaja, Mona Maris, Oscar Núñez, Juan Leyrado, Lidia Catalano. Producción: Lita Stantic. Duración: 109 minutos.